Desde hace algunos días, la situación en la República Islámica de Irán ha vuelto al centro de la agenda de los medios de comunicación internacionales debido a la intensificación de las protestas contra el gobierno. Hay una lectura recurrente y tentadora, que es hacer coincidir la crisis en Teherán con los aires de cambio que se viven en Caracas. Sin embargo, estamos lejos de una suerte de “Primavera de los Pueblos” auspiciada por Donald Trump. En Medio Oriente, lo decisivo suele estar en la intersección entre la coyuntura global-regional con las dinámicas domésticas. No es posible entender una cosa sin la otra.
En Medio Oriente, los actores locales menos poderosos no están a la espera pasiva de la ayuda extranjera, sino que buscan presentarse como socios para generar una situación en la que ambos salgan ganando. Contrariamente a una interpretación generalizada, no actúan como proxies (“peones” o “delegados”), sino como partners. Tienen sus propios intereses, sus márgenes de negociación y su capital de conocimiento del terreno y la sociedad, con el cual se presentan como actores valiosos frente a los poderes medios o potencias que muestran interés en ellos. Un estudio serio de la situación en Irán debe considerar la confluencia entre los manifestantes y los supuestos “intereses de Occidente” teniendo en cuenta las intenciones de unos y otros.
Primero, hay que señalar que la crisis iraní es de larga data. Intervienen en ella diferentes factores, tanto locales como foráneos. El primero de los ingredientes nacionales es el económico. El país sufre una serie de sanciones impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea y las Naciones Unidas. Ello complica el acceso de Irán a los mercados internacionales. Con la inflación, la pobreza y el desempleo en alza en los últimos años, el malestar social creció. Junto con ello, el gobierno mantiene el control de la oferta y la demanda de los bienes esenciales.
El segundo factor de la crisis es el político. La elección de Ebrahim Raisi, referente de la línea dura, en 2021, marcó el mínimo histórico de participación de los iraníes en una votación presidencial. Raisi provenía de las filas del ayatolá Alí Jamenei, en una movida poco usual, porque el estamento religioso no solía colocar candidatos propios para el cargo de presidente. De cierta forma, esto marcó una ruptura del contrato político de la Revolución del 79, según el cual el Congreso y el gabinete son espacios deliberativos del poder popular, no del clerical. La muerte de Raisi tras la caída de su helicóptero y la elección de Massoud Pezeshkian, un reformista enfocado en la reconstrucción de la economía, fue interpretada como un desafío al líder supremo. Ante el estallido de las protestas, Jamenei mantiene un tono desafiante, mientras que Pezeshkian ha buscado formas de negociar con los manifestantes. Sin embargo, el titular del Ejecutivo se esfuerza por mantener la apariencia de unidad y no plantear diferencias abiertas con el ayatolá.
Con la inflación, la pobreza y el desempleo en alza en los últimos años, el malestar social creció.
En tercer lugar, es importante atender el factor social. En 2022, el asesinato de Mahsa Amini en manos de fuerzas gubernamentales generó protestas en todo el país, especialmente en Teherán, reclamando por los derechos de las mujeres y el abuso policial. La muerte de Amini –una joven del interior rural que llevaba el velo mal colocado, que fue capturada por las autoridades y luego apareció muerta– fue el símbolo por el cual, junto a las demandas de las mujeres, confluyeron luego otros reclamos de tipo económico y político. La intensidad de las manifestaciones, de agenda amplia y carácter descentralizado, fueron reprimidas por los dispositivos estatales en un escenario que, sin embargo, se mostró siempre provisional y limitado. La última palabra no estaba dicha. Las manifestaciones actuales son herederas de aquellas. Por ahora, no hay una persona o un grupo que se presenten como facilitadores o coordinadores del conjunto insurgente.
Religión y política
Como señalamos, siempre hay que considerar la conexión entre la dimensión local y la internacional. Es indudable que el accionar israelí en el marco de regionalización de la guerra en Gaza ha debilitado la imagen de poder que Irán supo proyectar en Medio Oriente. Ello se debe a una serie de factores derivados del conflicto, como los ataques y bombardeos de Israel y Estados Unidos a instalaciones militares en territorio nacional iraní; la operación del Mossad que acabó con la vida del líder de Hamas, Ismail Haniyeh, mientras estaba en Teherán; la ejecución del secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah, en Beirut, junto al desmantelamiento de la milicia, que actuaba en sintonía con Irán, en el sur del Líbano, con apoyo del nuevo gobierno libanés, lo que quitó a Teherán gran parte de su influencia. En cierto punto, la pretensión del presidente iraní de lograr un levantamiento de las sanciones y el acuerdo promovido por China que permitió el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Arabia Saudita jugaron como disuasores de cualquier exhibición desmedida de poder en la arena regional. Por último, es importante tener en cuenta el rol que jugó en la ecuación la caída de Bashar al-Assad en Siria en diciembre de 2024, que dejó a Irán sin un aliado central en su esquema de poder, especialmente en la zona del Levante.
En resumen, es indudable que la pérdida de poder regional derivada del conflicto en Gaza ha afectado la imagen del gobierno iraní a nivel interno. Pero, como se observa, no hay un reflejo automático que condicione a la población para llevar adelante estas manifestaciones. La disputa es esencialmente interna, aunque sufra el shock de las crisis regionales. La incapacidad de demostrar fortaleza externa daña la narrativa de las autoridades, pero es un ingrediente más en un proceso de desgaste de su legitimidad que se viene observando desde hace años.
Es indudable que la pérdida de poder regional derivada del conflicto en Gaza ha afectado la imagen del gobierno iraní a nivel interno.
En este escenario, parece improbable que la aparente solidaridad que plantean el presidente Donald Trump o el primer ministro Benjamin Netanyahu con los manifestantes iraníes genere una suerte de “alineamiento” de estos con los intereses de Estados Unidos o Israel. Tampoco se trata de una “solidaridad transcontinental” activada por el secuestro de Nicolás Maduro. No hay un “efecto contagio” de la situación en Venezuela.
Los manifestantes no comparten un programa geopolítico; son más bien un todo diverso, heterogéneo, focalizado en reclamos locales, especialmente económicos. No es posible contener las consignas en una única demanda, ni tampoco identificar a los representantes del alzamiento, quizá por miedo a la Policía o porque simplemente no hay un único actor encargado de coordinar las movilizaciones. Las peticiones van desde reformas económicas en el corto plazo, las más urgentes y visibles, a otras de mayor tiro, que buscan cambios en el contrato político.
En este punto, es importante destacar que las consignas de los manifestantes no son antirreligiosas; en todo caso, son contrarias al establishment clerical. Para la mayoría de los iraníes, el chiismo es parte de su identidad nacional. La búsqueda de nuevas interpretaciones –más amplias– a la ley religiosa, y la búsqueda de prácticas políticas y sociales que de alguna forma permitan una suerte de apertura y relajamiento de ciertos principios, lo que algunos llaman “posislamismo”, no implica el abandono de esas creencias.
Por otro lado, la estrategia de algunos funcionarios estadounidenses de promover la figura del príncipe heredero Reza Pahlavi como restaurador de la monarquía iraní suena disparatada, dada la escasa adhesión con la que la dinastía en el exilio cuenta en el país y el historial de los últimos monarcas que los gobernaron. El sah Muhammad-Reza, el padre del candidato, que gobernó entre 1941 y 1979, clausuró el Parlamento, intervino los partidos políticos y los sindicatos, reguló la prensa y creó una policía secreta para perseguir a sus enemigos. Junto con ello, y a pesar de la grave situación económica, la familia imperial vivía en medio de lujos y ostentación. Aunque es cierto que implementó algunas medidas de liberalización social, estas se llevaron a cabo en un entorno fuertemente represivo. Apelar a los recuerdos del pasado monárquico no parece ser el camino más adecuado.
En este punto, es posible que sea justamente la Revolución islámica de 1979 la que tenga algunas lecciones para enseñarnos. La revolución no fue “teledirigida” desde el exterior, ni mucho menos “desde arriba”. Fue llevada adelante por una mayoría altamente politizada y comprometida, para la cual los valores religiosos y sus aplicaciones político-sociales jugaban un rol identitario fundamental. A ello hay que sumar el celo nacional de los iraníes, habitantes de un país con miles de años de historia, patria de los emperadores Ciro y Darío el Grande. Con perdón de los optimistas, Irán no se explica por un “efecto Trump”.
¿Cómo sigue?
¿Cuál es el destino de estas protestas, cuya causa inmediata fue la baja en los subsidios al combustible? Difícil saberlo. El gobierno ha mostrado que operará como de costumbre: cortando las comunicaciones e intensificando la represión. El margen de negociación del presidente Pezeshkian es limitado. Por otro lado, la posibilidad de que el líder supremo Jamenei implemente reformas evitando un efecto dominó sobre el régimen parece complejo; al mismo tiempo, poder evitar que el costo represivo –que lo hay– genere fracturas en las fuerzas de seguridad. En ese contexto, las manifestaciones enfrentan el desafío de mantenerse firmes y convocantes si desean obtener resultados concretos.
Como se mencionó antes, Caracas no es Teherán. Las últimas horas han sido de alto tránsito aéreo en la región, entre Abu Dabi, Riad, Ankara, Doha y la capital iraní. Hay mucha preocupación sobre un posible ataque estadounidense. Irán ha advertido que, llegado el caso, responderá militarmente contra bases y otros intereses de Washington en la región. El príncipe heredero saudí Mohamed ben Salman, el mismo que condenó los ataques israelíes al territorio iraní en junio pasado, encabeza los esfuerzos diplomáticos para evitar la escalada, mientras se prueba el traje de nuevo “hombre fuerte” de la región, dejando claro a sus socios quién manda en el Golfo: así lo ha hecho en Yemen, Sudán y Somalia. Medio Oriente es mucho más volátil que América Latina. Las consecuencias de un ataque estadounidense contra Irán, como el que sugirió Trump, podrían ser muy graves. La región está en proceso de rearme desde 2023, y esto difícilmente la detenga.
Maquiavelo sostenía que la virtud política, es decir, el conocimiento experimentado del ejercicio del gobierno, era más importante que la fortuna. Sin embargo, decía también que para saborear el éxito ambas eran necesarias: sin la intervención de la suerte, no habría oportunidades para que la virtud se ponga en juego. Como vimos, la respuesta del gobierno iraní apela a las herramientas de siempre, que han demostrado, por ahora, ser suficientes para sostener el statu quo. Mientras tanto, los manifestantes buscan ese golpe de azar que abra la grieta para lograr un quiebre efectivo. Como indica un antiguo proverbio persa, “la suerte huye a pasos de gacela”. De ella depende que esta sea otra esquiva oleada de manifestaciones o un momento histórico distintivo para Irán en una época turbulenta para la región y para el mundo
Said Chaya, es doctor en Relaciones Internacionales (UNR). Director de las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales y del Núcleo de Estudios de Medio Oriente de la Universidad Austral. La versión original de este artículo fue publicada en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.