Insertas en el núcleo de mayor resistencia a los cambios sociales de principio de siglo XX, hace casi 100 años, las mujeres rurales del centro del departamento de Soriano generaron, a partir de asambleas, reuniones vecinales, afiliación a los partidos políticos y crudas denuncias de su situación, una tan entusiasta como peligrosa apropiación de espacios concretos para luchar por sus derechos civiles y políticos.
Fue en Paraje San Martín y Pueblo Rodó, en medio de la ruralidad más profunda, que estas voces feministas se levantaron con una fuerza inusitada para, pronto, ser acalladas y disueltas, desconociéndose las acciones que lograron quebrantar su incipiente organización. A través del tiempo, un manto de silencio las cubrió, para que ni siquiera los relatos orales pudieran rescatarlas de un olvido tan prolongado como penoso.
Una nueva semilla
En 1933, a poco más de 200 kilómetros de la capital de Uruguay, en el centro del departamento de Soriano, donde la agricultura estaba forjando pequeños poblamientos en torno a las estaciones de ferrocarriles establecidas en el Ramal Oeste inauguradas en 1902, una semilla se había sembrado sin que los latifundistas, que ya administraban colonias y dirigían la comercialización de granos, lo hubieran advertido.
En Estación Drabble, hoy Villa José Enrique Rodó, pocos años antes, el joven periodista Gilberto Delgado Gutiérrez se instaló junto a uno de sus hermanos. Oriundo de San José, impulsó la Sociedad de Fomento Rural de Drabble, entidad que conformaba una de las filiales de la Sociedad de Fomento Rural del Uruguay, surgida en 1915 como respuesta a la oposición de la Liga del Trabajo, Asociación Rural del Uruguay y Federación Rural del Uruguay, que se oponían a las reformas batllistas.
Desde esa organización promovió junto a pequeños productores, comerciantes y profesionales un proceso de organización básica, gestionando los servicios tales como agua corriente, alumbrado público, comisaría, escuela, además de incentivar la erradicación del analfabetismo con planes para la población adulta que fueron llevados adelante por maestros como Raúl Vázquez Ledesma y Mario Quesada.
Estos hombres, formados en el batllismo, estaban tallando una sociedad compleja en un medio rural que había actuado como un efectivo cerco al reformismo de las primeras décadas del prometedor siglo XX. En 1927, con el respaldo económico de su hermano Antonio Delgado (titular de la Agencia Drabble de Ford Motors Company), fundó el periódico Ford, en donde se vislumbraba lo que vendría.
Desde esas páginas, irrumpió una mujer que tuvo un papel decisivo en la publicación. Se trataba de una poetisa y crítica literaria que firmaba sus artículos con el seudónimo Carmen Elmore. De profesión maestra, fue alumna de Juana de Ibarbourou en el Instituto Normal de Señoritas de Montevideo (entidad formadora de maestras de educación primaria), cuando ésta dictaba clases como catedrática de lectura, introduciendo contenido y una visión disruptiva emanada del modernismo latinoamericano, que en nuestro país tuvo exponentes de la talla de Delmira Agustini, Luisa Luisi, entre otras.
Más allá de las cuestiones poéticas, el periódico publicado en aquel pueblito de no más de 500 habitantes avanzó en el establecimiento de una equiparación social al promover la creación de la Comisión Pro Madre Soltera e Hijos Naturales, que por ese entonces contaban con un estigma de inmoralidad que los relegaba socialmente, a pesar de haber sido víctimas de los excesos, abusos e incluso violaciones de quienes los señalaban. También contuvo manifestaciones públicas en procura de mejorar el salario y reducir la explotación laboral de ese medio, que abarcaba a los hombres, mujeres, jóvenes e incluso niños. En este rincón desolado del país se había sembrado una idea que parecía incontenible. La tierra estaba preparada para que la mujer diera el siguiente paso, o al menos, eso parecían creer.
Asambleas feministas en San Martín
En este contexto, en enero de 1933, el diario El Radical de Mercedes, órgano de prensa del Partido Batllista de Soriano –cuyo redactor responsable era en ese entonces Gilberto Delgado Gutiérrez–, daba cuenta de la realización de una asamblea feminista en la zona de San Martín, a unos 15 kilómetros de Estación Drabble.
La reunión se llevó a cabo en el pequeño establecimiento rural de Barulio Carbajal, un vecino de la zona. Allí, el dirigente mercedario Joaquín Ibarburu informó sobre el propósito de impulsar a las mujeres a ocupar puestos públicos y decidir en las elecciones dentro del esquema batllista. Según la crónica de prensa publicada en ese entonces por El Radical, “lo que en principio se creyó una simple reunión de vecinos, fue adquiriendo contornos de una hermosa asamblea”. Venciendo prejuicios y vallas morales de la época, varias mujeres acudieron al encuentro, entre ellas María Agustina Udaquiola, Adela Laborda y Roja Alba Vázquez Ledesma, quienes expusieron sobre la situación personal y general.
En el cierre del encuentro, Gilberto Delgado se preguntó: “¿Por qué se le niegan condiciones para intervenir en política a la mujer y se le concede a los alcoholistas, degenerados e idiotas?”, depositando así sus esperanzas en que las mujeres pudieran lograr eficacia en el manejo de la cosa pública y poner una contención al desenfreno bélico de los hombres.
Estaba claro que una de las formas menos abordadas del batllismo, en su versión rural, pretendía organizar a las mujeres y sumarlas, en medio de un contexto de demandas que precipitaban la toma de decisiones. El voto femenino en nuestro país había sido establecido un año antes por la Ley 8.927, aunque las mujeres votarían en carácter general recién en las elecciones nacionales de 1938. Años antes, en 1927, en Cerro Chato, se realizó un plebiscito donde las mujeres votaron por primera vez, y si bien fue una experiencia por demás significativa, fue puntual y remitida a una cuestión local.
La consigna de las asambleístas era promover el reconocimiento de los derechos civiles y políticos para que el sistema de ese entonces atendiera sus demandas y las insertara en la vida política, hasta ese entonces un territorio ocupado exclusivamente por hombres.
¿Cómo pudo surgir este movimiento en un medio tan controlado?
Mujeres del Pueblo Rodó se sumaron masivamente al movimiento feminista
Días más tarde, el 15 de enero de 1933, mujeres del Pueblo Rodó enviaron una carta a la Agrupación Feminista Batllista de Mercedes, adhiriéndose al mismo, apoyándose sobre las bases de sus vecinas de San Martín. “Las abajo firmadas, simpatizantes con el movimiento emprendido por la Agrupación Feminista Batllista de Mercedes, se adhieren […], inspiradas en los mismos sentimientos e ideales que esa agrupación se propone defender […], el reconocimiento de la equiparación de los derechos civiles ya adquiridos, y civiles, por los cuales debemos seguir bregando”, apuntaba la carta.
Agregaban que lo hacían “sin reticencia” al “enterarse” de que “esa agrupación ha hecho pública su oposición a la formación de partidos feministas independientes del hombre, por entender que las ideas no deben tener sexos”. En la carta de afiliación, suscrita por 103 mujeres (ver recuadro) –se trató de casi la totalidad de esa población, ya que se estima que en ese entonces había no más de 150 con edad como para suscribir el documento–, señalaron que su acción era contraria a “la propaganda manifiesta o indiferencia de jefes de partidos poderosos, como lo ha sido el nacionalismo [Partido Nacional] y otros partidos conservadores”.
Las cartas estaban echadas. Exceptuando unas pocas, las mujeres de Pueblo Rodó se habían unido y de ese modo hicieron escuchar sus voces.
“Las damas de San Martín han tenido el admirable gesto de iniciar la lucha donde la mujer sufre la más triste esclavitud y desolación”
Tras las asambleas de San Martín y la masiva afiliación de mujeres de Pueblo Rodó, el movimiento se formalizó, teniendo como sede el Club Defensa de Mercedes. En una de estas reuniones organizativas comenzaron a participar las mujeres rurales. Así, el 1° de octubre de 1933, surgió la voz de una joven llamada Roja Alba Vázquez Ledesma, hija de Raúl Vázquez Ledesma, docente que, sin cobrar un peso, enseñaba a leer y escribir a los peones de estancia y policías analfabetos que formaban parte de aquel paisaje.
Su hija mayor, sin dudas, siguió sus pasos. Tal es así que su nombre aparece en los documentos de las escuelas rurales de la zona cubriendo honorariamente la ausencia de las ayudantías o maestros.
A pesar de su juventud, en un discurso consignado por El Radical, sus conceptos logran dar contexto y nos permiten comprender que tenía conciencia plena de su lucha. Allí no sólo le habló a la mujer rural, sino también a la mujer mercedaria, que, según dijo, “no podía permanecer indiferente frente a las luchas del pensamiento en que se juegan los destinos de la sociedad” y “no podía permanecer contemplativa y estática […] ante la evolución del instante (…)”. “Esos conceptos que vertimos emocionados frente a la valentía del núcleo dignificante de mujeres mercedarias que, desafiando prejuicios atávicos, calumnias ignorantes y los mil obstáculos que obstaculizaban su acción, lo repetimos hoy para dedicarlos conmovidos a las damas de San Martín que han tenido el admirable gesto de iniciar la lucha por la emancipación de la mujer, precisamente en el ambiente más hostil para ellas y en donde la mujer sufre la más triste esclavitud y la más triste desolación. Allí, en ese ambiente, los vibrantes discursos pronunciados deben haber iluminado el espíritu de las campesinas benéficas de sanas rebeldías”, afirmó, según la crónica de la época.
Roja Alba Vázquez Ledesma era una figura prometedora y preponderante en la acción desde el interior sorianense, pero falleció poco tiempo después a causa de una septicemia.
El olvido como castigo
Las dificultades de 1933 podrían haber sido un elemento obstaculizador para la permanencia de la organización femenina en San Martín y Pueblo Rodó, de la que nada más se supo, ni por publicaciones ni por relatos orales. Tal vez aquel contexto de dificultad que conscientemente enfrentaron las castigó con tanta dureza que no hubo permiso ni para recordar sus sueños de juventud y formación. Por casi 100 años, nadie se atrevió a mencionar que en este punto del país se replicó la lucha feminista, que en la lejana capital o incluso en otros sitios remotos de Uruguay, se estaban dando sin el consentimiento de un sistema que aún persiste en sus fundamentos patriarcales. Sin embargo, eso no quiere decir que la lucha no haya seguido, aunque con otros tiempos y otras formas, alcanzando logros transformadores.
Las mujeres rurales no la han tenido para nada fácil. Ni que hablar en lo que refiere a ocupar cargos políticos, incluso dentro del propio batllismo. Tampoco les fue sencillo la obtención de sus derechos civiles; a pesar de los valiosísimos avances, muchos de los cuales aún no son plenos.
Las asambleístas de San Martín y Pueblo Rodó nos obligan a reconsiderar las historias de nuestra historia, de la que poco a poco surgen susurros de quienes aún no se les había dado la palabra. En ese tránsito se van sanando heridas, restaurando memorias y, tal vez, construyendo una nueva forma de conciencia más amplia y abarcativa.
Dostin Armand Pilón Cáceres es autor de los libros Doña Celestina. La Construcción de un mito popular (2011 - edición ampliada 2020), Pueblo Risso. Descendientes de la Siembra (2022), y Gilberto. El Embajador (2025), publicaciones Independientes.
Las 103 mujeres del Pueblo Rodó afiliadas a la Agrupación Feminista
Según nombra un artículo de El Radical del 12 de marzo de 1933, ellas fueron: Cata Storni de Oyharzábal, María Esther Real, María Esther Acevedo, Teresa D. de Acevedo, Miriam Razquin Delgado, Gila A. Callorda, María Angélica Guerequi, Paula N. Centrión, María Julia Fleitas, Marina M. de Callorda, María Luisa C. de Aguirre, Delia Cáceres, Blanca Aurora Fierro, María Angélica Drovandi, Felicia Otárola, Segunda F. de Denis, Blanca N. Acevedo, Sixta Benia, Isabel Drovandi, Anselma Delgado, Eufemia G. de Fernández, Micaela Drovandi, María Teresa Acevedo, María Luisa Udaquiola, María F. de Garrido, Libia Acevedo, Ofelia Oheler, María Inés Espinosa, Elsa S. Fierro, Catalina Ramírez, María B. Gutiérrez, María A. Pedernera, María I. Cáceres, Celina Oheler, María Julia Razquin, Deolinda H. de Domínguez, Elvira P. de Fernández, María C. Harreguy, María Rosario Castro, Isabel Otárola, Agustina Zárate, Maria Julia Urrutia, Sofía Silva, Ramona Otárola, María Dámasa Cáceres, María E. Gutiérrez, Juana María Curbelo, Cipriana Otárola, Matilde E. Maciel, Germana G. de Rodríguez, Agustina Ramírez, Josefa Ortíz, Isabel Z. Romero, Elvira Otárola, Eugenia Sandoval, Vicenta I.M. de Galarraga, Deolinda Otáola, Irene J. Galarraga, Rita Otárola, Atanasia María Cedrés, Maruja Crottogini, Filomena Pujol de Vignoli, Bernabela A. Silva, Margarita Silva, Carmen Miranda de Santos, Berta K. de Jacubodski, María Elena Santos, Olga Jacubodski, Eleuteria D. Santos, Justa F. de Benia, Nilda Laco Escanda, Carmen N. Cedrés, Telma B. de Martínez, Chana Laco Escanda, Eufemia S. Martínez, Antonia Santos, Laureana Laborda, Eladia E.Ruiz de Avalos, Rosa S. Santos, Adela B. Laborda, Juana P. Avalos, Aurelia P. de Rodríguez, Marcelina Santos, Felicita L.Picart, Adoración G. Medina, Julia A. Fierro, Carmen N. de Menini, Micaela Martínez, Sergia Medina, Anastasia A. Clavijo, Dominga S. de Olivera, María Inés Medina, Teresa M. Benia, Anselma Martínez, Ruperta L. Clavijo, Clara Medina, María E. Díaz Alayón, Josefa B. de Díaz, María Dolores Medina, Leopoldina Fursatti, Carmen Eva Medina, N. Clavijo de Acosta, Alejandrina Medina.