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La Margarita, de Jaime Roos, y Placeres del sado-musiquismo, de La Tabaré, se editaron por primera vez en vinilo

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Vuelven dos obras de la década de 1990, la época del ocaso de los tocadiscos.

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“Sobre el humo de la parrilla volaba la serpentina, / y el tocadiscos, que el club había prestado, / le daba y le daba al baión ‘Delicado’ / que, al decir de Margarita, ‘era música divina’”. Así canta Jaime Roos en “La mirada”, canción incluida en su disco La Margarita (1994). Pero, vaya paradoja, es un álbum que nunca pudo girar en un tocadiscos porque fue el primero del músico que no se publicó en vinilo, ya que el formato negro y redondo a mediados de los 90 ya estaba más que muerto y rayado. Pero los tiempos cambiaron, y hace rato que la vuelta del vinilo vino para quedarse, y en los últimos días el sello uruguayo Little Butterfly Records editó La Margarita por primera vez en ese formato.

Para los neófitos, cabe recordar que se trata de una rara avis dentro de la discografía del cantautor de bigote, porque es un álbum integrado completamente por poemas de Mauricio Rosencof a los que Roos convirtió en canciones, o sea, les puso música sin alterar ni una coma de los textos. Por lo tanto, fue la primera y la última vez que Roos sacó un disco compuesto exclusivamente de letras ajenas. Seleccionó 15 sonetos de los casi 30 que tenía La Margarita –con la autorización de Rosencof, claro está–, que fue editado como libro al mismo tiempo que el disco.

En aquel 1994 el álbum salió en CD y casete, y mucho después, en 2016, fue publicado otra vez en CD, como parte de las excelentes y cuidadas reediciones remasterizadas de la obra completa de Roos, y esa versión es la que también está disponible en plataformas digitales. La Margarita suma otra rareza a la discografía de Roos porque es un álbum del que no salió ninguno de esos éxitos masivos de melodías compartibles que supo –y sabe– componer a placer (por ejemplo, tres años antes se había despachado con nada menos que “Colombina” y “El hombre de la calle”).

Y es justamente porque se trata de un disco “conceptual”, con una historia –tierna, sencilla, de puro candor, según dice “En la esquina”– que atraviesa todas las canciones, que el vinilo le calza redondo, ideal para escucharlo sin cortes –solo uno, para el obligado cambio de lado– y en orden, sin ninguna distracción. El sonido del vinilo es una maravilla, y en la primera “pieza” (porque no es una canción), “El regreso”, el recitado de Rosencof, con filtro radial, pasado por el vinilo, le termina de dar ese aire de antaño en el que vuela la historia de Margarita, que el militante tupamaro cultivó cuando sufría el cautiverio extremo, siendo rehén de la dictadura (escribió los poemas sobre hojillas de armar cigarros, una historia muy conocida).

Dentro de un formato de instrumentación compacta y concreta, de canciones simples, hay pequeñas joyas que nunca es tarde para (re)descubrir, en cualquier formato, como el irresistible candombe callejero –es decir, puro, de verdad– “Sandía”, que incluye al Roos “actor”, que se pone en la piel del vendedor de sandía y desparrama su canto. Y qué decir del vals “Maga”, que ya de por sí tiene un vuelo criollo, que se termina de remontar con el solo de acordeón de Hugo Fattoruso. Por nombrar apenas dos paisajes de este viaje sonoro. Y, como siempre, al final, sigue quedando la duda de si en la esquina aguarda Margarita.

La Tabaré y su placer por el sado-musiquismo

Otro disco que también acaba de salir por primera vez en vinilo –en este caso, a cargo del sello Ayuí– es el tercero de La Tabaré, Placeres del sado-musiquismo, que originalmente se publicó en 1992, solo en casete, y tres años después, en CD –y hace un buen tiempo que también está disponible en plataformas digitales–. Esta edición aprovecha el frondoso espacio de 31 por 31 centímetros e incluye ilustraciones y una contratapa a cargo del artista gráfico Nicolás Peruzzo, compinche de la banda en el último tiempo para el arte visual. Además, la masterización, hecha por Ulises Rivas, le da un sonido muy superior al que tiene la versión de Spotify.

Luego de Sigue siendo rocanrol (1987) y Rocanrol del arrabal (1989), sus primeros dos álbumes, la banda liderada por Tabaré Rivero lanzó Placeres del sado-musiquismo en diciembre de 1992, cuando el rock uruguayo pasaba por debajo del radar masivo, a excepción de Níquel. El grupo tomó algunas pocas canciones de las dos operetas que puso en escena en ese tiempo, La ópera de la mala leche (1990) y ¿Qué-te-comics-te? (1992), y les sumó muchas más compuestas para la ocasión, con un hilo conductor sonoro pero también letrístico, pariendo así el disco más tabaretero hasta esa fecha.

Es la mezcla a punto del rock y lo teatral de Rivero y compañía, llena de referencias culturales de adentro y de afuera (como la breve cita guitarrera del riff de “Day Tripper” en “Desde el chiquero”), con un total de 20 canciones y misceláneas, como los 50 segundos de “Sras. Sres.”, con la voz del actor Franklin Rodríguez, que oficia de presentación de la banda (“los mejores en este discreto arte de fracasar”). Las letras pasan por las infinitas obsesiones de Rivero, como la alienación, el consumismo, las seudorrevoluciones y mucho más –siempre que encienda la rabia–.

También hay muchas idas y vueltas de estilos, como el sardónico rockabilly acústico “Qué suerte (la muerta está de moda)”, que dice “Terminator junto a Xuxa nos vinieron a salvar” y que, más de 30 años después, por la esencia de su letra –y de su título–, parece estar todavía más vigente. No en vano, cierra el primer lado del vinilo, por lo que la pausa obligada viene luego de uno de los versos más famosos de Rivero: “Si creés que el fin del milenio es un tiempo light, / comprate un burro y hacete dark”. Y, ya que estamos con los versos, esta edición trae una curiosidad: la letra de una canción en el librillo aparece con las modificaciones que Rivero le hizo a lo largo de los años, porque “nunca estuvo conforme” con el texto de esa canción, según se consigna. Se trata de la canción “No”, en la que, por ejemplo, “no queremos drogas por obligación” se cambia por “fuimos masturbados por obligación”.

La Margarita, de Jaime Roos con textos de Mauricio Rosencof. Little Butterfly, 2026.

Placeres del sado-musiquismo, de La Tabaré. Ayuí, 2026.

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