Domingo
«¿Saben algo del concepto de amistad catch-up? Esta idea de que dejamos de compartir la vida con amigues y pasamos a juntarnos para ponernos al día de lo que hicimos en el tiempo que no nos vimos».
Emi está escribiendo...
«Nunca había escuchado del término. Me parece re loco, pero a la vez digo “re sí”. Yo creo que la mayoría de mis vínculos son así. Pero no pienso “qué cagada que esta sea la manera de vincularse”».
Laila (mensaje de voz): «Siento que el término lo hace quedar como algo muy pasivo: te doy una lista de en qué estoy yo, me das una lista de en qué estás vos y se terminó. Y no es tan lineal».
Emi: «Aunque a veces pienso que me gustaría más espontaneidad, poder caerle a un amigo sin aviso, tocar el timbre, pasar y preguntar “che, ¿estás para un mate?”».
Lunes
Tomás: «Hola, coincido, pero creo que cada vez es más difícil tener encuentros así, sin horarios definidos. Lo asocio un poco a esos momentos en los cuales entrabas en un túnel de no-tiempo, que con las amistades se produce mucho, pero puede ser que eso se dé cada vez con menos frecuencia».
Laila: «Sí, creo que tiene que ver con el trabajo, con vivir más lejos, con las redes. La precarización nos lleva a tener menos energía vital para absolutamente todo y que sea más un trasto hacer algo espontáneamente con amigues».
***
Juntadas de café de una hora entre un compromiso y otro, encuentros calendarizados con dos o tres semanas de anticipación, quedar para cenar un viernes y estar toda la semana pensando en cancelar, una misma pregunta que se repite en WhatsApp: «¿Cuándo nos vemos?». Son muchos los jóvenes y adultos que sienten que cada vez logran compartir momentos más limitados con sus amistades, sea por falta de tiempo o porque, aun disponiendo de este, ya no logran vincularse socialmente de una manera más espontánea. Lejos de ser algo excepcional, esto aparece como un síntoma de condiciones estructurales más amplias: la aceleración del tiempo social, la falta de momentos de ocio, la precarización de la vida y la sobrecarga de las agendas, todos factores que dificultan la disponibilidad afectiva y temporal necesaria para el sostén cotidiano de los vínculos.
Es lo que Michelle Elman, autora de Bad Friend, denominó catch up culture o la cultura de ponerse al día para describir «la espiral de recapitular la vida con los seres queridos», una forma de relación en la que la amistad se vive a base de «ponerse al día» de vez en cuando en lugar de en compartir tiempo y experiencias de una forma más continuada. Aunque el término no es algo nuevo, en los últimos años pareciera ser para muchas personas, incluso de distintas edades, la forma más extendida en que se desarrolla la amistad.
En América Latina no existen numerosos estudios que aborden el tiempo compartido con amistades. El periodista Derek Thompson analizó la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en Estados Unidos y observó que los adultos estadounidenses dedican 30% menos de tiempo a socializar cara a cara en comparación con 20 años atrás. En el caso de los adolescentes, la disminución es de casi 50%.
Vika Fleitas tiene 42 años y vive en Montevideo con su hija de 5. Es project manager y redactora en una agencia de comunicación. Define la amistad como «el rey de los vínculos». «En mi caso al menos, las amistades me han salvado, son uno de los pilares que me formaron como persona», le cuenta a Lento. En el último tiempo, sin embargo, la forma de relacionarse con sus amigas cambió. «Noto una tendencia a vincularse cada vez menos con la gente. Con mi familia tratamos de vernos más seguido, pero es verdad que con amigas me veo muy poco. Quizás el día a día lo llevamos por WhatsApp, pero muchas veces cuando hablamos nos preguntamos: “¿Cuándo nos vemos?, ¿cuándo nos juntamos?”. Antes se daba mucho más naturalmente y había un acompañamiento de la vida».
Horarios cruzados, distancias cada vez más largas y los compromisos de la maternidad son para Vika algunos de los factores que influyen en esto. «Dejamos que los encuentros sean demasiado permeables a todos los “obstáculos” que puede tener la vida adulta: el tiempo, las circunstancias, la logística. Ahora que no tengo tiempo para nada más que para trabajar y maternar, siento que cualquier tiempito, aunque sea una hora, vale». Cuando logran concretar una juntada, sin embargo, muchas veces se torna una obligación más. «En vez de juntarnos a pasarla bien, charlar y distendernos, se convierte en algo que tenemos que cumplir y en cada juntada tenemos que ponernos al día y hablar de todo».
Para ella, el problema de «ponerse al día» es que, al final, es como «un storytime» de los últimos meses o semanas. «Pocas veces hay un tiempo y un espacio para ponerse a hablar en profundidad sobre algo. Creo que también es parte de un foco de ansiedad, pero lo hemos naturalizado tanto que ya no lo pienso como algo que me afecte. Lo noto muy incorporado en la vida. Sí me afecta notar cómo se perdió la frecuencia de encuentros, que antes eran más fluidos y sin tanto esfuerzo».
El artículo «Time Use» (2020), de Esteban Ortiz-Ospina, Bastian Herre, Tuna Acisu, Charlie Giattino y Max Roser, publicado en el portal de Our World in Data, presenta un gráfico que muestra con quién pasan el tiempo los estadounidenses, basado en promedios de encuestas de entre 2010 y 2023. A los 18 años se registra la mayor cantidad de tiempo dedicado a las amistades: unas dos horas por día. Alguien de 30 dedica unas tres horas a su pareja y 0,78 a estar con amigos. Y mientras una persona de 60 años se encuentra sola alrededor de siete horas por día, pasa 0,55 horas con amistades en el mismo período. El gráfico muestra cómo a lo largo de los años aumenta el tiempo de estar en soledad y acompañado de una pareja, mientras el compartido con amigos desciende considerablemente.
Vika cuenta que con sus amigas que también son madres se ponen una suerte de «zanahoria» para lograr verse: «Casi que nos obligamos a hacer algo juntas, a vernos y encontrar ese momento, lo que realmente implica un esfuerzo. Creo que hay un punto de inflexión en la adultez, cuando empezás a alejarte un poco de tus amigues. Hasta los veintipico vivíamos con los más cercanos en el mismo barrio. Después cuando cada uno y cada una va teniendo pareja, por esta cuestión piramidal de que la pareja está como por encima de la amistad, se va coartando un poco ese vínculo. La vida te va alejando».
***
Respecto de este fenómeno, el psicólogo Bruno Gabriel Silva D'Angiola plantea una posible separación en dos grandes grupos: quienes quieren e intentan sostener las amistades pero no les da «el resto de tiempo, de energía», y quienes empiezan a tener ciertos pensamientos negativos respecto de los vínculos, como si fueran una pérdida de tiempo o puntos de fuga en esta búsqueda permanente de optimizar nuestros días. «Es importante hacer una lectura contextual de esto para entender que hay una recurrencia y que no es algo que nos pasa individualmente. Estamos en una época en la que trabajamos más, llegamos con menos tiempo y energía. Muchos autores, como Byung-Chul Han, hablan de esta época como la sociedad del cansancio: hay una intención de vernos y sostener vínculos pero el resto no lo tenemos (tiempo, dinero, energía)».
Nos encontramos en un péndulo entre sentir más soledad porque hay menos contacto con la corporalidad de otras personas, menos cohabitación con el mundo, pero al mismo tiempo, cuando concretamos planes, aparece cierto cansancio y agotamiento de la «batería social». «Querer salir corriendo de ahí», así lo describe Julia López Radits.
Tiene 29 años y es oriunda de la provincia argentina de La Pampa. Se recibió de abogada en la Universidad de Buenos Aires, pero hace tres años le dio un giro a su carrera profesional: dejó el derecho para dedicarse de lleno a la fotografía. Detrás del «vivir de lo que a una le apasiona» se esconde una contracara de autogerenciamiento, de ser visible en redes sociales y elevar el rendimiento personal al máximo. «Ya casi no tengo vida social porque mi mente me dice que pierdo el tiempo. Si estoy con amigos, me pongo a pensar en lo que tendría que estar haciendo para favorecer mi carrera. Siento que nunca tengo tiempo y que tengo que ser productiva».
Silva D'Angiola, en vez de pensar —como se plantea— que «todo el mundo es narcisista», considera que el modelo actual de producción genera subjetividades cada vez más centradas en el yo. «Esa productividad que se nos pide todo el tiempo también tiene que estar muy puesta al servicio del propio ser y eso hace que el otro se nos vuelva cierto inconveniente en la búsqueda de desarrollar nuestro propio camino». En ese contexto, la amistad —que, lejos de ciertos ideales como la incondicionalidad y el «para siempre», requiere retroalimentación y coparticipación— puede empezar a aparecer «como un inconveniente, un problema o pérdida de tiempo. La amistad es tan necesaria como conflictiva, trabajosa y cargada de emociones», explica el psicólogo.
Para el sociólogo y docente Esteban Dipaola, el origen de este fenómeno tiene que ver con el debilitamiento de las instituciones que ordenaban la vida social —como el trabajo y la familia— y la profundización de la individualización. «La subjetividad o identidad adherida a lo laboral, esta idea del sujeto que se conformaba a partir de su identidad de obrero, ya no existe. Hoy casi que se puede sintetizar esta desinstitucionalización del trabajo en la idea de “soy mi propio jefe”, una persona que es explotada y sin embargo cree o asume una condición de jefe», introduce.
Estos procesos se enmarcan, a su vez, en las dinámicas del capital financiero. «Lo que tenemos ahora es un capital financiero que se lo apropia todo y sobre ello estamos las personas absolutamente financiarizadas. Eso es lo que está en juego: una apropiación del capital financiero de las propias subjetividades», explica Dipaola. Se trata de un contexto marcado por una lógica individual, en que el otro es cada vez más un medio para alcanzar un fin o un obstáculo en esa carrera productiva que busca «pegarla» o al menos algo de estabilidad en un cotidiano en el que se nos escapa el tiempo.
Para problematizar la crisis del lazo social, el investigador propone hablar del «individuo contactless». Esta figura permite identificar «un tipo de conducta prescindente del afecto», un modelo de vida que renuncia a las experiencias afectivas que impliquen compromiso, aunque sea menor o incluso pasajero. «Ya no queremos ningún tipo de exigencia ni compromiso en un vínculo, sino ir por nuestro propio deseo sin que nada ni nadie nos limite. Las personas hemos sido llevadas con esta lógica a que todo tiene que ser bueno y concretamente identificable con algo feliz: no puede haber nada que obstruya eso», dice el sociólogo. No se trata de vínculos que duran menos que antes, aclara, sino de relaciones que carecen de lugar para experiencias que den continuidad a una narrativa. «Asistimos a una era en la que las personas no forman recuerdos de las sensaciones y los afectos compartidos. Eso genera vínculos desprovistos de una narrativa y una memoria: si no puedo narrar lo que hice con un amigo, una pareja, un hijo, entonces no hay vínculo. Tiene que existir una narrativa de esa relación».
***
Un viaje compartido. Un café a la salida de la facultad que se extendía por horas. Quedarse hasta la madrugada compartiendo unas cervezas. «Son esos momentos en que el tiempo parece que se suspende. No es que te sentás a tomar un café de una hora, repasás cómo estás vos, cómo estoy yo y nos vimos. En esas juntadas, el tiempo cobra otra dimensión. Son los momentos que crean anécdotas, porque el café de una hora no produce ninguna anécdota». Para Tomás Huberman, docente y comunicador social de 29 años que reside en Buenos Aires, estos encuentros son «más difíciles de lograr en estos tiempos», lo que adjudica a que la precarización «deja poco lugar para lo impredecible». «Además, creo que es algo que se profundiza más en las grandes ciudades esto de no conocer al vecino, la falta de espontaneidad y de tiempo».
A Leopoldo Silva, escritor y periodista de 27 años que transita su vida partida entre Buenos Aires y su ciudad natal, San Miguel de Tucumán, le llama la atención cómo cambia su forma de relacionarse con amistades en uno y otro lugar. «Con mis amigos de Buenos Aires se da esta situación de planear juntarnos de acá a dos o tres semanas hasta tal hora, todo muy pactado. En Tucumán llegás a hacer eso y sos un culiado. De acá a una semana máximo, no se proyecta tanto. Incluso los cumpleaños se avisan más sobre la hora», le comparte a Lento.
Leopoldo envía audios desde su casa en Tucumán, de noche, con el ladrido de perros de fondo. Recuerda que ese mediodía «han tirado un mensaje en el grupo de mis amigos a ver si estábamos para tomar un café en la estación de servicio que más o menos nos queda a todos bien». «Vamos los que podemos. Se vive más en el presente y en el día a día», asegura.
«Me gustaría poder caerle a un amigo sin aviso, tocar el timbre, pasar y preguntar “che, ¿estás para un mate?” o que mis amigos hagan eso conmigo. Que no haya una razón específica para juntarse o una planificación tan grande para poder verse», agrega Emiliya Antonyuk, actriz, bailarina y docente de 28 años. «Me gustaría esa espontaneidad. Siento que es clave el factor sorpresa para que haya anécdotas, pero qué poco estamos preparados o dispuestos para la sorpresa con nuestras agendas colapsadas».
***
A este escenario se suma la virtualización de nuestra vida social, que aparece para la mayoría como una cuestión ambivalente. «Es cierto que las redes sociales nos dan una posibilidad real de mantenernos en contacto, y ahí hay un costado de ganancia. Sirven mucho cuando la gente vive lejos, permiten sostener una presencia mínima en la vida del otro e incluso pueden abrir la puerta a conocer gente nueva afín a nuestros intereses y valores», describe Danila Suárez Tomé, filósofa y coautora, junto con la filósofa Laura Belli, de Filosofía de la amistad: experiencia, sentido y valor de nuestro vínculo más libre. «Pero al mismo tiempo funcionan como una compensación, casi como un parche, frente a una forma de vida en amistad que ya no se puede sostener tan fácilmente. Porque estar “en contacto” no siempre equivale a estar acompañándose».
«Las redes sociales te hacen sentir que estás más al tanto de la vida del otro, que estás a un clic o un whatsapp de distancia. Lo sentís más cerca, entonces no te ves tanto, pero es un estar más cerca que es bastante precario», considera Laila Massaldi, una joven comunicadora especializada en educación y derechos humanos.
En medio de una jornada extensa de edición en su casa, Julia agarra el celular y le manda un meme a una amiga con la que no se encuentra desde hace más de un mes. «Las redes te permiten eso, un momento de distensión y de sentir a mis amigas cerca», reconoce. «Pero también nos abstraen, creemos que la vida del otro va bien porque en redes sociales todos mostramos un pequeño recorte de nuestra realidad y generalmente es favorecedor».
Lo malo, lo triste, lo incómodo suele quedar fuera de las plataformas sociales, que nos permiten editar nuestras reacciones y compartir respuestas que muchas veces no son espontáneas, sino pasadas por un filtro. «El entorno virtual nos permite armar máscaras mucho más controlables que la presencialidad. La propia imagen dentro de las redes sociales es mucho más maleable: lo que muestro, lo que oculto, lo que quiero decir, lo que quiero dejar que repose», sostiene Silva D'Angiola. Esta posibilidad de controlar nuestras reacciones va de la mano con una mayor preferencia por la comunicación virtual para determinados intercambios. «Hay en general a nivel social una mayor búsqueda de sensación de control porque estamos en un mundo muy caótico. El caos se nos traduce mentalmente como ansiedad, y la ansiedad es justamente la pérdida de sensación de control sobre el mundo. Entonces, erróneamente, intentamos tener más control para sentirnos mejor», explica.
Para Julia, hablar con sus amigas de forma virtual es necesario, aunque cree que resta a la presencialidad y termina por generarle ansiedad. «Tanto, que cuando nos juntamos en persona nos cuesta estar presentes».
La corporalidad en una amistad importa, dice Suárez Tomé, porque «una parte de la confianza y de la intimidad se construye con señales físicas y sensibles que en lo virtual se pierden o se empobrecen. Expresiones, gestos, silencios, la dimensión afectiva de estar con alguien en el mismo espacio es importante para nosotros como seres humanos». Sin embargo, advierte que la falta de «cuerpo a cuerpo» no condena automáticamente el vínculo, ya que muchas veces «la distancia y la escritura habilitan otra cosa, más reflexiva, y hasta pueden facilitar conversaciones sinceras, justamente porque no tenés al otro mirándote en ese momento».
***
—¿Hay algo que desearías que fuese distinto en tus amistades?
—Creo que podría haber una convivencia un poco más fluida, en el sentido de vernos en las condiciones que sean. Ahora es necesario que todo produzca algo, necesitamos usar el tiempo para que tenga un resultado o que ganemos algo con eso. Creo que lo verdaderamente revolucionario es hacer actividades que no sean productivas o funcionales a nada, solo al momento presente de estar en un lugar con alguien. Compartir tiempo con amigas es eso: no buscar producir como en el trabajo, sino pasar un rato lindo y cubrir las necesidades emocionales —responde Vika.
«Hemos perdido la capacidad de demorarnos en el encuentro, de estar porque quiero y no porque hay una motivación que tiene que resolverse en lo inmediato. Es necesario replantearnos que al menos la forma de vincularnos no dependa de un objetivo, que el vínculo no sea una transacción, porque si no ahí hay algo que ya está roto», considera Dipaola.
Volver a una amistad lenta, eso propone el sociólogo e investigador de la Universitat Oberta de Catalunya Francesc Núñez. Frente a la lógica del rendimiento y de la optimización del tiempo que se nos exige, este concepto reivindica quedar con amigues sin un propósito, sin horarios tan encorsetados, simplemente para estar. «Hay que desprogramar esta aceleración y aprender a convivir sin objetivos», dice Núñez.
«El valor de la presencia sin finalidad, del encuentro que no responde a un objetivo externo ni se justifica por su utilidad, hoy es un gesto profundamente político», asegura Belli. Sin embargo, la reivindicación de un tiempo no instrumentalizado para el encuentro «corre el riesgo de naturalizar una concepción de la amistad excesivamente ligada a la disponibilidad temporal». Justamente el tiempo es un bien escaso y no todas las personas cuentan con márgenes de tiempo libre para encuentros «sin límites ni propósito». En ese sentido, advierte que «equiparar amistad con tiempo disponible implica invisibilizar las condiciones materiales que estructuran esa disponibilidad y convertir un ideal relacional en un privilegio de clase».
Para ambas filósofas, en cambio, la amistad puede sostenerse «en gestos de cuidado, en formas de presencia intermitente, en apoyos concretos que no siempre coinciden con el ideal de la lentitud. La cooperación, la reciprocidad y la confianza —núcleo de nuestra definición de amistad— no dependen exclusivamente de la duración o la frecuencia del encuentro, sino de la calidad ética del vínculo y del reconocimiento mutuo».
Esta cuestión de las «amistades lentas» tiene que ver con «recuperar nuestra temporalidad», considera Silva D'Angiola. Las amistades, en este mundo cronometrado, pueden representar «ese espacio en el que perdemos el tiempo adrede, no en un sentido de pérdida sino de elección».
Y agrega: «Si bien todos estamos con poco tiempo y con muchas cosas, también dedicamos mucho de nuestro cotidiano a cosas que sabemos que no nos hacen bien. Quizás hace falta reflexionar al respecto para dar lugar a lo que sí importa. La amistad entonces puede ser ese campo donde tratemos de dar batalla a estas lógicas que nos hacen tan mal y que en lugar de eso aparezca la complicidad, el júbilo, la alegría, la diversión, la tranquilidad. No van a solucionar ni cambiar el mundo, pero probablemente nos permitan rescatar tiempo y energía y oxigenar. Esta búsqueda colectiva realmente puede ser políticamente muy transformadora y necesaria».
María Clara Olmos es periodista. Cubre temas de interés general, derechos humanos y género. Es redactora en medios públicos y colaboradora en El País. Agustina Ramos es periodista argentina y se dedica a temas vinculados al género y de interés general. Trabaja en la agencia Presentes y en medios públicos.