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Mural en Facultad de Ciencias.

Foto: Marina Zanatta

La ciencia no espera: maternidad y carrera en la academia uruguaya

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Mientras se honra a mujeres con murales y edificios, las investigadoras enfrentan exigencias que dejan a las madres fuera del camino. Para muchas, ciencia y maternidad son una contradicción, escribe Marina Zanatta cuando se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

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Editar

En un predio amplio en el barrio Buceo de Montevideo, se encuentra el Campus Universitario Luisi Janicki. Entre árboles tan altos que parecen tocar el cielo, césped prolijo y jacarandás, hay tres edificios que llevan los nombres de las hermanas Clotilde, Inés y Paulina Luisi Janicki. Fueron las primeras mujeres de Uruguay en tener un título de grado, en la década de 1910. Gracias al activismo heredado de su madre, María Teresa Josefina Janicki, se dedicaron a que la educación formal dejara de ser territorio exclusivo para los hombres. Tenían en común el feminismo, la rebeldía y la devoción a la academia. Ninguna tuvo hijos.

Un siglo después, expertas se encargan de estudiar las brechas de género que existen en la academia. Se popularizaron términos como techo de cristal, cañería con fugas y piso pegajoso para explicar las diferencias, hay libros para niñas sobre las trayectorias de mujeres científicas, e instituciones como el Ministerio de Educación y Cultura tienen premios para resaltar a las investigadoras del país. Aun así, muchas de quienes se dedican a la ciencia suelen parecerse a las Luisi: no tienen hijos. Y si los tienen es porque sacrificaron parte de su carrera.

Ciencia sin licencia

La doctora Cecilia Tomassini es investigadora de la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) de la Universidad de la República (Udelar). Una de sus líneas de investigación principales trata las diferencias en las responsabilidades de cuidado entre mujeres y hombres en la academia. La oficina de Tomassini está en el edificio Paulina del Campus Luisi Janicki. En un tablero de corcho tiene folletos de Río de Janeiro –donde estudió para el Doctorado en Políticas Públicas y Desarrollo–, listas de cosas para hacer y fotos con su hijo.

Las investigaciones de Tomassini muestran que al principio del trayecto académico las desigualdades casi no aparecen, pero a medida que se avanza con maestrías y doctorados, las mujeres suelen abandonar o llegar más tarde. Las que logran mantenerse se encuentran con una disyuntiva: el momento en que comienza la edad reproductiva coincide con la etapa en la que más se exige publicar, formarse y aceptar oportunidades para acumular méritos académicos. No poder viajar o perder un llamado tienen costos significativos, explica la investigadora. La propia trayectoria de Tomassini refleja esa tensión: fue madre después de finalizar su doctorado y no tuvo más hijos. El cruce entre profesión y maternidad genera un efecto de selección: solo avanzan las que logran sortear las barreras, usualmente sacrificando partes de la vida personal.

Clemente Estable, científico uruguayo, tenía como lema “la ciencia todo el tiempo y todo el hombre”. Aunque probablemente al usar la palabra hombre no buscaba excluir a las mujeres, sino referirse a dar todo de la persona, resulta difícil entender la estructura académica por fuera de esta lógica meritocrática, de dedicación total, incompatible con la maternidad. Incluso cuando las instituciones dan licencias por maternidad, ese período sin actividad académica no se contempla en el sistema de evaluación. Tomassini señala que, si bien las mujeres están habilitadas para tomarse ese tiempo, luego son penalizadas porque no logran producir al mismo ritmo que quienes no están de licencia maternal y pueden dedicarse casi que de forma exclusiva a la labor académica.

Los médicos recomiendan amamantar la mayor cantidad de tiempo posible. Por eso, el grupo Madres Udelar propuso este año que la licencia maternal pudiera extenderse a dos años, en lugar de solo uno. Tomassini está a favor, pero cree que la propuesta genera tensiones que no se toman en consideración. Extender la licencia a dos años, y además en medio horario, puede ser un arma de doble filo. Lo ve en estudiantes de maestría y doctorado que trabajan con ella: las que se desvinculan tanto tiempo del ritmo académico después no logran recuperar lo perdido. En el medio horario solo se puede dar clases, no se tiene margen para investigar, escribir o finalizar estudios. Luego, cuando se evalúa subir de jerarquía, lo que cuentan no son las horas de docencia, sino los artículos publicados y los títulos alcanzados. Se les da el tiempo, pero no la ayuda necesaria para avanzar.

No todas viven esta falta de acompañamiento de la misma manera. Las que tienen los recursos necesarios pueden combinar la lactancia con servicios de cuidados y seguir avanzando en la educación o en publicar. Pero las que no pueden pagar apoyos pasan esos dos años intentando equilibrar la crianza, el medio horario y la expectativa de productividad que la institución les exige.

Conociendo el panorama, muchas investigadoras eligen tener hijos luego de finalizar el doctorado y asegurarse una carrera sólida. Otras tantas prefieren anular totalmente la idea.

Ricardito

Lejos del Campus Luisi Janicki, en Jaureguiberry, vive Valentina Franco, ganadora del Premio Nacional L’Oréal-Unesco 2024 “Por las mujeres en la ciencia”. Es doctora en Ecología y licenciada en Ciencias Biológicas por la Facultad de Ciencias de la Udelar.

Lejos del ruido de la ciudad, como ella prefiere, cuenta que le gustaba la biología desde el liceo, pero cuando empezó la carrera no tenía pensado ser científica porque no sabía lo que implicaba. La investigación llegó casi por accidente, primero como voluntaria y luego trabajando con ocho compañeras, cuando desarrolló la línea de investigación que la llevó a ganar en 2024. Franco cuenta que ese primer acercamiento, con un grupo femenino y horizontal, le permitió ver que se podía hacer ciencia siendo mujer y la impulsó a seguir estudiando.

Si bien desde antes de entrar en el mundo académico ya había decidido no tener hijos, cree que esa es una de las razones fundamentales por las que pudo dedicarse plenamente a estudiar y avanzar en la carrera. “Me imagino que se puede lograr ser madre y científica, pero siento que si yo lo fuera haría muchísimo menos de la mitad de lo que hago, no lograría tener los logros que tengo porque la ciencia es exigente, es demandante”, dice.

La exclusión a la que se opusieron Paulina, Inés y Clotilde era más explícita: no se les dejaba ingresar a la universidad. En un informe publicado en febrero de 2020, la Mesa Interinstitucional de Mujeres en Ciencia, Innovación y Tecnología (Mimcit) deja en claro que en la última década se pasó a una expulsión más tenue. Pueden entrar a la universidad, pero luego, aunque tengan las mismas capacidades que los pares varones, no pueden llegar a cargos altos.

Valentina Franco vivió discriminaciones evidentes y otras más ocultas. A los 24 años, empezó a trabajar en la Isla de Lobos para el trabajo de campo. Todos los trabajadores del lugar eran hombres y se negaban a llamarla por su nombre. La apodaron Ricardito. Ella los ignoró, pero entiende que hay otras que prefieren no enfrentarse a ese tipo de escenarios: “Cuando premiamos a las mujeres que estamos en la ciencia, solo se está observando a las que llegaron, pero hay muchas que quedan en el camino porque se dan situaciones de abuso de poder, chistes machistas, una cantidad de cosas que hacen que abandonen la ciencia”, afirma. Ahora, teniendo un doctorado desde 2015, casi 70 publicaciones y excediendo los méritos para avanzar, sigue siendo apenas grado 2 (en la Universidad los grados van del 1 al 5).

Parte de la muestra Quiénes son ellas, en Facultad de Ciencias.

Foto: Marina Zanatta

Para Tomassini, esto pasa porque pensamos en las desigualdades como etapas separadas: primaria, secundaria, educación terciaria. Pero en la realidad las personas van de una institución a otra, y por más que una mujer llegue con herramientas, cuando entra a espacios masculinizados aparecen barreras nuevas. Para ella, si no hay una política que acompañe toda la trayectoria, lo que se gana en un tramo se puede perder en el siguiente.

Mujeres en los murales, desigualdades en las aulas

De vuelta en Montevideo, pero ahora en Malvín Norte, aparece la Facultad de Ciencias de la Udelar. El terreno es grande, con árboles, pájaros e insectos que son observados de cerca por estudiantes. Adentro hay un mural de Marie Curie; frente a él, una exposición titulada “¿Quiénes son ellas?” muestra a 12 mujeres uruguayas en el área de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas –STEM, por su sigla en inglés–.

Las estudiantes no reciben este reconocimiento en las clases. Francisca, estudiante de la Licenciatura en Ciencias Biológicas, recuerda que este año pasó repetidas veces que el profesor solo les daba la palabra a los varones. En una ocasión una compañera respondió a una pregunta, pero no se la tomó en cuenta. Minutos más tarde, un varón dijo lo mismo y sí hubo una reacción. Añade: “Justo esa clase fue en el salón de actos, y desde donde se sienta el profesor puede ver y escuchar a todos. Omitió a la chica deliberadamente”.

En la clase hubo un consenso de que lo que hizo el profesor estaba mal, pero no tenían mecanismos claros para actuar. Las estudiantes comentaron la situación entre ellas, pero no sabían si existía un protocolo, ni a quién dirigirse, ni si presentarlo tendría consecuencias reales.

En la Udelar hay iniciativas para visibilizar estas desigualdades. En 2012 se creó la Comisión Abierta de Equidad de Género, que más tarde incorporó el Modelo de Calidad con Equidad de Género, una certificación que impulsa el Instituto Nacional de las Mujeres para disminuir la brecha de género en el trabajo. A partir de esto, se avanzó en la generación de estructuras y diagnósticos.

En 2021 se creó el Observatorio para la Igualdad de Género. Surgió dentro del Centro de Estudios Interdisciplinarios Feministas (Ceifem), con el objetivo de que la Udelar tuviera, por primera vez, un espacio dedicado a analizar, sistematizar y comunicar las brechas de género en la academia.

Gimena Albarenga es asistente del observatorio desde que se creó y docente e investigadora del Ceifem. En estos años, junto con otras compañeras que ocupan distintos espacios en la Udelar, lograron construir un sistema de más de 200 variables para medir desigualdades entre estudiantes, docentes y funcionarios. Aún no publicaron datos completos, pero sí impulsaron diagnósticos y coordinaron con los equipos técnicos que ya producían estadísticas internas. Albarenga habla rápido mientras explica el trabajo que están haciendo, pero suelta un suspiro antes de referirse al impacto en la política. “No siento que hayamos logrado incidir directamente –dice–, sí movimos cosas, sí generamos acuerdos, pero desde el observatorio, y con los datos que aún estamos construyendo, no tuvimos incidencia en políticas concretas todavía”.

La institucionalidad de género de la Udelar es dispersa, sin un espacio centralizado. Lo que hay son tres comisiones principales –equidad, cuidados y violencia– que funcionan sin un lugar donde articular políticas. Desde el observatorio y la Comisión Abierta presentaron una propuesta de una nueva institucionalidad de género para la Universidad, pero aún se está evaluando. Como el observatorio no es una estructura estable de la Udelar, según Albarenga, está “en un limbo”. Tienen asegurado un año más de presupuesto, pero es probable que no se mantenga cuando termine 2026.

El legado

Tomassini recalca que falta un compromiso real para abordar esta problemática. Aunque existe un consenso general acerca de la importancia del tema, nota que eso no se traduce en acciones concretas cuando es necesario movilizar recursos o introducir cambios en los instrumentos y en la normativa. Es en ese punto donde, según explica, aparecen las diferencias, y el tema queda relegado frente a otras prioridades.

Dentro del equipo del observatorio, son pocas las que escaparon del destino de las hermanas Luisi Janicki y tuvieron hijos. En su mayoría ya son grandes, independizados, no necesitan ser atendidos por las madres. El dato no sorprende a Gimena Albarenga, que lo dice con cara seria, y probablemente tampoco sorprendería a Valentina Franco ni a Cecilia Tomassini, porque es la confirmación de lo que viven y observan desde hace décadas.

Optar por no ser madre parece, a simple vista, la solución más evidente para mantenerse en la academia. Aun así, no garantiza un camino libre. Incluso quienes deciden no tener hijos cargan con el cuidado de otras edades, desde padres mayores, familiares enfermos o dependientes. Son tareas sin horas reconocidas, que no se contemplan en las evaluaciones. El tiempo de cuidado queda por fuera de la estructura universitaria.

Las pioneras Luisi Janicki abrieron las puertas de la universidad; más de 100 años después, las investigadoras saben que con abrirlas no alcanza, todavía falta que el sistema las deje quedarse.

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