Se conocieron haciendo teatro a finales de los ochenta, recién terminada la dictadura, y juntos revolucionaron el under escénico de ese momento haciendo sketches delirantes, socialmente filosos y revulsivos, juntando fans y detractores por igual. Siguieron haciendo teatro juntos durante más de una década. Hoy en día Roberto Suárez y César Troncoso son dos referentes queridos e ineludibles en el panorama latinoamericano del teatro y la actuación en cine y aunque ya no se junten con tanta frecuencia como hace unos años, no dudan en afirmar que se entienden y se reconocen igual. Como si la amistad no fuera solamente una manera de pasar el tiempo, sino también de medirlo, una de las mejores formas de narrar lo que pasa entre que nacemos y nos morimos, una de las maneras más amorosas de habitar lo que sucede en el medio.
Primeros cruces
«Nos conocimos en el teatro La Gaviota», cuentan. Troncoso dice que él venía de Teatro Uno, pero que pasaron con otro grupo de gente a La Gaviota en el año 88 o 89. Roberto el primer día de clases faltó y cayó el segundo. Al salir de La Gaviota, César estaba con otros compañeros en el bar La Tortuguita tomando algo y apareció. «¿Vos viste que Roberto tiene los ojos más grandes que el promedio de la humanidad? En ese momento estaba hecho un punkillo, con los pelos parados, y venía con un pañuelito en la muñeca». «Tremenda onda tenía», interrumpe Roberto. «Sí, sí, un paquete de onda», le responde César y continúa: «Ahí me lo presentaron y otros compañeros le preguntaron por qué no había ido el primer día. “Porque falleció mi padre”, dijo él, y se fue a tomar solo un rato al mostrador. Cuestión que al rato vuelve con una foto el tipo y nos dice: “Che, les muestro a mi familia”, y nos mostró la foto. Eran como seis personas con un burro en el medio y Roberto iba diciendo “este es mi primo, este es mi hermano y el del medio es el burro Juanito”. La verdad es que me impactó, me acuerdo de que pensé: “Este tipo será un lumpen pero tiene derecho a tener familia”».
Se ríen y entonces Suárez cuenta la verdad de la foto: «En esa época yo venía sacando fotos con mi cuñado y una vez nos metimos sin querer en el barrio Borro y vienen unos tipos y me meten el pecho y me dicen: “Sacanos una foto a todos porque te limpiamos si no”. Y fue una foto sensacional. Seis o siete personas de un asentamiento con el burro en el medio, maravilloso».
Por ahí pasaron sus primeras impresiones apenas se vieron. «César tenía una onda más bohemia», dice Suárez. «Se notaba que iba a Cinemateca y esas cosas. Él era más bohemio fino, yo era más terraja».
«Pasa que Roberto tenía 18 pirulos, entonces en algunas cosas estaba más verdecito que yo. Y sí, es verdad, yo tenía una imagen más como de intelectual», completa Troncoso.
Después de las primeras improvisaciones actuando ya les dieron ganas de ser amigos. Dicen que tenían compañeros muy buenos actores pero que hacían cosas más cotidianas o rígidas, en cambio ellos se encontraron en un lenguaje más cercano al cachivache, al esperpento. «Teníamos un vuelo diferente a otros compañeros», dice Roberto. «César tenía un ácido hermoso. Me encantó el ácido de lo que hacía. No era políticamente correcto, estaba denso».
«Después se ve eso en el dúo», agrega Troncoso, aclarando que funcionaban bien como complemento. «Roberto lo que tenía era un mundo de fantasía muy copado, también medio poético. Yo era más jodido, más político, de crítica social. Y aquel escribía más fantasía, aquello del hombre luna, y yo escribía lo de Pan con pan sobre la Internacional y el Partido Colorado. Hacíamos una mezcla, pero coincidíamos en ese lugar de la acidez».
Crecer juntos alrededor de una pasión también les resulta fundamental para hablar de sus inicios. «Estábamos descubriendo un universo, ¿entendés? Yo quería levantarme y dormirme haciendo eso», dice Suárez. «Había una fiebre, la clásica fiebre de estar descubriendo algo juntos. El universo cada vez era más grande. Queríamos recorrerlo todo». A lo que Troncoso agrega: «No amarreteábamos energía. Íbamos los dos a muerte en ese sentido. Íbamos por todo y si perdíamos, perdíamos, pero estábamos ávidos de hacerlo». Y se hace una pequeña pausa alegre, de suspiros de complicidad artística, casi criminal. Más que nostalgia, se respira una satisfacción presente.
Calzoncillos blancos sobre un fondo oscuro
El dúo Suárez-Troncoso fue casi una continuidad natural de las ganas de estar juntos y hacer lo que les gustaba. Vivían cerca, salían juntos en caminatas creativas, se juntaban en una plaza e imaginaban cosas para hacer en escena. Cuentan que escribían en la oficina donde trabajaba César, que era contador, porque ahí podían disponer de computadora e impresora, que en su casa no tenían. Que el jefe de César ya lo tenía junado a Roberto porque siempre llegaba 20 minutos antes de terminar la hora laboral y les dejaba la llave, que terminaban ellos cerrando el local.
Tenían un método infalible para probar si lo que escribían estaba bueno: se lo leían a la hija de César hasta que se quedaba dormida; en los momentos en los que se quedaba dormida era cuando metían mano para reescribir.
«Yo era más pobre que él, a mí César me pagaba los cafés», sigue contando Suárez. «No teníamos nada, no teníamos dónde ensayar. Arrancamos con lo que teníamos: un triciclo y los calzoncillos largos que le sacamos a mi abuelo», completa Troncoso.
En la primera presentación que hicieron, en el boliche Juntacadáveres, entre un sketch y el otro alguien les gritó: «Son espantosos». El golpe fue duro, pero después con el tiempo también empezaron a juntar gente que se copaba con lo que hacían. La referencia era el Parakultural de Buenos Aires, lo que hacían en esa época Las Gambas al Ajillo, Urdapilleta, Batato Barea, entre otros. «Si aquellos hacen algo caricaturesco, parecido al cómic, hagámoslo nosotros acá», se dijeron. Desde ese ímpetu fueron surgiendo esos sketches cáusticos en los que, además del histrionismo y la poesía, algo de la amistad también lograba contagiarle ternura al espectador.
Los dos coinciden en que el momento histórico en el que se conocieron tuvo mucho que ver con su conexión y lo que les daba ganas de compartir en el escenario. «Actuábamos en los boliches, en el Juntacadáveres, en La Tramoya. No nos pagaban nada, pero nos dejaban tomar gratis. Después también en algún festival de los que hacían los críticos de teatro. Había algo distinto que hacíamos que llamaba la atención. La salida de la dictadura cambió un poco de repente los códigos de relación; las necesidades que se empiezan a tener al salir de un régimen totalitario son otras», dice Troncoso. Y agrega Suárez: «En esa época había como un florecimiento de lugares que eran oscuros. Había como una cosa pesada abajo, ¿viste?, de necesidad de la gente de hacer cosas que no necesariamente fueran en los lugares habituales o de las formas habituales. Había como una necesidad efervescente y nosotros también la sentíamos, por eso nos metíamos juntos en los lugares donde empezamos a laburar».
Dicen que hubo dos momentos difíciles en esos días. «Dos peleas en casi 30 años no está tan mal». Una vez César le prestó a Roberto un ejemplar de Fierro, la revista de historietas, para tomar de referencia para algunos de sus sketches. Roberto se la devolvió al tiempo toda mojada y rota. Para César, que valoraba cada número como un tesoro, eso no fue fácil de digerir. Lo superaron, pero después pasó algo más.
Una vez los convocaron para hacer una obra comercial para niños en temporada de invierno. «Éramos dos tipos del under y teníamos que salir a hacer algo tipo Fideín y Fideón». Antes de salir Roberto vio a César con el vestuario y le dijo: «Este es el fin de nuestra carrera artística». Hicieron un par de funciones y afortunadamente les pidieron que renunciaran.
Ese fin vaticinado no sucedió. Algún tiempo después, Troncoso consiguió uno de sus primeros contactos para hacer cine en Brasil y estando allá le pidieron que recomendara a algún otro amigo uruguayo para trabajar. Recomendó a Roberto. Desde ese momento algo de sus carreras en el cine, de a poco, empezó a despegar. Crecieron como actores para audiovisual, pero nunca dejaron de atender la pasión que los une al teatro y al caldo que se genera al encontrarse con el público en vivo.
Conocerle la armonía
«Hubo una manija de estar juntos que permitió que nos animemos. Saber que si íbamos a saltar el otro también saltaba. Yo soy muy cagón», confiesa Troncoso. «No sé si me hubiera animado a hacer lo que hice si no hubiera estado con él. El vínculo ayudó a poder construir lo que construimos y a confiar. Si yo no hubiera encontrado a Roberto, capaz que no me hubiera encontrado a mí». Cuando Roberto escucha esto algo en él se ablanda y la voz se le espesa: «Hubo un imán, sí. Hubo un crush».
Actuar con un amigo es distinto a actuar con un colega. Algo de la técnica se modifica. Y, según Suárez, tiene que ver con la escucha: «Hay algo de César que yo ya sé, aunque no sepa cómo explicarlo. Hay una sinergia por debajo que te permite laburar distinto, hay algo sonoramente, como si fuera música. Entendés la armonía. Yo entiendo la armonía de él de alguna manera. Te pegás a la armonía de él y viceversa. Eso te permite improvisar».
Troncoso está de acuerdo, continúa por la misma línea: «Actuar actuás con cualquiera, podés actuar incluso con un tipo que te cae mal y de pronto el resultado que termina viéndose es igual de efectivo que si trabajaras con el amor de tu vida, pero cuando laburás con un amigo hay un montón de cosas que ya sabés que ya no están en consideración. Ya las sacaste del medio. Esa es la ventaja que tiene». También aclara que le gustan las dos cosas, que le gusta trabajar con gente que no conoce, para generar variaciones, porque si actuás siempre con amigos se puede generar un pegote que puede llegar a ser endogámico y llevarte a los mismos lugares. Pero reconoce que con ese otro hay que construirlo todo. «Con Roberto ya estaba todo construido. Con Roberto uno sabe a dónde va».
«Pasa que es como si nos hubiéramos criado», sigue Suárez. «Cuando estudiás con alguien, vos estás descubriendo el mundo. Yo siempre tengo esa imagen de que antes de estudiar uno es conservador, tenés una idea prefijada, y después cuando empezás a estudiar se te abre el universo y listo. Es muy fuerte compartir con otro el descubrimiento de las posibilidades, porque además descubrís las posibilidades a partir de lo que hace el otro. Yo de afuera lo veía actuar a César y decía siempre: “Pah, mirá qué bueno esto que hizo”».
Para los dos la amistad tiene algo de compañerismo, de complicidad clandestina. Para los dos se parece al amor a primera vista, algo que se enciende y permanece. «Y también hay algo del desquicio», completan. «Hubo algo del desquicio que aportó».
También hablan de algo tribal, vinculado al sentido de pertenencia. De tener un lugar donde divertirse y resistir ante la incertidumbre y la decadencia del mundo externo y de lo que se construye entre amigos. Troncoso lo explica con ética y compasión: «No es que vos y tus amigos son maravillosos e iluminados, pero vos y tus amigos son los que tienen sentido de pertenencia con respecto a esas ideas que están ahí jugándose entre sí. Lo que hacés es putear al de enfrente, pero porque el de enfrente no es tu amigo, está por fuera. No porque vos seas mejor, pero porque vos sentís con tus amigos que sos parte de algo, y eso se necesita». A lo que Suárez complementa: «Cuando nos conocimos estábamos arrancando la vida. Lo necesitábamos».
En los procesos artísticos independientes, autogestivos, hay algo de la amistad que es constitutivo del trabajo. La amistad se vuelve casi un procedimiento creativo, o al menos una condición de existencia de la obra. Suárez y Troncoso afirman esto con una pregunta retórica que resuena desde su honestidad y su pragmatismo: «Y es que sí, si no laburás por guita, ¿por qué laburás? Para pasar tiempo con tus amigos nomás».
«No nos hubiéramos conocido si no fuera por el laburo», agrega Suárez. «Hay una conexión que te pasa solo con algunas personas. Por interés. Por misterio. Porque te parece atractivo cómo es. Hay un placer artístico del otro, de decir “qué lindo, qué lindo lo que hace”. Es misterioso eso, porque te pasa con algunos y con otros no, pero con los que te pasa te dan ganas de quedarte cerca».
«Sí, tiene que ver con un montón de cosas intangibles que de repente se dan, desde momentos y coyunturas hasta contenidos artísticos y milagros artesanales que ocurren que hacen que el encuentro se dé, que el encuentro sea acá», completa Troncoso.
La amistad y el tiempo
Pasaron casi 45 años desde que se hicieron amigos y se fascinaron con el otro. Actualmente ya no trabajan juntos tan frecuentemente, pero los dos aseguran que el entendimiento sigue intacto. César dice: «No es una amistad que se haya cortado por falta de uso. Ahora nos vemos poquito, en algunos asados, pero la amistad sigue igual. Lo que sigue quedando es esa sensación. Yo cuando me cruzo con otra gente tengo que construir todo. Con este ya está todo construido. Yo creo que si mañana nos juntamos a hacer algo, ya está, va a salir como si hubiéramos ensayado ayer».
«El paso del tiempo no importa», asegura Roberto. «Hay algo ahí que es de otra época, un sentimiento muy propio de ser amigos de la infancia. Va pasando el tiempo y a vos no te importa si el otro hace esta u otra cosa, no te importa, porque es un tipo de amistad que no es utilitaria».
«Y también hay algo del agradecimiento», dice César al respecto. «Se siente mucha gratitud de poder ir envejeciendo con los tipos que querés, ¿no? Hay una cuestión de agarrar y decir “uh, bueno, pasó un año, ¿en qué andará este loco?”, o de repente verlo y decir “uh, pero mirá la barriga de whisky que tiene”, y esas boludeces que uno dice con el paso del tiempo son una forma linda de ver al otro a través de los años, de quererlo. Estoy hablando medio en joda, pero también en serio. Vos ves a un amigo de años y decís: “Camina rengo, toma tres pastillas por noche, está cada vez más hinchahuevo, pero ahí está mi amigo, mi amigo es ese”, y eso es muy lindo. Uno se reconoce ahí. Te da mucha tranquilidad saber que pasaste por la vida y algún amigo hiciste».
«Sí, claro», continúa Roberto. «Compartiste instantes, ¿entendés?, momentos inolvidables, momentos olvidables, no importa, pero todo eso es parte de vos».
Tener amigos es una extensión de la vida, dicen. Con un amigo el transcurso vital es más extenso. Como una cofradía. Dicen que no les importa tanto haber trabajado juntos como haber vivido juntos, porque hay algo de tener amigos que ensancha la vida.
Para terminar la entrevista, Roberto y César recibieron un papel, una lapicera y una invitación: escribirse una pequeña carta, algunas palabras de amistad, para el otro o sobre el otro, sobre lo que son como amigos. La propuesta les pareció un poco cursi pero los dos aceptaron. Se tomaron algunos minutos en silencio y lo hicieron. Después, cada uno la leyó en voz alta. César Troncoso escribió: «Gracias, loco, porque gran parte de lo que soy se debe a que me crucé contigo. Juntos fuimos dinamita». La carta de Roberto Suárez fue más sucinta; escribió: «Dos viejos chotos».
Gustavo Kreiman escribe y hace teatro. Sus últimos trabajos como director y dramaturgo fueron El plan de las plantas y Díptico de los padres. Como periodista cultural entrevista a artistas y gestores. Colaboró en LatidoBeat e ideó y conduce el programa Atardecer naranja, en el que conversa sobre procesos creativos con diversos referentes culturales.