Barco de pesca local en una ensenada de los Sunderbans, Delta del Ganges.

Foto: Cordier Sylvain / Hemis / AFP

Atrapados en el último gran manglar

Proteger la naturaleza, cercar al pueblo.

Cinco millones de personas viven cercadas entre un manglar protegido y un mar que avanza. Hoy, en esa parte del Sudeste asiático, el turismo es el único recurso viable, mientras los ciclones borran lo que los pescadores, convertidos en obreros, construyen.

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Los Sundarbans indios: el lugar donde los brazos del delta del Ganges y del Brahmaputra convergen en el mayor manglar del mundo. Alrededor de 10.000 kilómetros cuadrados de tierra y agua compartidos entre India y Bangladesh, en la desembocadura del sistema fluvial de ambos ríos, en el golfo de Bengala. En el lado indio: 4.200 kilómetros cuadrados y 102 islas, de las cuales 54 están habitadas. Es un bosque de manglares declarado Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) desde 1987: el más grande y el último que aún permanece intacto en el planeta. Y hay un dato que lo define todo: el 70 por ciento del territorio se encuentra entre 1,5 y tres metros de altitud. Ningún relieve ni elevación sirve de refugio. Todo el delta aflora a nivel del mar. En algunos tramos, los diques quedan por debajo.

Del lado indio, en este espacio viven cinco millones de personas, dentro de la zona de amortiguación de la reserva de biosfera.1 Hasta 1973, las comunidades podían aprovechar los recursos del bosque como pescar en los canales interiores o recolectar miel. Ese año, el gobierno indio creó la Sundarban Tiger Reserve, marcando el inicio de una separación que se iría consolidando con los años. En 1984, el corazón del bosque fue declarado parque nacional. El acceso quedó totalmente prohibido. En 1989, todo el delta (bosque protegido e islas habitadas) fue catalogado como reserva de biosfera.

Algunos sectores forestales de la zona de amortiguación, la zona cercana al parque, siguen siendo accesibles a los pescadores locales con permisos que duran la temporada para determinadas especies. Pero en Sajnekhali, no lejos del pueblo de Pakhiralay, en la isla de Gosaba, el control es estricto y se impone a todos –pescadores, habitantes y turistas–. Se trazó una línea entre dos mundos. De un lado quedó la naturaleza administrada. Del otro, el ser humano cercado. Y entre ambos, una economía que se reorganizó, en parte, en torno a esta separación, con el turismo y la esperanza de un desarrollo económico. Pero ¿por cuánto tiempo?

Frontera de nailon

El agente forestal del Sajnekhali Wildlife Sanctuary (Santuario de Vida Silvestre de Sajnekhali), a quien acompañamos desde hace tres horas en su ronda, se detiene de repente y mira a su alrededor: en este lugar es imposible planificar más allá de diez años; para entonces, todo habrá desaparecido.

Cada día, con lluvia o con viento, mientras una miríada de barcos con turistas navega persiguiendo algún gran felino, un equipo de guardabosques inspecciona las redes: son más de 100 kilómetros de nailon tendido entre los tallos de bambú y que corren a lo largo del límite del manglar por todo el perímetro. Protegen la isla de Gosaba del tigre de Bengala, pero también a la naturaleza del hombre: su pesca, su caza y, ahora, sus cámaras de fotos. Esta protección, implementada por los aldeanos –a pedido del santuario de Sajnekhali por intermediación de los comités locales de las aldeas (Joint Forest Management Committee, JFM)–, delimita una frontera física entre el mundo de los hombres y el de la naturaleza.

Desde hace unos años, el Departamento Forestal arbitra sus fronteras. En la zona habitada, los diques: son terraplenes protegidos por lonas que bordean las orillas y separan a los poblados del agua y que intentan retener lo que el delta querría recuperar. Del lado del manglar hay una barrera física y simbólica. Es el límite entre el territorio de los hombres y el del tigre. Entre ambos, los canales. El Datta River. El agua que circula, que erosiona, que ensancha.

En algún lugar detrás de los cerramientos, cámaras-trampa sacan fotos permanentemente. En una oficina, cada felino es identificado por sus rayas, como si fueran huellas dactilares. La cámara detecta lo que el ojo humano no ve. Se sabe, desde el censo de 2022, que en este lugar hay 101 tigres y que ya no cruzan el brazo del mar. No los vemos; ellos sí a nosotros. Antes de las redes, los recolectores de miel que se adentraban en el manglar usaban una máscara con ojos pintados en la parte posterior de la cabeza. El tigre ataca por detrás: nunca hay que darle la espalda. Hoy en día, la máscara fue reemplazada por las redes protectoras de nailon que bordean toda la orilla.

Si bien hace algunos años que los incidentes casi desaparecieron, cuando suceden, raramente, invitan a reflexionar: “¿Por qué ataca el tigre?”, pregunta el agente. Porque se entra en su territorio. “No caza, se defiende”. Esta interpretación cambió todo en la gestión de los conflictos: ya no se trata de neutralizar al animal, sino de mantener la distancia que nos separa de él. De ahí la presencia de las redes.

Pero todavía queda ayudarlo a resistir la transformación del territorio. Ahora bien, las cifras sugieren que esto no es nada fácil. La reserva contaba con 274 tigres en 2004. Hoy queda menos de la mitad. La perspectiva de esta disminución observada en las 56 reservas de tigres de India motivó la decisión de convertir este territorio en un santuario en 2007. Como última línea de defensa para una población gravemente amenazada por la reducción de su espacio vital, por la caza y por la caza furtiva, que merman sus recursos. Se gana la batalla del contacto entre el hombre y el animal, pero no la del hábitat.

Geografía fluctuante

Como actor central de esta organización espacial, el agente de protección forestal del santuario está en el centro de la mediación entre tres entidades: las comunidades de pobladores rurales, la reserva cuyo símbolo es el tigre y la industria turística en plena expansión.

Cuando se le pregunta si la situación es difícil para las poblaciones locales, el agente responde sin dudar: “La vida es dura para todos”. Hace una pausa y agrega: “Para las personas, para los animales y para el territorio”. Es una evidencia simple.

El río es ancho, sus aguas son “internacionales”. Hoy, 700 metros separan la isla de Gosaba de la orilla opuesta. Hace 20 años estaban una respecto de la otra a un grito de distancia. Un hombre pudo haberlo visto a lo largo de su vida: el río que se instala, metro a metro, en lo que antes era tierra. El agua que avanza, la orilla que cede, y no hay nadie para detenerla. El tráfico marítimo que sube desde el golfo de Bengala acelera la erosión de las riberas, aunque los ríos cambien de curso cada año. Acá la geografía fluctúa. Es un dato que se padece, que se integra.

En el dique que bordea Gosaba, las riberas recientemente reconstruidas se entremezclan con los edificios en ruinas destrozados por la erosión: muros inclinados sobre el agua, tejados varados en el fango, entre ellos el de las oficinas de los guardabosques, que tuvieron que ser reconstruidos 100 metros más lejos. El propio dique parece una muralla medieval: separa dos mundos que todo condena a unirse. Además, acaba de ser elevado por precaución. De un lado, el manglar espléndido, intacto, inaccesible. Del otro, el pueblo, los pequeños hoteles en construcción, los grupos de turistas que desembarcan con sus valijas con rueditas y se vuelven a ir con tigres de peluche.

Para el agente de protección forestal, este espacio se enfrenta a las necesidades específicas de tres actores: los poblados, el parque y la industria turística. Son tres fuerzas que coexisten, que dependen unas de otras y se contradicen constantemente. Un equilibrio precario al que cada perturbación amenaza y al que cada respuesta no hace sino desplazar.

En este lugar, la “perturbación” tiene un nombre: ciclón. Del 23 al 28 de mayo de 2021, el bautizado Yaas barrió con todo lo que había en el lugar a lo largo de cinco días. Los diques se rompieron en 200 puntos. Las imágenes están todavía presentes en todas las retinas. Dieron la vuelta al mundo. Las rutas, el alumbrado público, las protecciones contra el agua: todo tuvo que reconstruirse a mano; todo debió transportarse en barcos. ¿Cuál es el costo estimado por el gobierno de Bengala Occidental? El equivalente a 2.300 millones de euros. Entre 2019 y 2022 pasaron cuatro ciclones destructivos de forma sucesiva: Fani, Bulbul, Amphan y luego Yaas. El distrito de South 24 Parganas, al sur de Calcuta, registra, en términos estadísticos, un ciclón de gran intensidad cada tres o cuatro años. Es decir, el tiempo que se tarda en reparar la destrucción del anterior.

Pero la violencia de los daños no se debe solo a los ciclones. Si Aila, un sistema de intensidad moderada que se formó en 2009, inundó la totalidad del territorio, fue porque coincidió con una marea extremadamente alta. Yaas azotó la zona justo en su cenit. Ahora bien, las tierras inundadas por el agua salada quedan inservibles para cualquier cultivo durante al menos dos o tres años.

Los pescadores son los primeros en sufrir el impacto. La cantidad de pescado ya no es suficiente. Los cangrejos, los camarones y los peces se venden en el mercado local, sin que los pescadores más humildes puedan invertir ni hacer frente a la más mínima eventualidad. Después del paso de Yaas, el 62 por ciento de la población activa en las zonas afectadas perdió su labor principal. Al menos un miembro del 75 por ciento de las familias trabaja ahora en otro estado del país.

Suraj tiene alrededor de 20 años. Conduce un tuk-tuk eléctrico entre el pueblo y el embarcadero: turistas por la mañana, desde las 5.00, grupos a media mañana. La temporada dura unos meses. El resto del año se va a Bangalore, donde limpia departamentos de categoría. No se queja, hace cálculos. Y después están esos hombres que pueden quedarse un tiempo más como peones y albañiles. Descargar materiales: arena, cemento, ladrillos, grava. Construir los hoteles. Reconvertirse de pescadores a constructores, antes de que el próximo ciclón se lo trague todo. El jefe de los guardabosques agrega: “¿Comprenden la presión psicológica? Es vivir entre dos catástrofes”.

Ciclones, mareas... A estas dos fuerzas destructivas se suma una tercera, más silenciosa todavía. Todos los años los ríos cambian de curso, un fenómeno natural en un delta aluvial. Pero acá el proceso se ve acelerado por el tráfico marítimo internacional. A lo largo de los años, los diques obstaculizaron los flujos de las mareas que aportaban los sedimentos necesarios para que las islas se recompusieran. El lecho de los ríos se elevó, las islas se hundieron, el mar subió. Desde 1973, el delta indio perdió 478 kilómetros cuadrados de tierra por erosión, mientras que solo se ganaron 400 gracias a la acreción sedimentaria debida a los aportes fluviales. Las aguas saladas del mar de Bengala entran en el delta, las aguas dulces retroceden. Y de modo progresivo, la sal avanza hacia el interior.

En este lugar la geografía es una variable, nos explica el agente forestal. Lo que hace que cualquier plan a largo plazo, cualquier infraestructura concebida para perdurar, cualquier equilibrio buscado entre los tres polos quede obsoleto antes de que el próximo ciclón vuelva a empezar desde cero.

Cada mañana, al amanecer, los primeros barcos abandonan los embarcaderos para llevar de vuelta al continente a los turistas de la víspera. A media mañana, llegan los siguientes grupos con sus guías locales y operadores turísticos que venden paquetes con todo incluido: hotel, reserva natural, restaurante. Llegan entre 200.000 y 300.000 visitantes anuales, según el Instituto Indio de Vida Silvestre (Wildlife Institute of India, WII), concentrados en menos del 35 por ciento del territorio. Es una presión creciente sobre un espacio cerrado y frágil.

El Departamento Forestal se encarga de emitir los registros de las 500 embarcaciones en actividad, así como el número de permisos para turistas (que está regulado). Redistribuye el 40 por ciento de los ingresos a las comunidades a través de los comités de cogestión forestal de cada poblado. El 60 por ciento restante se destina al funcionamiento y al desarrollo del territorio. El turismo no es una amenaza procedente del exterior, sino la reconversión forzosa de una población cuyas bases económicas tradicionales desaparecieron. Cuando el mar invade la tierra y el bosque se cierra a las explotaciones tradicionales, el turismo se convierte en el único recurso local viable. Incluso así, hay que lograr un equilibrio frágil. El que busca el agente forestal: ni demasiado, ni demasiado poco. Más turismo significa más ingresos para las comunidades y más presión sobre un ecosistema frágil. Menos turismo significa menos degradación, pero menos dinero para una región que ya no tiene otra opción.

Prodip tiene alrededor de 50 años. Atiende la recepción de uno de los hoteles más nuevos. En 1981, su padre se adentró en el bosque y ya no volvió. Nunca se encontró el cuerpo. El manglar no devuelve a sus muertos. Prodip tenía unos 10 años. Era el mayor de una familia de tres chicos y una chica. Durante diez días no tuvo nada para comer. Así que se puso a trabajar, para que sus hermanos y hermanas pudieran ir al colegio.

Pasados 40 años, su hijo Arjun, de 19, cocina en el restaurante del hotel. Al costado hay unas paredes a media altura, los cimientos de un restaurante que Prodip construye desde hace algún tiempo, a medida que consigue reunir fondos. “¡Hay que hacerlo!”. La gente viene a ver al tigre, el mismo que se llevó a su padre. Por una curiosa inversión, el animal que ayer destruyó a su familia hoy se convirtió en la condición de su supervivencia.

Entonces, ¿hasta cuándo durará este equilibrio precario? “No lo sabemos”, responde el agente forestal. Solo hay objetivos a corto plazo. Planificar a largo plazo en los Sundarbans es construir sobre algo que se mueve permanentemente. Así que se hace de otra manera. Se construye lo que pueda sostenerse hasta el próximo ciclón. Se reparará lo que el siguiente haya destrozado. Y después, se volverá a empezar.

Bertrand Daugeron, antropólogo, enviado especial. Traducción: Merlina Massip.


  1. [N. de la R.] En el sistema de reservas de biosfera de la Unesco, la zona de amortiguación es el anillo que rodea al núcleo protegido y donde se permiten actividades humanas limitadas y supervisadas. No debe confundirse con el parque nacional, cuyo acceso es totalmente restringido.