En la larga lista de artistas excéntricos que ha dado el rocanrol, ese género antaño revolucionario y disruptivo que, con el paso de las décadas, la industria domesticó y empaquetó hasta convertirlo en otra mercancía más, que hoy sobrevive entre los reflujos del pasado, los ornamentos del presente y un poco prometedor futuro, Screamin’ Jay Hawkins (1929-2000) ranquea alto. Frente a él, artistas como Alice Cooper, Arthur Brown, Klaus Nomi y Captain Beefheart parecen meros bromistas de domingo.
Nacido como Jalacy Hawkins en Cleveland, hizo de la teatralidad un elemento clave de su música, pero no dejó que la escenografía, los objetos que lo rodeaban durante el show y su estrafalario vestuario (que incluía estrambóticos sombreros, pieles de leopardo, accesorios de vudú, una calavera en la mano y un hueso atravesándole la nariz) ahogaran sus canciones. Y aunque siempre se movió en los márgenes de la industria, arrastrando una personalidad complicada, proclive a las desavenencias y peleas con sus músicos, agentes y propietarios de los locales donde se presentaba, logró estampar su nombre en el monolito de los elegidos del género, especialmente a partir de las derivas de su canción más famosa, “I Put a Spell on You” (traducible como “Te lancé un hechizo”), compuesta en 1956, versionada por artistas tan disímiles como Nina Simone, Creedence Clearwater Revival, Bonnie Tyler, Joe Cocker, Jeff Beck, Van Morrison, Nick Cave y Marilyn Manson, y que le da nombre a la biografía escrita por Steve Bergsman, recientemente aparecida en español y que acaba de desembarcar en librerías locales.
Más allá del completo repaso documental que Bergsman realiza de la vida de Screamin’ Jay Hawkins –la situación de su familia al momento de nacer, sus primeros y difíciles años, la particular relación con su madre, sus diversas relaciones sentimentales y líos de alcoba–, un elemento clave tiene que ver con la aprehensión de la condición de mitómano y fabulador del biografiado, que con el paso del tiempo le permitió labrar una suerte de leyenda alrededor suyo. Bergsman fija ese momento inaugural con el relato que Screamin’ Jay Hawkins realizó acerca de su participación en la guerra de Corea, cuando tenía 20 años: enviado por el Ejército a combatir en territorio hostil, entró en acción, mató a varios enemigos, fue capturado y posteriormente liberado para volver a casa con honores. Nada de eso ocurrió, desde luego, pues durante el tiempo de la guerra el futuro showman se desempeñó como artista en la División de Servicios Especiales del Ejército, a miles de kilómetros de distancia del combate, pero el recurso a la mentira y a la exageración, a labrarse un pasado heroico y a cautivar con una falsa leyenda al auditorio, se encuentra en la base del sofisticado personaje que construyó sobre el escenario.
La carrera de Screamin’ Jay Hawkins arrancó a comienzos de la década de 1950, aportando voces y teclados para algunas canciones de Tiny Grimes (1916-1989), un guitarrista todoterreno que formó parte del Art Tatum Trio y que fue sesionista de artistas como Billie Holiday y Leonard Feather, entre otros. En 1956, firmó con el sello Okeh Records, comenzando a consolidar su carrera solista de la mano de la grabación de su canción más famosa.
Una importante cantidad de páginas del libro de Bergsman está dedicada a contar el origen de la canción (especialmente la verdad detrás de ese “hechizo” que el cantante le dirigió a alguien), las sesiones de grabación del tema (con todos los músicos intoxicados) y la forma en que “I Put a Spell on You” se fue abriendo terreno desde el acotado ambiente en que se movía aquel músico negro de 26 años hasta el furor que fue generando en las audiencias y en otros músicos. La progresión novelística del relato de todos esos sucesos me exime de cualquier comentario, para que quien se aventure por esta biografía los calibre en toda su prodigiosa enfermedad, aunque hay que referirse brevemente a alguien clave para la difusión y consolidación de la canción.
Se trata de Alan Freed (1921-1965), el legendario DJ estadounidense, gran difusor del rhythm & blues y aparente padre de la expresión “rock & roll” (velo que es mejor no destapar), quien no solo irradió a troche y moche la entonces novedad compuesta por el músico de Cleveland, sino que, además, le propuso que al momento de interpretarla en vivo lo hiciera saliendo desde un ataúd dispuesto en el escenario.
Lejos de las biografías obsecuentes y deslavadas sobre músicos de rock (y artistas en general), I Put a Spell on You. La extraña vida de Screamin’ Jay Hawkins no se agota en la parafernalia y el histrionismo de su protagonista, sino que documenta, además, los diversos ida y vueltas adoptados por el músico durante su carrera (la cuestión monetaria, elemento fundamental en la vida y sobre todo en la tranquilidad de cualquier creador, aparece dos por tres en su faceta más descarnada), así como la extrema complejidad del hombre detrás del disfraz y el decorado. El resultado es un libro sólido y arborescente que registra muy bien las piruetas de la industria musical para adaptarse a los nuevos públicos y a los entonces flamantes medios de difusión, brillantemente editado (tapa dura, buen papel, cuidada tipografía y una notable selección de fotografías para abrir cada capítulo) y que nunca pierde de foco el derrotero del hombre del hechizo.
I Put a Spell on You. La extraña vida de Screamin’ Jay Hawkins, de Steve Bergsman. Traducción de Carmen Espina Flórez. 284 páginas. Liburuak, España, 2025.