La antología Música rusa, editada en Madrid, condensa dos décadas de escritura que, de principio a fin, explora el reto de hacer visible lo que siempre se escapa de la representación. Se trata de un libro que invita más a reflexionar sobre la existencia de cada poema que a descifrar su significado. Una perspectiva clave para conectar con la obra del uruguayo William Johnston, cuya creación media entre lo autobiográfico y lo abstracto, recorriendo un camino donde los poemas adquieren una progresiva autonomía de las experiencias que los inspiraron.
Si sus primeros libros –Un jarrón chino (1994), Los fragmentos dispersos (1999) o la Estación de las bellas furias (2000)– ya insinuaban esta deriva, se afianza en El viento detrás del bosque (2003), cuyos poemas funcionan como pequeñas epifanías en las que la naturaleza parece contener un saber anterior al sujeto. Versos como “Una nube es la antología perdida de cualquier paraíso” o “El tiempo transcurre/ como si estuviese dibujado en un plato/ de azul porcelana” condensan una percepción completa del mundo en apenas unas líneas. A la vez, cada una de ellas contiene una tensión que se sostiene durante toda la obra: el paisaje nunca se describe ni se completa, porque no es un simple telón de fondo, es una forma de temporalidad en sí misma.
Con Leve sombra (2006) la escritura experimenta un desplazamiento decisivo. El poema deja de apoyarse en la iluminación aforística para entregarse a una arborescencia verbal donde cada imagen parece convocar inmediatamente otra. La sintaxis se fragmenta, los sustantivos se encadenan, las asociaciones se multiplican: “una piedra; su órbita; su laberinto impreciso”. La centralidad del sujeto se desvanece para convertirse en el lugar en que las palabras, en su proliferación desatada, establecen relaciones que ya no pertenecen enteramente a ninguna conciencia individual. “La biografía de una magnolia”, “el metal deshabitado”, “un estanque musgo madurando” son secuencias que no buscan tanto la claridad como esa misma expansión, que sin embargo se depurará sin perder intensidad a partir de Alaska (2014).
Al internarse en este libro, podríamos interpretar que hay una inflexión hacia lo autobiográfico, aunque en realidad sucede otra cosa; la infancia, la madre, el hermano Everardo, la violencia doméstica y los recuerdos familiares son sometidos a una elaboración formal que lo aleja de la experiencia en primera persona. Recuerda la célebre metáfora química de TS Eliot, que compara la mente creadora con un filamento de platino: indispensable para que los elementos reaccionen entre sí, pero ausente del compuesto final. Así también procede Johnston, que no vuelca directamente sus emociones sobre el poema, sino que las transforma en una estructura verbal que ya no pertenece exclusivamente a quien las vivió.
“Little Lamb I” es el mejor ejemplo. La costilla de oveja, el aceite, el reloj, la heladera, el viejo libro infantil y la violencia sexual no forman parte de una lógica narrativa del texto, sino de un montaje donde la materialidad de los objetos es la que compone el cuadro. Alaska hace evidente otra constante del poeta, latente en sus trabajos previos: la incorporación de la pintura, la música, el cine y la literatura, junto con sus respectivos mecanismos creativos.
En Paisaje (2016) esa decantación se profundiza hasta alcanzar una sintaxis serena, en la que cada imagen se erige con autonomía. El poema del espejo antiguo constituye quizá el momento culminante de esta etapa. Una niña ríe al verse duplicada; una mujer recibe la noticia de la muerte de su esposo en Crimea; una anciana se abanica mientras otras parejas bailan; finalmente, el espejo termina colgado en el comedor de la casa familiar. Johnston jamás explica qué significa ese objeto; construye una serie de situaciones capaz de hacerlo desplegar en la experiencia del lector. Ese mismo proceso de cruda exposición que no se detiene en explicaciones ni en sensaciones se expresa en el poema en el que un hombre golpea a su esposa mientras Pedro Infante canta “La canción de la revancha”. El contraste violento entre la banalidad cotidiana y el acto brutal no requiere comentarios: nos acerca nuevamente a Eliot, que a partir de su noción del correlato objetivo invita a no expresar directamente un sentimiento, sino a organizar una constelación de imágenes que permita al lector vivenciarlo por sí mismo.
En el último libro incluido en la compilación, El esplendor vacío (2022), toda esta trayectoria desemboca. Se trata, a la vez, de la depuración más significativa de un estilo de escritura y una nueva búsqueda. Con versos como “El sol rodaba entre nubes como globo abandonado” y “Solo se escuchaba el olor del cadáver de un perro”, los poemas adquieren una transparencia engañosa que deja intacta la compleja red de asociaciones que la obra ha ido armando lentamente desde sus comienzos. Esta nueva deriva de Johnston no conduce hacia una mayor confesión del yo, sino hacia su progresiva desposesión, esa que Maurice Blanchot describía como el espacio donde el sujeto deja de coincidir consigo mismo, donde el lenguaje ya no le pertenece del todo y la obra adquiere una existencia irreductible a la biografía de quien la escribe. Esa impersonalidad no elimina la experiencia; la vuelve compartible precisamente porque la despoja de su condición individual. Así, la infancia, el hermano, la madre, los muertos, los cuadros, las canciones y los objetos cotidianos ya no son recuerdos privados, sino que forman parte de un espacio comunicable con quien se acerca al poema: son, ante todo, acontecimientos del lenguaje.
Música rusa (antología 1994-2022), de William Johnston. 104 páginas. Vitruvio, 2024.