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Romeo Taddei

Foto: Gianni Schiaffarino

“Cuando canto siento que él está presente”: Romeo Taddei organiza un concierto en homenaje a su padre

8 minutos de lectura
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Semblanzas y recuerdos del hijo del cantante y compositor Claudio Taddei.

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A simple vista, Romeo Taddei, en el blanco de detergente de su ropa y en la aparente serenidad de su rostro, es un surfista extranjero solo ocupado por unas olas que mañana tendrán el paisaje de otro país. No hace tanto que decidió renunciar a su trabajo como personal trainer y a una relación de pareja de cinco años para emprender el camino de mochilero que le permitió conocer Uruguay y parte de América Latina. En 2024 esa deriva, que lo había conectado de otra forma con la música, le permitió grabar sus propias canciones como solista bajo el nombre de Deiro.

“También vine acá para aprender, para conocer músicos, para componer, digamos: amor uruguayo”, resuelve en su casi perfecto español. Sus brazos están llenos de tatuajes y dibujos de su padre, el músico, compositor y artista plástico Claudio Taddei.

Su actual estadía en Uruguay, la más larga desde que la pandemia lo afincó en un departamento de Pocitos, tiene el principal motivo de llevar adelante la organización y dirección artística del espectáculo Homenaje a Claudio Taddei, cuya recaudación estará destinada al Instituto Nacional del Cáncer “como una forma de devolver, desde el arte, un poco de esperanza a quienes hoy enfrentan esa lucha”.

El evento tendrá lugar sobre el fin de marzo en la sala Fabini del Auditorio Nacional Adela Reta y contará con la presencia de Dana Taddei, Rossana Taddei, Gustavo Etchenique, Hugo Fattoruso, Mateo Ottonello, Martín Morón, Alfonsina, Agarrate Catalina e invitados sorpresa.

¿Quiénes son tus amigos de la música uruguaya?

Bueno, en realidad, los primeros amigos de la música son los de la familia. Tengo un palo de familiares que andan re bien con la viola y cantan en las juntadas. Ahora conocí varios músicos después de haber estado en La Serena, en La Paloma. Eso estuvo de más, y después hay muchos que conocía a raíz del homenaje a mi padre.

¿Conociste a Jorge Drexler?

Sí, claro. Un fenómeno. Ahí también me encontré con los músicos de la Rueda del Candombe y fue divino compartir con ellos.

¿Te sumaste a uno de sus conciertos?

Sí, para mí fue un sueño. Venía siguiéndolos desde Suiza. Incluso, cuando estuvieron en Francia, me quedé con ganas de ir hasta allá a verlos. Pero los seguía en las redes y cuando surgió la posibilidad de tocar acá con ellos no lo podía creer.

Sos candombero, entonces.

Sí, yo amo el candombe. Desde chiquito siempre tocaba el cajón peruano o acompañaba con otras percusiones. Incluso mi padre de vez en cuando me invitaba a tocar el cajón. O sea, amor de padre, ¿no? Porque a veces yo no cazaba una, pero por el hecho de compartir con él y de estar ahí, estaba buenísimo. Es un ritmo que siempre tengo presente, pero nunca estudié. De adolescente toqué algo de batería y después dejé. Viviendo en Atlántida, en mis años liceales, a veces iba a los tambores.

¿Ahí fue que viviste en una chacra?

Sí, era atrás de Estación Atlántida. Fueron dos años, pero los recuerdo como una linda experiencia.

Volviste a Uruguay por el homenaje a tu padre. ¿Te gustaría quedarte por acá?

Mirá, me quedo acá, me quedo allá, voy, vengo. Es como que ya hace muchos años que tengo las ganas de volver acá y quedarme, pero me pasa algo muy loco que, a medida que voy creciendo, se hace más evidente. Con mi familia tenemos ese chiste: que no paramos de dar vueltas y no llegamos a quedarnos en ningún lugar. El sueño es poder vivir acá y allá. O sea, las dos cosas. Es complejo, pero capaz que se puede dar. Amaría volver a pasar un buen rato acá, un par de años, capaz. Lo he intentado, pero siempre han surgido cosas. El covid, esa fue la principal. Después estuve con la música allá en Italia y me quedé ahí. Como que siempre había cosas que trancaban mi venida para acá. Ahora ya van tres meses en Uruguay y la verdad es que estoy re feliz.

Hoy además tenés otro vínculo con la música que en tus anteriores viajes.

Sí, es más cercano. Todavía estoy aprendiendo cómo funciona y recién estoy comprendiendo algunas cosas que me decía mi padre sobre lo difícil que es dedicarse a la música. De todas formas, es un mundo hermoso. A mí la música me salvó.

¿Por qué?

Cuando perdés a alguien tan cercano, te aferrás a algo. O sea, puede ser para bien o para mal. Y yo me aferré a la música, por suerte. Incluso en el período más oscuro, digamos, me permitió zafar. Me salvó... No sé cómo decirlo en español, pero...

¿De qué forma exactamente? ¿Un día agarraste una guitarra y te pusiste a tocar?

Cuando yo era chico mi padre había intentado enseñarme guitarra y me dio alguna clase, y llegué a leer algo de solfeo. Pero en ese momento le dije: “Nunca más”. No me había gustado nada. Me parecía muy complejo. Después, en mi adolescencia vine a Uruguay, mientras mi padre estaba en Suiza: todos mis compañeros de liceo tocaban algún instrumento y yo era el único salame –encima, hijo de un artista– que no sabía hacer nada, solo tocaba el tambor. Y ahí un día, con compañeros, agarré la guitarra y en un día saqué tres, cuatro temas y me di cuenta de que tenía facilidad. Después dejé de tocar por un buen tiempo y retomé cuando me fui a vivir con mi padre durante un año. Ayudaba que estaba la guitarra y que estaba él, que siempre me daba alguna sugerencia: “Por acá sí, por acá no”.

Y después fue gracias al covid que estuve encerrado dos meses en un apartamento acá en Montevideo. Y ahí fue el gran cambio: me puse a tocar y cantar todos los días, nunca antes había cantado así. Yo nunca canté con él. Es como un sueño que quedó ahí. Y ahora, cuando canto, siento que él está presente.

Todo el mundo debería cantar, sin importar si te sale bien o mal. Estoy seguro de que el hecho de sacar eso que sentís te va ayudar.

Foto: Gianni Schiaffarino

¿Dónde está exactamente el lugar donde vivís en Europa?

Viene a ser la Suiza italiana. Estamos a dos minutos de Italia. Habrá diez kilómetros de distancia. Y hablamos italiano. Vivo en un pueblito, Caslano, cerca de una ciudad más grande que se llama Lugano. Una vez me encontré con Diego Lugano en un aeropuerto y tuve la excusa perfecta para sacarle conversación: “¡Diego, yo vivo en Lugano!”. Fue muy gracioso.

¿Cómo es ese lugar?

No sabría ni siquiera cómo definirlo. Porque hay montañas, tiene un paisaje muy cinematográfico. Pero claro, también tiene sus contras. Para la música es bravo. No existe eso de juntarse como acá. Entre las ventajas te diría que estás alejado de los quilombos de la ciudad. Y entre las desventajas, es un poco frío.

¿Sos futbolero?

Lo he sido un montón. Yo jugaba al fútbol y quería darle al fútbol. Mi viejo siempre decía: “Amaría que le metiera a la música, pero este piensa solo en jugar a la pelota”. De hecho, cuando viví acá estuve a punto de ir a jugar a Peñarol y al final no se dio. Me jodí los tobillos y ahí empezó a decaer el sueño futbolero.

¿Qué música escuchás?

De todo un poco. Obviamente, la música de mi viejo es impresionante. Y después escucho los clásicos: Charly García, Ruben Rada, Jaime Roos, No Te Va Gustar, La Vela Puerca, El Cuarteto. Y después cosas en italiano. Bueno, más acá, Milo J: me parece notable lo que hace. Ahora me estoy acercando al folclore de acá.

Tus canciones como solista tienen algo de folk, pero juega con una especie de fusión de ritmos.

Es una mezcla, sí. La verdad es que me estoy descubriendo. No me estoy poniendo límites y quiero sentirme un poco más libre de poder hacer lo que quiero. Pronto voy a largar otro tema nuevo.

¿Cómo surge la idea de este homenaje a tu padre?

Hace seis años. Enseguida, cuando pasó [el fallecimiento de su padre], dije: “Hay que hacer un homenaje como se merece en Uruguay. Pero al final, el duelo, todas las cosas que pasan en la vida, y fue pasando el tiempo mientras intentaba gestionar el homenaje desde allá, sin tener ni idea de cómo se hacía ni de números, y con el objetivo de que todo lo recaudado fuera a beneficio. Empecé a organizar el evento con una gente, no se dio, hasta que terminé con el equipo que armó esta fecha y con el que estoy muy feliz.

¿Qué se puede adelantar del show?

Va a haber una banda fija, con Mateo Ottonello en la dirección, y después van a ir rotando los músicos. La idea es que pueda participar gente que trabajó con mi viejo, pero también otros artistas nuevos. Y en cuanto al repertorio va a tener canciones de las diferentes etapas de mi viejo, aunque en ese sentido dije: “Vamos directo al sentimiento”.

Tu padre hizo soul, funk, rock y después se volcó al folclore. ¿Vos tenés una etapa preferida?

Yo descubrí el disco La iguana en el jardín [1995] bastante tarde y lo escuché cuando vine para acá. Cuando él estaba en Suiza no tocaba esos temas, por lo menos no de esa forma. Era re folclore lo que hacía, como lo de Puerto Mestizo [2007]. Y cuando llegué acá en la adolescencia, piré con La iguana. O sea, el tema “La iguana en el jardín” lo escuchaba todas las noches. Y fue un viaje, porque después supe que era su canción preferida del disco. La perversa estupidez de los espantapájaros perdidos [2000] también me parece tremendo álbum, pero la verdad es que me gustan todos sus discos.

¿Supiste de dónde venía su enganche con el funk? Acá nadie hacía esa música cuando tu padre la grabó en sus primeros discos.

La verdad que no. Por cosas que me han contado, algo que seguramente influyó es que en Suiza se escuchaba mucha música que acá tal vez no había llegado, como la de los Red Hot Chili Peppers. Y cuando él vino para acá, no existía nada parecido. De hecho, con El Camarón Bombay, la banda que tenía con Rossana [Taddei], ya estaban probando con el funk y con la fusión de diferentes ritmos.

Hasta que se entusiasmó con el folclore.

La raíz folclórica la tuvo siempre en su música. Lo recuerdo con la guitarra criolla todo el tiempo o metiéndole al charango. Le gustaba pila escuchar a [Alfredo] Zitarrosa. Hace un tiempo me llegó un audio de cuando mi viejo fue a tocar al Festival de La Paz [1984] e interpretó canciones de Alfredo. No podía creer cuando lo escuché. Pensé: “¡Es Zitarrosa!” Tanto así que le llegué a preguntar a Rossana y me dice: “Sí, es tu padre”. Una locura.

¿Tenés un lugar preferido en Suiza? ¿Algo así como tu lugar?

Puede ser. Hay un lugarcito en el que he pasado varios momentos. Una especie de spiaggetta, como un parquecito con un muelle chico, un árbol y el lago. Por supuesto, también pienso en el lugar donde tenía el atelier mi viejo. Es raro. O sea, estoy tratando de entender yo también lo que me pasa. Porque extraño un montón Uruguay cuando estoy allá. Y después, cuando estoy acá por mucho tiempo, extraño algo de allá, pero no sé qué exactamente.

¿Y qué te gusta de acá?

La gente, los amigos, los asados, las zapadas, el mar.

Sos de Peñarol. ¿Conociste el Campeón del Siglo?

Todavía no, es un asunto pendiente.

¿Qué triunfo de Peñarol te marcó?

No fue un triunfo, fue un empate en la final de la Copa Libertadores [de 2011]. Ese día nos anularon un gol y se me caían las lágrimas porque estábamos ahí, tan cerca de ganar la copa. Ese momento fue tremendo.

Tenés muchos tatuajes en los brazos. Hay uno que parece un reloj.

Sí, es un dibujo del viejo. Es un ojo y me dio la idea del reloj. Yo me tatué bastante. Este brazo [el derecho] es todo de cuadros de mi viejo.

Una vuelta yo le había propuesto una muestra. La idea era que me pusiera en calzones y que él me dibujara todo. Porque hacía esas cosas. Y le dije: “Y después me tatúo esos dibujos”. Pero me dijo: “No, no, estás loco”. Después me hizo algunos dibujos para tatuarme y me hice esto: un ojo que tiene escrito armonía, en esa especie de reloj. Como que el tiempo no existe.

Homenaje a Claudio Taddei. Miércoles 25 de marzo a las 21.00 en la sala Fabini del Auditorio Nacional del Sodre. Entradas desde $ 800 a $ 2.500 en Tickantel.

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