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A Useful Ghost.

Crónica del Festival de Cine de Punta del Este

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Primera mitad de un evento pleno de sorpresas y reencuentros.

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Cubrir la primera mitad de un festival siempre va acompañado de una especie de amalgama interna que se debate entre incomodidad y urgencia. Entre películas, charlas, cenas y eventos, uno siempre se siente con un pie afuera, y cualquier intento de sociabilidad es como tratar de bailar en una fiesta que se debe abandonar demasiado temprano.

Esta sensación común se agrava por las dimensiones del festival internacional de Punta del Este, cuyo funcionamiento doméstico –con combis y almuerzos en donde se rejunta una y otra vez a directores, productores, actores, periodistas, directivos y jurados– potencia esa sensación de intimidad que no se da en eventos de mayor envergadura. Se está ahí, se forjan amistades incipientes, se escuchan teorías, chismes y controversias, y luego, sin más, desaparece.

Es en ese marco que la elección de películas se da un poco a ciegas, una voluntad de acopio más instintiva que plenamente informada. Esta crónica es, en definitiva, un acercamiento parcial –aunque con anhelos conceptuales mayores– de la experiencia de estos tres días pasados.

La experiencia ya la conozco: trabajé de encargado de prensa en el festival por dos años y después estuve como invitado de prensa un par de veces más. Sin embargo, hacía casi diez años que no volvía a pisar la sala Cantegril, por lo que todo se tornaba en un juego inconsciente de superponer el festival recordado con el actual: qué había cambiado del balneario, qué choferes e integrantes de la intendencia siguen trabajando, quiénes del conocido público octogenario que asistía posiblemente haya fallecido, cuánto cambió el perfil entre una Dirección de Cultura de una intendencia frenteamplista y una blanca.

Adulto en Gorlero

Es sábado y llego al balneario demasiado tarde para alcanzar las funciones previas a la ceremonia de apertura y demasiado temprano para mandarme al Cantegril, el centro de operaciones del festival. Sin mucha opción, hago el check in en un sobrio pero conveniente hotel en esquina con el cine Lido (su hermosa estructura de ladrillo lo convierte en el arquetipo de todas las aspiraciones de elegancia de Punta del Este de los años 50, y verlo así, tapiado, al lado de tanto edificio de yeso y balcones de acrílico turquesa, me inunda de una especie de indignación aristocrática) y me mando a caminar por Gorlero.

Algo que siempre noté, pero que ahora se subraya aún más, es cómo cambia el perfil entre esta calle principal y sus paralelas. Cuando era niño, para mí Gorlero era el colmo de la elegancia y exclusividad, pero ya en mis 20 recaí en el hecho de que la calle funciona como un paseo más bien familiar, con un montón de tiendas en rebaja, quioscos, gift shops y locales de artesanía. Me río porque, efectivamente, la diferencia entre mi yo niño y mi yo adulto es que, para un niño, el demarcador de estatus lo daban las artesanías de Canoa Quebrada y las golosinas importadas que nunca se veían en supermercados de Montevideo.

Paso esas dos horas previas a la pasada de las combis por los hoteles tomando unas cervezas, viendo libros de saldo y entrando a galerías de antaño donde, en algunas casas de arte, siguen en exhibición acuarelas de Alvaro Castagnet que no han dejado de deslumbrarme. Cuando pasan a buscarme, me hallo compartiendo asiento con un grupo de productores latinoamericanos (la mayoría de ellos, jurados de distintas categorías de la programación) que, en esta década en que no pisé Punta del Este, fueron haciéndose íntimos.

Daniela Cardarello, directora artística del festival, alterna con destreza entre español y portugués, con una energía distinta a la de la mayoría de los directores artísticos que he conocido: algo medio levitante, de poder estar en todas las charlas al mismo tiempo, pero a la vez maneja un humor más filoso que el que suelen permitirse este tipo de personas. Un tipo de persona que me cae bien y a la vez me hace instintivamente estar en guardia.

La primera señal de algo que iré notando en el festival se da en el discurso de apertura de Andrés Rapetti, director general del Departamento de Cultura de Maldonado. En su exposición señala la importancia del cine como un elemento que expone realidades distintas –nada nuevo acá–, pero que sirve como articulador, punto de comunicación en un mundo actual donde hay visiones cada vez más confrontadas. Diez años atrás sería un discurso indistinguible de miles de otros, pero, en un 2026 que amaneció literal y metafóricamente prendido fuego, el llamado a reconocerse entre diferentes (más que meramente prescribir la tolerancia) parece algo inusual y aislado.

Los llamados

Esta sensación de exposición a ideologías opuestas ya se dio en la película de apertura. Domingos, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa (el film español con más nominaciones en la última edición de los Goya), es la historia de una adolescente que decide alejarse de las promesas del mundo académico para acercarse al santo oficio. Su padre, su abuela y sus tíos se encuentran desconcertados por una decisión tan a contramano de los tiempos actuales, y la posición de cada uno parecería ser complementaria a la del otro.

Pasa la película y me sorprendo en una circunstancia inusual: siendo alguien notoriamente ateo (no necesariamente anticlerical, pero con una predisposición natural de sospecha a todo lo que lo rodea), me encuentro hinchando por la piba y deseando que la dejen en paz en esta nueva pasión que la acaba de tocar. Ninguno de los personajes es necesariamente malo, o un antagonista; todos tienen sus razones, sus medios y sus falencias, pero me da gracia pensar cómo la revelación de la total entrega de alguien a la religión se siente hoy como algo mucho más intenso y extraño que una salida del clóset. Muchos otros directores hubieran hecho de esta película una especie de comedia o drama de los desencuentros de una antigua España que reaparece en una generación nueva, pero se siente mucho más como un Bildungsroman de la fe, donde lo divino por momentos parece cosquillear el oído. O quizás es porque hay una escena en que un coro religioso canta “Into my Arms”, de Nick Cave, y es difícil no escuchar su llamado.

Llámese azar, o pura tentación concatenadora, pero conforme pasan las películas siento subrayada en la selección de films tan diferentes esta idea de una obsesión o un llamado que embriaga a los protagonistas o hacen exponerse en bandos opuestos. Esta sensación laxa del llamado, o de la certeza cuasi delirante, se da, por ejemplo, en algo que en apariencia no tendría nada que ver con la religión, que es el documental Buscando a Shakespeare, dirigido por el conocido actor argentino Gustavo Garzón.

El film aborda una discusión entablada ya desde fines del siglo XIX, que es la legitimidad de la autoría del dramaturgo de Stratford-upon-Avon. Si bien es un asunto que ya ha sido ampliamente diseccionado tanto en otros documentales como en la ficción Anonymous (Roland Emmerich, 2011), Buscando a Shakespeare guarda su originalidad no tanto en los discursos esgrimidos, sino en la personalidad de muchos de los interlocutores. Así, hay un ligero distanciamiento que por momentos hace alternar a varios de ellos como colgados, académicos serios o conspiranoicos, y también se percibe no solamente una discusión sobre el pasado, sino una agenda política detrás (académicos de corte elitista que no creen que alguien ajeno a la realeza pudiera escribir lo que escribió Shakespeare; investigadoras feministas que sugieren la posibilidad que haya sido una mujer; directores teatrales que subrayan el papel colectivo de la creación por encima de la discusión eterna de la autoría individual). Lo más original de ello es cómo Garzón, que fue un actor que nunca se animó a encarnar un personaje de Shakespeare, entrevista a un montón de gente del teatro con enfoques completamente distintos sobre ese corpus sagrado.

El resultado, en los mejores momentos del documental, es un perfil no tanto de Shakespeare, sino de la argentinidad vista a través de la lupa del inglés. Es, así, otra historia de fe, conspiraciones y bandos acérrimamente peleados, que sería de superior calidad si no fuese por el exceso de voiceovers afectados de la dramaturga Mariana Segasti, coautora del documental.

Libres y extraños

Algo de esta particularidad cultural o local que sentí que se inmiscuyó en mi visionado se dio en la película Cielo, del español Alberto Sciamma. La película no escatima tiempo en mostrarse como algo extrañísimo: vemos una niña boliviana que se traga un pez mágico y asesina a sangre fría a su padre y su madre, para proceder a colocar a esta última en un tonel con salitre y llevarla hacia otro lado donde se dará una especie de transmutación donde todos estarán felices. Así señalado, podría ofrecerse fácilmente como un drama del desequilibrio mental de alguien atosigado por las circunstancias del ambiente, pero la película no solo no toma partido por la explicación psicologicista, sino que también se aleja del tono trágico del asunto. Ya pasando la primera mitad del film, uno se da cuenta de que estamos ante un extraño artefacto, que es, mucho más que un drama, una película de aventuras dominada por el realismo mágico.

Cielo es sin dudas algo innovador que siempre agarra a uno en pie en falso, porque mucho del componente morboso se da en una multiplicidad tonal impensada. Ahí, en una de las escenas trágicas del film, vemos un ómnibus lleno de unas cholitas voladoras (nombre que se les da a las luchadoras de lucha libre boliviana) que, casi emulando la infame escena de Sirat (Oliver Laxe, 2025), desbarranca en una montaña. Un plano cenital filma a la chica que acaba de sobrevivir al siniestro, pero cuando parece que está recuperándose, un limpiaparabrisas del ómnibus cae del cielo y se le incrusta como una flecha en el estómago. La sensación es rara porque, además de lo poco creíble, resulta tan dramática como cómica.

Hay, así, una sensación de all over the place que por momentos se siente como una libertad artística inspirada en mitos del altiplano, y en otros simplemente como un enfoque medio bizarro y fallido de guion.

La gran contradicción es que esta inusual libertad narrativa que posee el film a veces parece un retazo de presuposiciones sobre cuestiones andinas vistas desde una extranjeridad que las toca medio lateralmente (algo que pasaba con la visión de Jacques Audiard en Emilia Pérez). Un ejemplo que parece medio caprichoso, pero a la vez es significativo, es que el graznido de un cóndor recurrente del film parece salido de un stock de audio y se asemeja mucho más al de un águila calva, típica del cine estadounidense. Ya hay algo un poco kitsch con la recurrencia de sonidos de stock (como el desenvaine inesperadamente metálico de una daga al ser extraída de carne humana), pero todas las licencias culturales caen cuando es una película sobre mitos andinos y los cóndores tienen otro sonido.

Es difícil posicionarse ante una película como Cielo, porque esa libertad que la hace tan diferente también conspira a veces con su coherencia interna (hay, sobre todo, una tendencia constante a irrespetar las reglas que el film planteaba en primera instancia).

Una película súper foránea y totalmente libre que funciona muchísimo mejor es A Useful Ghost, de Ratchapoom Boonbunchachoke, en la que los espíritus de amantes pasados reencarnan en electrodomésticos. Al principio es una comedia en la que permea ese estilo deadpan a lo Roy Andersson, pero con sus peculiaridades tailandesas, aunque lentamente la historia, llena de irreverencias pero excelentemente filmada, va derivando hacia algo mucho más denunciatorio sobre las relaciones de sujeción laboral en el país asiático.

Lo extranjero también se toma en otra película poderosa de la grilla: Bajo el mismo sol, de Ulises Porra. La historia se centra en Santo Domingo en el siglo XIX, en donde un español, acompañado por una china, tiene el fitzcarraldesco ímpetu de tratar de criar larvas de seda en plena selva caribeña. La película, más allá del conflicto cruzado entre fuerzas de ocupación francesas, haitianos, españoles y la extranjería asiática, está embebida por este aire metafísico que se ha ido dando en films sobre los orígenes de las refundaciones coloniales, como Zama, Jauja o Magalhães, de Lav Díaz, que incluso se exhibió en el festival. Es una tendencia que se está convirtiendo en un cuasi subgénero, con personajes deambulando en una tierra prometida que amenaza con tragárselos enteros.

Finalmente, otra película que también parte de un escenario foráneo y que sigue un llamado cuasi espiritual es La lucha, de José Ángel Alayón Dévora, sobre un hombre que es un insigne competidor en torneos de luchas canarias, pero cuya presencia gigantesca se contrarresta con su fragilidad a la hora de conectar con su hija. Una historia de abrazos que solo se pueden dar en el forcejeo de las llaves, atravesada por la belleza silenciosa del desértico escenario isleño.

Desde la Azotea

A un día de cerrar mi participación en el festival, nos citan a todos a la Azotea de Haedo. Justo antes de empezar el almuerzo, el escritor Valentín Trujillo, director de programación cultural de Maldonado, pide unos minutos para hablar del dirigente blanco que, además de presidir el colegiado entre 1961 y 1962, utilizó el espacio en el que estábamos para oficiar de contacto entre varias figuras antagónicas del convulsionado espacio político de fines de los años 1960. En ese marco, de entre todas las obras de arte que abundan en el lugar, el verdadero objeto fetiche es un banco verde y frágil en el que, en una de esas ocasiones, Ernesto Che Guevara daría su famosa disertación de Punta del Este. Toda la Azotea de Haedo está marcada por esa memorabilia de encuentros diplomáticos y pequeñas obras de arte que aparecen casi escondidas entre arbustos.

En un momento voy al baño y se me da por inspeccionar la sala y biblioteca. Ya había estado ahí en otras ocasiones, pero siempre en el marco de charlas y mesas redondas. Ahora estoy solo y me siento como un niño hurgando entre las pertenencias de un antepasado. Veo los libros, las fotos solemnes y los óleos a los que se dedicaría Eduardo Víctor Haedo después de renunciar a la vida partidaria, y es posible sentir los hálitos de una estirpe política (ya sea de izquierda o de derecha) que hace mucho dejó de existir. Un Uruguay de antaño en el que la clase alta se veía obligada a pasar por un proceso de legitimación que requería reconectarse con su pasado y con la alta cultura, tan diferente a lo que se puede encontrar en Gorlero o en la rambla puntaesteña, coronada por moles sin pasado, creadas ex nihilo de la mera especulación económica. Ahí, en la sala de lectura, era imposible no sentirse en el ojo del huracán de un mundo que estuvo a punto de estallar en los 60 y que revive como una grieta de magma ardiente en la actualidad. Uruguay es promocionado en el festival no solo como un centro de buen cine, sino un lugar donde toda la locura del mundo parece suspendida y lejana.

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