Para muchos Estados importadores, tanto en Asia como en otras partes, la brusca interrupción de los flujos de gas y de petróleo provenientes del golfo Arábigo-Pérsico se tradujo en escasez de combustible para los transportes y la producción eléctrica, acompañada por un aumento de los precios. En Filipinas, el presidente Ferdinand Marcos Jr decidió tomar la delantera declarando el “estado de emergencia energética” e imponiendo una semana de cuatro días a las agencias gubernamentales. Otros países cerraron escuelas y redujeron el tiempo de trabajo o, como Corea del Sur, establecieron un tope a los precios mayoristas de los combustibles para intentar apaciguar el descontento de los consumidores. El aumento de la cotización del petróleo no perdonó a Estados Unidos, a pesar de ser poco dependiente de las importaciones, y sus consecuencias en los surtidores tienen mucho peso en el presupuesto de los hogares pobres y modestos.
Que el presidente estadounidense, Donald Trump, no haya anticipado la crisis energética mundial no significa que ignore sus repercusiones económicas y geopolíticas a largo plazo, o que no vaya a intentar, ante todo, sacar provecho de eso por todos los medios posibles. Ya alentó a los gobiernos “que no logren encontrar querosén a causa del cierre del estrecho de Ormuz” a “comprarlo a los estadounidenses”, porque “tenemos un montón” (Truth Social, 31 de marzo). Su administración también elogió la producción nacional de gas natural licuado (GNL) ante los países que vieron cómo disminuía su abastecimiento proveniente del Golfo. “Tenemos que vender energía a nuestros aliados para que no tengan que conseguirlo con nuestros adversarios”, declaró el secretario del Interior, Doug Burgum, el 15 de marzo en Tokio, donde fue a anunciar la firma de nuevos acuerdos energéticos con Japón y otros países amigos (The Washington Post, 23 de marzo).
Bendición y maldición geográfica
La centralidad de los países del Golfo en la ecuación energética mundial se explica por factores geológicos. Los principales yacimientos de petróleo y de gas están en los deltas de los ríos y los mares adyacentes, donde la materia orgánica acumulada durante millones de años fue recubierta por arena y limo y transformada en hidrocarburos por el calor interno de la Tierra. Ese proceso fue más marcado en el golfo Arábigo-Pérsico –desembocadura del Tigris y del Éufrates– que en cualquier otro punto del globo, de modo que la zona concentra las mayores reservas del mundo de petróleo (48 por ciento) y de gas (40 por ciento).1
Por motivos históricos, Rusia y Estados Unidos son los primeros productores de gas y de petróleo por día, pero los Estados del Golfo figuran entre los principales proveedores de los mercados internacionales y ciertamente seguirán siéndolo en los años venideros. Según el Energy Institute, con base en Londres, seis de ellos (Irán, Irak, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos) garantizaban aproximadamente el 35 por ciento de las exportaciones mundiales de petróleo en 2024 (fecha de los datos más recientes). En cuanto a Qatar, representa por sí solo un quinto de los cargamentos mundiales de GNL.2 El Golfo provee además muchos derivados de esos dos hidrocarburos. De ser ciertas algunas estimaciones, hoy le debemos un tercio de la producción mundial de urea –el más común de los fertilizantes nitrogenados– y un cuarto de la producción mundial de amoníaco –proveniente del gas natural y también utilizado en la fabricación de productos fertilizantes–. Millones de agricultores a lo largo del planeta se volvieron dependientes de ese abastecimiento, sobre todo desde que las entregas provenientes de Rusia y de Ucrania –otros productores importantes– se interrumpieron a raíz del conflicto que enfrenta a los dos países.
La fuente geológica del Golfo tiene, no obstante, una maldición geográfica que no deja de entorpecer las capacidades de exportación de la región: el angostamiento de su unión con el océano Índico, creando un cuello de botella marítimo –el estrecho de Ormuz– fácil de bloquear en tiempos de guerra. Ese lugar de paso es aún más estratégico por el hecho de que existen pocos gasoductos que permitan enviar los combustibles hacia el resto del mundo, y la mayor parte de las entregas se realizan por barco.
Como es natural, esas especificidades influyen también en el destino de los países que cuentan con menos hidrocarburos. En 2024, de acuerdo con los datos del Energy Institute, las naciones asiáticas importaban, tomadas en conjunto, el 73 por ciento de su petróleo crudo del Golfo, del cual algunas de ellas extraían también una amplia parte de su GNL (en particular, era el caso de India y de Pakistán).3 Si bien son menos dependientes, los Estados de África y de Europa también encuentran en Medio Oriente un complemento útil para los recursos que adquieren en otras partes.
Extrema dependencia de Ormuz
La crucial importancia del Golfo en el suministro mundial de energía aumentó aún más estos últimos años por el retroceso o el debilitamiento de otros actores mayores. Venezuela, que durante mucho tiempo estuvo entre los principales exportadores de petróleo, vio cómo su producción diaria se esfumaba, pasando de 2,7 millones de barriles en 2014 a aproximadamente un millón en 2024, bajo el efecto combinado de una mala gestión y de las sanciones tecnológicas impuestas por Estados Unidos. En enero, al día siguiente de la captura del presidente Nicolás Maduro, Trump declaró que los gigantes petroleros estadounidenses iban a tomar el relevo para reconstruir las instalaciones venezolanas y reactivar el sector. Pero los dirigentes de esas firmas parecen claramente menos optimistas: informaron que las reparaciones tomarían años y se calcularían en miles de millones de dólares, si es que el equipo al poder en Caracas acepta facilitar esas inversiones extranjeras.4
Rusia, ex primer exportador de petróleo y de gas natural, en particular hacia Europa, perdió su primacía a causa de las sanciones occidentales y otras consecuencias de su invasión de Ucrania. En 2020, su participación en las importaciones europeas ascendía al 53 por ciento para el petróleo crudo y al 38 por ciento para el gas natural enviado por gasoducto; en 2024, esas cifras cayeron, respectivamente, al 12 por ciento y al 22 por ciento.5 Recientemente, el poder exportador ruso disminuyó aún más por los ataques de drones ucranianos contra los puertos de Ust-Luga y Primorsk, sobre el mar Báltico, de donde sale aproximadamente el 40 por ciento de los cargamentos marítimos de crudo del país.6
En cuanto a Estados Unidos, intenta sacar ventaja de la creciente demanda mundial y del declive de las capacidades rusas aumentando sus propias exportaciones –en particular las de GNL en dirección a Europa–. Pero en la medida en que ellos mismos son el primer consumidor de petróleo y de gas, las cantidades susceptibles de ser vendidas al exterior no pueden crecer más que en proporciones limitadas.
Por lo tanto, la dependencia de los países importadores de los productores del Golfo no está cerca de reducirse, y su situación seguirá siendo extremadamente difícil mientras las entregas no hayan retomado su curso normal. Incluso una vez que el estrecho de Ormuz haya sido reabierto para la navegación comercial, sin duda habrá que esperar meses antes de que la producción regional vuelva a recuperar su nivel anterior al conflicto. Muchas instalaciones energéticas esenciales fueron paralizadas por razones de seguridad o dañadas durante la guerra, y el caso más preocupante al respecto es el del sitio de producción de GNL de Ras Laffan, en Qatar. El 19 de marzo, misiles iraníes golpearon allí a dos “trenes” (unidades de licuefacción) cuya reparación podría tomar entre tres y cinco años. Normalmente destinadas a abastecer a Bélgica, China, Italia y Corea del Sur, esas unidades representan el 17 por ciento de la capacidad de exportación catarí.[^7]
Batallas energéticas
Dado que las cotizaciones del petróleo y del gas son sensibles a los menores incidentes en los circuitos de abastecimiento, la brusca interrupción de los flujos provenientes del Golfo habría sido suficiente para hacer tambalear al sistema en cualquier circunstancia. Pero se produce en un momento en que la situación energética mundial ya está extremadamente tensa. Las necesidades no dejan de aumentar, mientras que la transición hacia las energías renovables opera a un ritmo más lento de lo previsto, en especial a causa de una resuelta obstrucción de la administración Trump. Resultado: la demanda de combustibles fósiles no disminuye.
De ser ciertas las últimas proyecciones de la Agencia Internacional de Energía, el consumo energético mundial va a aumentar en un 14 por ciento de acá a 2035 (en la hipótesis de que las políticas actuales continúen).7 Para encontrar esos recursos adicionales acelerando al mismo tiempo la transición verde, los Estados tendrán que aceptar enormes inversiones en nuevas capacidades de extracción, de producción y de distribución. Y los grandes productores de petróleo y de gas tendrán que desarrollar nuevos yacimientos, mientras que los países importadores deberán ampliar sus instalaciones portuarias y de tratamiento y/u optar por fuentes alternativas de energía. El costo de esas reorientaciones será tanto político como financiero, porque no dejarán de provocar acalorados debates nacionales.
La guerra en Irán hace que esos cálculos sean aún más complicados. Cada país tendrá que revisar su matriz energética y, si decide mantener sus importaciones de combustibles fósiles, reconsiderar su lista de proveedores. Para los productores de hidrocarburos y de tecnologías asociadas, esas elecciones tendrán enormes repercusiones pecuniarias y darán lugar a una cruenta competencia.
Sin duda, esta reconfiguración tomará un rumbo particularmente extremo en Asia y en Europa, donde muchos países apostaron por el gas natural como “energía de transición” entre el carbón y las energías renovables para la producción de electricidad. Antes de la guerra en Irán, preveían invertir de forma masiva en nuevas terminales de recepción de gas natural licuado contando con un aumento de las importaciones provenientes de Qatar, el cual proyectaba duplicar sus capacidades de exportación.8 Hoy todos esos proyectos están en suspenso y nadie sabe si Doha estará en condiciones de aumentar su producción ni cuándo.
Algunos países podrían estar explorando otras opciones. Japón y Corea del Sur, por ejemplo, prevén aumentar la porción de la energía nuclear en su producción; India e Indonesia, la del carbón. Los sobresaltos del mercado del petróleo y del gas también suscitan un renovado interés por las energías sostenibles, como lo demuestran las amplias inversiones chinas en energía solar.9
Dentro de poco tiempo, esperemos, los bombardeos cesarán definitivamente en Irán y las víctimas podrán curar sus heridas. Pero no podemos contar con que la batalla energética termine de inmediato. Por el contrario, tiene todas las chances de intensificarse en los meses venideros, a medida que las naciones busquen reforzar sus defensas contra futuras alteraciones del abastecimiento o, como el Estados Unidos de Trump, explotar la crisis actual en su ventaja. Más allá del perfil energético del mundo de mañana, lo que está en juego es la velocidad relativa del calentamiento del planeta.
Michael Klare, profesor emérito en el Hampshire College (Amherst, Massachusetts) y autor de All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change, Henry Holt and Co., Nueva York, 2019. Traducción: Micaela Houston.
Punto uy
El efecto de la guerra de Irán implicó un alza del 7 por ciento en el precio de los combustibles uruguayos a partir del 1° de abril. Según el gobierno, de haberse seguido la regla del precio de paridad de importación, el incremento debería haber sido casi del doble: 13 por ciento para las naftas y 44 por ciento para el gasoil. Se espera que en mayo pueda haber un nuevo aumento del 7 por ciento. Los precios en Uruguay crecieron sensiblemente menos que en el resto de la región, donde aumentaron entre 20 y 25 por ciento en Argentina, entre 30 y 40 por ciento en Chile, entre 18 y 28 por ciento en Paraguay, y un 40 por ciento en Perú.
Fuentes: la diaria, 31 de marzo y El País, 19 de abril.
[^7: Maha el Dahan, Andrew Mills y Yousef Saba, “Iran attacks wipes out 17 por ciento of Qatar’s LNG capacity for up to five years, QatarEnergy CEO says”, Reuters, 19-3-2026.
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BP, “Statistical Review of World Energy 2021”. ↩
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Energy Institute, “Statistical Review of World Energy 2025”. ↩
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Ibid. ↩
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Administración de Información Energética de Estados Unidos, “Country análisis brief: Venezuela”, eia.gov, 8-2-2024; y Natalia Sherman, “Trump seeks $100 bn for Venezuela oil, but Exxon boss says country ‘uninvestable’”, BBC, 10-1-2026. ↩
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“Statistical Review of World Energy 2021” y “Statistical Review of World Energy”, op. cit. ↩
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Constant Méheut, “Ukraine ramps up attacks on Russian oil, aiming to curb Iran war windfall”, The New York Times, 7-4-2026. ↩
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Agencia Internacional de Energía, “World Energy Outlook 2025”. ↩
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EIA, “Country analysis brief: Qatar”, eia.gov, 20-10-2025. ↩
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River Akira Davis y Meaghan Tobin, “A new oil shock accelerates a return to nuclear power”, The New York Times, 6-4-2026; “India says it is ready for unprecedented coal power demand in summer”, Reuters, 11-3-2026; Alexandra Stevenson y Murphy Zhao, “China’s Edge in an oil shock: Electric cars and renewables”, The New York Times, 14-3-2026. ↩