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¿Es posible seguir contando buenas y nuevas historias de Batman? Patrones oscuros

Una dupla creativa notable crea un gran relato detectivesco.

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Batman debe ser el personaje de historietas con más historias publicadas, y probablemente sea el personaje de ficción que protagonizó más historias. Capaz de mantener varias series mensuales en forma simultánea, dio el salto a otros medios y protagonizó un número importante de series televisivas, animadas y de las otras, además de haber dejado su huella varias veces en el cine.

Parte del éxito cuantitativo y cualitativo del personaje creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939 es su versatilidad. Nacido como un vigilante capaz de matar a balazos a su enemigo, acompañó los cambios de las diferentes eras del cómic superheroico estadounidense y llegó a ser el “policía bueno” que popularizaría la serie protagonizada por Adam West en los años sesenta. En la década siguiente encontraría la encarnación final de “caballero oscuro” con historias que no menospreciaban al público adulto, mientras que seguían siendo accesibles para niños y adolescentes.

Desde entonces hubo numerosos Batman. Frank Miller escribió dos de los mejores: Year One (su primera aventura) y The Dark Knight Returns (la última, aunque luego llegarían las secuelas). En ellas, Batman es serio y combate los males de la sociedad, empezando por la corrupción policial y política, pero no dejan de aparecer los villanos coloridos.

La llegada de sellos editoriales como Elseworlds, que permitieron contar historias alternativas de los personajes icónicos, sumó a un Batman vampiro, uno que luchaba contra Jack el Destripador y numerosas reinterpretaciones pasadas y futuras. Y en forma cíclica las historietas mostraban a Bruce Wayne solitario y al borde de la psicosis, para luego rodearlo de su batifamilia y volver a empezar cuando los lectores se aburrían de alguno de estos escenarios.

En la animación sucedió algo similar. Los años noventa dieron la mejor representación de “lo que pensamos cuando pensamos en Batman” con Batman: la serie animada. Luego llegarían reversiones más oscuras, quizás para alejarse de comparaciones odiosas, y otras como Batman, el valiente, que lo ponían a hacer equipo con otros personajes y combatir amenazas extraterrestres.

Con todo esto y mucho más (acaba de salir la segunda novela que sigue la continuidad de las dos películas de Tim Burton) podríamos preguntarnos si quedan historias de Batman por contar. Buenas historias, que sin transformar al personaje lo hagan sentir fresco y reconforten al lector.

La respuesta es que sí. Incluso si solamente nos ceñimos al “mundo corporativo del cómic de superhéroes”, con dos editoriales controladas cada vez más de cerca por los gigantescos conglomerados que las absorbieron, periódicamente surgen voces que se animan a jugar en ese arenero panóptico y producir entretenimiento de calidad. Guionistas como Ryan North, Deniz Camp o Dan Watters son buenos ejemplos. Este último se despachó con una serie limitada de Batman que se suma a las miles y miles de historias, pero está llamada a meterse en los rankings que rescatan lo mejor de lo mejor.

Sí, mi patroncito

Publicada entre 2024 y 2025, Batman: Dark Patterns (Patrones oscuros en las ediciones de Argentina y España) tuvo 12 números que contaron cuatro historias de tres números cada una. El equipo creativo que completaban el artista Hayden Sherman y la colorista Triona Farrell no fue por la ciencia ficción ni las crisis galácticas, sino que tomó uno de los eslóganes del personaje: “el mejor detective del mundo”. No en vano su primera aparición fue en el número 27 de Detective Cómics, título que terminaría dando nombre a la editorial (DC).

Arranca con los elementos que caracterizan al resto de las maxiseries: los bloques de narración, que representan los pensamientos del paladín de Gotham City, repasan hechos ocurridos en las últimas horas. Desde niños que juegan a plantarse delante del tren hasta edificios prendidos fuego. “Tres años merodeando sus calles por las noches me enseñaron que hay cosas atroces en Gotham ante las que nada puedo hacer”, piensa Batman. “No puedo salvar a las personas de ellas mismas. En cambio, aprieto los dientes ante el tumulto tenebroso de su caos y espero por una luz que atraviese la oscuridad”.

Cuando logramos meternos en esa cabeza, con narraciones como esta o la voz en off de la hermosa película de 2022, solemos encontrarnos con un aspirante a poeta maldito, que sufre frente a la promesa sisífica que hizo frente a los cuerpos de sus padres, asesinados en el Callejón del Crimen. Así aprendimos a quererlo.

Mientras que el texto de Dan Watters nos pone en atmósfera para lo que ocurrirá a continuación, el planteo de página que hace Hayden Sherman demuestra por qué es la superestrella que DC Comics eligió para encabezar su Absolute Wonder Woman, una de las series con más chapa y que hace poco tuvo a un dibujante uruguayo por un par de números. En medio de cada ejemplo de las “cosas atroces” que ocurren en su ciudad, vemos una viñeta grande que nos muestra la preparación del paladín: la primera es el busto de Shakespeare con un botón oculto que permitía el acceso a la baticueva en la serie de los años sesenta, que no puede ser más diferente en estilo a esta historieta. Eppur si murcielagus.

Como viene demostrando mes a mes con la princesa Diana del Absolute Universe, Sherman convierte cada rectángulo no solamente en una unidad narrativa, sino en algo hermoso de ver. Los colores de Farrell le dan, al mismo tiempo, una imagen retro y eterna, que condice con eso de llevar tres años merodeando la ciudad por las noches. Aquí, sin embargo, aparece un elemento “no tan positivo”.

Batman es de 1939 y Robin es de 1940. Pasó apenas un año para que le inventaran un patiño que de inmediato contagió a casi todos los superhéroes de la época. Más allá de los ciclos solitarios mencionados, apenas hubo un año calendario en que Batman vivió en un universo sin Robin. Y ese período, luego acordado en que representaría uno o dos años de aventuras, suele ser terreno fértil para aquellos que no quieren complicarse la vida con un adolescente que tensa el verosímil de sus aventuras más serias. Además, el recurso de apelar a un Batman en el comienzo de su carrera lo vuelve imperfecto en comparación con versiones actuales en las que es capaz de prepararse para cualquier eventualidad, mientras que su fiel mayordomo está muerto (lleva siete años así). Son dos facilismos que no empañan una historia demoledora.

Caso a caso

Batman tiene, dentro de esa cantidad enorme de historias, numerosas apariciones en escenas del crimen (vuelvo a citar la película de Matt Reeves). Lo vimos recorrer más callejones que el mismísimo Don Gato, conversar de tú a tú con el comisionado James Gordon o husmear desde las azoteas si es perseguido por la Policía. La presencia de una batiseñal en la página 4 marca que estamos en una etapa colaborativa con la ley.

Si bien el dibujo ya daba a entender que esta historia tendría más cariño que títulos que existen por inercia, la llegada del personaje (y con él, de los lectores) al lugar en el que se produjo un delito termina de marcar la cancha. Hay cientos de casos de Batman pensados para todos los públicos, pero este no es de esos. La víctima perfectamente podría haber salido de la película Seven: pecados capitales, aunque el dibujo con influencias europeas de Sherman hace que, por más gráfico que sea, no resulte tan “repugnante”.

Un hombre fue atravesado por cientos de agujas. Es la tercera muerte de similares características, lo que marca un patrón y posiblemente un nuevo asesino en serie suelto en la ciudad. Así comienza la investigación detectivesca, que rápidamente incluirá escenas de acción y el establecimiento de un corto pero rico elenco de actores secundarios: Gordon, un forense en un cargo de alta rotación (el doctor Sereika) y Nicky Harris, un periodista caído en desgracia que trabaja para un tabloide sensacionalista.

El primer arco/caso se titula “Somos los heridos” y presenta a un antagonista muy original dentro de un universo de villanos tan potente, que han tenido películas y series de televisión en las que se las arreglan para brillar sin Batman. Inspirado en las ilustraciones medievales del “hombre herido”, esta persona ha cubierto su cuerpo de tachuelas, fierros y otros objetos contundentes de forma que un solo golpe le causaría la muerte. Y hace años que se estableció en las historietas que Batman tiene una regla en contra de causar la muerte de sus oponentes, lo que limita muchísimo sus planes.

Lejos de ser un “villano con truquito” más, el Hombre Herido debe su existencia a un desastre ecológico relacionado con la corrupción política y empresarial de la ciudad que Bruce Wayne tanto ama. Gracias a Sherman quedará en forma indeleble en nuestras retinas y gracias a Watters la historia no se hace larga, sino que llega ágilmente hasta el desenlace agridulce.

El segundo caso también pone de manifiesto la podredumbre estructural en Gotham City. “La voz de la torre” utiliza a un villano conocido, creado en 1988, pero en una encarnación muy original. El Ventrílocuo era un hombre que cometía delitos junto a un muñeco de madera llamado Scarface y que recordaba (lógicamente) a los mafiosos de la época de la ley seca.

Esta vez la acción transcurre en las Torres Bledin, un edificio a punto de ser demolido, pese a la protesta de sus ocupantes. La extraña acústica del lugar permite que alguien con conocimiento de ventriloquía sea capaz de hacerse con el poder y luego confundir al héroe encapotado. Podría haberse titulado “Batman contra el edificio”, y en el correr de las páginas vemos cómo hay temas que comienzan a ser recurrentes: además de las fallas sistémicas, vuelven los incendios provocados, las personas abandonadas por los grupos de poder y la sensación de que no existen los finales felices; apenas los menos injustos.

Para el tercer arco corto de la serie, “Pareidolia”, lo de encontrar relaciones entre lo ocurrido ya no es subtexto. El título refiere a cómo nuestro cerebro encuentra formas en estímulos aleatorios, como dos puntos y una raya que interpretamos irremediablemente como un rostro.

“Gotham City, necesitamos hablar. Cada vez es más difícil no darse cuenta de que hay un patrón”, piensa Batman mientras cura sus heridas. Hay un nuevo incendio en la ciudad, pero ni la Policía ni los bomberos se involucrarán en el asunto, ya que ocurrió en la zona de asentamientos informales, un sitio en el que Batman es capaz de cruzarse con un astrofísico caído en desgracia que está comiéndose una rata.

El planteo de cada página es de pesadillas, tan envolvente como los más populares videojuegos ambientados alrededor del asilo de Arkham. La acción se dispara con el hallazgo de un cadáver dentro de un lavarropas, lo que activa a Gordon, al forense Sereika y luego, debido a una serie de titulares morbosos, a Nicky Harris. La presencia de la Banda de la Capucha Roja, casi como una leyenda urbana, termina demostrando que no se precisan tropas de esbirros o planes de dominación global para poner en aprietos a nuestro héroe. Solamente una buena historia y alguna casualidad que otra.

“El niño de fuego” cierra el tomo con un moño oscuro y posiblemente de cuero. Los fanáticos de Batman sabían que con tanto fuego era cuestión de tiempo hasta que apareciera Garfield Lynns, más conocido como Firefly (o Luciérnaga). Aquí comienza en un rol de “consultor” más parecido al de Hannibal Lecter, incluso tras las rejas, pero no tardará en involucrarse directamente en lo que ocurre.

Este último arco permite que Sherman dibuje fuegos intrincados, con diseños que recuerdan a La gran ola de Kanagawa, pintada por Katsushika Hokusai. La referencia oriental termina de establecerse con la máscara del villano de turno, que parece salida del teatro Kabuki.

Al final descubrimos a una mente maestra que estuvo presente en todos los casos, no necesariamente como autor intelectual. Es un poco conveniente la forma en que todo el elenco de la maxiserie termina juntándose al final, como la escena del loro y el pendiente de pirata en La conjura de los necios. De todos modos, siempre estuvo claro que Watters nos proponía una historia autocontenida y no una sucesión de subtramas que se solapan en una serie mensual.

Si no fue suficiente ver a Robert Pattinson como Batman en el cine y a Colin Farrell como el Pingüino en la televisión, este parece ser el complemento perfecto. El trabajo de la dupla creativa es tan bueno, y crean una atmósfera tan oprimida (y opresora), que aquellos que tengan décadas de lecturas encima encontrarán un tomo digno de colocarse en el estante del medio, ese que se ve al entrar y que contiene las mejores historias.

Batman: Dark Patterns (Batman: patrones oscuros), de Dan Watters y Hayden Sherman. 304 páginas. DC Comics y OVNI Press, 2026.