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Ilustración: Daniela Beracochea

La primera noche con Eva

8 minutos de lectura
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Una primera cita misteriosa y una segunda que no sale bien del todo pero en la que aparece una posible redención para la soledad, con forma gatuna y el nombre de la primera mujer, una amiga.

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Él sugirió el lugar, uno de esos espacios chic que elevan el pocillo de café a la categoría de joya. Nos encontramos en la puerta. Sonreímos. Subimos los tres escalones y cuando le comenté que nunca había estado allí, insistió en mostrarme las instalaciones como si fuera el dueño. Un sótano en el que había viejas máquinas de café, molinillos de madera y un aroma que exhalaba cada una de las paredes.

Volvimos a la primera planta y nos sentamos en la mesa del fondo, la que estaba contra la ventana. La moza trajo la carta, tenía más de seis hojas, solo vendían variedades de café y tortas. Apuré la decisión, quería empezar esa cita.

Hablo mucho, pero en esa oportunidad fui la que menos dijo. Él se desenvolvía con destreza, unía un tema con otro, no se notaban casi las suturas, ni siquiera daba espacio para que yo me sumara a la conversación, era un monólogo y era hipnótico.

Sus tópicos no eran de mi interés, aun así lo escuchaba con atención. Esperaba las señales. No llegaban. No tenía la menor idea de si me interesaba o no seguir adelante con ese hombre. Menos de si a él le resultaba apetecible estar sentado frente a mí. Era un speech que estaba puesto a rodar, pero nada parecía estar dirigido a mí en particular. Nos despedimos en la puerta con un beso y una mirada tibia.

Entré al auto. No lograba categorizar el encuentro. Y eso, vaya a saber por qué motivo, fue lo que me entusiasmó.

Fue lindo conocerte, escribí. La respuesta llegó en seguida y, entre bromas que no sé de dónde brotaban, quedamos en vernos dos noches después, en su casa. Como en los libros para niños, en los que las letras no son suficientes y se complementan con dibujos, él mandó fotos del lugar en el que nos encontraríamos, cálido, armonioso, hasta que apareció un gato sentado sobre un sillón.

Tuve que dar la explicación habitual y bochornosa que lamento. Desde mi más tierna infancia tengo fobia a los gatos, un terror indigno que me avergüenza cada vez que un felino se encuentra en la misma habitación que yo y debo ponerme de pie e irme; sí, aunque parezca desmedido, no puedo quedarme en el mismo lugar en el que está el animal.

No hay problema con Eva, respondió.

Llegué quince minutos después de lo acordado. Hola, ¿qué tal, cómo has estado? Seguía sin saber qué era lo que me interesaba de ese hombre. Vení, estoy cocinando. Entré y me dispuse a ayudar, así que me lavé las manos y de pronto detecté un movimiento detrás de mis pies. Me sobresalté. No pasa nada, es Eva.

Eva era un felino hembra gris moteado de negro, con vivaces ojos que me enfocaban de un modo intenso. ¿Te acordás de que te dije que les tengo miedo?, susurré mirándolo fijo. Sí, pero no pasa nada con Eva. ¿Me tomaba el pelo? Ya sé que debe de ser muy buena, el problema soy yo. ¡Eva!, dijo él e hizo un gesto con la mano, la gata se retiró de inmediato.

No era suficiente que ella estuviera fuera de la habitación, necesitaba saber que no iba a volver. Ese hombre me inhibía, ¿o serían mis ganas de gustarle?, aún me cuesta creer no haberle exigido que encerrara a la gata. Así que con un ojo atendía la cuchilla con la que cortaba panceta y con el rabo del otro temía el ingreso del animal. Estuve al borde del tajo en dos oportunidades, no lograba hilvanar las oraciones, dubitativa como no soy me presentaba ante ese extraño. Él, en cambio, se volvía cada vez más dueño de su casa, de los objetos dentro de ella y de sí. Me embriagaba más el aroma que desprendía la comida que el vino. Me hipnotizaba más el miedo al felino que su larga locomotora de frases.

Cuando la sopa estuvo lista, me invitó a sentarnos en el living. Allí estaba Eva, aunque entre tanto objeto desconocido me costó encontrarla. Estás callada.

. Miré a la gata, que estaba sentada en el sillón de enfrente. Es que ya te dije que me incomoda.

Ella está ahí, no se va a acercar. ¡Eva!, dijo con firmeza, la bicha me miró fijo antes de que otra vez el chistido la moviera de habitación.

Él comía, hablaba, cambiaba de canción, parecía tanto para hacer a la misma vez; yo estaba sentada a su lado, queriendo no perder ni el hilo de la conversación ni el pedazo de marco de puerta por el que había desaparecido quien ya sabemos.

Hablaba de sus hijos, de sus ex, de su casa. Quise hablar de un director de cine, no pareció interesarle el tema. Entretuve la boca comiendo su comida. Hablaba de sus éxitos en distintos rubros. Estaba extenuada de hacer el malabarismo de tender puentes, él no se tomaba el trabajo de hacerlo, y yo tenía, además, el titánico esfuerzo de frenar el miedo antes de que desbarrancara en pánico.

Eva volvió y se sentó frente a mí. Nos detuvimos la una en la otra. Su mirada era bella y feroz. Sus ojos me veían de un modo en el que nunca nadie me había mirado, sus ojos enlentecían el tiempo, lo estiraban, lo bordeaban, lo ausentaban. Eva me veía. Bajó del sillón, curvó el lomo y entonces volví al temor. Por favor, dije. ¿Te sigue dando miedo? No podía creer la pregunta.

Callé.

No se te va a acercar, ella obedece siempre. Su voz destilaba seguridad, esa era una manera de definirlo; otra, que su grado de dominio era contundente y sin fisuras. Me di por vencida. Conviviríamos los tres esa noche.

La gata se fue acercando, quedó a menos de treinta centímetros de mi bota, debajo de la mesa ratona. Nuestros cuerpos se habían aproximado bastante. Él hablaba ahora de una heladera abollada que había conseguido en oferta. Yo aún no lograba interrumpirlo para decir alguna cosa sobre quién era, pero eso parecía no interesar en absoluto.

Eva asomaba de tanto en tanto su cabeza, me miraba y en ese cruce de ojos volvíamos a decirnos tanto. Sentía una electricidad que trepaba desde el comienzo de la espalda hasta la nuca. Una aceleración de los latidos del corazón que cabalgaba en la garganta, una vulnerabilidad que me volvía tanto más permeable. Tampoco ella era aún codificable, aunque empezaba a intuir su lengua.

Las piernas estaban en contacto, el calor pasaba de un cuerpo a otro, era agradable. Comencé a hablar de un autor que me gusta mucho, fui encontrando las palabras para decir que me sacaran de ese mutismo y me volvieran al encuentro con él. Escuchaba, asentía, disfrutaba del relato. Por primera vez en la noche, algo de mí se desplegaba. La gesticulación fue creciendo, los dedos se tocaron, se agarraron, las palabras fueron ahuecándose. Eva se puso de pie y reclinó su cuerpo hacia atrás, iba a saltar sobre mí. Apoyó su cuerpo en las patas traseras, tomó impulso. Grité, todo lo contenido que pude, y me puse de pie. Eva, volvió a nombrar él. Vos sentate, quiere subirse, estar con nosotros, pero no te haría nada. Ella se fue, caminó hasta la cocina con parsimonia. Ahora era una gata vencida. Me apenó.

Él, otra vez, tenía la palabra.

Eva había salido de la cocina y estaba desparramada sobre el quinto escalón de la escalera de madera que llevaba a los cuartos. Nos miramos, sus ojos eran amables, nos sostuvimos en medio de la humana animalidad, nos comunicábamos.

Nos besamos gracias a Eva, nos tocamos gracias a ella, y quizás todo lo demás también tuvo que ver con ella. El encuentro se revitalizaba cuando algún sonido disparaba el estado de alerta y una excitación —mezcla de temor y valor— crecía. Cuando los jadeos me llevaron la cabeza hacia atrás, descubrí que ella me observaba. El orgasmo fue bestial, escribo, sabiendo que no logro transmitir la rareza que significó caer en el goce mirándonos con ella, mientras se desarmaba la ola de placer. Escondí la cabeza en el hombro de él y le susurré al oído que Eva nos observaba. Le dije que no la echara, que estaba cómoda con ella entre nosotros. Otra vez nombrarla hizo que se retirara. La escuché irse.

Volvimos a las palabras, los relatos iban siendo más consistentes, otra vez él se jactaba de sus logros, de sus conquistas. Trajo a la cama unos pedazos de la torta dulce que yo había cocinado para la ocasión, probó y criticó. Pecaba de soberbia, creyendo y profesando la modestia. Qué pillado sos, dije. Un macho alfa, respondió y giró la cabeza para mirar a la gata, que estaba en la puerta, y chistarle, lo que fue suficiente para que Eva se diera por enterada y se fuera sin protesta.

Necesito ir al baño. Andá, la llave de la luz está al lado del espejo. Hice pis, me achaté el pelo, intenté mejorar mi maquillaje y, desnuda como estaba, abrí la puerta. Eva me esperaba del otro lado. Sentada, mirándome con esa fijeza que siempre me aterrorizó tanto de los gatos. No soy un gato, no nos metas a todos en la misma bolsa, soy una gata, soy Eva. La escuché. Aun así te tengo miedo, no te ofendas, no me apures. Y cerré la puerta. ¿Podés venir por favor?, grité. Él preguntó qué pasaba. Vení. Escuché su risa. Eva, dijo por vaya a saber qué número de vez. Dejala tranquila. Abrió la puerta, se burló. Ella te quiere, es bastante brava y contigo ha sido encantadora, le gustás mucho.

Era cierto que nos gustábamos. Nos entendíamos. La desnudez de ambas era un puente que conectaba las fragilidades. Sentí ganas de acariciarla. No me animé. Él comenzó a desarrollar otro de sus discursos. Eva parecía aburrirse todavía más que yo. Pobre, pensé. Está acá atrapada.

Quiero tocarla, interrumpí. Tocame, dijo y sonrió socarrón. A Eva, aclaré. ¿Podés traerla y ayudar para que pueda acariciarla? Ella nos observaba, me pareció que estaba alegre. Fuimos tres seres desnudos y silenciosos por un buen rato. Embriagadora sensación el tacto de esos pelos suaves, la tibieza de ese cuerpo de cuatro patas, la aspereza de esa lengua contra mi piel, el latir de ese corazón entre los dedos. Tuve piel de gallina por un buen rato, estaba conmovida.

Llegó el momento de irme. Eva observaba con atención cómo me iba vistiendo. Me emocionó saberla tan atenta. Me agaché para despedirme. Nos miramos, ¡qué manera tan inaugural esa de vernos la una en la otra! No voy a regresar, dije sin decir y ella entendió. Deslizó su cabeza por mi mano. Se acercó aún más a mi rostro y lo lamió.

Me despedí del hombre. Él abrió la puerta. Eva se enredó con mis piernas. Dejala, gritó, desmesurado. Correte. Y mirándome ahora a mí, siguió ordenando. Ponete al lado del portón y cuando escuches el pitido, tirá fuerte para que abra. Chau, que te vaya bien, dijo con desgano antes de darme la espalda y sentenciar: Vámonos, Eva.

De pie delante del portón esperé el ruido y cinché. Me sentía tan triste. Dejé abierto y volví a la casa, apreté el botón del timbre. Me olvidé el plato de la torta, empecé a hablar cuando apareció Eva. Quedate con la torta, pero el plato me lo llevo. El hombre suspiró, se dio media vuelta y desapareció. Ella y yo estábamos una de cada lado del vano de la puerta, en silencio, detenidas, evaluando lo que era obvio que ambas deseábamos. Otra vez esos ojos verdes tan enfocados en los míos, estirando los segundos, suspirándolos. Le tendí los brazos. Ladeó la cara. Se escucharon unos sonidos desde la cocina. Saltó. Se sintió tan bien tenerla abrazada. Apuré los pasos hasta el portón, seguía abierto. Corrí hasta el auto, desactivé la alarma, abrí. Eva quedó sentada en el asiento del acompañante. Entré, encendí el motor y arranqué. Viajamos inquietas los diez minutos del trayecto, tan mansas como los cables de alta tensión. Entramos juntas a nuestra casa. La recorrió tan lento que vi la verdadera dimensión del lugar que habitamos. Me senté en el sillón de dos cuerpos, se ubicó a mi lado, rozaba mi tela y sentí su corazón latir en mi pierna.

Esa noche el teléfono sonó tres veces. Luego bloqueé ese contacto y desapareció también de mis crushes en Citas Ya. Espero que él aprenda, tan bien como nosotras, lo importante que es resignarse. No sabe dónde queda nuestra casa, no imagina lo glorioso que ha sido conocernos, aprender a vivir juntas y en paz. Se lo debemos a él.

Mayra Nebril (Montevideo, 1972) publicó las novelas Inédita herencia (Estuario, 2019), El ajolote de Althusser (Estuario, 2023) y El cuerpo del amor (Estuario, 2025). El cuento «La primera noche con Eva» forma parte del libro Una mirada expectante. Antología de narradores uruguayos, de Edizioni Sette Città.

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