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María Elena Pérez.

Foto: Inés Guimaraens

“Siempre fui muy arriesgada”: la carrera de la actriz María Elena Pérez

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Sus hitos en el cine uruguayo, su concepción del teatro y su trabajo como docente.

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Presencia constante en las tablas y las pantallas uruguayas, en 2025 María Elena Pérez coprotagonizó la película Perros, el envío uruguayo a los Premios Goya, y por ella en marzo fue reconocida como mejor actriz de reparto en el Festival de Cine de Málaga. De allí partió la conversación con la artista y docente, que desde hace cuatro décadas imparte clases en la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD) y en su propio estudio de actuación.

Tal vez muchas personas no se imaginen que cuando una actriz elige participar en una de las pocas películas que se filman por año está asumiendo un riesgo si al final la obra resulta mala.

Sí, o al revés: te arriesgaste y después terminó siendo un éxito y te sorprendés. Fue lo que pasó con Perros y con mi personaje. En mi vida hubiera pensado lo que pasó en el Festival de Málaga. Yo me volví el día anterior a que terminara porque tenía que dar clases a la mañana siguiente y ni en mis más profundos sueños habría considerado siquiera la posibilidad de un premio para la película. Porque, además, es un festival tan enorme… Me llamaron para contarme que había ganado mejor actriz de reparto. Entonces, realmente, nunca sabés. En el cine nunca sabés qué puede pasar.

Nunca sabés tampoco lo que va a quedar de todo lo que filmaste. En la memoria del actor está todo lo que hizo, pero jamás va a saber qué de todo eso se va a ver.

Exacto. No tenés ningún tipo de control sobre eso. Y podés no tener el mismo criterio que quien selecciona las escenas. Cero control sobre nada de tu trabajo después de que filmás. Por eso me gusta tanto el teatro: porque me siento mucho más amparada, contenida. Porque está en vos, en vos y en tus compañeros, pero se juega todo ahí en el momento.

En este último tiempo me pasó con relación al cine lo mismo que con La sociedad de la nieve. Después de meses de trabajo no aparezco. Y fue duro y muy frustrante también, porque había sido un proceso de casting larguísimo. Ya nomás llegar a que te eligieran era una felicidad, y después que no quedara absolutamente nada de mi trabajo fue durísimo. Pero el cine tiene esas reglas y uno tiene que jugarlas.

Otra cosa que tiene el cine es que no importa jamás cuán cansados están los actores. Si para el plan de rodaje es en ese momento que hay que filmar, no importa más nada y esa escena tuya será la que quede. En el teatro podés tomar tus recaudos: dormir bien, comer bien los días previos. En el cine a veces se empieza a las cuatro de la mañana y a las 11 de la noche se decide grabar tu escena...

Tenés que levantarte e ir, sí. Es un gran entrenamiento de actuación porque tenés que tener una disponibilidad total en el momento que sea y no existe eso que tenemos en el teatro previo a la función de trabajar con tu cuerpo, calentar la voz o pasar la escena con tus compañeros. En Perros los ensayos fueron definitorios para generar el clima que se dio en la película. Ensayamos, además, en la misma locación, cosa rarísima: habitamos la casa.

Empezaste a hacer cine en 1997, en Una forma de bailar, de Álvaro Buela.

Sí, con Leo Lorenzo. Hace poco volví a ver la peli y fue precioso. VHS. Era todo muy casero, una producción artesanal. Y es interesante porque mucha de la gente que estaba en la película, como Pablo Stoll, haciendo trabajos chiquitos detrás de cámara, ahora son grandes directores.

Nos vamos haciendo en el hacer, ¿no?

Sí, en el ejercicio mismo todos nos hemos ido construyendo. Este es un país donde hay muchas actrices con mucho potencial, y yo a veces digo: ¿por qué me ha tocado a mí? Y creo que hay mucho de suerte. Pero también de estar en el momento, ir y estar. Yo voy a todos los castings, y con el tiempo hay algo ahí que se empieza a mover. También estoy muy agradecida a mi familia. Siempre tuve quién se quedara con mis hijos cuando tenía que filmar, o ir acá o allá, sumándolo a muchos otros trabajos. Porque está claro que uno no vive de esto.

Fuiste docente casi toda tu vida.

Estoy en la docencia desde antes de tener a mi hijo, y ahora mi hijo tiene 32. Toda una vida.

¿Tu hijo es artista?

No, es psicólogo, pero le gusta mucho el cine, el teatro, tiene una sensibilidad especial. Mi hija sí es artista, es música: Isabel Lenoir. Intensidad pura, un terremoto.

Retomemos la cronología. Hablamos de tu debut en cine, pero sos de Durazno. Allí arrancaste a hacer teatro en el liceo.

En el Pequeño Teatro de Durazno, con Rosina Sosa. Yo venía de una familia que no tenía nada que ver con nada, como la mayoría de nosotros.

Una generación de ovejitas negras.

Total, en mi caso. Y el teatro me cambió radicalmente la manera de pensar, de ver, de sentir. Leía distinto, leía otras cosas, escuchaba otra música... Con la muerte de mi papá –un momento muy fuerte– nos vinimos todos a Montevideo y entré a la EMAD.

¿Nunca trastabilló tu vocación?

Jamás. Nunca consideré otra posibilidad. Y eso que yo agarré una EMAD muy estructurada. Pero en primero me crucé con Iván Solarich; ellos tenían el Teatro de la Comuna, estaba muy en auge Grotowski y todo el teatro antropológico de Barba, o sea, las antípodas de lo que yo hacía en la EMAD. Entonces hice la Escuela de mañana y paralelamente el Teatro de la Comuna de noche.

Después vinieron Mamá era punk (Guillermo Casanova, 1988) y Pepita la pistolera (Beatriz Flores Silva, 1993). En TV, pionera también, hiciste Rec, un guion muy bueno y una serie muy innovadora.

Rec fue hermoso, una serie preciosa. Estaba Troncoso también. Y era una experiencia de filmación porque todo partía desde la mirada de uno de los hijos, desde una camarita de esas chiquitas. Era muy divertido. Siempre fui muy arriesgada en todo en la vida. Y no hay nada que haya hecho que diga “uy, no, me equivoqué”, o “no tendría que haberlo hecho”.

¿Enseñás a tus alumnos a vivir exclusivamente de su profesión?

Es una gran responsabilidad formar actores. Trabajo en la EMAD y tengo mi estudio también, que es un espacio más de chiveo, más de acercamiento al lenguaje. Por otro lado, desde el año pasado, trabajo en un proyecto en el Pereira Rossell que es una iniciativa de la EMAD con la clínica de pediatría C del Pereira, que fue financiado por la CSIC. Un equipo multidisciplinario con la participación esencial de la doctora Izuibejeres –egresada de la EMAD– y el doctor Giachetto. Nunca un proyecto me había movilizado tanto como este. Fue la oportunidad de estar inmersa en realidades tremendas de chicos preadolescentes, todos con historias de vida dificilísimas, que cuando venían al taller esas dos horas se olvidaban de esas historias y lo único que hacían era entrar en el juego y jugar. Ojalá siga.

¿Cuál es la razón de internación de esos chicos?

Temas psicosociales, no físicos. Ha sido muy movilizador por lo que sucede: el dejarse ver, que el otro me mire. Algunos de esos niños son invisibles... o la mirada que tienen sobre sí mismos es prejuiciosa y violenta. Entonces, en ese lugarcito aparecían otras luces. Este proyecto es la reafirmación de cuán sana es la actividad teatral.

¿Qué le falta a la ficción uruguaya tanto en televisión como en cine? ¿Le falta dinero, le falta práctica, porque se aprende haciendo y hay poco para hacer? ¿Buenos guiones? En Rec había un muy buen guion y buenos actores, y el producto era excelente. Pero a veces uno ve un montón de fondos colaborando para una película que no termina de tener una historia bien resuelta.

Yo creo que falta el dinero, primero que nada. Porque es verdad que hay muchos más fondos que antes, pero sigue siendo muy poco. Y después, sigue sin entenderse la importancia que tiene que tengamos una ficción nacional, que la gente se pueda ver reflejada en nuestras historias. ¿Cuántos años hace que venimos intentando que salga la ley de teatro, que tengamos un reconocimiento y que ese reconocimiento abra espacios? Creo que hay tremendos directores de cine en este país, tremendos guionistas, tremendos actores y actrices, pero si vos te fijás, el reconocimiento de nuestros actores en general ha sido afuera.

Y luego una película gana premios y es muy vista en festivales, pero sus actores hacen una obra de teatro y no los va a ver nadie.

Exacto. Ahora viste que en las redes... A veces yo me siento muy expuesta en el sentido de que me estoy dando autobombo. Yo soy la que publico lo que yo gano, y alguno dirá: “¿Y esta quién se cree que es?”. Pero es que, si no lo hago yo, no lo hace nadie.

Ganaste un premio en España entre miles de actores y actrices de Iberoamérica.

Muchos, sí... En verano pasó algo súper lindo en el jardín botánico con Perros. Fueron casi 1.000 personas a verla. Tato [Minutti], el director, decía: “No puedo creer la cantidad de gente”, y yo le decía: “Pero eso debería ser siempre así”. Hay que seguir insistiendo, ser el ejemplo para nuestros alumnos y que ellos vean que es posible.

Decirles “no, no te vas a comprar una casa en un barrio privado, pero vivo muy feliz en el lugar donde estoy. Cada tanto hago algún viajecito, tengo mis amigos, mis hijos, y se puede vivir de esto”.

Y ser feliz.

Y además un día metés una película millonaria o entrás en el Oscar como Fernanda Montenegro o su hija, Fernanda Torres, grandes actrices como tantas nuestras y...

... y capaz que sí. Porque nunca se sabe, es todo muy impredecible, ¿no? Como la vida: no hay nada más parecido a la vida que el teatro.

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