Traductor, librero, editor, el francés Jacques Aubergy lleva décadas publicando literatura latinoamericana en su sello L’Atinoir, que opera desde Marsella. Una decena de autores uruguayos, entre los que se encuentran contemporáneos como Gustavo Espinosa, Carlos Rehermann e históricos como Horacio Quiroga, ya son parte de su colección bilingüe. Por estos días se sumarán a ella Mercedes Estramil y Martín Bentancor, que emprende una gira de presentaciones en Francia de su libro de relatos Los colores primarios y de su novela El inglés, que recibió el Premio Nacional de Literatura en 2015.
Fue otro escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, nada menos, el que atrajo a Aubergy a las letras del continente cuando todavía era estudiante. “Debo decir que fue un poco complicado, pero había algo que me atraía mucho en esa dificultad que paulatinamente pude después reducir hasta que se convirtió en un verdadero gusto”, admite Aubergy.
Estadías largas en España y luego en México completaron la aproximación. “Entré en contacto con la riqueza de esa literatura muy variada, siempre muy poética, con una prosa expresiva. Fue una atracción definitiva. Además conocí a escritores como Paco Ignacio Taibo II, que tuvo que ver con la creación de la editorial, como Juan Villoro, Juan Gelman, Elena Poniatowska. Así, empecé a acercarme de forma un poco más ‘activista’, más que como un puro lector”, dice.
En México, Aubergy creó el Premio de Narrativa Antonin Artaud, que entre 2002 y 2012 celebró la conexión entre la obra del creador del teatro de la crueldad y autores locales; el premio incluía la traducción al francés y la promoción en Europa del texto ganador.
Volvió a Marsella con la idea crear una librería especializada en policial noir. “Fue un poco la influencia de Paco Ignacio Taibo”, dice Aubergy, y también le adjudica al escritor su incursión en la tarea de traducir. “Él me había un poco obligado a traducir un librito y me di cuenta de que era algo fascinante, pero complicadísimo, y absolutamente terrible si no te gustaba el texto que tenías que traducir”. Así, en 2005, comenzó a formar una colección de autores latinoamericanos traducidos por él para la editorial L’Ecailler du Sud, y con el nombre de esa colección más tarde fundó L’Atinoir. Los títulos rozan la centena e incluyen creadores del calibre de Antonio Di Benedetto.
A la vez, mantenía la librería. “Es una experiencia muy interesante, porque te permite tener un contacto con el mundo del libro, sobre todo el background, donde la forma de actuar no siempre es muy honesta, por lo menos en Francia, y sobre todo por lo más rico, lo más valioso de este oficio: el contacto con los lectores. Para un autor, un traductor, un editor, tener ese contacto no tiene precio”, opina.
Para la selección de autores contaba con la asesoría de Taibo, pero la novela Santo remedio, de Rafael Courtoisie, la descubrió “solito”: “Tenía que ver no tanto la novedad negra, aunque hay un serial killer, sino más bien con un tratamiento muy especial, poético, con humor, con pensamiento”. Se dispuso a traducirla y fue su primer contacto con un autor uruguayo vivo.
Desde ese primer trabajo, la tarea de consulta con los escritores se ha simplificado gracias a la velocidad de las comunicaciones. “La de Martín Bentancor es una traducción, yo no diría complicada, pero que tiene sus dificultades. Desde que empecé resuelvo las dudas con los autores, pero lo que antes eran como ocho o nueve páginas de Word, ahora son dos horas de llamada para ver si entendí bien algo”, dice Aubergy, y explica que, como siempre busca adaptar los términos a equivalentes de su cultura, encuentra obstáculos extra: “Soy absoluto enemigo de las notas a pie de página en una obra de ficción. Me parece que afean mucho el texto, entonces cuando no hay forma de encontrar una solución, digamos, ‘ortográfica’, de sentido, uso un glosario al final y dejo en el texto la palabra original con un asterisco que remite al final”.
Para tomar esa decisión editorial le fue útil el oficio de librero, una vez más: “Me enteré de que a los lectores muchas veces les interesa tener esa palabrita –o palabraza– en la lengua original, porque el contexto muchas veces te permite entender que se trata, por ejemplo, de un perro, o de un chavo, como se dice en México; si ponés ‘pibe’ o lo que sea, entonces al lector le gusta, y para los que no lo entienden –son muy racionales, sobre todo en francés– pongo el glosario”.
Muchas ediciones de autores uruguayos en L’Atinoir cuentan con el apoyo –“enorme”, dice Aubergy– del programa IDA que llevan adelante Uruguay XXI y el Ministerio de Educación y Cultura . La más reciente, que aún no llegó a las librerías de Francia, es Espinos blancos, fiestas privadas, y cuenta con prólogo de Alicia Torres.
Bentancor, por su parte, desembarca este sábado en Montpellier con L’anglais y Les couleurs primaries. Le seguirán escalas en París, donde el narrador y colaborador habitual de la diaria será presentado por el poeta y traductor Jorge Fondebrider, en Marsella (con Antoine Barral) y en Narbona.
Aubergy, a todo esto, planea continuar con su tarea de puente cultural: “Yo diría que los escritores y escritoras de Uruguay tienen una particularidad, y es que son extraordinarios lectores, no quiero decir inteligentes, porque el adjetivo es usado de forma muy pobre actualmente, pero son lectores iluminados y eso se traslada a la prosa, en la que muchas veces hay recursos de la oralidad muy bien reflejados. A veces esto es un poco complicado de traducir, pero a mí me interesa mucho y siempre hay formas de encontrar una solución. Es una expresión distinta del resto de la literatura latinoamericana. Yo creo que hay un caudal literario en Uruguay, un poco como existe con el fútbol, que hace que uno tenga la sensación de que cualquier habitante podría escribir una novela o un cuento, y que hay algunos más dotados, superdotados, que se atreven a hacerlo”.