Aunque fue un boliche que funcionó apenas tres años, “Juntacadáveres” se transformó en un atajo para nombrar las artes emergentes de Montevideo en la primera mitad de la década de 1990. Su nombre es recordado, sobre todo, por quienes nos interesamos por el rock, aunque el lugar albergó puestas teatrales, performances y fiestas varias.
Antes de seguir, conviene despejar el problema de perspectiva: integré The Supersónicos, una de las bandas que, como La Hermana Menor, Chicos Eléctricos y Buenos Muchachos, tocaba regularmente allí, por lo que seguramente mis observaciones todavía estén marcadas por esa experiencia de maneras que no puedo calibrar. Por ejemplo, es posible que mi impresión de que Juntacadáveres está más presente en conversaciones sobre música que en debates sobre otras disciplinas se dé simplemente a las relaciones e intereses que cultivé desde aquella época.
Si fuera así, el libro Juntacadáveres: el caos vital viene a subsanar un desequilibrio, porque se dedica fundamentalmente a repasar la memoria de diversas propuestas teatrales, como el dúo cómico Suárez-Troncoso, Jarabe Blues y las obras que protagonizó la actriz Ana Blankleider. Su autor, Diego Pérez Lema, viene de investigar el vínculo entre el anarquismo tradicional y el rock nacional de la posdictadura (¿Quién escupió el asado?, 2020) y el sistema de revistas independientes que surgió al final de ese período (Bajo tierra. Cartografía incompleta de revistas subte y fanzines 1986-1990, 2021). En ese esquema, parece lógico que Pérez, nacido en 1990, siga tratando de averiguar “qué pasó después”.
A diferencia de sus trabajos anteriores, en los que los documentos y los testimonios tenían incidencia pareja, aquí hay un mayor peso de las entrevistas, quizás por la falta de acceso (o la escasez) de material de prensa. El archivo que exhibe es mayormente gráfico, y se trata sobre todo de fotografías de puestas teatrales y de afiches, especialmente de recitales. Además, se reconstruyó una valiosa “cronología” de las actividades que alojó el boliche entre diciembre de 1990 y octubre de 1993, cuando fue clausurado por la Intendencia de Montevideo.
Entre los aportes más significativos de la investigación está el rastreo del origen del boliche en los proyectos de diversas comunidades filoanarquistas. En este esquema, parece imponerse el relato de que la idea de crear un centro cultural fue cooptada por Rubén Omar, el gestor que estuvo a cargo de la primera y la última etapa de Juntacadáveres, y lo transformó en un boliche que se autofinanciaba con el cobro de entradas y la venta de bebidas. El otro emprendedor involucrado, Beto Quitanas, que llegó en el segundo año del proyecto, aparece bajo una luz más positiva en distintos testimonios.
Las voces privilegiadas por Pérez Lema son las de Adriana Filgueiras, integrante de Jarabe Blues y parte de las comunidades en las que germinó Juntacadáveres, y la del escritor y periodista Gabriel Peveroni, que dirigió las obras de Blankleider; ambos son reconocidos como coautores. Además de información valiosa, sus palabras contribuyen a pintar el ambiente de libertad que primaba en el boliche (más allá de que a muchos de los músicos nos pareciera un lugar bastante organizado). El catálogo de personajes que giraron alrededor de A la cama con Ana, una serie de entrevistas-montajes que conducía Blankleider, sorprende: desde el arquero Robert Siboldi al académico Emilio Irigoyen, más el debut como pianista improvisado del cantautor Erik Coates. Son los trabajos de Blankleider (el otro es la obra Cervezas y navajas, basada en un texto de Charles Bukowski) los que mejor mostrarían la conexión, por cierta búsqueda transgresiva, con lo que hacían los rockeros en Juntacadáveres, así como por su banda sonora, que incluía a los Gallos Humanos, el ensamble experimental del ex Estómagos Fabián Hernández.
No hay, hasta donde yo sé, muchas publicaciones sobre la escena cultural “alternativa”, por llamarla de alguna manera, de los años 1990. Pérez Lema recurre al reciente Las criaturas del pantano: el ruido y la furia de los 90, de Nelson Barceló, y a Nos íbamos a comer el mundo_. 20 años de rock en Uruguay. 1990-2009, de Kristel Lateki, y es significativo que se trate de dos libros sobre música. Vuelvo a la cuestión de paralaje: las menciones al Juntacadáveres como un lugar fundacional son más enfáticas en la autopercepción de bandas como Buenos Muchachos que en la de actores como Roberto Suaŕez y César Troncoso, por nombrar a los artistas que pasaron por Juntacadáveres y lograron mayor repercusión en sus respectivos campos.
A propósito: Pedro Dalton y Topo Antuña, de Buenos Muchachos, son los músicos más citados en el trabajo, y ello se justifica no solo por la popularidad actual de la banda. Sin embargo, llama la atención la poca atención prestada a los Chicos Eléctricos, la banda de Nico Barcia y Gabriel Barbieri, que tenían como guitarrista al fallecido Andy Adler, quien actuaba como sonidista y eventual organizador de varias de las actividades de Juntacadáveres y de otros emprendimientos. Los Chicos Eléctricos no solo eran la “banda residente” del local, sino que, por esos años, lograron que varios boliches aceptaran a ellos y a otras formaciones de rock primitivo en sus escenarios. El detalle no solo aporta a la historia del grupo (y de Adler, que, quizás a su pesar, fue un esforzado gestor cultural), sino que ayudaría a replantear la idea de la “excepcionalidad” de Juntacadáveres en el circuito artístico montevideano (hay menciones al boliche Amarillo y a otras andanzas de Gabriel Richieri y los hermanos Burguez, pero no a su antecedente La Cava de los Malditos, por ejemplo).
Hegemonía
Las operaciones de Pérez Lema no son homogéneas. Por ejemplo, varios tramos de su estudio están atravesados por una tan contemporánea como atractiva perspectiva de género, que coloca bajo nueva luz las prácticas de Juntacadáveres, que no sale tan mal parado. Sin embargo, toma sin demasiado cuestionamiento la idea de under que imperaba en la época y que le transmitieron muchos de los entrevistados. Aceptarla significa establecer que también había un “mainstream”, lo que, en el campo del rock, resulta bastante discutible, si se piensa que la primera etapa de los 90 es un puente entre el decaimiento del tridente del rock posdictadura (Tontos, Traidores, Estómagos) y el advenimiento de bandas con mayor sintonía con las propuestas de las discográficas multinacionales (Peyote Asesino) y, un poco después, de la llegada de artistas convocantes como No Te Va Gustar y La Vela Puerca. En teatro y en poesía –que albergan elencos y premios oficiales– la oposición under/mainstream podría funcionar, aunque como corte novedoso en un sistema que carecía de “estrellas”.
También puede ser tema de debate la catalogación de la etapa final del boliche como dominada por el grunge bajo la impronta de Adler, no solo porque el término se usa con connotaciones negativas, sino porque las bandas que tocaban en Juntacadáveres obviamente disfrutaban lo que estaba ocurriendo con Nirvana y compañía, pero tenían fuentes bastante anteriores a ellos y objetivos claramente distintos. Es acertada, en cambio, la intuición de que esas bandas miraban un horizonte distinto al nihilismo de los rockeros ochenteros, y quizás valdría la pena un trabajo que profundizara esa hipótesis y que atendiera a textos (y músicas).
En realidad, son varias las ideas interesantes que se cruzan entre tantos testimonios de protagonistas y reflexiones de Pérez Lema, y queda entre los pendientes un nivel que comunique la abundancia de anécdotas y la esporádica generalización de corte sociológico. El libro suma, de todos modos, a la comprensión de una época todavía poco visitada por la historia cultural local, que es –y acá va un juego con la noción de destrucción, que también permeó la época– un relato en construcción.
Juntacadáveres: el caos vital, de Diego Pérez Lema. 176 páginas. Alter, 2026.
El libro se presenta este martes a las 19.00 en La Cretina (Soriano 1236). Además de sus autores, estarán los actores César Troncoso y Petru Valensky, los poetas Claudia Campos y Claudio Burguez, y Fabián Hueso Hernández.