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Explanada de la Intendencia de Montevideo, durante el partido entre Uruguay y Corea del Sur (archivo, noviembre de 2022).

Foto: Ernesto Ryan

El día de la nostalgia

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Eso que pasa entre Mundial y Mundial, otra forma de medir el tiempo.

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Podríamos calcular el tiempo según los mundiales que se van y los que están por venir, pero acostumbramos calcularlo en horas, minutos, días. Algunos y algunas dicen que la vida dura 90 minutos. Ahí el tiempo son jugadas, el sudor del árbitro, todo lo que pasó antes y que provocó este presente. Pero si el gol de tu cuadro llega, mágicamente, todo lo gris toma color y los errores pasan a ser anécdotas e incluso la suerte toma otra dimensión. Una dimensión más creíble, como la religión.

Podríamos decir que cumplimos mundiales en vez de años. Por ejemplo, podría decir que tengo 9 mundiales y este es el décimo, que se festeja como los 15 o como la edad de la adultez. Mi décimo Mundial será el de Estados Unidos, México y Canadá en 2026, o fue el anterior y entonces cumplo 11, pero el de 1986 sobre todo se me impregnó por transitiva. El de Italia 90 fue el primer álbum que llené; ahí descubrí esa otra ansiedad de los sobres de figuritas, la intensidad del patio de la escuela Panamá donde cambiaba escudos por fajos, la otredad en los jugadores desconocidos, que pasaban a ser moneda de cambio por aquellos, como el Diego, que siempre valían más de una.

El de los álbumes es un Mundial sin campeones, porque se llena antes y todos juegan. En los 90 sucedieron varios hitos, pero a nivel personal la emoción más grande, traducida después con los años, fue haber visto a Diego en las figuritas y en la tele. En el Mundial del 90 también vi al Enzo. Para el Mundial de 1994, una de las marcas en la persistencia de Estados Unidos por trascender, ya había pasado Pelé por la promitente MLS; para el de 2026, Lionel Messi tiene la llave de Miami. En 1997, cuando Diego se retiró, terminó el fútbol y empezó otra cosa. Más de 300 fotos de Maradona pegué en mi cuarto a partir de ese año.

Pero, además, en 1996 ya existía el PC Fútbol, sólo para frikis, un videojuego para administrar clubes que marcó un antes y un después. En el PC Fútbol pasaban algunas cosas raras, como que Juan Manuel Suligoy, que jugaba en Gimnasia y Tiro, fuera uno de los mejores delanteros del mundo. O que yo con Almagro ganara la Intercontinental de la mano de Román. Pero lo cierto es que en la vida real a veces pasan cosas parecidas.

Después del Mundial del 90, que dirigió el Maestro Tabárez, nos quedamos fuera del mejor mundial que vi, el del 94, el último Mundial del fútbol anterior; por estética, por los jugadores icónicos que lo jugaron y por ser el último de Diego. Las cubanas de Trifón Ivanov, la elegancia de Hristo Stoichkov, el labrado de Gheorghe Hagi, la muerte de Andrés Escobar, el pelo del Pibe Carlos Valderrama, el estilo de Alexis Lalas, las cocas y la caravanita de Robertino Baggio, el arrullo imaginario de Bebeto, la cadencia para caminar de Romário, el gol de Diego a Grecia. El último Mundial de Diego se quedó en la mano de la enfermera. Crujió la avenida, cayó un árbol, un helicóptero pasó bajo, todos los ruidos de las motos subieron al mismo tiempo; fue algo sobrenatural, los pájaros se convirtieron en gurises sin casa. Diego no volvería.

La celeste tampoco fue a Francia 98. Volvimos para el cabezazo de Víctor Púa contra Senegal en Corea y Japón 2002. Los goles del Chengue Morales a Australia fueron una especie de augurio para paliar la crisis. Con el Mundial se fueron los primeros amigos migrantes. No había un peso en la vuelta, pero los viejos hicieron que nunca faltaran botines. A Alemania en 2006 tampoco viajó Uruguay; los botines, a esa altura, los compraba un tímido salario de futbolista.

El camino a mi décimo o undécimo Mundial lo dirigió el Maestro, más allá de que Qatar podría haber sido su último baile. Aunque nadie hizo más goles que Óscar Míguez –ocho entre los mundiales de 1950 y 1954–, la era Tabárez le permitió a Edinson Cavani ser el jugador con más partidos en la historia de los mundiales con la camiseta celeste. Cavani jugó cuatro mundiales. Ese tiempo, el de jugarlos, también se mide distinto, supongo. Incluso para aquellos que jugaron hace tiempo, o incluso para aquellos que, como en el PC Fútbol, llegaron a los mundiales por un portal. Darse cuenta de que ya pasaron tantos mundiales de aquel Mundial es una nostalgia absoluta.

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