A tres años de la regulación del cannabis, el medicinal no avanza

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Hace 20 años, Félix Carreras, periodista trotamundos, editor del diario _BP Color_ y católico que ahora recuerda el pasado bajo sus tilos, en Melilla, entendió que su esposa, Ofelia, de 73 años, le ocultaba el dolor que sufría. Los espasmos le impedían incluso levantar el teléfono cuando él lo hacía sonar desde la redacción. La fibromialgia es un síndrome que en Estados Unidos padecen cinco ...
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Hace 20 años, Félix Carreras, periodista trotamundos, editor del diario BP Color y católico que ahora recuerda el pasado bajo sus tilos, en Melilla, entendió que su esposa, Ofelia, de 73 años, le ocultaba el dolor que sufría. Los espasmos le impedían incluso levantar el teléfono cuando él lo hacía sonar desde la redacción.

La fibromialgia es un síndrome que en Estados Unidos padecen cinco millones de personas. Ocho de cada diez son mujeres. El cóctel de síntomas se concentra a veces en un rato, a veces en un día; en una parte del cuerpo o en otra. Félix los llama “empujes”; son trastornos neuropáticos. Dolor permanente en la musculatura -a veces en una pierna, un calambre en la pantorrilla, en el estómago, dolor en el antebrazo-, bajo umbral de dolor y rigidez muscular extrema son algunas de las manifestaciones del trastorno. Quienes lo atraviesan no consiguen siquiera un sueño armónico: a veces tienen insomnio, a veces duermen demasiado. Tanto dolor hace que el pensamiento se resienta. “La anomia me asustó”, musita Félix, que hizo todo y más para ayudar/aliviar/contemplar a su mujer y a su hija, que también carga con la fibromialgia y vive en Francia.

Félix se despierta temprano cada mañana para prepararle el desayuno a Ofelia. Se queda dos horas con ella en la cama, conversando, hasta que Ofelia relaja sus músculos rígidos para incorporarse y caminar un poco.

Durante años, Félix se puso al hombro la Asociación Uruguaya de Fibromialgia, y hoy maneja una fanpage: la Red Información Fibromialgia. Habitualmente recibe llamadas y mensajes con preguntas sobre la utilidad del aceite de cannabis para aliviar los síntomas de esta enfermedad que les quitó un pedazo de vida a los suyos, a él mismo y a los que atiende en el teléfono.

Félix ha recorrido todos los consultorios habidos y por haber durante esos 20 años; incluso viajó al exterior. A diario lo llaman por teléfono mujeres con esta dolencia, hombres que preguntan por su madre o por su esposa. Los pacientes y sus familias quedan a la deriva. Van de médico en médico, de mostrador en mostrador, y la cosa no mejora. “Los médicos no se ponen de acuerdo en qué es la fibromialgia”, se resigna. Los pacientes no cuentan con un equipo multidisciplinario que los asista; la orientación plausible es el psiquiatra o la morfina. O las dos cosas.

Ignorancia y burocracia

“Confieso mi total ignorancia con respecto al cannabis, la medicina y todos los argumentos burocráticos que se pueden poner para hacer que un camino, que debe ser fácil, se llene de piedras”, empieza Félix. Está de pie y toma la palabra al finalizar el panel sobre cannabis medicinal de la Expo Cannabis 2016.

Toma el micrófono y “sentía que descargaba el corazón, me ahogaba la angustia”, cuenta Félix. “No sólo tengo que aguantar que los doctores me digan que mi esposa no está enferma, sino que está loca”, descarga en el evento. Aunque se le quiebra la voz, continúa. Sabe lo que va a decir, es conciso. “Ahora tengo la presión, por la página de Facebook, de centenares de enfermos de fibromialgia que me preguntan si el cannabis sirve. Por razones éticas -soy periodista-, no puedo aconsejar, pero sí les doy información”, dice. El perfil de Facebook que maneja Félix tiene buena información, infografías, artículos de buenas fuentes. Es un atinado community manager. Pero no entiende algunas palabras en inglés.

“En tres provincias de Argentina aprobaron el Charlotte’s Web. No sé qué mierda es el Charlotte’s Web”, confiesa ante el público. “Es un aceite -de cannabis- para aliviar”, le responden desde el público y también susurra una doctora que integra el panel.

La esposa de Félix nunca usó aceite de cannabis. Pero hace unas semanas vieron una tapa del diario argentino Clarín que les dio algo de dónde agarrarse. Una mujer con fibromialgia había encontrado el alivio que ellos buscan desde hace años. Averiguó y encontró algo más por lo que preguntar/pedir/creer, y se mandó a la Expo Cannabis a contar lo suyo y ver si alguien le daba una mano.

“Yo duermo desde hace 20 años con la fibromialgia a mi lado. Son problemas psicosomáticos”: dolores en los intestinos, 16 calambres por noche. El infierno. Habla con el mayor de los dolores, el que hormiguea en la piel y se aloja en la caja torácica. Félix ya no puede con la voz ni con la situación. Necesita descargar. La voz lo arrastra: “¿Tengo que ir al mercado negro para atender a los míos?”. Se le anuda la garganta. Se le corta la voz. Hace una pausa. “La omisión es grave”, sostiene.

“Los reumatólogos le mandan morfina a mi mujer y les digo ‘no’. Ah, ¿morfina sí y cannabis no?¿Por qué? Porque la morfina tiene precio, tiene patente, tiene un laboratorio detrás. ¡Carajo! Yo me voy a morir, pero voy a seguir defendiendo a los pacientes”, afirma. Las palabras se licuan de rabia. “Me importa un pito […]. Los derechos humanos de los pacientes están por sobre la demagogia del gobierno. Eso es lo que yo quiero decir”, lanza. El auditorio aplaude. Hernán Delgado, el moderador, lagrimea, como la mitad del centro de conferencias del Laboratorio Tecnológico del Uruguay. Sólo atina a murmurar: “¡Fah! Qué difícil”.

“Carreras, antes de que se vaya... Quiero pedirle disculpas por mis colegas, porque la fibromialgia es una enfermedad difícil de sobrellevar como paciente y más como familiar. Y sí, funciona con el cannabis”, respondió la doctora Julia Galzerano, que integraba el panel y además había montado, junto con su colega Raquel Peyraube, un consultorio para atender pacientes durante los tres días que duró la exposición. Son dos de las pocas médicas en Uruguay que recomiendan cannabis para aplacar una serie de dolencias, plenamente comprobadas por la comunidad científica pero todavía no reconocidas por la autoridad sanitaria del país.

El Ministerio de Salud (MS) fue el gran ausente en la exposición, y lo es en general en los eventos públicos que involucran a la regulación del cannabis. El MS todavía cataloga al cannabis en la Lista I de Estupefacientes; eso quiere decir que para el Estado el cannabis sigue siendo una sustancia psicotrópica sin uso médico. El puñado de médicos que se animan a recomendarla tiene que expedir una receta naranja. Pero además, en Uruguay no hay disponibilidad de ningún fármaco con los principios activos del cannabis. Un paciente podría importar el Charlotte’s Web (un aceite estandarizado y seguro) desde Estados Unidos y gastar 200 dólares (más envío) por 100 mililitros del extracto, que será útil por unas semanas.

A pesar de la ley, a pesar de la evidencia científica. “No se ha respetado el derecho que la gente tiene. Estamos exactamente igual que con la Ley 14.294, creada en la dictadura”, disparó Peyraube. En la consulta, “llegado el momento, cuando sabemos qué tenemos que hacer, no tenemos qué prescribir”, acusó la médica que hizo de las drogas un tema de salud en Uruguay. “Entre los médicos que dicen ‘yo no creo en esto’ y una tiene que aclararles que ‘esto’ no es religión ni dios, es ciencia; y los otros que no tienen idea de qué tienen que hacer, porque no saben ni dónde están parados, estamos en una situación de mucha angustia”, describió.

Las avionetas pasan, las farmacias no

Uruguay estuvo a la vanguardia con la ley de regulación. Pero la durmieron. Por ejemplo, los colombianos, que a fines del año pasado regularon el cannabis medicinal, ya tienen tres empresas produciendo aceite de cannabis, muy requerido en todo el mundo, que representa pingües ganancias para un puñado de grandes laboratorios. En Chile ya van dos cosechas de cannabis medicinal. Uruguay bosteza ante el negocio. Lo peor es que bosteza ante las personas con fibromialgia y las que padecen la veintena de enfermedades cuyos síntomas se atenúan con este aceite, pese a que la evidencia científica es abundante. En Uruguay producen el aceite un puñado de cultivadores, sin controles de calidad ni ensayos clínicos que avalen el contenido del frasco.

El País de Madrid publicaba, hace una semanas, una nota bajo el título: “La legalización del cannabis en Uruguay se atasca”. Tiene algo de verdadero. Lo dio a entender el propio presidente Tabaré Vázquez cuando volvió a aplazar la puesta en marcha del cannabis “recreativo” en las farmacias. Lo dan a entender los anónimos de las oficinas públicas (no todas, es cierto). Lo da a entender el Banco Central del Uruguay, que por la vía de los hechos impide a las empresas que plantan cannabis depositar sus ingresos en el sistema bancario uruguayo. Una de estas empresas, la International Cannabis Corporation, ya está cotizando en la bolsa de valores de Toronto, pero Uruguay le da la espalda a este nuevo commodity. Las empresas que ya han cosechado la marihuana que, en algún momento, venderán 50 farmacias, deberán camuflar el negocio, abrir una empresa offshore o una cuenta bancaria en cualquier otro país, como hacen los narcos. “Porque si van de frente los matan”, sostuvo un operador jurídico que pidió confidencialidad.

Los usuarios deberán seguir comprando cannabis del novel mercado gris callejero si las farmacias no venden rápido lo que hace tres años (y más) que se promete. 25 gramos de flores en el mercado gris estaban a unos 100 dólares en la cosecha de abril en Montevideo. Gracias a la lentitud en la implementación y al afán de lucro, se creó un nuevo mercado gris con flores de cannabis.

Hay cultivadores/estafadores uruguayos que venden semillas de pésima calidad, muchas veces disfrazadas de semillas importadas. Y también genéticas importadas que se comercializan en todos lados. Pero no hay un decreto que reglamente la importación de esas semillas, de las que nadie evalúa su estado fitosanitario. Nadie les cobra impuestos (excepto Aduanas).

A pesar de las vanas recomendaciones del presidente de no fumar marihuana, no hay campaña de difusión masiva sobre que fumar-porro-está-mal, algo que la ley obligaba a instrumentar en 120 días; pasaron tres años, y nada. La publicidad quedó encajonada. Tampoco la Administración Nacional de la Educación Pública incorporó el asunto de las drogas a su currícula; lo pidió el diputado Darío Pérez, que se encaprichó con ese artículo (¿inconstitucional?) durante el debate de 2013. Lo del cannabis es un secreto de Estado.

El único autorizado para hablar públicamente de marihuana es el prosecretario de Presidencia, Juan Andrés Roballo. El hermetismo que rodea la puesta en marcha de la comercialización del cannabis en las farmacias sólo acrecienta la desconfianza y alimenta los mitos, sobre todo entre aquellos a quienes nos gustaría comprar porro en las farmacias -que, lamentablemente, no somos pocos-.

El gobierno quiere tener todo aceitado para dejar entrar a los periodistas a las plantaciones. Es decir, para que la ciudadanía conozca de qué va este asunto de plantar marihuana, esa cosa que no hay que fumar pero, bueno, hay una ley y Uruguay cumple los compromisos. Desde abril se está sembrando cannabis en San José, pero sólo hay 100 kilos de cannabis prontos para la venta. Es decir, la quinta parte de una avioneta paraguaya promedio. El tiempo pasa, las avionetas también.

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