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Ciudad Vieja de Montevideo (archivo, julio de 2006).

Foto: Sandro Pereyra

Aniversaria económica: “20 años cosidos a retazos”

8 minutos de lectura
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Sobre los contornos económicos del Uruguay y sus alrededores.

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Página 14: “Reformar las reformas”

Hace 20 años, en un mundo y en un país que ya no existen, había que “reformar las reformas”.1 Al menos eso era lo que sugería el titular impreso en la página 14 de una nueva publicación que se jactaba de poder deslizar por debajo de la puerta de sus primeros 1.000 suscriptores lo más relevante del devenir nacional y sus alrededores; “Solo lo que importa, en 16 páginas”, prometía aquel jugado proyecto editorial. 

Y en este caso puntual, condensado en la antepenúltima página, lo que importaba era encontrar un “modelo alternativo” al que se desplegó regionalmente durante los años 90, cuando “muchos creyeron que el Estado tenía poco para decir”. Al menos eso era lo que sugería el entonces secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, José Luis Machinea, que en unos pocos caracteres describía las “consecuencias sociales trágicas” que habían provocado las reformas “neoliberales”.

Mientras estas citas se plasmaban en papel, los datos disponibles indicaban que el rebote de la economía luego del colapso mayúsculo que experimentó en los albores de este siglo empezaba a darle paso al crecimiento. La inflación volvía a ser de un dígito y los salarios comenzaban a despuntar, luego de haber caído a los niveles vigentes en 1982, destruyendo en muy poco tiempo la mejora que había sido alcanzada durante el período democrático.2 No obstante, el resto de los indicadores socioeconómicos tardarían más tiempo en adaptarse al nuevo paisaje que empezaba a revelarse luego de la caída de aquel meteorito.

“Desempleo: crecimiento pega poco”, rezaba uno de los titulares de la edición del 27 de marzo de 2006. La desocupación, que había trepado al nivel más alto de las últimas cuatro décadas (20% en setiembre de 2002), no lograba romper la barrera de los dos dígitos, la pobreza se mantenía arriba del 32% y la desigualdad marcaba los registros más altos de las últimas dos décadas. En 2002, la mitad de los niños habían nacido en un hogar pobre atravesado por múltiples tipos de privación. Como aprendimos en carne propia, los efectos asimétricos de los vaivenes del PIB sobre el bienestar hacen que las consecuencias de las crisis sobre las condiciones de vida de las personas no desaparezcan apenas se superan.

Por el contrario, tienden a perdurar durante largos períodos de tiempo, generando un lastre persistente sobre el bienestar socioemocional, los logros educativos, la inserción laboral y otras dimensiones fundamentales para la trayectoria vital de las personas y el ejercicio de sus libertades. Por lo tanto, en aquel momento hacía falta mucho más que crecimiento para torcer la suerte del Uruguay; hacía falta “reformar las reformas”.

Con el Plan de Atención Nacional a la Emergencia Social en marcha, y en los albores del Ministerio de Desarrollo Social, los esfuerzos para consolidar un modelo superador comenzaban a desparramarse sobre varios frentes. En 2006, Uruguay había logrado independizarse financieramente del Fondo Monetario Internacional (FMI) por primera vez desde 19593 y comenzaba a sentar las bases de un proceso de crecimiento sin precedentes, cuya excepcionalidad descansaría en su extensión (17 años consecutivos), su intensidad (con una tasa de crecimiento promedio anual superior al 4%) y su carácter inclusivo (crecer y derramar).

El país “continúa superando las expectativas”,4 destacaba la edición número 9 de este diario, publicada el 30 de marzo de 2006. Esta era la valoración que hacía el subdirector del FMI, Agustín Carstens, en ocasión de su visita a Montevideo. Entre otras cosas, consignaba aquella nota: “El organismo destaca el rápido crecimiento del producto, la baja inflación y el fortalecimiento de la posición externa del país”.

Sin embargo, advertía sobre “la necesidad de monitorear cuidadosamente las incipientes presiones inflacionarias y mantener el rumbo de las políticas macroeconómicas fuertes”. El desafío, por aquel entonces, pasaba por “mejorar el clima inversor y aumentar la productividad”, aprovechando “las condiciones favorables externas para mejorar su perfil de deuda”.

La confortable ficción que habitábamos

Por aquel entonces el mundo era unipolar y cooperativo, sin liderazgos estrambóticos ni grandes cuestionamientos al ordenamiento económico y financiero que había parido la segunda posguerra. Era un mundo reglado e integrado que aún se beneficiaba de la globalización, donde la incertidumbre y la volatilidad, la guerra y la enfermedad, la estupidez y la frivolidad, todavía no eran la norma; la ignorancia no era virtud y la deliberación sobre el destino compartido de la sociedad discurría sobre avenidas civilizatorias.

Más de 7.300 días atrás, la autoestima colectiva no estaba en sus horas bajas, la herida abierta por las desigualdades contributivas y distributivas aún no había supurado, la mercantilización no se extendía por todas las esferas de la vida y la economía de mercado no completaba su transición hacia la sociedad de mercado.

Cerca de 1.043 semanas atrás, la democracia liberal todavía gozaba de buena salud, la crisis de representatividad no había alcanzado su apogeo y el auge de China no había completado todo su recorrido, aunque marchaba a pasos acelerados trasladando el polo económico otra vez hacia Oriente.

240 meses atrás, el mundo no se nos revelaba como ahora, tan “violento, imbécil, abrumador”, no era una “novela canallesca escrita por un loco”, no era un feudo para repartir entre unos pocos plutócratas tecnológicos; no era, en todo caso, tan distópico como este. Ser mala persona daba pudor, la crueldad no estaba de moda y eran escasas las filas de los odiadores seriales. No habíamos cedido ante el yugo de los celulares inteligentes, la atención no era un bien tan escaso y la gente no necesitaba a Grok para dirimir qué es verdad y qué es mentira, fingiendo que se trata de una entidad benevolente de infinita sapiencia moldeada a partir de las virtudes más nobles, y no un vehículo de manipulación funcional al sociópata más rico de la historia.

20 años atrás, la desinformación no campeaba a sus anchas y todavía se valoraba el esfuerzo cognitivo y la creatividad de los humanos; no había 3.428 multimillonarios y nadie acumulaba 839.000 millones de dólares de patrimonio; Donald Trump aún canalizaba su megalomanía a través de un programa de televisión y el experimento libertario se limitaba a los contornos de Grafton, un pequeño pueblo del estado de Nuevo Hampshire que desde 2004 intentaba erigir el Free Town Project.5

Dos décadas atrás, nadie sospechaba que habitábamos una “ficción placentera”, una “ilusión” que se rompería más adelante cuando una “serie de crisis financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas” dejaría en evidencia “los riesgos de una integración global extrema”. En esa época, como recordó el primer ministro canadiense, Mark Carney, la integración no era utilizada como arma, los aranceles no eran un instrumento de presión y la infraestructura financiera no era un medio para la coerción.6

Los destinos compartidos

Hace 20 años, en algún lugar de ese mundo que no existe más, coincidían dos esfuerzos: un esfuerzo editorial que no podía darse el lujo de estar en los quioscos,7 y un esfuerzo nacional que buscaba construir un modelo capaz de generar una “sinergia positiva entre el crecimiento y la igualdad social”, como sugería Machinea en la página 14.

Sobre la suerte del primero no nos detendremos demasiado, porque es justamente el corazón de esta edición tan especial. Que esté leyendo la aniversaria número 20 dice todo lo que hay que decir. Sobre la suerte del segundo, basta recordar que aquel esfuerzo daría sus frutos en los años venideros, gracias al despliegue conjunto de una multiplicidad de políticas y transformaciones.

Sin pretender ser taxativo, podríamos destacar la restauración de los consejos de salarios y la utilización del salario mínimo como palanca para apuntalar los ingresos más deprimidos, el impulso de un sistema de transferencias robusto para contener las privaciones más agudas de los hogares más vulnerables y la reforma del sistema tributario para dotarlo de mayor progresividad, aprobada tres días antes de que terminara este omnipresente año 2006.8

Como ha señalado Mauricio de Rosa, esta aproximación en formato de “pinzas” nos permitiría recortar entre un tercio y la mitad de la distancia que nos separaba de los países más igualitarios del mundo; “una rareza histórica” que destaca en perspectiva comparada. En la misma dirección se habían dispuesto otras transformaciones relevantes para acumular sobre ese modelo, principalmente en la órbita de la salud, el sistema de protección social, la educación y la vivienda.

En efecto, al influjo de un creciente dinamismo económico, estructurado en torno a una vocación bien marcada de política pública y asentado en un mercado laboral pujante, Uruguay empezaba a distribuir y a mejorar las condiciones de vida de las grandes mayorías. El nuevo modelo funcionaba.

Al mismo tiempo, el país redoblaba sus esfuerzos para consolidar la estabilidad macroeconómica como activo diferencial, reducir las vulnerabilidades financieras que habían quedado al desnudo con la implosión del 2002 y aumentar el atractivo del país para captar proyectos, modificando la reglamentación de la Ley de Promoción de Inversiones que venía de 1998. En paralelo se fortalecía el perfil de las finanzas públicas, dándole continuidad a la Unidad de Gestión de Deuda para profesionalizar el manejo de los pasivos del sector público, una tarea que atravesaría todos los gobiernos posteriores y le permitiría al país recuperar en 2012 el grado inversor que había perdido diez años antes.

Este modelo sentaría, además, las bases que nos permitirían desacoplarnos de la suerte de nuestros vecinos más adelante, rompiendo la regla histórica que nos reducía al mero promedio simple entre Brasil y Argentina. Nuestra estructura productiva había cambiado, aunque quizás no tanto, y habíamos comenzado a diversificar nuestra matriz exportadora.

20 = 10 + 10

Lamentablemente, nada dura para siempre. Tras una década excepcional, aquel modelo comenzó a mostrar señales de agotamiento en un entorno internacional mucho menos benevolente. A partir del 2016, la economía se estancó y los avances se frenaron en casi todos los frentes. Sostener y expandir lo construido se hacía cada vez más difícil. En el plano económico, este reconocimiento nos impide seguir encuadrando estos 20 años como si fueran una armónica unidad, dado que a su interior conviven dos unidades bien diferenciadas de diez años de extensión.

En ese sentido, tendríamos que detenernos en “la paradoja del desarrollo uruguayo” que esbozó Fernando Esponda,9 interpelando los avances alcanzados en lo que va del siglo y rompiendo el hechizo de nuestra propia autocomplacencia, anclada en una excepcionalidad que ya no es tal. Deberíamos enfatizar, a la luz de lo anterior, que “no existe una relación causal de mejora automática entre el paquete de políticas de crecimiento con equidad, que supimos exitosamente desplegar, y algunos fenómenos penosos que sufrimos como sociedad y que se han profundizado”.

Tristemente, tampoco podríamos evitar dejar en actas que somos el país con el perfil más infantilizado de pobreza en la región, donde uno de cada tres niños nace en un hogar pobre con sus oportunidades cercenadas por el mero accidente contingente de su nacimiento. Tendríamos que ignorar que medio millón de ocupados son 25.000 pesistas, y que el desempleo juvenil no ha logrado caer por debajo del 25%. 

Por las mismas razones, estaríamos mandatados a declarar que nuestro “pacto de la penillanura”, también llamado “pacto de convivencia”, resulta cada vez más excluyente, que el sistema funciona principalmente para el sistema, y que nuestro contrato social, exaltado románticamente en la liturgia de nuestro propio chovinismo, es cada vez menos social. Habría que gritar, por último, que desde nuestra cosmovisión Batllista-rawlsiana-artiguista10 no somos un país justo. Más allá de los grandes avances, los más infelices no han sido necesariamente los más privilegiados.

Afortunadamente, y por ser hoy el día que es hoy, podemos evitar adentrarnos más en nuestro propio laberinto. Hoy no es un día para eso; hoy es un día de celebración. Para la diaria, 20 años sí son 20 años, sin distinción, sin lúgubres matices ni cortes arbitrarios; son una enorme colección de historias de un montón de gente, con un montón de anécdotas y con la misma ilusión compartida: continuar acompañando como cronistas el devenir futuro de nuestra sociedad desde estas páginas, y seguir haciéndolo con el mismo sentido de propósito, aportando lo que tengamos para aportar de forma de contribuir a su transformación, que es también la nuestra.


  1. “Reformar las reformas”. la diaria (marzo de 2006). 

  2. Salas, Gonzalo y Vigorito, Andrea. Pobreza y desigualdad en Uruguay: aprendizajes de cuatro décadas de crisis económicas y recuperaciones

  3. “La economía del primer ciclo progresista” (2023). Entrevista a Danilo Astori. 

  4. “The Boss”. la diaria (marzo de 2006). 

  5. “La utopía libertaria que no fue: Grafton”. Fácil Desviarse. Del Sol. 

  6. Davos 2026: Special address by Mark Carney, Prime Minister of Canada. 

  7. “17 años de la diaria, contra todo pronóstico”. la diaria (marzo de 2023). 

  8. “Ideas para otro modelo económico: un programa para reducir desigualdades”. la diaria (diciembre de 2022). 

  9. “Interpelación del progreso: la paradoja del desarrollo uruguayo”. la diaria (diciembre de 2024). 

  10. “Sobre la cosmovisión criolla: ¿Batllista-rawlsiana-artiguista?”. Razones y personas

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