Pese a la sostenida caída de la capacidad de asombro en el público, la saturación permanente de novedades editoriales, la proliferación en redes sociales de gente hablando de libros que no ha leído (y que nunca leerá) y cierta tendencia del culto al autor por sobre la propia obra, la literatura insiste siempre en los prodigios. Casi un siglo después de haber sido concebida la idea original, acaba de aparecer en librerías locales un extrañísimo libro –por la historia de su creación y por el periplo de su edición–, firmado por Walter Benjamin (1892-1940) y Bertolt Brecht (1898-1956), que, como habrán advertido al repasar la información de los paréntesis, llevan varias décadas difuntos.
He ahí el primer prodigio de Muerte en el ascensor, al que hay que agregarle uno más: fue traducido y publicado por la editorial montevideana Criatura.
La obra original urgió de una conversación de sobremesa entre dos creadores notables (piénsese, por ejemplo, en Charles Dickens y Wilkie Collins peloteando los derroteros de los protagonistas de Los perezosos, la novela que redactaron a cuatro manos, o en Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, tras un almuerzo bien servido en la casa del segundo, esbozando el opúsculo La leche cuajada de La Martona, antecedente de la colaboración que luego cuajaría, justamente, en los cuentos de Bustos Domecq), que coincidieron en la pequeña ciudad francesa de Le Lavandau. Allí, en el verano de 1931, Brecht y Benjamin discutieron una serie de proyectos, de los cuales surgiría algún tiempo después la idea de escribir una novela policial a cuatro manos. Aunque los años siguientes fueron complicados para los dos autores, que se vieron obligados a abandonar Alemania por el ascenso de Hitler y partir hacia sus respectivos exilios (que en el caso de Benjamin acabaría con su suicidio siete años después en Portbou, y en el de Brecht, con la residencia en diferentes países), la idea siguió latiendo en ambos.
Diversos investigadores encararon armar el proyecto policial de los dos alemanes, siendo el incansable Erdmut Wizisla, en su libro Benjamin y Brecht. Historia de una amistad (2007), quien reconstruyó el rompecabezas a partir de algunas cartas de Benjamin (con croquis y anotaciones algo crípticas) y un capítulo de la novela conservado en un sobre en el Archivo Brecht. Diez años después de la publicación del volumen de Wizisla, con motivo de la exposición Benjamin y Brecht. Pensar en extremos, en la Academia de las Artes de Berlín, el artista visual Steffen Thiemann convirtió las anotaciones de los dos autores sobre el proyecto en la novela gráfica Muerte en el ascensor.
El libro resultante, traducido por Leticia Hornos y Micaela van Muylem, quienes además firman el completísimo e informativo prólogo, tiene 28 páginas de gran formato, en las que se destacan cuadro tras cuadro las impresionantes xilografías de Steffen Thiemann, cuyo arte no solo se encuentra al servicio de la trama craneada por Benjamin y Brecht, sino que le permite ejecutar interesantes resoluciones estéticas (y formales) para el avance episódico del relato, cuyo título es un claro spoiler y que, al concretarse, le da forma a la viñeta más importante de este cómic atemporal.
Muerte en el ascensor narra las fechorías de Steifert, un antiguo viajante de comercio que se dedica a extorsionar diferentes empresas a partir de una suerte de vacío legal encontrado en un artículo del Código de Comercio: la obligación de las sociedades anónimas de publicar los balances con dos semanas de antelación a la siguiente asamblea de accionistas. Steifert es un auténtico canalla, un amoral que pasea su impunidad por diversos ambientes, espacios que Thiemann recrea con asombrosa proliferación de detalles, tales como la aparición de Benjamin leyendo el diario junto a un tablero de ajedrez en un café o la inclusión de un texto que solo puede leerse con un espejo y que oficia como una indicación para el propio narrador de los hechos. Alrededor de la figura (y de las acciones) del malvado Steifert aparecen otros personajes destacables, tales como Herta Müller, la secretaria de una imprenta a la que el protagonista pretende enredar en sus maquinaciones, y el detective Lexer, un juez jubilado e investigador amateur que sigue los rastros del criminal con muy poca fortuna, justo es decirlo, y al que Benjamin y Brecht al parecer consideraron como la figura recurrente de una saga de novelas que, desde luego, nunca se concretaría. Evito en esta acotada reseña aportar más datos sobre la trama para que sean sus lectores quienes avancen entre las pistas y resoluciones creativas de Thiemann, con mayor éxito que el del detective de la historia.
En La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (1936), sin dudas su texto más conocido y citado, Benjamin rescata esta frase de André Breton: “La obra de arte solo tiene valor en la medida en que tiembla atravesada por reflejos del futuro”. No solo la trama de Muerte en el ascensor, con su reformulación de las claves del relato policial, el manejo folletinesco del suspenso y la suma de pistas que se concretan en su apresurado final, sino las propias condiciones materiales de la aparición del libro, a saber, en un nuevo lenguaje, a manos de otro artista y más de 80 años después de su génesis, grafican plenamente la máxima del padre del surrealismo.
Muerte en el ascensor, de Bertolt Brecht y Walter Benjamin, con xilografías de Steffen Thiemann. Traducción y prólogo de Leticia Hornos y Micaela van Muylem. 28 páginas. Criatura Editora. Montevideo, 2025.