Era una noche como cualquier otra. En la televisión francesa, el martes 7 de abril a las 21.00, TF1 emitía un nuevo episodio de Koh-Lanta, M6 apostaba por un antiguo episodio de Cauchemar en cuisine; y Arte, el canal franco-alemán, se entregaba a su pasatiempo favorito –perseguir la amenaza rusa– con un documental sobriamente titulado ¿Europa en manos de Putin?
La jornada, sin embargo, se salía de lo habitual. Unas horas antes, en las redes sociales, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, había publicado un mensaje de una violencia sin precedentes: “Una civilización va a morir esta noche, para no renacer jamás”. Se refería a Irán y a sus 90 millones de habitantes, fijando incluso la hora de ese genocidio anunciado: las 20.00 de Washington, en plena franja de máxima audiencia. Las palabras pueden ser criminales. En Nuremberg, en 1946, el editor y propagandista nazi Julius Streicher –quien no había ejecutado ni ordenado personalmente ninguna masacre– fue condenado por crímenes contra la humanidad por haber incitado al exterminio de los judíos. Desde entonces, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio prohíbe “la incitación directa y pública a cometer un genocidio”. Y el derecho internacional humanitario prohíbe “los actos o amenazas de violencia cuyo objetivo principal sea sembrar el terror entre la población civil”. Como escribe el filósofo Mathias Risse: “Se trata de uno de los logros más importantes del orden jurídico internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial. Este se basa en el reconocimiento de que el discurso de la destrucción civilizacional no es solo el síntoma de la atrocidad, sino uno de sus instrumentos”.1
Los líderes europeos saben, cuando les conviene, tomar las palabras en serio. Hace 15 años invocaron las de Muammar al Gaddafi y su hijo, quienes prometían “limpiar Libia casa por casa” y “hacer correr ríos de sangre”, para legitimar una intervención militar en ese país. Ahora, Donald Trump puede proclamar un genocidio, el delito más grave según el derecho internacional, y todos siguen con sus quehaceres. China ha pedido una “desescalada”; la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, se han mantenido en silencio. La conducta de Trump “es fuente de una gran imprevisibilidad, de una gran incertidumbre que se cuela en nuestra vida cotidiana”, comentará con ingenuidad el ministro de Relaciones Exteriores francés, Jean-Noël Barrot. En cuanto al expresidente estadounidense Barack Obama, dedicó su único tuit del día a la victoria de un equipo universitario de básquet. Nadie exigió explicaciones ni sanciones, ni siquiera consideró útil calificar claramente esos comentarios. Durante toda la jornada del 7 de abril, los comentaristas especularon sobre las intenciones del presidente estadounidense –¿lo hará? ¿se trata de una estrategia de negociación?–, mientras que los canales de noticias desplegaban sus titulares de impacto: “Esta noche, a las 2.00, fin del ultimátum. ¿Trump destruirá Irán? Síguelo en directo en BFM TV”.
La acumulación de las crisis (ecológica, sanitaria, económica, energética...), la multiplicación de los conflictos, el genocidio perpetrado en Gaza ante la indiferencia de los gobiernos, la sucesión de noticias dramáticas a un ritmo cada vez más frenético han generado un acostumbramiento a lo peor, unido a un sentimiento de impotencia. Este día, casi como cualquier otro, tal vez sea el último en Irán, pero para “nosotros” el sol saldrá mañana como esta mañana, así que... ¿para qué preocuparse? Esta vez, Trump no ha llevado a cabo su amenaza. Pero, ante la ausencia de toda resistencia, sus palabras han surtido efecto. Han ampliado los límites de lo decible y ya han comenzado a trazar los de lo posible.
Benoît Bréville, director de Le Monde diplomatique (París). Traducción: Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
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Mathias Risse, “‘A whole civilization will die tonight’: The day the American president threatened genocide”, Harvard Kennedy School, 8-4-2026. ↩