la diaria Posturas

Salud: un sistema pensado para los próximos 20 años

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

Pensar la salud en Uruguay no debería ser solo una discusión sobre el presente, sino una decisión sobre cómo queremos organizarnos dentro de 20 años. Los sistemas de salud no cambian de un día para otro. Se consolidan lentamente y, cuando lo hacen, definen no solo la atención médica, sino también el tipo de sociedad en la que vivimos.

Hoy el punto de partida es claro: la salud es un derecho, pero en la práctica ese derecho se ejerce de manera desigual. Depende del tipo de cobertura, del ingreso y del acceso a distintos circuitos de atención.

Eso introduce una tensión de fondo que es difícil de ignorar. Cuando la atención médica está atravesada por múltiples formas de financiamiento y propiedad, aparecen inevitablemente incentivos cruzados. En algunos casos, quien indica estudios o tratamientos también participa, directa o indirectamente, de la estructura económica que los sostiene.

No se trata de cuestionar intenciones individuales, sino de reconocer cómo funcionan los sistemas cuando combinan atención médica con intereses económicos dispersos. La consecuencia es conocida: más fragmentación, más costos y menos claridad en el criterio de atención.

Un sistema pensado para el futuro debería resolver ese problema desde su diseño, no desde ajustes marginales. La idea central es simple: la salud debe organizarse como un sistema único, universal, financiado colectivamente a través de impuestos progresivos, donde el acceso no dependa del pago en el momento de la atención.

En ese modelo no existen tickets, órdenes ni copagos para consultas, estudios, medicamentos o tratamientos. El acceso es directo y universal. La financiación se realiza de forma solidaria: cada persona contribuye según su nivel de ingresos y el sistema responde según las necesidades de salud, no según la capacidad de pago individual.

La organización del sistema se basa en una red integrada de centros de atención, hospitales, laboratorios y equipos médicos coordinados bajo una lógica común de servicio público. El personal de salud –médicos, enfermeros y técnicos– trabaja dentro de esa red con condiciones salariales estables, sin incentivos ligados a la cantidad de procedimientos realizados.

Cuando las personas sienten que el sistema responde únicamente a criterios médicos y no a intereses cruzados, la relación entre paciente y sistema se fortalece. Y con ella, se fortalece también la cohesión social.

El objetivo no es maximizar la actividad, sino garantizar resultados de salud, calidad de atención y equidad de acceso. Un aspecto clave de este diseño es la separación clara entre la práctica médica y cualquier interés económico en los medios de diagnóstico o tratamiento. La infraestructura, los equipos y la gestión de servicios forman parte de un sistema común, evitando que la toma de decisiones clínicas esté atravesada por incentivos externos.

Esto no es solo una cuestión administrativa. Es una condición de confianza, ya que, en salud, la confianza es tan importante como la tecnología.

Cuando las personas sienten que el sistema responde únicamente a criterios médicos y no a intereses cruzados, la relación entre paciente y sistema se fortalece. Y con ella, se fortalece también la cohesión social.

Los países que han logrado sistemas de salud más sólidos no son necesariamente aquellos que eliminaron toda diversidad de prestadores, sino aquellos donde el acceso efectivo no depende del ingreso y donde la atención no está fragmentada en circuitos sociales separados. La diferencia no es menor. Define si la salud funciona como un derecho universal o como un bien distribuido en paralelo a la capacidad de pago.

Pensar en ello a 20 años implica asumir una decisión de fondo: si la salud va a seguir siendo un sistema segmentado que reproduce desigualdades, o si va a convertirse en una infraestructura común que garantice igualdad real en el momento más vulnerable de la vida.

En esa decisión no se juega solo la eficiencia del sistema sanitario. Se juega algo más básico: la forma en que una sociedad entiende la igualdad entre sus ciudadanos.

Miguel Zubieta es técnico agropecuario.

¿Te interesan las opiniones?
None
Suscribite
¿Te interesan las opiniones?
Recibí la newsletter de Opinión en tu email todos los sábados.
Recibir