El odio a los pobres

De las patas en la fuente a Mercedes Vigil.

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El historiador británico Daniel James, uno de los principales investigadores de la historia del peronismo, contó una vez una anécdota que revela el poder de las imágenes para simbolizar (y explicar) un fenómeno político. Contaba que en las clases que daba en Estados Unidos sobre historia argentina podía pasar largo rato explicando las causas y los resultados del fenómeno peronista y no tener otra devolución de su auditorio que caras en blanco, gestos pétreos de no haber entendido absolutamente nada. Entonces echaba mano a una foto y todo cambiaba.

La foto en cuestión es la famosa “Las patas en la fuente” -vaya a Google, busque la foto y entienda mejor lo que voy a contarle-, que muestra a un multitudinario grupo de trabajadores sentados al borde de una de las fuentes de la Plaza de Mayo, con sus pantalones remangados y las piernas refrescándose dentro del agua. Era el 17 de octubre de 1945, y esos trabajadores estaban en la plaza reclamando la liberación del secretario de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón, detenido días antes y recluido en la isla Martín García.

¿Qué tenía esa foto de especial? James responde que representa al elemento herético del peronismo. Días antes de esa movilización popular, si a algún obrero del cinturón industrial de Buenos Aires se le hubiera ocurrido, luego de caminar cientos de cuadras para llegar al centro, sacarse los zapatos, remangarse los pantalones y poner a refrescar sus pies cansados y transpirados en uno de los espacios sagrados del Estado argentino, seguramente habría recibido algún que otro palito de la Policía que controlaba la zona. No porque existiera un cartel que expresamente prohibiera hacer ese uso específico del espacio público, sino porque tal uso era inconcebible.

La foto expresaba una ruptura de esa realidad. Simbolizaba la violación de las normas (de las clases) dominantes por parte de aquellos que antes ni siquiera habrían podido circular por la zona. El espacio público era ganado por los “cabecitas negras”. Como recordaría muchos años después de aquel 17 de octubre el historiador Félix Luna, cuando por la Recoleta empezaron “a estallar las voces y a desfilar las columnas de rostros anónimos color tierra” sintió que comenzaba a temblar algo que hasta entonces juzgaba inamovible.

No son pocos los estudiosos que coinciden en señalar cierto rasgo del primer peronismo: tanto el historiador Luis Alberto Romero, un furibundo crítico, como el propio James -cuya simpatía por el movimiento se refleja en varios libros- señalan que elaboró el conflicto más en el campo cultural que en el campo social. Dicho de otra manera, lo radical del peronismo no fue que socavara las bases sociales y económicas de las clases dominantes argentinas -cosa que no hizo-, sino que desplazara los límites de las fronteras culturales entre las clases, apelando a una retórica mucho más violenta que las políticas efectivamente desarrolladas.

Con Perón, los pobres se sintieron alguien. Dejaron de agachar la cabeza cuando pasaba el patrón y comenzaron a mirar de frente, a ocupar el lugar de sujetos de derecho, respaldados por un gobierno que escuchaba y buscaba resolver sus demandas más básicas. Todo eso para espanto de las clases dominantes, que sintieron que se había perdido la deferencia, el sentido más básico de la ubicación, de respeto a las jerarquías, que, para los conservadores de América Latina, siempre fueron naturales y obvias entre quienes mandan y quienes obedecen.

En Uruguay, se ha puesto de moda durante los últimos años la caracterización -en muchos planos, a mi juicio, compartible- del Movimiento de Participación Popular (MPP) como un inédito caso de peronismo uruguayo. Este discurso no implica, la gran mayoría de las veces, una operación inocente, elogiosa o neutral, sino una enfática crítica. Con apoyo en un sentido común, largamente construido, de que el peronismo es cosa fea, desde todos los partidos -incluido el Frente Amplio-, se ha buscado atacar a José Mujica señalando sus puntos en común con esa tradición política argentina.

Lo interesante del caso, a mi criterio, es que uno de los argumentos más fuertes para afirmar que hay semejanza entre el MPP y el peronismo es la naturaleza del discurso de sus enemigos. De la misma forma en que el espanto de la oligarquía argentina de mediados del siglo pasado ante la emergencia del peronismo no era otra cosa que un odio profundo a los pobres que habían abandonado su lugar “natural” dentro del orden social y osaban ocupar el espacio público en pie de igualdad, el sentido común anti-MPP que se expande de nuestras clases medias ilustradas para arriba responde a la novedad de haber perdido sus espacios tradicionales de poder dentro del campo político y cultural.

Nada más simbólico al respecto que los recientes comentarios de Mercedes Vigil sobre Lucía Topolansky. Como corresponde a una buena exponente del pensamiento conservador rioplatense, la utopía de Vigil está en el pasado, en ese tiempo idílico lleno de “personajes pujantes, creativos, corajudos y especialmente poseedores de mentes capaces de construir un mundo mejor”. Como buena antiperonista -el populismo es uno de sus cucos recurrentes-, siente que se han perdido los roles naturales que corresponden a los diferentes estratos sociales. El jueves pasado, en una entrevista que Gonzalo Cammarota le hizo para el programa radial Justicia infinita, Vigil comentaba alarmada que “los uruguayos no entendemos el lugar de cada uno” y que “una ley no la puede redactar un pintor de puerta”, al tiempo que calificaba a los espectáculos de música popular como un circo ofrecido por el Estado populista para conseguir el voto de las masas ignorantes, y que recordaba, por supuesto, que “Tabaré Vázquez es una cosa completamente distinta”.

Lo que hay que entender es que cuando Vigil cuestiona la higiene personal de Topolansky, o recalca su calzado “con excremento de gallina”, o cuando muchos más se alarman ante una foto del (ahora ex) presidente Mujica en chancletas y con las uñas largas, lo que está en juego no es el rechazo a ciertas ideas, sino a la representación misma de la pobreza. Este antiemepepismo es mucho más un odio visceral a los pobres que el miedo a una izquierda radical (cosa que estuvo bastante lejos de ser el gobierno de Mujica).

Algún día alguien nos preguntará qué fue el MPP. Guardemos la foto de Mujica en chancletas y las palabras de Mercedes Vigil.

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