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Cuando León XIV llegue a Uruguay

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La visita del papa León XIV puede ser una oportunidad para volver a preguntarnos qué sociedad estamos construyendo y recuperar una tradición que tiene mucho para decir sobre el trabajo, la vivienda, la desigualdad, la economía y el bien común.

Si todo transcurre según lo previsto, el próximo 6 de noviembre León XIV llegará a Uruguay cuando se cumplen 38 años desde la última visita de un papa a nuestro país. Permanecerá hasta el día 8 y, entre otras actividades, mantendrá un encuentro con el presidente Yamandú Orsi. Es, por tanto, un acontecimiento histórico para la Iglesia católica uruguaya, pero también un hecho que probablemente trascienda sus fronteras.

Quizás la visita pueda servir, además, para hablar de algo bastante menos conocido que la figura del papa: la doctrina social de la Iglesia. La expresión puede sonar a un conjunto de documentos religiosos reservados a especialistas o creyentes. Sin embargo, detrás de ella existe una tradición de más de un siglo dedicada a pensar algunos de los problemas más concretos de nuestras sociedades: el trabajo y el salario, la pobreza y la desigualdad, la propiedad privada, la vivienda, el papel del Estado y del mercado, la organización de los trabajadores, el desarrollo, el ambiente, las migraciones, la paz y, más recientemente, los efectos de la inteligencia artificial (IA).

No es casual que León XIV haya elegido precisamente este momento para volver sobre ella. En mayo publicó Magnifica humanitas, una extensa encíclica dedicada a la persona humana ante las transformaciones provocadas por la IA. Allí recupera explícitamente la tradición iniciada por León XIII, con Rerum novarum, en 1891. Aquella encíclica nació en un mundo sacudido por la industrialización, el conflicto entre capital y trabajo y las durísimas condiciones de vida de buena parte de los trabajadores. León XIII entendió que la Iglesia no podía permanecer indiferente ante aquellas transformaciones.

El mundo de 2026 es muy diferente. Pero la pregunta continúa siendo sorprendentemente parecida: ¿qué ocurre con la persona cuando cambian las estructuras económicas, tecnológicas y sociales que organizan su vida?

Existe una confusión frecuente cuando se habla de la doctrina social de la Iglesia. No constituye un programa de gobierno ni propone un determinado sistema económico o partidario. Tampoco ofrece soluciones técnicas para cada problema. León XIV lo explica de manera particularmente clara en su reciente encíclica: la doctrina social no pretende sustituir las responsabilidades de la política o de las instituciones. Ofrece principios para pensar, criterios para discernir y orientaciones para actuar frente a las circunstancias concretas de cada época.

Entre sus grandes principios aparecen la dignidad de toda persona, el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad, el destino universal de los bienes y la justicia social. Son palabras grandes. El desafío comienza cuando intentamos llevarlas a la realidad. ¿Qué significa hablar del bien común frente a una persona que duerme en la calle? ¿Qué significa el destino universal de los bienes cuando una familia no consigue acceder a una vivienda? ¿Qué significa la dignidad del trabajo cuando alguien quiere trabajar y no encuentra dónde hacerlo? ¿Qué significa la subsidiariedad para las pequeñas comunidades del interior que sienten que buena parte de las decisiones que condicionan su futuro se toman lejos de ellas?

En un país de fuerte tradición laica, donde la separación entre la Iglesia y el Estado forma parte de nuestra identidad como uruguayos, quizás hemos prestado menos atención a la contribución que distintas organizaciones de inspiración católica han realizado, y continúan realizando, a la vida social.

En Uruguay, además, la doctrina social de la Iglesia no puede entenderse solamente a través de sus documentos. También tiene una expresión concreta en la historia del país. Desde mucho antes de que el Estado asumiera buena parte de las responsabilidades sociales que hoy consideramos fundamentales, distintas congregaciones, parroquias e instituciones católicas desarrollaron iniciativas vinculadas a la educación, la salud, la asistencia y el acompañamiento de las personas más vulnerables. Esa presencia continuó y se transformó a lo largo del tiempo. Hoy se expresa en colegios, centros educativos, hogares, proyectos comunitarios, programas de inserción laboral, atención a personas en situación de calle, comedores, merenderos y numerosas iniciativas que funcionan en ciudades y pequeñas localidades del interior.

Es una dimensión de la Iglesia que no siempre aparece en nuestras discusiones públicas. En un país de fuerte tradición laica, donde la separación entre la Iglesia y el Estado forma parte de nuestra identidad como uruguayos, quizás hemos prestado menos atención a la contribución que distintas organizaciones de inspiración católica han realizado, y continúan realizando, a la vida social. Reconocerla no significa desconocer la importancia del Estado, de las organizaciones civiles o de otras tradiciones religiosas. Significa, sencillamente, reconocer que la construcción de nuestra sociedad también ha contado con esas experiencias, muchas veces sostenidas por personas que trabajan lejos de cualquier reconocimiento público.

La visita de León XIV a Casavalle puede resultar especialmente significativa en ese sentido. No se trata solamente de que el papa conozca uno de los territorios de Montevideo donde se concentran importantes situaciones de vulnerabilidad social. Allí también encontrará una extensa trayectoria de trabajo comunitario impulsado por parroquias, congregaciones y organizaciones católicas, con experiencias educativas como el liceo Jubilar, Los Pinos o el Movimiento Tacurú, además de proyectos de acompañamiento familiar y mejoramiento de viviendas. Son iniciativas diferentes, pero comparten una misma convicción: las personas no pueden quedar reducidas a las dificultades que atraviesan ni al lugar donde les tocó vivir.

Quizás esa visita permita recordar algo que la doctrina social de la Iglesia ha sostenido durante más de un siglo: la preocupación por los pobres no puede agotarse en una declaración de principios. Necesita traducirse en presencia, compromiso y acciones concretas. También exige preguntarnos por qué, a pesar de tantos esfuerzos, persisten situaciones de desigualdad que deberían resultar inaceptables. Porque acompañar a quienes sufren las consecuencias de la pobreza es indispensable, pero también lo es discutir las condiciones sociales, económicas y territoriales que contribuyen a reproducirla.

Hay una afirmación de Magnifica humanitas que resulta especialmente sugerente: son las personas concretas y sus familias las que importan. León XIV advierte tanto contra las grandes proclamaciones colectivas que olvidan a las personas como contra una defensa de la libertad individual que termina aceptando que otros vivan sin trabajo digno o sin acceso a bienes fundamentales. Esa tensión resulta particularmente interesante para nuestras discusiones públicas.

Nos hemos acostumbrado a pensar buena parte de los problemas sociales mediante cifras. Hablamos de porcentajes de pobreza, desempleo, déficit habitacional, crecimiento económico, ingresos o desigualdad. Necesitamos esos datos para comprender la realidad y diseñar políticas públicas. Pero detrás de cada porcentaje existen trayectorias personales.

La doctrina social de la Iglesia introduce allí una exigencia sencilla y, al mismo tiempo, radical: la economía, la política y las instituciones deben juzgarse también por lo que producen en la vida concreta de las personas. Eso impide algunas simplificaciones.

La propiedad privada, por ejemplo, es reconocida por la tradición social católica, pero no como un derecho desvinculado de toda responsabilidad hacia la comunidad. El mercado posee un lugar importante, pero no puede convertirse en el único criterio para organizar la sociedad. El Estado tiene responsabilidades fundamentales respecto del bien común, pero tampoco debería absorber aquello que las familias, comunidades y organizaciones sociales pueden hacer por sí mismas. Pero estas exigencias no están dirigidas solamente a los gobiernos, a los empresarios o a quienes toman decisiones públicas. También nos interpelan a los propios católicos. Sería contradictorio defender la dignidad humana como principio y permanecer indiferentes ante las condiciones de vida de quienes nos rodean. No alcanza con conocer las encíclicas, participar en las celebraciones religiosas o reivindicar la tradición social de la Iglesia si después esas convicciones no encuentran expresión en nuestras decisiones cotidianas. La doctrina social de la Iglesia también nos obliga a preguntarnos cuánto de aquello que decimos creer estamos dispuestos a llevar a la práctica.

Tal vez allí esté una de las posibilidades más interesantes de la visita de León XIV. Uruguay es un país “orgullosamente laico”. Esa característica forma parte de nuestra historia y constituye uno de nuestros consensos democráticos más importantes. Pero la laicidad no necesita significar indiferencia ante las tradiciones filosóficas, religiosas y culturales que pueden contribuir a la conversación pública. La doctrina social de la Iglesia no necesita convertirse en doctrina del Estado para tener algo que aportar. Puede dialogar con quienes piensan diferente, porque muchas de las preguntas que formula nos pertenecen a todos: cuánto vale el trabajo de una persona, qué responsabilidades genera la propiedad, qué debemos a quienes quedan rezagados, hasta dónde debe intervenir el Estado, qué lugar corresponde a las organizaciones sociales, cómo distribuimos territorialmente las oportunidades o qué entendemos finalmente por desarrollo. Y quizá una de ellas reúna a todas las demás. En Magnifica humanitas, León XIV plantea una pregunta ante las transformaciones de nuestro tiempo: ¿qué estamos construyendo?

Cuando León XIV llegue a Uruguay, miles de católicos seguramente saldremos a recibirlo. Para nosotros será, fundamentalmente, la visita del sucesor de Pedro. Para quienes no comparten la fe católica podrá significar otra cosa. Pero quizás exista una pregunta capaz de reunirnos a unos y otros: no solamente qué país queremos tener, sino qué sociedad queremos ser. Y para responderla tendremos que volver a mirar algo que las estadísticas, las ideologías y hasta nuestras diferencias políticas pueden hacernos olvidar: detrás de cada decisión económica, de cada política pública y de cada discusión sobre el futuro hay personas concretas.

Tal vez por ahí convenga empezar.

Diego Duarte Calleja es doctorando en Estudios Urbanos y especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales.

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