En noviembre, Gabriela Wiener visitó Uruguay por primera vez para formar parte de La Noche de las Librerías. Además de dar charlas, la autora peruana brindó un taller de escritura, al tiempo que presentó la edición local de su poemario Una pequeña fiesta llamada eternidad.
Referente de la llamada nueva crónica latinoamericana, Wiener se mueve en el arco de la ficción y el periodismo. Su obra, que corre en paralelo a sus intervenciones mediáticas, está marcada por las investigaciones sobre violencia de género e incluye crónica (Mozart, la iguana con priapismo y otras historias, 2011), escritura autobiográfica (Huaco retrato, 2021) y una novela política (Atusparia, 2024), que marca un punto de inflexión en su carrera.
¿Cuánto dialoga lo político con tus intereses actuales?
En la medida en que me siento muy politizada, en mi literatura más reciente el asunto de la acción política está en el centro. Es un momento en que el mundo está con tanta urgencia por la violencia, el ascenso del fascismo, el genocidio en Gaza, por todo lo que estamos viendo que el neoliberalismo se refuerza en personajes como Trump y su visión antiinmigrante, sus inyecciones de capitales a los fascistas como en Argentina, que no puedes, como persona que creas en este contexto, estar de espaldas. Creo que es el peor momento para ser una escritora en tu torre de Babel. Hay que estar aquí presentes, ser personas de nuestro tiempo, y que propician encuentros a través de la lectura que llevan a cosas y procesos más dialogantes, reflexivos y movilizantes que despierten las ganas de cambiar las cosas.
¿Cómo pensás que se puede hacer un activismo desde la literatura? ¿Sentís que puede haber algo más performático que no implique quedarse sola con la computadora escribiendo y después publicar?
Creo que hay muchas formas de incidir en la realidad. Lo central es organizarse, aprovechar los altavoces que nos dan a las personas de la cultura; una visibilidad para levantar la voz por los que no tienen esos medios. De plano, llevamos gritando contra el genocidio tantos años que está claro que el poder no quiere moverse de ahí, entonces mantenemos el tema vigente, pero es difícil cuando quienes tienen todos los poderes quieren que funcione. En este sistema necropolítico, en que unas vidas valen más que otras, hay una acumulación del capital terrorífico, donde se persigue a las personas más vulnerables. Entonces, desde nuestro lugar podemos sentirnos bastante inútiles o desarmadas. Aun así, hay lugares para crear contrapoder y resistencia. Inventarnos una manera de estar en el mundo y ver sus maravillas y la vida desde estos lugares. Estamos fuera de la fiesta del dinero, pero quizá en los márgenes, en estas fronteras que ya nos hemos acostumbrado a habitar, podemos levantar algo.
Creo que el sistema de la literatura es un sistema tan reaccionario, tan blanco, tan capitalista, que, sí, tenemos que comer, pero también demandar derechos dentro de esa repartición de la torta. Sabemos que la repartición es totalmente injusta, creo que está bien seguir trabajando por las nuestras. En mi caso, como el de muchas compañeras, lo que tratamos de hacer con nuestras trincheras es ir haciendo grietas en el sistema, tratando de que nos devuelvan el oro, trayendo el dinero, la fama, la visibilidad para sea repartida de otras maneras, organizando espacios que sean autónomos y que nosotras seamos las que gestionamos.
Allá en España nos movemos alrededor de un espacio que se llama Sudakasa, donde precisamente luchamos contra esas lógicas. En España hay lógicas muy blancas, muy excluyentes, y este es un espacio para las sudacas, de creación colectiva, comunitaria y artística. Empujamos un poco por nuestro derecho al relato, a contarnos nosotras y no ser eternamente contadas, porque el sistema es patriarcal y racista, y sabemos dónde se concentra el relato. Hemos irrumpido a contar otras historias, necesitamos otras sujetas con otras versiones.
¿Hay alguna diferencia entre cómo te leen en Europa y cómo te leen en América Latina?
El esfuerzo para que mis libros estén en los dos lados del charco se ve compensado en que finalmente mi literatura se conoce en ambos lugares. Buena parte de mis libros se publicaron primero en Latinoamérica y a veces al mismo tiempo en España, transando con las multinacionales. Puedo percibir a veces que hay más afinidad en ciertos temas en España porque ya hace 22 años que vivo allá. Como periodista que he sido y he escrito mucho tiempo para medios de aquí y de allá, me acostumbré a encontrar una forma de comunicarme con la que llego de igual manera. Cuando he escrito sobre la corrupción en España o en Perú, por momentos parecía que podía estar hablando de lo mismo. Cuando hablaba del acoso político, de la violencia política, las historias eran bastante comunes, como en Atusparia. En Huaco retrato es más afín a una identidad escindida como productos coloniales que somos la gente que vivimos en Latinoamérica. Después encuentras que en Norte o Sur la gente se ubica en un lugar o en el otro, en el opresor o en el oprimido, y empieza su viaje de reencuentro de identidad o de reconstrucción en un sentido u otro. En el caso de Huaco retrato, hablamos de una diáspora, porque pertenecemos a una comunidad migrante muy diversa de muchos orígenes.
Somos un archipiélago que navega en Occidente y en Europa: esas son mis lectoras. Y luego, también, indiferencia o frialdad en Latinoamérica, porque te encuentras con gente facha. Dime quién te lee y te diré quién eres, y me gusta la gente que me lee. Y, la verdad, es emocionante eso, que me esté leyendo la monstrua, la mujer barbuda, la feminista, la negra, la marrón, el marica… Estoy encontrándome con lectores y lectoras que se parecen a mí.
Con respecto a tu última obra, hacés una referencia a la izquierda y a la revolución. ¿Por qué el interés de volver a estos temas que, parece, les pertenecen a los años 1960?
Justamente quería hablar de lo contemporáneo de estas historias, de lo tan presentes que están esas luchas hoy. Funciona como una memoria de experiencia, de experimentos vivos, de enfrentar los poderes dictatoriales e imperialistas que les costaron a muchas la vida, el abandono de sus familias, ser secuestrados, desaparecidos y muertos. Fue una generación en la que mis padres militaron, que quería cambiar el mundo y se lo propuso. Se metieron con un enemigo feroz y se organizaron militarmente para enfrentar el terrorismo de Estado. Ahora vivimos el terrorismo de Estado de una manera brutal; cómo no vamos a mirar esas fuentes pensando cómo atrevernos y hacerlo mejor. El libro se cuestiona sobre estos asuntos, cuál debe ser el camino, si el camino político de repente es truncado constantemente y el camino armado acaba con la muerte o la cárcel. Qué hacemos ante esta falsa democracia, cómo luchamos siendo gente que quiere hacer justicia, que no se cree este cuento de sociedades civilizadas cuando el costo de vidas es brutal. No son luchas pasadas de moda, son luchas vigentes. A mí me interesaba hablar específicamente de fenómenos contemporáneos como la reapertura de cárceles y los presos políticos. Parece que son de ayer, pero eso está pasando hoy. Hablar de cómo se persigue a los líderes políticos. Por ejemplo, Lula estuvo preso hace nada.
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Bueno, la vuelta del fujimorismo a Perú...
Claro, que Fujimori haya muerto libre después de todo lo que costó que pagara por sus crímenes parcialmente. Eso está en la novela. Está esa vibrante movilización popular que existe en Latinoamérica en algunos gobiernos populares como el de Colombia y el de Brasil. A la vez, hay en la sociedad civil un empuje brutal dentro del movimiento indígena y los campesinos. En Perú quienes han encabezado las últimas luchas contra la dictadura de Dina [Boluarte] han sido las personas de la región del sur de los Andes. Han hecho marchas constantes para denunciar su centralismo, para denunciar la indiferencia y la complicidad con el fascismo y el fujimorismo. Ahora mismo eso es lo que pasa en Perú. Un cambio de ficha que sigue siendo la misma autocracia congresal que gobierna Perú desde hace años y que nos tiene en este colapso en el que casi hay un presidente por año y que no se permite que se construya partido o alternativa electoral porque todavía se gobierna con la Constitución de Fujimori. Yo quería hablar sobre Perú del antes y después, y del peligro de estos regímenes donde no hay que cantar victoria, porque en cualquier momento retrocede. Acabo de estar en Colombia, y hay optimismo, pero también bastante miedo de que vuelva la derecha. Es la primera vez que la izquierda gobierna. Sabemos que Trump quiere que Latinoamérica sea otro lugar bombardeable, donde puedes meter misiles, como está pasando ahora en el Caribe y en Gaza, y que puedan borrar todo. Como cuando los conquistadores llegaron a estos territorios. Arrasan con la Amazonia, como sucedió con Bolsonaro, como si no hubiera gente, como si no hubiera vidas. Simplemente lo que quieren es arrasar, barrer, borrar y construir allí los resorts que los van a hacer más ricos; así funciona el supremacismo, y es evidente que Trump juega a eso con Latinoamérica. Eso también está en mi libro: cómo hay una manera neoliberal de entender el mundo y la vida, y cómo esto descompensó la historia de la humanidad, y que a partir de eso todos los que pensaban que se podía vivir con sus imperfecciones, pero de manera más justa, pasaron a ser considerados terroristas. Toda esta gente vencida es la que aparece en mi libro, reivindicada. Porque, más allá de la desigualdad de fuerzas y de que fueron aplastados, aún quedan las semillas del romanticismo revolucionario y es lo que yo quiero recoger. Está en todas las canciones que aparecen en la playlist, en las voces de los revolucionarios, en la poesía y en el pensamiento de los artistas creadores indigenistas.
Atusparia lleva el nombre de un líder indígena del siglo XIX. ¿Qué representa para vos hoy, más allá de la construcción del personaje?
Es el nombre de un líder indígena y me interesaba hablar de su gesta porque se enfrentó no sólo a la Colonia española, sino también a la República peruana. Ya estaban las élites criollas que gobiernan hasta hoy Perú. Hay una conexión con el presente, donde todavía el campesinado se enfrenta precisamente por esa opresión y por ese no reconocimiento de su participación política y de su voto. O el respeto de su medioambiente con este tipo de luchadores. No creas que muchos sabemos de él, o que lo conozcan los niños en la escuela, porque a quienes gobiernan Perú les interesa que no se sepa que existieron luchadores como Tupac Amaru o Rita Puma. Atusparia es el nombre de la escuela donde estudia la protagonista y es el nombre con que la protagonista se identificará cuando se vea envuelta en esta revolución y decida luchar junto con sus compañeras. Entonces hay un movimiento de ese hombre y lo que representa, como esa escuela que era comunista y financiada por los rusos, pero que quería hacerlo a su manera. Por otro lado, es uno de los grandes debates de la historia de Perú: no vamos a importar el socialismo, tenemos que hacer el socialismo de acuerdo con la realidad peruana. Por eso está la lectura de Mariátegui con el marxismo del mundo indígena.
¿Por qué para vos Mariátegui sigue vigente?
Porque Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana [1928] es un libro que nos enseñó, no sólo a los peruanos, sino a toda América Latina, como referente marxista de la región, a ver de qué manera tendríamos que construir una alternativa política de izquierda, transformadora, que vaya a los temas de raíz de estas naciones, donde arrasaron con las poblaciones indígenas. En países muy indígenas como Perú, Bolivia, Ecuador, donde evidentemente hay poblaciones mestizas y racializadas con nuestros propios problemas. Cómo se iba a resolver el problema del indio fue una discusión de todo el siglo XX que se ha seguido de muchas maneras. En la novela traté de convertir las ideas de Mariátegui en un relato. Ahí aparece la alpaca marxista, Parlanchina, que habla y que lo dice claramente: el problema de la alpaca lo va a resolver la alpaca. Y eso es algo crucial.
¿Y ahí vos notás que tenés en esa referencia a Mariátegui, que fue uno de los primeros intelectuales mestizos, una correspondencia, pero más que nada a través de una responsabilidad compartida por lo intelectual?
No me compararía. Mi libro está dedicado a la educación política. Yo fui educada en un hogar mariateguista. Mi padre pertenecía al Partido Unificado Mariateguista. Yo estaba en una escuela como en Atusparia, donde los profesores me dictaban Mariátegui desde niña. En la primaria yo estudiaba a Mariátegui, su vida, su obra, su pensamiento. Él ha sido un faro intelectual y socialista para muchos de nosotros. En ese sentido, sí me siento orgullosa, como también de ser del país donde nació César Vallejo. Gente que comprendía profundamente nuestro pueblo y que fueron capaces de crear alta poesía y alto pensamiento a partir de su inquietud artística, intelectual y política.
¿Por qué pasaste a un lugar más ficcional para Atusparia?
Porque sentí que cerraba un ciclo. Había publicado muchos libros de literatura personal. Fue un momento en que había recogido muchas de mis búsquedas más recientes. Estaban ahí el deseo, el racismo, la colonialidad. No son sólo temas que están en Atusparia, pero quería buscar otros caminos y visión del mundo. Decidí entregarme a la ficción porque no me creía capaz; durante mucho tiempo no me creí capaz de hacerlo. Así que me pareció divertido experimentar. Pensé en cómo escribir una novela muy a la tradición novelesca en general. Con muchos géneros mezclados, muchos registros, con muchos narradores. A ver si me salía algo realmente artefacto, con mucho trabajo de estructura, también donde se manejan lenguajes distintos. Para cada capítulo busqué un estilo, una voz, un narrador, un género, de modo que la novela es una búsqueda muy híbrida.
¿Dónde considerás que está la resistencia en la literatura?, porque anteriormente trabajaste cuestiones del cuerpo como territorio de disputa y el deseo. ¿Cómo han mutado estos temas en esta obra?
Está el cuerpo. Esta mutación no es un yo reconocible en mí; sin embargo, ahí están esos grandes temas. Las protagonistas son dos mujeres que se desean. Hay un intento de que la historia política se feminice, es decir, que las líderes, las que se revolucionan, son mujeres. De alguna manera, una autocrítica de los movimientos de izquierda, en los que el estrellato siempre se lo llevaron los hombres como guerrilleros o como políticos. Ellos se lucían. Y esto está más apegado a la realidad, porque siempre hubo mujeres luchando, aunque recién ahora se empiece a ver su importancia. Quizás es un libro donde estoy feminizando todo, y donde el bien y el mal están llenos de mujeres. Cruzan esas fronteras constantemente; no vas a ver seres puros, vas a ver seres en conflicto, profundamente humanos, con sus resentimientos, dolores, duelos y traiciones, que hacen alusión a las luchas dentro de la izquierda, a las luchas destructivas en el interior de los feminismos y todo lo que hemos conocido siempre. Lo veo como hija de izquierdistas que vio cómo recientemente se han partido en pedazos nuestras militancias.
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¿Considerás que hay un espacio difuso entre el mestizaje y la sexualidad? ¿Lo ves como una forma de resistencia?
No uso de manera positiva la palabra mestizaje, pero sí hablo en Huaco retrato de esta idea de descolonizar nuestras camas, nuestro cuerpo y nuestro deseo. El tema de arrancar esa colonialidad que nos atraviesa también puede pasar por nuestra intimidad críticamente. Por qué me gustan los blancos, por qué me enamoro de ellos, por qué están arriba de nuestro sistema de valores, las preguntas sobre el blanqueamiento, sobre el racismo internalizado, sobre lo poco que nos hemos querido por nuestros cuerpos al haber sufrido racismo. Esas reflexiones están en Huaco retrato. En Sexografías [2008], mi primer libro, hay una declaración de intenciones dentro de la historia de la donación de óvulos en la protagonista. Va a una clínica de reproducción asistida y le dicen “no, gracias, tus óvulos amerindios no los necesitamos”. Son parejas blancas buscando fetos blancos. Siempre escribí desde mi lugar, desde mi cuerpo, desde mi situación en el mundo. En Nueve lunas [2009], mi libro sobre la maternidad, cuento cuando voy a los hospitales y somos subestimadas como menores de edad todas las mujeres embarazadas, pero aún más cuando no eres blanca: además de niña, eres estúpida. No podemos participar en una comunicación o diálogo normal con el sistema hospitalario, porque de plano es racista y misógino. Eso ya estaba en mis libros, y si bien Huaco retrato –porque es un libro que trata de la historia colonial– trata de cómo esa historia ha impactado en el ámbito privado, en el de la familia, en el de las relaciones, en Atusparia eso está en el tema del amor, pero he querido hacer una traducción. Todo lo que tiene que ver con el amor romántico está traducido al amor político, y ese era mi objetivo en la escritura, aunque sigo preguntándome por el amor. Y sí es cierto que ahí los personajes tienen inquietudes mayores, porque quieren cambiar el mundo.
¿Considerás que puede haber una literatura de izquierda?
Etiquetar las literaturas como de izquierda o derecha sería reducirlas. Creo que hay un montón de escritores y escritoras que somos progresistas, de abajo o populares, y hay un montón que son fascistas, sionistas, reaccionarios, elitistas, transfóbicos, y muchas son mujeres. Entonces, a lo mejor se puede disfrutar un buen libro de derechas, seguro que sí. No es que vaya corriendo a buscarlo. Hay grandes escritores que son de derecha y se puede disfrutar con sus libros, aunque sepamos detectar la trampa ideológica. Y hay libros aberrantemente programáticos para los peores fines; allí el odio, el fascismo, el rencor y el sionismo triunfan.
¿Triunfan en el mercado?
Triunfan porque no es casual que escriban libros que complacen al poder, y estos discursos ayudan a que tus libros se vendan mejor, porque les gusta cómo es tu discurso hacia el poder. Creo que sí hay literaturas que están intentando crear contrapoder. No hacer esto de estar escribiendo de arriba para abajo, se escribe de abajo para arriba. Tratamos de salirnos de esos marcos que impone el fascismo, la derecha, en un mundo tan reaccionario. Hay escritores reaccionarios, de los regímenes, y también en estos tiempos sospechosos.
¿Cómo te ves en el mapa literario contemporáneo?
Me siento, sólo en parte, con esas escritoras latinoamericanas que tienen una visión muy política. Incluso cuando hacen literatura de género y son muy políticas. De verdad hay compañeras brillantes, también me siento con muchas ganas de articular con muchas de ellas para ir más allá de la literatura. Buscando algo como la organización, hablar más de nuestros derechos laborales. Me siento una trabajadora del libro. Me gusta juntarme con las que se sienten más eso que artistas. En algún momento fui parte del frente llamado “las cronistas”, pero cada día me siento más alejada de eso, entonces muchas veces me encuentro con gente que no sólo escribe textos, sino que sus literaturas se cruzan con otras cosas, con otras disciplinas. Encontrarme con gente de la performance, del activismo, que estemos metidas en las luchas y escribiendo juntas. Me gusta escribir con mis compañeras. Últimamente hemos publicado para el 8M y para el 12 de octubre textos colaborativos. Me gusta más hacer eso que escribir en una columna y firmarla yo.
Bueno, de alguna manera el neoliberalismo fomenta la soledad y la ruptura de lo comunitario. Desde la literatura, entonces, se puede trabajar en comunidad.
Y andamos creando comunidad. Y estoy afín con las escritoras que crean comunidad. Compartir los saberes, bajarse de la torre de Babel, democratizar los saberes, la escritura, deselitizarla, redistribuir la visibilidad y el dinero en un mundo tan jodido. Hay un proyecto que llevo a cabo que se llama Yegua de Troya; es un sello de la multinacional Penguin Random House que se llamaba Caballo de Troya. Invitan cada dos años a un escritor o escritora para que haga la curaduría, y me invitaron a mí. La tomé como trinchera temporal y decidí tomar mis decisiones porque tengo la libertad de hacerlo, de cierta manera, para que allí tenga espacio lo que no suele tenerlo en los catálogos normales y habituales. Entonces, en este catálogo sólo publico a escritores y escritoras sudacas, mujeres y disidencias sudacas y migrantes. Reivindico las escrituras del sur, que sean críticas y que hablen de otras historias.
En Sudakasa hemos creado un sello que se llama Sudakas Ediciones, y que va a seguir un poco la línea que empecé con Yegua de Troya. Es una manera de construir fuera, y a veces con un pie adentro, y sirviéndose de los recursos que nos deben las enormes editoriales con tanto poder y dinero que tienen. Si en algo esto puede desviar el dinero, es genial. La literatura ha cambiado de cara. Las escritoras ahora están en primera línea, pero si te das cuenta, casi todas son argentinas. Hay que empujar para que dejen de decir que son cinco argentinas y ya está: las traducidas, las premiadas, las que tienen los grandes ingresos...
Y permanece también un estatus blanco...
Claro, ahora mismo también somos cuotas las que no somos blancas en este sistema, como antes fueron la cuota las mujeres. Antes, en una mesa de literatura, había un hombre a un costado, y al otro, otro. Me gustaría que esta generación de escritoras latinoamericanas pasara a la historia, pero no como los autores del boom, por publicar un puñado de obras maestras y gracias a eso tener un piso de lujo, sino que podamos radicalmente cambiar algo. Hay muchas cosas que conversar, como el diez por ciento de derechos que se paga a los autores. Ya hay autores que cobran mucho más que eso, pero por ser best sellers, pero hay que hablar. Cada vez que se ha intentado sindicalizarse en el mundo literario, por ejemplo, te enfrentas a los cachés. Ah, vamos a hacer un tarifario común, pero ¿dónde emparejamos? Se empareja hacia abajo. Es un mundo terrible porque lo que hace es compararnos entre escritoras, ponernos a competir y jerarquizar con unas brechas muy grandes.
Como que termina fagocitando el hecho de que la oportunidad es de las mujeres, pero a qué costo…
La primera presidenta de mi país fue una dictadora. Una mujer en el poder es el poder. Una mujer en el poder de la literatura, también. Hay que compartir con las compañeras cómo haces para ganarte la plata, cómo negocias con las editoriales, cómo ponemos condiciones. Y la manera más inteligente y sensible de hacerlo es organizadas y juntas, pero, desde luego, cuando te enfrentas con los dueños del mundo hay que ponerse fuertes y hay que aprovechar las voces que pueden sentirse más o menos libres de hablar. Es peligroso. Hay que cuestionar muchas cosas del poder de las mujeres, pero ojo hacia quién vas a dirigir tus ataques, que se te ve mucho el plumero cuando atacas a las personas más vulnerables, como hacen los fascistas todos los días.