Algo que he notado en la ciencia ficción actual, más específicamente en la distópica, es que hay tres líneas de encare narrativo que se han visto reforzadas en los últimos años. La primera es la más clásica y aborda la distopía especulativa, en la que la película funciona como una especie de modelo a escala, experimento o ensayo de lo que podría pasarnos si ciertos elementos del presente se van de control, si se desarrolla determinada tecnología o si ocurre un suceso inesperado. Es el subtipo que suele requerir más trabajo en el armado del mundo, porque en el diagrama de las hipótesis, las premisas y las variables deben estar tan bien encastradas como aceitadas.

La segunda corriente es la de la distopía como metáfora. En ella, la idea pesa más que el armado del mundo; es decir, en vez de construir un simulador que pueda dinamizar nuestras ideas del futuro, partimos de una idea potente en la que el contexto se reproduce más bien por consonancia, repeticiones, homofonías. Es, sin duda, el género favorito de las películas que, más que plantear un futuro distópico, se apoyan en una suerte de presente enrarecido.

Al tercer modelo yo le llamaría, un poco en chiste, un poco en serio, “distopía como vibes”, en el que, más que un esquema lógico que guíe el funcionamiento de este mundo, hay una especie de poesía fantasmal que concatena ideas, imágenes y ambientes.

Obviamente, el cine siempre tiende al sincretismo y cada vez es más difícil encontrar un modelo puro, pero cortando por lo grueso la mayoría de las películas de ciencia ficción distópica tienden a colocarse más cerca de uno de esos tres vértices del triángulo.

Distopía como metáfora

Mientras veía Un futuro brillante estuve una parte importante del metraje tratando de descifrar a cuál de estos tres subtipos pertenecía. En la película tenemos a Elisa (Martina Passeggi), una de las pocas personas jóvenes de un mundo donde la natalidad ha bajado drásticamente (no a niveles de Children of Men, pero aun así con una sensación generalizada de melancolía crepuscular), que es seleccionada junto con otros coetáneos para viajar al Norte, un terreno indefinido, pero atado a cierto aire de grandeza y bienestar que aparentemente el Sur no goza. Ser seleccionada no solo es una muestra de orgullo familiar, sino también barrial, donde se dan beneficios extra por tener a toda su población joven ya emigrada.

La estratificación de mundos recuerda un poco a Upside Down (Juan Diego Solanas, 2012), el diseño del futuro tiene tintes estéticos similares al planteado por Gabriel Mascaro en Divino amor (2019) y la angustia juvenil previaje guarda ecos de Alemania (María Zanetti, 2023).

Foto del artículo 'Vibras de ciencia ficción: Un futuro brillante, de Lucía Garibaldi'

El punto crucial del film radica en qué pasa cuando Elisa no quiere cumplir con las expectativas familiares –incluso nacionales– de materializar ese futuro brillante, algo que adquiere otra fuerza, o una mayor cristalización, cuando aparece una enigmática vecina (Sofía Gala) que parece ofrecer una alternativa de vida por fuera del sistema.

Si el film siguiera esta línea, posiblemente se definiría por el estilo de distopías metafóricas, actuando como metáfora principal el riesgo que representan las sociedades de control donde la vida es definida por un esquema extractivista entre una clase dirigente (el Norte) y un grupo gigantesco de desplazados, enceguecidos con la esperanza de un ascenso social mágico.

En esta metáfora hay muchos ecos de acontecimientos actuales, ya sea por la “fuga de cerebros” que marca el ritmo de la población académica de nuestro país (y de la que, en cierta medida, también la directora es parte, en tanto actualmente oscila entre Uruguay y ese Norte generacional que es Estados Unidos) o por el reforzamiento de algunas locuras mesiánicas que no distan mucho de la lógica interna de Trump y su “doctrina Donroe”, Milei y sus discursos sobre el Tercer Templo y Benjamin Netanyahu desplegando el mapa del Gran Israel.

El problema de pensar Un futuro brillante como una película-metáfora es que se termina expandiendo su esquema inicial y en el camino se agregan otras metáforas, que ya exigen un dispositivo más detallado de construcción de mundo. Una alternativa a este problema taxonómico podría ser sugerir que la película de Garibaldi es multimetafórica (abarcando más temas, como la comercialización del cuerpo, la búsqueda vampírica por juventud y el despertar sexual), cosa que, aunque parece contraintuitiva, es una corriente bastante recurrente en directores como Jordan Peel, Brandon Cronenberg, Osgood Perkins y varios otros cultores del poshorror.

Foto del artículo 'Vibras de ciencia ficción: Un futuro brillante, de Lucía Garibaldi'

Distopía especulativa

Acá viene la parte espinosa: la construcción del mundo de Garibaldi se da mucho más por recursos estéticos y sensaciones que por un sistema muy detallado de su funcionamiento. Sabemos que hay una zona vallada a la que no se puede ir, pero no hay demasiadas indicaciones de por qué; sabemos que de cierta manera el gobierno dirige orwellianamente el comportamiento de la gente, aunque nunca entendemos del todo cuáles son los límites reales o la materialización de la fuerza, y sabemos que el coeficiente intelectual de la protagonista tuvo algo que ver con su designación, pero Elisa muy rápidamente se lanza a romper múltiples reglas en apariencia inquebrantables sin que tenga repercusiones notorias para su candidatura. Quizás el punto más absurdo de estas liviandades sea que, tratándose de un Estado hipervigilante, la posibilidad de ir al Norte por una especie de tómbola que obsesiona a la madre de Elisa se corporiza en una suerte de “golden ticket” a lo Willy Wonka, que funciona como un cheque al portador (algo que no tiene sentido considerando todos los recursos de burocratización presentes).

Todos estos detalles restan a la profundidad de esta construcción de mundo, pero quedarse en esos supuestos agujeros de guion es también una forma de no entender la película. Por ejemplo, el hecho de que no haya una policía o dispositivo de orden coercitivo explícito no es tan crucial para entender el comportamiento de la gente, como sí la idea de algo mucho más deforme y antipsicologicista que se impone. Si nos libramos de las amarras hiperlógicas, la fascinación hacia el Norte y la servidumbre de los adultos no se parece tanto a un lavado de cerebro como a una reacción ante una hegemonía invisible, tal como la de los hermanos a esa fuerza de ocupación abstracta en “Casa tomada”, el cuento de Julio Cortázar.

Sin embargo, señalando todas estas salvedades, hay algo que nunca llega a cuajar del todo, pero no tiene tanto que ver con la verosimilitud del funcionamiento del mundo, sino con la función que ocupa en el tratamiento narrativo. Lucía Garibaldi plantea tantas líneas y se rinde a tantos fetiches que su metraje es casi 70% exposición, y cuando ya entra el conflicto y la resolución, todo se siente demasiado suelto entre sí. Lo que termina sucediendo es que, para ser una “distopía metafórica”, Un futuro brillante se siente más como un corto estirado, mientras que para el formato de “distopía especulativa” se intuye como algo que debería haber sido una miniserie.

Foto del artículo 'Vibras de ciencia ficción: Un futuro brillante, de Lucía Garibaldi'

Distopía como vibes

Dentro de estos reparos, el film brilla en todo lo que podría haber correspondido a la tercera vía, la de “distopía como vibes”, o sea, como vibras. Cuando se trata de reproducir sensaciones y encontrar imágenes, Garibaldi presenta un talento innato, casi inédito en su generación. Por ejemplo, acá continúa con una obsesión que ya tenía en Los tiburones: el tema de los fluidos (menstruación, agua, sudor, orina), y la reencauza por el lado de los olores, en los que ahonda en esa especie de ronda fetichista de viejos que anhelan volver a sentir el aroma de la juventud. A su vez, la idea de parlantes que reproducen sonidos de pájaros en un mundo donde desaparecieron es muchísimo más potente e ilustrativo sobre la devastación distópica que cualquier diálogo expositivo.

También el detalle de la espesa trenza de pelo de Elisa tiene una carga simbólica potente en cuanto a ese entrecruzamiento anhelado, pero a la vez imposible, entre madre, hija y hermana (las tres marcadas por el detalle común de la piel con rosácea). Si vemos estos ítems, Garibaldi cubre, adrede, todos los sentidos, y a cada uno de ellos le logra asignar, exitosamente, un objeto o un detalle.

Casi podría decirse que Garibaldi tiene tantas ideas e imágenes como para ahorcar a un caballo. Quizás en esa profusión funcionaría un encadenamiento más poético, aún más laxo (me pongo a pensar el exageradísimo esquema sonoro/metafórico de la película de horror El prófugo, de Natalia Meta, 2020), o bien ajustar más las clavijas, bajo el riesgo de cercenar su creatividad visual. Los reparos también tienen que ver con sus méritos, y, en definitiva, parecería seguir esa línea del film de que no se puede tener lo mejor de ambos mundos.

Un futuro brillante. 98 minutos. A partir del jueves 7 de mayo en salas de Movie, Life Cinemas, Cinemateca, Sala B, sala del MACA, CURE Maldonado, Cine Paz y Unión de Dolores, Cine Digital Mercedes, Centro Cultural Parque del Plata, Centro Cultural Pando, Centro Cultural Shangrilá, Cine Club Rocha, Politeama Canelones, ICE San José, Cine Club Colonia.