Ventanas cubiertas de polvo que, aunque se limpien día a día, siempre están sucias. Esta imagen es tan sólo una de las utilizadas en la serie Niños de plomo para mostrar las partículas tóxicas emitidas por una fábrica de fundición de metales que se impregnaron en el suelo, el agua, el aire y los cuerpos de quienes vivieron en Szopienice, un distrito de Polonia, durante la década de 1970. Está basada en una historia real y tiene como una de sus protagonistas a la médica pediatra Jolanta Wadowska-Król, interpretada por la actriz Joanna Kuling, que es de las primeras personas que comienzan a sospechar que algo extraño está sucediendo en el lugar. Sin embargo, es necesaria una aclaración: no es una historia de héroes o heroínas individuales, sino que retrata la importancia de la lucha colectiva -con sus vaivenes, pero firmeza- para mejorar la calidad de vida de las personas.
Un gran número de niños, niñas y adolescentes tienen anemia, desmayos, crecimiento interrumpido, pérdida de peso, dificultades para moverse, encías negras, algunos de ellos mueren por una causa que, hasta aquel momento, no era dicha en voz alta. El deterioro es progresivo, podría decirse que silencioso o crónico -no surge todo el dolor al unísono y explota como una bomba o central nuclear- y suele incrementarse al estar más cerca de la fábrica. En este contexto, la pediatra decide tomar cartas en el asunto y empezar a investigar cuál podría ser la razón por la que se están enfermando los gurises y gurisas del lugar. Realmente pone su cuerpo para enfrentar la situación: es humillada por poderosos y también, al comienzo, por algunos a quienes quería proteger. Pero no lo hace sola: la acompañan en el camino enfermeras, madres, un abuelo. Tal como adelanta el título de la serie, la médica descubre que el causante de la intoxicación es el plomo emitido por la fábrica.
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- Otra de las tramas que aborda, con la complejidad característica de estos conflictos, es la perspectiva de los trabajadores de la fábrica. En una sociedad marcada por el machismo, ellos tienen la carga de poner el pan en la mesa de su familia pero, al mismo tiempo, ven cómo su familia enferma por la actividad en la que trabajan. No revela una única postura de la masa trabajadora, cosa que hace a la serie más realista e interesante. Por otro lado, una de las preguntas que no se responde a lo largo de la trama es qué sucede con la salud de los trabajadores y la de los demás adultos que viven cerca del emprendimiento industrial.
Durante seis capítulos, los empresarios y políticos -con alguna excepción aislada- buscan que la fábrica sea referente en el país en cuanto a cantidad de producción e intentan conseguirlo sin importar las consecuencias y minimizando o avasallando las advertencias hechas por la doctora. Pocos minutos después del inicio de cada episodio, una propaganda suele interrumpir la historia de nuestras protagonistas y genera un quiebre. Estos fragmentos cortos destapan burlonamente las estrategias de lavado verde de las empresas y también el clima político de la época.
Niños de plomo es una obra magnífica que, basándose en una historia real y desde su particularidad, retrata la situación que se ha vivido y se vive en varios conflictos socioambientales trascendiendo continentes, sistemas políticos, lenguas y culturas. Enseña crudamente las consecuencias de medidas cortoplacistas que priorizan generar mayor cantidad de puestos de trabajo o dinero sobre la salud de las personas. También nos cuenta los conflictos que suelen tener lugar dentro de la academia y la subestimación de la evidencia generada en investigaciones socioambientales. En algunos casos, ni 4.500 muestras de niños intoxicados por plomo son suficientes para dejar de mirar para otro lado y tomar acción inmediata. Sin embargo, la serie habla de esperanza y de que, la clave para conseguir cambios ante situaciones injustas, radica en la unión de fuerzas.
Niños de Plomo. Seis capítulos de aproximadamente una hora. Disponible en Netflix.