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Ilustración: Horacio Guerriero

Los cerdos del rey Luis

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Esta historia ha cruzado los siglos tanto por su extravagancia como por su potencial metafórico. Y además porque sintoniza con el presente de una forma oblicua que resulta inquietante. Me temo que, si seguimos así, los ciudadanos del mundo acabaremos por parecernos demasiado a los animales atormentados para complacer al monarca protagonista del episodio que aquí se narra.

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Eruditos varios (el filósofo francés Pierre Bayle, el enciclopedista y clérigo inglés Nathaniel Wanley, entre otros) han asegurado que el rey de Francia Luis XI, quien ocupó el trono entre 1461 y 1483, además de ser muy reacio a la higiene personal, tuvo una especial afición por los sonidos anómalos y las músicas estrambóticas, pues creía que así ostentaba aún más la grosería de su poder despótico. Rarezas de una majestad que, según el biógrafo Sablon du Corail, “poseía una personalidad terrible”.1 Lo apodaban “La araña universal”,2 era un Valois, venía de los Capetos, dinastía que gobernó Francia de forma ininterrumpida durante ocho siglos, y una de cuyas ramas es la casa de Borbón, a la que pertenece el rey de España, Felipe VI.

En cierta ocasión, según narra Pascal Quignard,3 el rey le encomendó a un abate melómano la confección de un instrumento musical fabricado con puercos vivos. No le dio más indicaciones que esa. El abate aceptó, a cambio de un pago generoso, afrontar el extraño desafío.

Al tiempo invitó al rey Luis a una exhibición campestre. Había allí, bajo un enorme entoldado, una especie de piano, que tenía por delante un teclado pero que del otro lado, en lugar de cordal y bastidor de cola, había corrales a medida, en los que se encontraban embretados cerdos de distintos tamaños, desde tiernos lechoncitos en un extremo hasta padrillos de generoso porte en el otro. Alineados y apretadísimos, casi no podían moverse.

El instrumento, al que bautizaron “piganino”, tenía conectada a cada tecla un resorte con una afilada púa. Cuando el “concertista” (el propio abate) oprimía una tecla, el resorte se liberaba y la púa pinchaba con violencia al correspondiente cerdo en su pernil, provocando un chillido. Cuanto más joven y pequeño era el cerdo, más agudo el lamento. Cuanto más grande, más grave. Dice Quignard que al rey Luis le encantó el concierto y ordenó repetirlo: un canon, dos ricercares y tres motetes.

Hay quienes aseguran que se trata de una broma vuelta leyenda, y que ese raro instrumento nunca llegó más allá de la imaginación del rey, pero a pesar de ello la existencia del piganino está asentada con prestigio en la cultura francesa y de otros países. Hay ensayos, libros e ilustraciones al respecto, y un compositor estadounidense escribió y publicó en 1867 una pieza para piano titulada justamente “La piganino”.4

Hasta aquí la anécdota. Y yo, en pleno siglo XXI, no resisto la tentación de hacer ciertos paralelismos. Un rey de lo más bizarro, Donald el Conquistador, envía todo el tiempo agentes de su confianza para que algunos abates (ya sean presidentes, primeros ministros o altos funcionarios) fabriquen instrumentos que parecen imposibles: una miniinvasión sin bajas propias y con recambio de mandatario, un bombardeo fantasma para destruir instalaciones de los arios musulmanes, una Gestapo dedicada a cazar inmigrantes que mata a sus conciudadanos, una ciudad lejana convertida en escombros, y más. Piganinos posmodernos.

Hay unas púas más afiladas que otras. Hay instrumentos más salvajes que otros. El monarca es el mismo. Donald el Conquistador lo ha dicho y lo ha hecho: “por las buenas o por las malas” (5). A veces, al igual que aquel rey Luis, se inclina por la tramoya conspirativa, aunque hay ocasiones en las que no duda en usar su arsenal de púas y oprime algunas teclas. Sus deseos pueden parecer caprichosos: Venezuela, Groenlandia, Gaza. Pero es que él y los suyos solo escuchan los acordes porcinos: suena Groenlandia y oyen imperio; en lugar de Venezuela, les tintinea la palabra petróleo; Gaza repica como resort. Y Cuba, que ellos escuchan como un maldito da capo desde hace décadas. Entonces todo cuadra, y los gruñidos de los cerditos adquieren su verdadero significado. Y atención, que en el Río de la Plata también hay piaras disponibles.

Una diferencia entre los cochinos del rey Luis y los del emperador Donald es que aquellos iban a gruñir forzados por los rejones del abate y los de ahora, cerdos serviles, están listos para chillar felices a cambio de unas promesas que, casi seguro, van a terminar en carneada.


  1. Amable Sablon du Coral: Louis XI ou Le joueur inquiet, ed. Belin, París, 2011. 

  2. Georges Bordonove: Louis XI, Pygmalion, París, 1986. 

  3. Pascal Quignard, El odio a la música, trad. Margarita Martínez, El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 1996. 

  4. Lester Levy Music Collection, John Hopkins University, Plate Number 4131. 

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