Ni un cruce más, ni una barrida más, ni cabezazo, ni empujones en el área, ni su salto de búfalo para espantar rivales, ni las puteadas, ni su zurda; bendita zurda, que por momentos lo convirtió en el mejor fantasista asistidor desde allá atrás, desde la cueva y sus aledaños.
Diego Fabián Polenta Museti, con apenas 33 años, anunció a sus afectos y a su entorno inmediato que deja el fútbol en activo. Tal vez sea por el golpazo de su expulsión a los dos minutos en el partido del domingo –cuando había vuelto a alinear en la titularidad del equipo tricolor y buscaba desaforadamente una victoria que mantuviera y encaminara al cuerpo técnico de Martín Lasarte ese día cesado –, pero también es cierto que hace tiempo, incluso antes de llegar a los 30 años, Polenta había manifestado que se quería retirar joven porque quería disfrutar de otras cosas.
Ahora, después de un larguísimo trajinar, el zurdo que durante muchísimos años fuera capitán en Nacional, lo que lo hacía sentirse “el hombre más orgulloso del mundo”, dejará el fútbol.
Sudando las camisetas
Su carrera empezó como la de cualquier niño uruguayo que después del baby fútbol aparece en pruebas de aspirantes o es arrimado a un club, y ahí pasó a jugar en la sexta de Danubio, equipo que lo formó, pero que sin embargo nunca lo pudo hacer jugar en primera: después del segundo Sudamericano sub 15 –en el que aquella selección dirigida por Fabián Coito deslumbró y fue saqueada por clubes europeos– se lo llevaron a Italia, con sus padres y con un contrato de trabajo para él, o para ellos, porque un niño no podía ser transferido como una negociación de futbolista.
Así fue que en 2008 marchó con toda la familia a Génova, porque el Genoa logró llevárselo y le consiguió trabajo a su padre para que el núcleo familiar pudiera integrarse en el puerto italiano.
Jugó en juveniles hasta que el 30 de abril del 2011, con 19 años, debutó en el fútbol profesional con el equipo italiano; fueron 17 minutos de serie A ante el Napoli. Antes ya había vuelto a Uruguay para jugar en la selección sub 17 y ese año en la sub, cuando la celeste consiguió la clasificación para los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres.
Luego jugó tres temporadas en Bari, en la serie B, y en 2015 hizo su primer gran y exitoso pasaje por Nacional, en donde estuvo hasta 2019, cuando se fue a la Major League Soccer, más precisamente a Los Ángeles Galaxy. Un año después se fue a Olimpia de Asunción, donde estuvo dos temporadas; volvió otro año a Nacional y se fue a Unión de Santa Fe, y en 2023 hizo su última vuelta a los tricolores.
Diego fue uno de los jugadores que, bajo la dirección de Oscar Tabárez en las selecciones nacionales, estuvo en sub 15, sub 17, sub 20, sub 23 y absoluta. En todas menos en la mayor estuvo en cancha y lideró las distintas generaciones.
El fierro de la zurda
Su quite, su potencia y su personalidad hecha pasión (muchas veces desbordada) fueron su sello; sin embargo, y sobre todo, en los últimos tiempos su zurda fue el estilete con el que Nacional, Unión, Olimpia y, tal vez, LA Galaxy consiguieron abrir o desanudar partidos.
La última pared que podemos tirar con Polenta en el fútbol profesional es recordar aquella noche de Libertadores en que Diego fue López en la cancha, el personaje de Eduardo Sacheri: “Por primera vez en su vida, López encorvó el cuerpo y se lanzó en velocidad hacia el área. Uno de los centrales le hizo el honor de pretender sacarlo con el cuerpo. Pero López no era uno de esos contrahechos que suelen jugar de nueve para no transpirar ni despeinarse. Se lo sacó de encima con un par de forcejeos del brazo izquierdo. Mientras seguía lanzado en su carrera entendió que había elegido bien a quién lanzar el pelotazo: Carucha, Dios lo bendiga, estaba llegando al banderín y sacudiendo la cabeza buscándolo a él, a López, al seis, al último hombre de toda la vida, para que la mandara guardar de una buena vez por todas […] Lo buscaba a él, a López, al burro de carga, al percherón del lechero, para que tentara el destino de convertir un gol de hazaña. Deslumbrado, como un recién nacido, López cruzó como una exhalación la medialuna del área […] Termino mi relato aquí, temiendo que algún lector futbolero se sienta defraudado al desconocer el destino final. No voy a rematar la historia apuntando si el balón se colgó de un ángulo, o si salió ocho metros por encima del travesaño”.
Sacheri, el brillante escritor argentino, es el autor de este estupendo cuento López, último hombre, en el que expresamente nos esconde el final de la jugada de aquel hombre que desde atrás se soltó y encontró la libertad. En el Parque Central, sin saberlo Sacheri, Polenta develó el final real.
Iban 40 minutos. Allá, cerca de su cueva, Polenta se sacudió, y a carpeta intuyó que podía cortar esa pelota. Lo hizo como un tiempista veterano, pero con movimientos como si tuviese 15 años, cuando se hizo conocer. Robó la pelota, la vio frente a sí en el retiro de su hogar y, en vez de darle un sambombazo para que se arreglen los de arriba, sintió el camino de la libertad, y con sus pesadas caderas arrancó como si fuese Messi en la Play Station. Cuando en la inmensidad se sintió solo, vio en Juan Ignacio Ramírez a su Carucha, y siguió su pesada carrera hacia la ilusión. Cuando el Colo Ramírez se la devolvió justa a la entrada del área, Polenta, el último hombre, sacó el mejor zurdazo de su vida y explotó las redes y el alma de decenas de miles. Se retiró Diego Polenta. Dejó este gol y muchas cosas más. Vamo’ arriba.