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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al llegar a la Base Conjunta Andrews, en Maryland, el 27 de enero.

Foto: Brendan Smialowski, AFP

El año de la autodestrucción de Estados Unidos

3 minutos de lectura
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Estados Unidos debe su estatus de superpotencia no a su puro poderío, sino a la combinación única de ventajas materiales y valores de la Ilustración. Con su dependencia del poder puro y su rechazo a cualquier restricción a su autoridad, Donald Trump representa lo opuesto a todo lo que hizo grande al país.

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El presidente estadounidense, Donald Trump, parece decidido a remodelar la región del Atlántico Norte y está dispuesto a destruir el Occidente transatlántico en el proceso. Trump y sus asesores parecen creer que alianzas como la OTAN son una carga y que “Estados Unidos solo” alcanzará la verdadera grandeza. Sin embargo, al revisar el historial de la administración durante el último año, sólo se encuentran pruebas de un autodebilitamiento.

Entre los ejemplos más evidentes se encuentran el peligro para la democracia y el Estado de derecho en el país; la creación de nuevas alianzas de facto con gobernantes autoritarios como el presidente ruso, Vladimir Putin; la búsqueda de un orden mundial de imperios basado exclusivamente en el poder, sin normas vinculantes ni instituciones multinacionales; y la destrucción de alianzas y relaciones comerciales de larga data.

Lo que siempre había distinguido a Estados Unidos, desde su fundación hasta su ascenso como superpotencia mundial, era su profundo arraigo en los valores de la Ilustración. Los Padres Fundadores estaban plenamente comprometidos con el humanismo occidental y una constitución construida racionalmente. Las instituciones que establecieron hicieron que Estados Unidos tuviera más éxito que cualquier otro Estado fundado en la era moderna. El preámbulo de la Constitución de Estados Unidos comienza con “nosotros, el pueblo”, un pluralis majestatis (“nosotros, los reyes”) que anteriormente se reservaba a los monarcas. La reivindicación de la soberanía popular que implicaban esas tres palabras era una provocación deliberada y un poderoso símbolo del desafío revolucionario de la naciente democracia estadounidense al absolutismo en todas partes.

Por supuesto, durante su ascenso histórico –convirtiéndose primero en una potencia continental norteamericana, luego en una potencia mundial y, finalmente, en la superpotencia global de nuestro tiempo–, Estados Unidos siempre mostró el doble carácter de una potencia imperial y una democracia arraigada en los valores de la Ilustración. Su aceptación inicial de la esclavitud en los estados del sur estaba en tensión permanente e irreconciliable con el compromiso con la igualdad y los derechos inalienables anunciados en la Declaración de Independencia y consagrados en la Constitución.

Pero, independientemente de sus defectos, al menos Estados Unidos nunca defendió únicamente el poder duro. Su ascenso a la hegemonía mundial se debió sin duda en gran medida a su dominio económico y a su posición geográfica entre los dos océanos más grandes, ventajas que contribuyeron a sus victorias militares en las dos guerras mundiales y a su triunfo en la Guerra Fría. Pero fue la combinación de las fortalezas materiales y el atractivo universal de los valores de la Ilustración lo que resultó decisivo para permitir el ascenso de Estados Unidos.

Con su dependencia del poder desnudo y su rechazo a todas las restricciones a su autoridad, Trump representa lo contrario de todo lo que hizo grande a Estados Unidos. Bajo su mal gobierno, una superpotencia con un poder económico y militar inconmensurable se está hundiendo en el irracionalismo, el nacionalismo egocéntrico y la violencia oficial.

A medida que se acerca el 250° aniversario de la Declaración de Independencia, la democracia más antigua del mundo se enfrenta a un desafío existencial por parte de un solo hombre que preferiría imponer un régimen absolutista. Lo que está en juego es nada menos que la república estadounidense y todo lo que ha representado, que está siendo sustituida por una oligarquía corrupta dominada por multimillonarios con fantasías imperiales de dominación mundial y sueños febriles de colonizar planetas lejanos y alcanzar la inmortalidad.

Las libertades civiles protegidas por la Constitución están dando paso a una vigilancia y un control exhaustivos, administrados por empresas privadas como Palantir. Quienes protestan y se resisten se enfrentan al riesgo de ser ejecutados por agentes federales enmascarados que son prácticamente inmunes al enjuiciamiento. Las universidades y las instituciones de investigación líderes en el mundo están sometidas a una presión financiera cada vez mayor, y la libertad de expresión sólo pertenece a quienes están en el poder.

La “tierra de la libertad” se parece cada vez más, para los viajeros, al antiguo bloque del Este. En política exterior, los aliados más cercanos y leales de Estados Unidos, como Dinamarca, se están convirtiendo en adversarios, simplemente porque se resisten a las pretensiones imperiales sobre su territorio soberano. Para Trump y su círculo, los belicistas agresivos como Putin no son el problema. Lo son los europeos, especialmente la Unión Europea. Suena absurdo, porque lo es.

Trump está llevando a cabo una gran revisión de todo lo que durante mucho tiempo ha hecho grande a Estados Unidos: una separación de poderes que funciona, un mercado laboral abierto, un sistema universitario que atraía a las mejores mentes de todo el mundo y un sistema de valores basado en la tolerancia, la razón y los derechos universales. MAGA (Make America Great Again) está destruyendo no sólo el Occidente transatlántico, sino también los cimientos del poder estadounidense.

Mientras tanto, el resto del mundo seguirá necesitando a Estados Unidos para gestionar algunos de nuestros mayores retos comunes. Por desgracia, el propio Estados Unidos puede ser uno de ellos.

Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años. Copyright: Project Syndicate, 2026.

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