A fines de febrero, en reacción al lanzamiento de cohetes por parte de Hezbolá hacia el norte y el centro de Israel, Tel Aviv lanzó una importante represalia militar contra Líbano. Los intensos bombardeos, que incluyeron Beirut, causaron la muerte de más de 1.000 personas –entre ellas al menos 200 niños– y el desplazamiento forzoso de un millón de habitantes. Los ataques de Hezbolá, en respuesta a la muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei, sorprendieron a los observadores. Cuando se pensaba que la organización estaba debilitada tras los reveses sufridos en el otoño boreal de 2024, su decisión de reanudar las hostilidades provocó la ruptura definitiva del alto el fuego acordado a finales de noviembre de ese año, un alto el fuego que Tel Aviv ya había violado diariamente mediante bombardeos, ataques selectivos y la destrucción deliberada de tierras de cultivo en el sur de Líbano. Casi un mes después del inicio de los combates, la estrategia israelí es clara: su primer paso consiste en crear una zona de amortiguación, completamente deshabitada, entre la frontera y el río Litani, situado 30 kilómetros al norte. Según el ministro de Defensa, Israel Katz, su ejército se inspira en las operaciones llevadas a cabo en Gaza.1 En otras palabras, la destrucción casi total de edificios e infraestructura para hacer imposible la vida en esta zona, que ya estuvo ocupada por los israelíes entre 1978 y 2000.
El segundo paso podría consistir en una invasión militar comparable a la de 1982, con el objetivo oficial del desarme total de Hezbolá. Sumamente arriesgada, esa iniciativa supone necesariamente la toma del control de Beirut y de sus suburbios del sur. Consciente del precio que pagaría la población civil, el gobierno libanés ha propuesto, sin éxito, negociaciones directas con su homólogo israelí. Por su parte, Hezbolá afirma estar preparado para una “guerra total” y enarbola la bandera de la resistencia a la ocupación de su país.
El objetivo israelí parece claro. Fortalecida por su superioridad militar, y al igual que en Gaza o en Siria, Tel Aviv se mueve en Líbano con una lógica de conquista territorial. Incluso antes de la creación de Israel, los defensores del “hogar nacional judío” ya reclamaban la parte sur del actual Líbano, incluyendo las ciudades de Naqoura, Tiro y Nabatieh.2 Hoy, los partidarios del “Gran Israel”, presentes en el gobierno de Benjamin Netanyahu y también en el ejército, se ven tentados a aprovechar la impunidad de que goza su país para redibujar el mapa de Oriente Medio.
Y los países occidentales podrían permitirlo. Francia, que se proclama constantemente amiga, y hasta protectora, de Líbano, apenas se ha manifestado en contra de Israel, a pesar de que Jean-Yves Le Drian, representante personal del presidente francés en Líbano, consideró “desproporcionada” la reacción israelí a los ataques de Hezbolá (France Inter, 12 de marzo). En tanto el ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, que ha visitado ambos países, se limitó a indicar la “disposición” de París a facilitar posibles negociaciones.
Akram Belkaïd, periodista. Traducción: Le Monde diplomatique, edición Uruguay.
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“Les Libanais déplacés ne rentreront pas chez eux tant que le nord d’Israël ne sera pas sécurisé”, L’Orient-Le Jour, Beirut, 16 de marzo de 2026. ↩
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Véase Olivier Pironet, “Rêves sionistes au pays du Cèdre”, en “Liban, 1920-2020: un siècle de tumulte”, Manière de voir, 174, diciembre de 2020-enero de 2021. ↩