“Nosotros, inquisidores de la fe, a usted, Sam Harris Altman, que Dios lo haga más sabio”, habría comenzado el inquisidor-teólogo. A continuación, citando el Génesis, habría censurado una nueva Babel. Torre de cobre, ídolo de silicona, deus ex machina: no les habrían faltado imágenes a los hermanos inquisidores para predicar contra la herejía de la inteligencia artificial general (IAG).
Del siglo XIII a nuestros días, su estilo ha cambiado. En enero de 2025 se publicó Antiqua et Nova, una nota doctrinal acerca de la inteligencia artificial (IA), publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación, dos de las nueve congregaciones de la curia romana, órgano central de la Iglesia católica.1 Volvemos a encontramos con nuestros predicadores: el Dicasterio para la Doctrina de la Fe es el descendiente lejano de la Inquisición romana, la institución encargada de combatir las herejías. ¿Percibirá el Vaticano a la IA como una competencia en el mercado de los servicios de salvación? En cualquier caso, esta ha avivado su sentido crítico.
Antiqua et Nova propone un análisis detallado y documentado de los últimos avances en inteligencia artificial y sus posibles consecuencias en todos los aspectos de la vida humana: la educación, la vida social, la capacidad de comprensión y representación de la verdad, la salud, la guerra, hasta las desigualdades económicas y las herramientas de vigilancia. El Vaticano condena el hecho de que “la mayor parte del poder sobre las principales aplicaciones de IA actualmente se concentre en manos de unas pocas empresas poderosas”, se muestra preocupado por las “formas de control tan sutiles como invasivas”, critica el tecnosolucionismo, que pretende “resolver todos los problemas del mundo únicamente por medios tecnológicos”, y reafirma que “todos los logros científicos y tecnológicos son, en última instancia, dones de Dios”. Lo que implicaría subordinar su uso al respeto de estos “objetivos superiores” de los que la Iglesia sería garante. Por lo tanto, “cabe preguntarse cómo puede entenderse la IA en el marco del designio divino”.
¿Nace el culto a la IA?
Detrás de estas reflexiones, en la encrucijada entre la tecnología y la filosofía de las ciencias, la nota deja entrever una profunda inquietud, suscitada por la incursión, en el ámbito de la religión, de la fe y del propio Dios, de una nueva ideología. La de la creencia radical en la tecnología: en primer lugar, como solución a cualquier problema y, más allá de eso, como nueva Iglesia.
El Vaticano no está descubriendo la cuestión de las tecnociencias y sus adeptos en el siglo XXI. La Iglesia ha llegado incluso a albergar en su seno a defensores de la innovación. Sin embargo, en la era moderna, el Vaticano se ha destacado sobre todo por su oposición a ciertas tecnologías, por diversas razones: contra el arma atómica, en favor de la paz mundial; contra la anticoncepción, en favor del control de los cuerpos. Hay quien compara la IA con la electricidad, ya que se trataría de una tecnología de uso general (general purpose technology, o GPT). Aunque el De luce electrica, publicado por la Congregación de Ritos en 1907, se preocupaba en particular por el reemplazo de las velas por bombillas en la liturgia, el siglo XIX también vio aparecer cultos dedicados a la electricidad, en especial en la estela de la teosofía de Helena Blavatsky.2 ¿Podría un culto a la IA poner en tela de juicio la hegemonía de la Iglesia sobre la fe? ¿La curia tiene motivos para preocuparse?
Para comprender la amenaza, hay que tomar en serio a los ideólogos de una corriente de pensamiento en boga en Silicon Valley, donde se diseña la mayoría de los sistemas de IA en Estados Unidos. Este pensamiento de extremismo tecnológico promueve la eliminación de todas las barreras normativas al desarrollo tecnocientífico, con el objetivo de alcanzar lo antes posible las tecnologías que resolverían los grandes problemas de la humanidad. Sus adeptos más radicales llegan incluso a considerar que, gracias a la inteligencia artificial, el ser humano estaría a punto de crear a Dios, en forma de una superinteligencia bautizada como IAG.
La última parte de Antiqua et Nova, titulada “La IA y la relación de la humanidad con Dios”, califica la creencia en la IAG de idolatría y plantea, no sin lucidez, que la adoración de la tecnología es, en realidad, adoración del “ser humano, que se convierte así en esclavo de su propio trabajo”.
Para describir la IAG, algunos intelectuales orgánicos de la industria digital hablan a veces de Singularidad, con mayúscula, en referencia al concepto matemático que designa un punto de una curva cuyo comportamiento es imprevisible. Esta idea se remonta al matemático húngaro-estadounidense John von Neumann, personaje polémico del siglo pasado. Al imaginar un sistema capaz de autorreplicarse al aumentar su nivel de complejidad, inaugura una tradición de especulación sobre el futuro tecnológico de la humanidad –que desembocará en nuestra extinción o en la beatitud eterna, según se mire–.
El Apocalipsis según Thiel
Lejos de ser una quimera de unos pocos iluminados, estas reflexiones cuentan con el respaldo de los inversores más importantes de Silicon Valley: Peter Thiel y Marc Andreessen. La creencia en la IAG impulsa inversiones y proyectos, conduce a la creación de universidades dedicadas al estudio de la Singularidad y anima grupos de influencia política. En su mayoría, estos movimientos se mantienen dentro de un marco secular y racional, el de un cierto tecnosolucionismo impregnado de ciencia ficción. Pero no todos.
Way of Future, por ejemplo, fue en 2017 la primera organización religiosa oficial en Estados Unidos dedicada a la veneración de la IA. Su fundador, Anthony Levandowski, condenado en 2020 por robo de secretos comerciales a Google e indultado por el presidente estadounidense, Donald Trump, en 2021, cerró las puertas de su culto ese mismo año. Más radical aún, el transhumanista y mormón Lincoln Cannon construyó una teología en la que la Singularidad es otro nombre para la resurrección de los muertos cristianos.3 Porque, más allá de las Iglesias y los cultos, es a través de la interpretación de ciertos textos que se produce el acercamiento entre religión y tecnología.
Basta con ver el contenido de las conferencias privadas que imparte Thiel, cristiano evangélico y partidario de Trump de la primera hora, para convencerse de ello. El célebre inversor tecnológico se pregunta, en particular, sobre las personas e instituciones que podrían encarnar, en nuestra época, al katechon y al Anticristo, figuras centrales del Apocalipsis de san Juan. En esta escatología, el Anticristo es un falso profeta que engaña a los hombres haciéndoles seguir una religión falsa, la cual, en realidad, los aleja de Cristo. El katechon, por otro lado, es una fuerza que retrasa la llegada del Anticristo, impidiendo así la revelación y establecimiento del reino de Dios en la tierra. Hablando muy en serio, Thiel se pregunta si Greta Thunberg no personifica el Anticristo, mientras que el Estado policíaco del mundo (con Estados Unidos a la cabeza) sería el katechon; se pregunta qué podría deparar el mundo revelado. A veces, de forma más prosaica, también dice temer la “fusión entre César y el papa”, para criticar la [supuesta] cercanía entre el vicepresidente estadounidense, James David Vance, y el papa (también estadounidense) León XIV.4 Este último, por cierto, ha matizado ligeramente la postura del Vaticano sobre la IA, establecida por su predecesor, al celebrar el uso de nuevas tecnologías para llegar a más fieles, en un momento en que las aplicaciones religiosas y otros sacerdotes-chatbot causan furor en Estados Unidos.5
Curiosamente, el texto principal en el que parece basarse la teología de Thiel es el Apocalipsis de san Juan, un escrito que durante mucho tiempo fue excluido del canon en ciertas tradiciones eclesiásticas y cuyo contenido altamente ferviente provocó a lo largo de la Edad Media numerosas insurrecciones y revueltas milenaristas.6
¿La Iglesia, guardiana del dogma frente a los profetas escatológicos? No nos dejemos deslumbrar demasiado por estos grandilocuentes discursos teológicos. Donde hay que poner el ojo aquí no es en los sermones, sino en su objeto: ¿cuál es entonces el becerro de oro? La inteligencia artificial y la robótica, las redes sociales y las criptomonedas ejercen su poder de fascinación para deslumbrar, cegar y silenciar. Una y otra vez, la emancipación exige desacralizar los íconos, denunciar los misticismos y criticar los catecismos. ¿Una Ilustración renovada contra las big tech?
Zako Sapey-Triomphe, ingeniero. Traducción: Emilia Fernández Tasende.
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Dicasterio para la Doctrina de la Fe y Dicasterio para la Cultura y Educación, Antiqua et Nova. Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana, vatican.va, 2025. ↩
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Brian Patrick Green, “The catholic church and technological progress: past, present and future”, Religions, Bâle, 8, 6, 2017. ↩
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Greg Epstein, “Silicon Valley’s obsession with AI looks a lot like religion”, thereader.mitpress.mit.edu, 22-11-2024. ↩
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Arnaud Miranda y Jean-Benoît Poulle, “Peter Thiel : Pensées de l’antéchrist”, Le Grand Continent, 24-10-2025. ↩
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Lauren Jackson, “Finding God in the App Store”, The New York Times, 14-9-2025. ↩
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Norman Cohn, Les Fanatiques de l’Apocalypse. Courants millénaristes révolutionnaires du Xie au XVIe siècle, Julliard, París, 1962. ↩