La respuesta parece sencilla: en los despachos se diseña, en la Junta se vota, en el presupuesto se hace posible. Seguramente ocurre en todos esos lugares, pero también en otros bastante menos evidentes: al lado de la pileta de una cocina, en una vereda, en el teléfono que avisa que se acerca un camión. Hace unos días leía un artículo de Christian Di Candia sobre los cambios que se están produciendo en el sistema de limpieza de Montevideo y hubo una idea que me quedó dando vueltas: si los territorios son distintos, no tiene demasiado sentido insistir en gobernarlos a todos con las mismas herramientas. Parece bastante razonable; Montevideo no es una sola ciudad. Como bien menciona el artículo, no se vive igual en una torre de Pocitos que en una cooperativa de Casavalle. Cambian las viviendas, las calles, los tiempos, las formas de circular y también, claro, la relación que tenemos con nuestros residuos.
El artículo propone que la especificidad territorial deje de ser una consigna y se vuelva un método. Comparto esa idea, pero quizás pueda empujarse un poco más. ¿Por qué solemos decir que las políticas públicas “bajan” al territorio? La expresión es curiosa. Algo se piensa arriba y después baja. Se diseña, se presupuesta, se vota y finalmente llega a los barrios, donde deberá adaptarse a las particularidades que encuentre. Pero, ¿es eso realmente lo que ocurre? Quizás una política no llegue a un territorio que estaba allí, esperándola. Quizás, mientras llega, también lo esté haciendo.
Pensemos por un momento en uno de esos nuevos contenedores. Un día llega a una casa. Alguien abre la puerta y recibe dos recipientes, uno gris y otro verde. Y antes de que aparezca cualquier gran discusión sobre sustentabilidad o economía circular, surge una pregunta bastante más prosaica: ¿Dónde los ponemos? En una casa irán al fondo. En otra, al garaje. Tal vez haya que correr una maceta. En una vivienda pequeña habrá que hacerles lugar donde mucho lugar no sobra.
Después aparece una botella vacía. Durante años, el gesto fue casi automático: bolsa, contenedor, fin de la historia. Ahora hay que detenerse un segundo. ¿Verde o gris? Hay que aprender qué se recicla y qué no. Más tarde vibra el teléfono. El camión está cerca. Alguien saca el recipiente a la vereda. El camión pasa, lo vacía y sigue. Después habrá que volver a entrarlo. No parece demasiado. Y, sin embargo, en esos pocos metros entre la cocina y la vereda se movieron unas cuantas cosas.
Se movió la basura, por supuesto. Pero también se movieron tiempos, hábitos y responsabilidades. Algo que hasta ayer ocurría fundamentalmente en el espacio público empieza ahora dentro de la vivienda. Para que una infraestructura de escala urbana funcione, alguien tiene que hacer algo en su casa.
La ciudad cruzó la puerta. Y, al cruzarla, también vuelve un poco más difícil saber exactamente dónde termina la casa y dónde empieza la ciudad. Tal vez por eso valga la pena no pasar tan rápido por encima del objeto. Un contenedor parece una cosa bastante poco interesante. Pero las cosas hacen más de lo que solemos concederles. Un banco en una plaza puede hacer que alguien se quede donde antes solamente pasaba. Una luz puede hacer que una calle que evitábamos de noche vuelva a formar parte de nuestros recorridos.
Un contenedor también hace cosas. Ocupa espacio. Organiza tiempos. Obliga a ciertos movimientos. Se conecta con un teléfono, con un camión, con una calle, con trabajadores, con plantas de clasificación. Solo no hace prácticamente nada. Pero tampoco da lo mismo que esté o no esté. Quizás las políticas públicas sean eso: formas de conseguir que cosas muy distintas logren, durante algún tiempo, funcionar juntas.
Sigamos mirando. Mientras el recipiente pequeño entra en una casa, el gran contenedor colectivo desaparece de una esquina. Queda un espacio.
El artículo que motivó estas reflexiones dice algo que resulta atractivo: “Cada contenedor que se retira es un pedazo de ciudad que se devuelve a las personas”. La imagen es linda. Aunque me pregunto si una ciudad puede realmente “devolverse”. Porque debajo del contenedor no estaba esperando una vereda original, intacta, aguardando que alguien la liberara. Lo que queda es un espacio en el que ahora pueden empezar a pasar otras cosas. Tal vez una persona en silla de ruedas pueda circular mejor. Quizás mañana haya una moto estacionada. O nada de eso. Una esquina no es solamente los metros cuadrados que ocupa. Son los usos que se hacen de ellas, los cuerpos que pueden atravesarlas, los objetos que las ocupan, las historias que acumulan, las normas que las ordenan y también los conflictos que aparecen alrededor de ellas.
Los territorios, en ese sentido, no son solamente lugares donde pasan cosas. Se van haciendo con las cosas que pasan. Por eso me interesa la idea de una política que atienda a las particularidades de cada territorio, pero me parece que hay que llevarla hasta sus últimas consecuencias. No alcanza con preguntar cuál es la mejor solución para cada lugar. También habría que mirar qué lugar comienza a existir con esa solución. Y quiénes pueden habitarlo.
Hay algo más que se mueve cuando el contenedor se va de la esquina. Para buena parte de nosotros, el gran contenedor público era el lugar donde terminaba nuestra relación con la basura. Para otras personas, allí empezaba otra cosa. Los contenedores forman parte desde hace años de los recorridos de clasificadores que recuperan materiales, los separan y obtienen de ellos parte de su sustento. Retirar miles de recipientes de las calles modifica inevitablemente esos recorridos. Por eso, integrar a los clasificadores al nuevo sistema no debería ser una tarea que venga después de la transformación. Ellos ya están dentro de ella. Si cambia el circuito de los residuos, cambia también el mundo que se había organizado alrededor de ellos; y no todas las casas reciben de la misma manera aquello que llega.
Dos recipientes pueden entrar sin demasiado problema en una vivienda y convertirse en un obstáculo cotidiano en otra. Una notificación puede organizar fácilmente la rutina de alguien y encontrar a otra persona a varios kilómetros de su casa. Un camión puede recorrer una calle sin dificultad y no poder entrar en otra. Decir que los territorios son diferentes supone tomarse en serio esas diferencias. No como dificultades que aparecen al final de una política bien diseñada, sino como parte de aquello que la política es.
Quizás por eso la palabra “implementación” se nos queda un poco corta. Entre una decisión política y una botella que termina dentro de un recipiente verde pasan demasiadas cosas, y cada una puede modificar aquello que inicialmente se había decidido.
Podríamos pensar todo eso como condiciones materiales para ejecutar una política. Pero quizás sea más interesante pensarlo al revés: todo eso también hace política. Una calle intransitable obliga a buscar otra solución; una vivienda sin espacio modifica el sistema posible; la desaparición de un contenedor transforma el recorrido de quien obtenía materiales de él. Nada de eso redacta un decreto ni vota un presupuesto, pero tampoco permanece quieto esperando que la política ocurra.
Tal vez nuestro problema sea que durante demasiado tiempo aprendimos a reconocer la política solamente allí donde encontrábamos una voluntad humana detrás: alguien que decide, alguien que gobierna, alguien que reclama, alguien que acuerda con otro. Miramos hacia los parlamentos, los partidos, los gobiernos, los movimientos sociales. Pero mientras mirábamos hacia allí, quizás dejamos demasiado silencioso todo aquello con lo que esas decisiones tienen que componerse para poder existir. Las ciudades están hechas de personas, sí, pero no solamente.
Están hechas de agua que busca por dónde escurrir, de árboles que levantan veredas, de calles que permiten algunos recorridos y dificultan otros, de edificios, residuos, animales, cables, luces y contenedores. Nada de eso es un decorado.
Una ciudad responde: sus materiales ofrecen posibilidades, presentan resistencias, desvían proyectos y hacen aparecer problemas y soluciones que no estaban contenidos en el diseño inicial. Vista así, una política pública no es una voluntad que se imprime sobre una ciudad. Es un trabajo siempre incompleto de composición con aquello que la ciudad ya es y con aquello en lo que puede convertirse.
Quizás allí podamos volver, finalmente, a la democracia.
El artículo que motivó estas reflexiones termina defendiendo algo importante: que la democracia todavía puede resolver problemas concretos de la vida cotidiana. Comparto la afirmación. Pero tal vez podamos agregarle una pregunta: ¿de qué está hecha una democracia capaz de hacerlo? Seguramente, de instituciones que funcionen, de elecciones, de recursos públicos, de negociación y de personas dispuestas a construir acuerdos. Pero también de un mundo material capaz de sostener esos acuerdos y, a la vez, de transformarlos.
Una política pública no es una voluntad que se imprime sobre una ciudad. Es un trabajo siempre incompleto de composición con aquello que la ciudad ya es y con aquello en lo que puede convertirse.
Una decisión presupuestal y un contenedor no pertenecen entonces a dos órdenes completamente diferentes, uno político y otro meramente técnico o material: personas, decisiones, residuos, calles, viviendas y tecnologías se encuentran, se obligan mutuamente a ajustes y producen una determinada forma de ciudad.
Ampliar nuestra idea de democracia quizás implique aprender a prestar atención también a esas relaciones. No para quitar responsabilidad a quienes gobiernan ni imaginar que los objetos sustituyen las decisiones colectivas, sino para construir una política más atenta al mundo con el que pretende hacer cosas. Una política que no pregunte solamente qué queremos hacer con la ciudad, sino con qué ciudad estamos intentando hacerlo, qué relaciones estamos componiendo y qué mundos volvemos posibles al intervenir en ella.
Entonces, el pequeño contenedor con el que empezamos deja de ser tan pequeño. No porque esconda detrás una gran metáfora de la democracia, sino porque participa materialmente de ella. Entra en una casa, modifica una rutina, se conecta con un camión, altera el destino de una botella, deja libre una esquina, cambia un recorrido. Ninguna de esas transformaciones explica por sí sola una política pública. Pero una política pública tampoco existe por fuera de ellas.
La democracia también necesita contenedores.
Es cierto que hay transformaciones que se ven desde la ventana, pero algunas, mientras las estamos mirando, ya cruzaron la puerta.
Camila Bonilla Sztern es magíster en Psicología Social.