Sergio Altesor Licandro. Montevideo; Yaugurú, 2025. 202 páginas, 700 pesos.
Se dice que es la primera novela de su autor, pero tiene el espesor de una obra de la madurez literaria. En parte porque el inicio de Altesor Licandro en la literatura no empezó con la narrativa, y en parte porque esta es una versión corregida de la editada en 2000 por Fin de Siglo. Poeta desde 1973, se puede decir que recién en 2016 “se pasa” más o menos definitivamente a la prosa con Taxi (Estuario, 2016) y con El café del griego (Estuario, 2018).
Acá, en esta primera-última novela, el autor construye un magnífico collage con fragmentos de los países nórdicos, de París, de Montevideo y de Nicaragua, en especial de su costa atlántica, afromisquita y mayormente angloparlante, por completo distinta de la del Pacífico mestizo de habla hispana. Por eso el protagonista es casi tan extranjero como el teniente sandinista allí apostado. Sin embargo, aunque es una novela con elementos políticos, el centro de su espíritu es introspectivo y no es, aunque la contratapa diga que sí, un libro sobre el exilio. Será exiliado el Pedro Fontana que vivía en Suecia o en París, pero cuando transita el río caribeño es, antes que nada, un internacionalista, lo que resulta en una especie bien distinta, aunque por fuera se los vea muy parecidos. Río Escondido se destaca por esa forma hipnótica que adquiere, en un único párrafo en el que no se pasa de un tiempo a otro con ningún tipo de conector narrativo (salvo en una ocasión), sino que la acción salta con suavidad de la nieve al trópico y de la selva al asfalto, porque nunca deja de ocurrir en el interior del protagonista. Además, Río Escondido ilumina uno de los libros más crípticos de su autor, los Cuadernos de dibujo (1978-1993) (Yaugurú, 2020). Juntos, ambos trabajos terminan de dar forma a ese artista plástico que atraviesa la selva siguiendo el curso de un río en el que a veces es un personaje de un amour fou autodestructivo, en otras un idealista clásico, en otras el falso matón de un contrabandista, y siempre un azorado navegante que busca sostenerse en pie mientras garabatea en una libreta enrulada.