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El pasado nos cambia: Lo de Lacan, comida casera con sabor a recuerdos

Novela debut de Hernán González Villamil.

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Lo de Lacan, comida casera con sabor a recuerdos, una novela capaz de distender con frescura el peso de nuestros recuerdos, es la primera obra de ficción de Hernán González Villamil, docente y compositor de música para películas.

La historia transcurre durante un año y tiene como protagonista a María Eugenia, una joven que enfrenta el mundo adulto al llegar a Montevideo para estudiar Matemáticas en la Facultad de Ciencias. El relato, centrado en cómo la protagonista se adapta a su nueva vida mientras los traumas del pasado la acompañan, está contado con una gran fineza de observación emocional.

Solemos medir invocando con precisión las distancias que nos rodean. Así, a tal edad estamos más o menos lejos de la muerte, sabemos, por ejemplo, que la distancia entre Melo y Montevideo son 398 kilómetros, y despertamos todos los días bajo la tranquilizante premisa de que aún nos queda “una vida por delante”. Sin embargo, hay una distancia que se nos escapa, paradójicamente compuesta por lo ya vivido y por aquello que sería falible controlar: los recuerdos. Lejos de ser un registro fidedigno de lo vivido, los recuerdos tienen formas inconclusas, nos hablan de maneras distintas a lo largo de la vida y se nos aparecen fragmentados, por partes: en aromas, en los pájaros que accidentalmente se posan cerca de nosotros y en el terreno desconocido pero que transitamos continuamente: nuestros propios sueños.

Lo que hace especial a Lo de Lacan... es que, partiendo de algo tan común en nuestro entorno como las pequeñas migraciones de chicas que tienen que abandonar su familia para estudiar, se destaca, más allá de su peripecia, la mirada de la protagonista ante cada situación que le sucede.

Los espacios y su nivel de descripción dibujan el sentir de María Eugenia. Hay una narrativa epistemológica que denota una sólida formación en la ciencia, su manera de pensarla y de aplicarla para describir los paisajes: “Los edificios se dibujan caprichosos en el cielo, generan extravagantes perspectivas geométricas”. Tal vez esta sea la base de un estilo propio del autor: aquí hay amor por el conocimiento, por la filosofía, el psicoanálisis, pero, sobre todo, una apuesta a que sea comprendido como una fuerza colectiva.

Una puede imaginarse al autor caminando con plena atención por Montevideo. Cada flor que aparece con su correspondiente nombre (y son muchas), el nivel de detalle de las descripciones tanto visuales como sonoras de los espacios por los que transitan los personajes –conocidos por cualquier montevideano– hacen que el relato fluya con una amable riqueza de estímulos. Por otra parte, la novela tiene la virtud de retratar, de forma secreta para los lectores, el mundo interno de los personajes, que, tras la amorosidad natural de sus tratos, esconden, como todos, profundas tristezas.

María Eugenia está rodeada de personajes entrañables, como Luis, una especie de gurú personal que le recomienda leer a Kant y El guardián en el centeno, o Raquel, Manolo y Gastón, sus compañeros de trabajo, capaces de descontracturar su ejemplar comportamiento, o su amiga Cata, que se alza tan rebelde y luchadora que resulta imposible no soltar una carcajada cada vez que aparece; difícil no identificarse con la elocuencia de Cata cada vez que hablamos sintiendo la libertad de poder ser quienes amamos ser. Como en cada plato de comida casera, lo mejor para el final: Renée, la dueña de la residencia estudiantil y la del afecto seguro, el lugar donde ir a pensar cuando María Eugenia se siente triste.

Queda claro que el único acto de resistencia es saber encontrar la manada y protegerla. Atesorar nuestros dolores y compartirlos, que fluyan entre nosotros como el aroma de un café recién hecho, porque no venimos al mundo solos y nada de lo nuestro nos pertenece individualmente. En este universo creado en el que “un perro olfatea un ángulo” o “el ómnibus resopla como un animal cansado”, todo se trata del amor y, bajo esta clara premisa, la resignificación del pasado es lo único capaz de cambiarnos.

Lo de Lacan, comida casera con sabor a recuerdos, de Hernán González Villamil. 116 páginas. Caburé, 2025.