Llevo un vestido liviano por debajo de la rodilla y sandalias haciendo juego, es la forma en que me visten para los festejos importantes del verano. Esta noche podría ser mi cumpleaños, el de mi hermana, Navidad o Año Nuevo. Las cuatro fechas se confunden y se encadenan unas con otras en una continuidad que enlaza los últimos días de escuela con el olor de los jazmines, la lluvia de papel picado con los regalos al pie del árbol, las estrellitas con las noches calurosas en las que nos zambullimos en la pileta de lona. El verano penetra lentamente y ya no se detiene, avanza con la prepotencia de los brotes. Las plantas y yo crecemos a la par pero es imposible ver el movimiento que nos eleva unos centímetros y nos permite llegar a lugares nuevos. Crecemos en silencio.
El living es un barullo. Mientras los grandes hablan, llenan sus vasos y vacían los platos, Grisel y yo estamos paradas detrás del sillón, ocultas por el respaldo, sabiendo que nadie puede oírnos. La marea de la reunión nos fue llevando hasta ese lugar sin buscarlo. Tal vez esta circunstancia fortuita —quedar apartadas de la escena principal, invisibles para el resto—, el momento preciso en el lugar preciso, es lo que da lugar al relato. Grisel habla de corrido, con una exactitud a prueba de olvidos. No nos elegimos ni pedimos vernos, somos amigas porque cada vez que nuestros padres se encuentran nos encontramos nosotras también. Paradas detrás del sillón me cuenta que salieron del supermercado con su papá y su mamá. Los veo caminando por el estacionamiento cargados de bolsas o empujando un carrito colmado con Grisel adentro. Ya acomodados en el auto, el hermano en brazos de la mamá y Grisel en el asiento de atrás, cantan todos juntos como cantamos nosotras con nuestros padres cuando salimos de viaje. Yo la escucho sin hacer preguntas. Sus palabras se vuelven fotos en movimiento. También puedo ver cosas que nunca me pasaron, como el auto que se cruza por delante y los hace frenar, los hombres que bajan y los apuntan con sus armas. El auto varado en medio de la avenida.
Las cosas cambian sin anuncio y sin explicación. Grisel entra de un día para el otro en el álbum familiar. En mis cumpleaños, cerca de mí, cuando se hace la ronda para soplar las velitas. En el patio del jardín de infantes. En el zoológico de animales sueltos de General Rodríguez, dando de comer a las llamas de nuestras manos. En la playa y el mar de Villa Gesell. Quienes nos ven pueden pensar que es una tercera hija. Una hija que vive en otra casa, a la que debemos cuidar y no dejar afuera de los momentos felices. Papá nos lleva a mi hermana y a mí de visita, pero la mayoría de las veces a mí sola; tener la misma edad me asigna el encargo de ser su amiga. Encargo desmedido y nunca dicho. No es una amiga más, es la hija del mejor amigo de la facultad y siento la obligación de quererla, de replicar un amor y una camaradería que a él le robaron. Papá no se queda nunca, me deja en la casa y vuelve unas horas más tarde a buscarme. Lo que me contó Grisel queda encapsulado en un tiempo y un lugar que no me pertenecen. Nadie sabe que yo lo sé.
A todos lados llevamos masas secas, especialmente si los que nos reciben tienen menos que nosotros. Paramos en doble fila frente a la confitería Itatí pero yo no bajo, me quedo a esperarlo en el asiento del acompañante mientras miro la cola en la vereda de enfrente para entrar a la matiné del cine Atalaya. Cuando vuelve, papá me da la bolsa para que la tenga sobre la falda y que quede claro que la visita soy yo. Maneja hasta un barrio de casas viejas, calles empedradas y terrenos baldíos. Estacionamos delante de una de esas casas. Le falta una lavada de cara, dice mirando el frente descascarado.
Siempre es igual. Bajamos los dos, yo cargada con el paquete de masas y la ropa impecable (tan inadecuada para ese lugar). La madre de Grisel sale a la vereda y recibe a papá con un abrazo que la hace colgarse un poco de su cuello. Él pregunta cómo va todo, si se arregla bien, si necesita algo, que para eso está. Ella se ríe, le faltan algunos dientes: vos sos muy bueno. Después combinan la hora de pasar a buscarme y se despiden con un abrazo igual que el anterior. Mientras ellos hablan, yo escucho los ladridos del otro lado de la reja. ¿En qué cosas piensa cuando vuelve manejando a nuestra casa?
Detrás de la reja está el patio lleno de hierros, maderas, sillas desvencijadas, juguetes rotos. También está el ovejero alemán atado a un poste de la galería que ladra desaforado y corre hasta que se acogota y no le queda más remedio que retroceder. Es un perro policía y rompe todo, me dijo Grisel cuando lo trajeron de cachorro. Ahora que creció tienen que atarlo por las dudas. Adentro huele a cenicero, incienso y encierro, aunque hay puertas abiertas por todos lados. Los olores me son tan ajenos como la mecánica de la casa. La madre de Grisel se hace cargo de las masas secas y nos manda a jugar. Nosotras nos quedamos un poco sin saber qué hacer, cómo reanudar un encuentro que siempre parece empezar de cero. Cada vez que paso por la biblioteca del recibidor miro las dos fotos en blanco y negro apoyadas contra el lomo de los libros. La del Che con el habano en la boca y la de Evita sonriendo con todos los dientes y la melena despeinada por el viento. Es una casa conocida y extraña a la vez, dos por tres cambian los muebles de lugar y eso me desorienta.
Lo que no cambia es el fondo con los pocos árboles pelados y el piso de tierra con salpicones de pasto, todo me parece triste y arrasado. No es la pobreza de la gente que vive en la calle o en las villas, sino la de quienes perdieron todo en una inundación y tratan de salvar algunas cosas mojadas. En contraste, mi casa y mi jardín son pura alegría y abundancia y los extraño todavía más.
Para llegar al fondo tengo que atravesar la cocina comedor. Acodada en la mesa está sentada una mujer flaquísima; es la tía de Grisel, hermana de la madre. Aplasta un cigarrillo y ya tiene los dedos adentro del atado. Su cara huesuda hace que las órbitas de los ojos se vean más grandes. La mamá de Grisel también fuma y es igual de flaca y menuda. Las hermanas se parecen salvo por el color de pelo, una es rubia y la otra morocha. Cuando paso por delante, la tía me habla con voz ronca.
—¿Y tu viejo cómo anda?
Mi hermana respondería que viejos son los trapos, lo dice siempre que papá llama así al abuelo.
—Bien.
—Pobre, corre demasiado.
Frunce los labios como para decir algo más y vuelve a llevarse el cigarrillo a la boca.
—La nena se fue para allá —dice mirando hacia el fondo. La nena es su sobrina.
A Grisel no le gusta jugar a la maestra ni a la vendedora ni a los novios. No le gusta hacer de nadie que no sea ella misma. Tampoco le gustan los juegos de mesa, ni correr, ni perseguirnos, ni escondernos. En verdad, casi no jugamos. Estar con ella es eso: estar con ella. Movernos de un lado para el otro sin propósito, evitar que el aburrimiento caiga sobre nosotras. Siempre tengo la sensación de que estamos solas, no sé si es así o solo parcialmente, de a ratos. No me gusta estar sola. Mi hermana es mi sombra y estoy acostumbrada a que me siga a todas partes. Me fastidia y a la vez no me puedo imaginar cómo sería no tenerla. Con Grisel es al revés, yo soy la que la sigo y me siento incómoda y desdibujada con esta inversión.
Las horas pasan lentas, vacilantes, cargadas de ese peligro que percibo al llegar y que se materializa en los ladridos amenazadores y la desesperación del ovejero por soltarse de la cuerda. En mi familia dicen que soy un peligro porque me voy encima del primer perro que veo, a este no se me ocurre ni acercarme. Pegado al fondo de la casa hay un baldío, lo separa una medianera baja a la que podemos subir escalando un árbol de ramas peladas y fuertes. Lo hacemos. Subimos y saltamos al otro lado. No soy hábil para trepar y me raspo las piernas. Con otra amiga esta expedición calificaría de aventura, con Grisel es otra cosa, algo que no me incumbe del todo. Inspeccionamos el terreno, todo matorral, caminamos entre los cimientos de una casa a medio construir o a medio destruir. Nadie nos vigila ni sabe que estamos acá, podríamos seguir hasta la vereda, cruzar la calle solas, ir adonde queramos. En los viajes en auto veo construcciones abandonadas cerca de la ruta. Paredes de ladrillo, sin techo, sin piso, invadidas por los yuyos. ¿Por qué no las terminan? ¿Por qué no las tiran abajo? Algunas —las que más me gustan— quedan rodeadas por una laguna como islas de cemento. Y los pájaros se posan en los huecos de las ventanas sin terminar.
Grisel me llama desde el baño. Sé que no va a parar hasta que vaya y que no se me va a ocurrir la forma de no ir. Lo hace cada vez que la visito. Camino hasta el recibidor y la veo sentada en el inodoro con la puerta abierta, hamacando las piernas con el pantalón y la bombacha en los tobillos. Quiere que la acompañe mientras hace caca, que le dé charla, que la escuche, que la rescate si la chupa el remolino de agua. Me invade una mezcla de vergüenza, pudor y desprecio. Ni a mi hermana ni a mí se nos ocurriría hacer caca en presencia de la otra, los pedos son graciosos afuera del baño. Intento resistirme, inventar alguna excusa, pero Grisel ejerce un oscuro poder sobre mí y termino cediendo. Parada junto a la bacha, conteniendo la respiración, me quedo hasta el final.
La última foto juntas es de mi cumpleaños de quince. Estamos sentadas en el sillón del living, las dos sonreímos vestidas de blanco como novias mellizas. Aunque no estemos hechas la una para la otra, nos siguen juntando los rituales y una añeja fidelidad. Nuestra amistad es un elástico vencido por el tiempo, todo lo que nos une se va cayendo, ligero y opaco como el tul. Es un final sin despedida, como la mayoría de los finales. Cada una por su lado con sus recuerdos.
Alejandra Zina nació y vive en Buenos Aires. Sus últimos libros son Íntima distancia (2021) y Hay gente que no sabe lo que hace (2016). Codirige la revista digital La Forma Breve.