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Foto: Camilo dos Santos (archivo, enero de 2023)

La adaptación al clima es la mejor inversión

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Leído por Rossana Spinelli
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Una adaptación climática eficaz puede fortalecer la resiliencia de los países, proteger a las comunidades vulnerables y apoyar el crecimiento económico. Sin embargo, si bien el mundo cuenta con las herramientas necesarias, el nivel de inversión necesario para cerrar la brecha de adaptación actual, y mucho menos para abordar las probables necesidades futuras, ha sido insuficiente.

La humanidad siempre ha sabido convivir con entornos extremos. Una parte importante de los Países Bajos estaría bajo el agua si no fuera por siglos de ingeniosas adaptaciones a la amenaza constante de inundaciones. Y las antiguas comunidades de las riberas del Tigris y el Éufrates habían desarrollado formas de capturar el exceso de agua y redirigirlo hacia el riego y la protección de los sembrados.

Pero la exposición a fenómenos meteorológicos extremos va camino de empeorar. Según una nueva investigación del McKinsey Global Institute, el mundo invierte 190.000 millones de dólares al año en 20 medidas de adaptación clave que protegen a unos 1.200 millones de personas. Pero otros 3.000 millones de personas (de las que más de tres cuartas partes viven en regiones de bajos ingresos) no tienen protección suficiente.

Hoy el mundo sólo gasta un tercio de lo necesario, y para llegar a 2050 con niveles de protección como los de las economías desarrolladas con un aumento de temperaturas de 2°C habrá que gastar 6,2 veces la suma actual.

Para extender niveles de protección, como los de las economías desarrolladas, a todos los lugares expuestos se necesitarían 540.000 millones de dólares al año. Es decir que faltan 350.000 millones de dólares, de los que el 60% se necesita para apoyar el desarrollo de resiliencia en zonas de bajos ingresos. Además, los costos de las medidas de adaptación aumentarán. Si los niveles de emisión siguen por la senda actual, es probable que el mundo alcance un aumento de temperaturas de 2°C por encima de los niveles preindustriales más o menos en 2050; esto supone, por ejemplo, que habrá 2.200 millones de personas más expuestas a estrés térmico y 1.100 millones de personas más expuestas a sequías.

Si los niveles de emisión siguen por la senda actual, es probable que el mundo alcance un aumento de temperaturas de 2 °C por encima de los niveles preindustriales más o menos en 2050; esto supone, por ejemplo, que habrá 2.200 millones de personas más expuestas a estrés térmico y 1.100 millones de personas más expuestas a sequías.

Según nuestro análisis, con un calentamiento de 2°C, en 2050 el mundo necesitará gastar 1,2 billones de dólares cada año para ofrecer a todas las personas expuestas a riesgos climáticos niveles de protección similares a los de las economías desarrolladas (casi el 1 % del PIB de los lugares afectados). Más de tres cuartas partes de ese gasto se destinarían a la protección contra el calor y las sequías.

Según una nueva investigación del McKinsey Global Institute, el mundo invierte 190.000 millones de dólares al año en veinte medidas de adaptación clave que protegen a unos 1.200 millones de personas. Pero otros 3.000 millones de personas (de las que más de tres cuartas partes viven en regiones de bajos ingresos) no tienen protección suficiente.

Pero, aunque parezca una suma excesiva, los beneficios de esa adaptación serán unas siete veces más que los costos. Los sistemas de acondicionamiento de aire no sólo protegen a las personas, sino que también mejoran la productividad de quienes trabajan bajo techo. Los refugios refrigerados salvan vidas durante una ola de calor. El riego protege a los cultivos de morir en condiciones de calor y sequedad. Los diques marinos protegen contra inundaciones los bienes situados en zonas costeras. Con una puesta en práctica eficaz, el valor de estas soluciones es inmenso.

Pero reconocer que la adaptación es una buena inversión no garantiza la disponibilidad de dinero. Hoy el mundo sólo gasta un tercio de lo necesario, y para llegar a 2050 con niveles de protección como los de las economías desarrolladas con un aumento de temperaturas de 2°C habrá que gastar 6,2 veces la suma actual. La implementación de las medidas necesarias choca contra una serie de obstáculos, entre ellos, la capacidad de gasto insuficiente, prioridades contrapuestas y problemas de coordinación.

Además, extender las medidas de adaptación supone dificultades muy diferentes en los países en desarrollo y en los países desarrollados. Por ejemplo, los costos serán mucho más altos en África subsahariana: hasta un 3% de las proyecciones de PIB en los lugares expuestos o más o menos un 50% más que el porcentaje del PIB que los gobiernos de la región gastaron en 2024 para cumplir sus vencimientos de deuda externa. En Medio Oriente, el norte de África y la India, el porcentaje del PIB necesario para ofrecer niveles de protección similares a los de las economías desarrolladas con un calentamiento de 2°C es algo menor, y en América del Norte es todavía menos (alrededor del 0,3 % del PIB en los lugares expuestos).

El desarrollo económico puede mejorar la capacidad de gasto, pero incluso aumentando el gasto en medidas de adaptación a la par del crecimiento del PIB, el mundo sólo cubriría un 60 % de lo que necesita para hacer frente a un aumento de temperaturas de 2°C (y en el caso de las regiones de bajos ingresos, la cobertura sólo alcanzaría la cuarta parte). Además, el mero hecho de que existan o no medidas de adaptación puede influir en el ritmo de desarrollo económico. Las sequías y las inundaciones pueden frenar el crecimiento de ingresos de los pequeños agricultores, y el estrés térmico puede disminuir la productividad de quienes trabajan al aire libre.

¿Qué se puede hacer y qué parte le toca a cada uno de los diferentes actores? La buena noticia es que hay algunas medidas de adaptación (sobre todo contra el calor) que se pueden poner en práctica en el nivel de los hogares. Con precios accesibles, soluciones como la refrigeración pasiva (provisión de sombra, ventilación natural, etcétera), los tejados reflectantes, los ventiladores o los acondicionadores de aire pueden ofrecer una protección significativa en muchos casos.

Pero a los gobiernos también les toca una parte importante, sobre todo en zonas y comunidades de bajos ingresos. Pueden financiar infraestructuras críticas (por ejemplo, protecciones costeras) y crear refugios refrigerados para proteger a la población. También pueden crear incentivos para la adaptación mediante la fijación y la fiscalización de normas que mejoren la resiliencia y la concientización sobre los riesgos. Y pueden emplear subsidios selectivos o programas de compra pública para abaratar el acceso de hogares y pequeñas empresas a las medidas de adaptación.

Por su parte, las empresas (en particular las grandes) pueden usar las cadenas de suministro para gestionar en forma directa e indirecta sus propias exposiciones. También pueden introducir innovaciones que abaraten las medidas de adaptación y aumenten su eficacia (por ejemplo, sistemas de refrigeración mejorados como respuesta al estrés térmico).

Finalmente, las instituciones financieras pueden apoyar las medidas de adaptación (por ejemplo, la construcción de protecciones costeras) mediante instrumentos ya existentes, como la financiación orientada a proyectos. También pueden ser útiles los mecanismos de financiación mixta, como forma de resolver problemas de viabilidad y atraer capital privado (aunque todavía su escala es insuficiente).

En el caso de las economías en desarrollo, también es posible integrar las medidas de adaptación en proyectos de inversión más amplios relacionados con la infraestructura energética, los sistemas de transporte o la urbanización. Incorporar la adaptación a estos proyectos desde el principio es mucho más barato que tener que hacer reformas o reconstrucciones más adelante.

Medidas de adaptación eficaces pueden reforzar la resiliencia, proteger a las comunidades vulnerables y apoyar el crecimiento económico. El mundo tiene las herramientas necesarias, y los beneficios son innegables. Nuestra prosperidad futura depende de las decisiones que tomemos hoy.

Traducción: Esteban Flamini

Mekala Krishnan es socia del McKinsey Global Institute. Annabel Farr es investigadora superior en el McKinsey Global Institute. Kanmani Chockalingam es investigadora superior en el McKinsey Global Institute.

Copyright: Project Syndicate, 2025. www.project-syndicate.org.

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