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Fernando Olita.

Foto: Gianni Schiaffarino

Fernando Olita, vestuarista: “Está todo inventado, pero cada uno le pone su impronta”

4 minutos de lectura
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Este carnaval diseñó el vestuario de siete conjuntos, incluida la revista Tabú, de la que también es director artístico.

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Cuando tenía 11 años, su tía lo llevó a un casting para salir en un conjunto de parodistas de Carnaval de las Promesas en el Cerro, su barrio. Desde entonces, Fernando Olita ha sido parte de la fiesta popular, arriba y abajo del escenario. Es director artístico y general de la revista Tabú junto al coreógrafo y bailarín Julio del Río, su esposo; y diseñador de vestuario de siete conjuntos que participan del Concurso Oficial de Carnaval, al menos uno de cada categoría: Sociedad Anónima, Más que Lonja, Caballeros, Tabú, A la Bartola, Mi Vieja Mula y Doña Bastarda.

En su taller, ordenado y repleto de telas, hojas con indicaciones y listas de pendientes, máquinas de coser y de cortar, tijeras, mostacillas, apliques, bocetos y fotos, Olita conversó con la diaria sobre su trabajo, su historia y la realidad de ser una familia carnavalera.

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Empecemos por el principio, ¿cuál es tu historia con el carnaval, cuándo empezaste a trabajar como vestuarista?

Arranqué de muy chico en parodistas Slippers de Carnaval de las Promesas. Esos años conocí a Julio, que ahora es mi esposo; él salía en uno de los conjuntos rivales de acá del Cerro. Ahí empezó la historia. Siempre hablábamos de armar un espectáculo como nosotros queríamos. Teníamos 18, 19 años y terminamos armando una revista de Promesas, Contre' Dance. Ahí se despierta lo de ser técnico. Teníamos que abarcar un montón de rubros, más que nada por los costos; alguien tenía que encarar las telas. Lo encaré ese primer año y descubrí algo que me llamaba mucho la atención. Me puse a estudiar, empecé a hacer talleres hasta que terminé siendo diseñador de modelos de alta costura. Así llegué a este mundo del arte de las telas.

¿Cómo son tus procesos creativos al diseñar?

Tengo diferentes momentos. Diseño en el taller cuando necesito buscar texturas, estar al lado de las telas, buscar pedacitos, combinar, ver colores y caídas de tela. Me gusta mucho trabajar en el fondo de casa; estoy retranquilo, pero ya es cuando está todo definido. Trato de ir cambiando espacios porque, si no, me paso una semana sentado cinco o seis horas por día intentando armar algo. Y te lleva un montón de tiempo, no es que te sentás y todo fluya como si fueras una máquina impresora. Estás todo el tiempo buscando, armando, mirando, pensando, buscando referencias. Está todo inventado, pero cada uno le pone su impronta, su identidad.

¿Es desafiante conjugar esa identidad propia con la de cada conjunto?

Yo siempre digo: “¿Para qué me llaman si saben cómo me pongo?”. Ya hay un estilo establecido con base en lo que vengo haciendo en carnaval y en todo, que define una estética, una línea que es la que tiene que ver conmigo, con lo que me gusta hacer, con los cortes de las prendas que me gustan, con el estilo de telas que me gusta usar, que me gusta combinar. Cuando me vienen con algo ya armado, no puedo agarrarlo y llevarlo tal cual. Pienso la idea teniendo en cuenta el espectáculo, si hay parodias, los personajes, y la planteo al conjunto. Todo eso tiene mi impronta y la impronta del equipo.

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¿Cómo trabajás con los equipos de realización?

Vos podés tener una idea maravillosa, pero si no está la persona adecuada para realizarla… El vestuario es parte de la comunicación, de concretar una idea. Los artistas están laburando dos meses con el vestuario; si no están conformes y a gusto, se complica. Acá estamos laburando para embellecer algo, necesitamos estar todo el tiempo [probando]. Obviamente, hay un diseño, hay una línea para seguir, pero estamos en constante ida y vuelta. Es la mejor forma de laburar. Yo no puedo ir a imponer nada. A la hora del hacer siempre hay cierta soltura. Si no te dan los tiempos, en carnaval siempre se empieza tarde, la guita y los materiales aparecen tarde. Nos gustaría tener más tiempo. Pero estamos todo el año y hay un equipo enorme para bancar todo el hacer. No es que yo delegue y no me haga cargo de nada; estoy atrás de las modistas, de cada sombrero, de cada cosa para que todo esté como se planificó con los dueños.

El trabajo no termina, ¿no?

No, estamos todo el verano trabajando y todas las ruedas yendo al Teatro de Verano. Hay que pensar que el vestuario lo van a usar todos los tablados; es difícil que eso se mantenga.

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¿Cuál es tu estilo como diseñador, qué es lo que te gusta hacer?

Lo mío es más fantasioso, del sugerir. Me gusta que el vestuario se vaya reconociendo cada vez que lo ves. Me gusta la pomposidad, el contraste, la sumatoria de detalles con la que terminamos armando lo macro; es importante la hilacha, que los ruedos estén bien hechos, hasta la última piedra, el último canutillo que le bordás en el cuello.

En Tabú, además de diseñador, sos director artístico y general; imagino que eso te da más libertad para tomar decisiones.

Tabú es nuestro espacio de expresión libre; trabajamos en diálogo con el equipo, pero estamos guiando, llevándola por el lado que más nos interesa. Es el lugar donde más feliz soy. Si quiero hacer un pájaro que tenga cabeza de unicornio con alas, lo voy a hacer porque todos me van a seguir la cabeza y van a decir “sí, dale, vamos. Lo hacemos, me encanta”. Me interesa tener este espacio que realmente nos sirva para contar cosas que valgan la pena. Carnaval para nosotros es este medio de comunicación que nos hace llegar a mucha gente, contar cosas que la gente tiene que saber, tiene que entender. No vamos a cambiar el mundo, pero podemos visibilizar. Eso le da sentido a todo el trabajo que lleva.

¿Qué podés adelantar del espectáculo de este año?

Hablamos de la cárcel de mujeres. Todos los vestuarios de las presas son de jean reciclado e intervenido. Hay una búsqueda poética, conceptual, con la libertad y la cárcel. Fue un laburo hermoso que tiene que ver con lo que hacemos todos los años, mostrar algo que no se muestre tanto en carnaval. Estuvimos haciendo talleres con mujeres que estuvieron privadas de libertad y nos contaban realidades sobre el entorno de su vida y de la infancia que desembocaron en las situaciones que desembocaron. Ahí hay algo para decirle a la gente, al mundo, no solo al mundo carnavalero, al mundo en general.

¿Por qué hacés carnaval?

Es el desenchufe nuestro, el canal donde largamos un montón de cosas que tenemos ganas y necesitamos decir. Ha sido una herramienta de liberación personal. Es difícil, no te voy a negar que en cualquier momento me pego un descanso, pero, también, si no lo hacés, es como perder un espacio que costó muchísimo laburo, muchísimas horas, más allá de la inversión económica, la inversión del tiempo. Para nosotros la revista no es un negocio; se nos lleva la vida económicamente, pero sentimos que vale la pena. Lo hacemos por compromiso social. Y Gael [su hijo de dos años] disfruta increíblemente.

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