Compilar es domiciliar. Es darle una casa, una fecha, un sello editorial a textos que vivieron sin residencia fija. Reunir bajo una tapa lo que se escribió disperso es, ante todo, un acto de decisión: qué entra, qué queda afuera, qué orden se le impone. Domiciliar es siempre un gesto ambiguo, porque convoca desde la memoria, al mismo tiempo que impone los confines de un libro-objeto a creaciones que fueron, precisamente, parte de una resistencia a comenzar y finalizar acotadas en un único formato.
El caso de Héctor Bardanca (Montevideo, 1954) vuelve esa cuestión especialmente nítida, porque su obra fue, desde el origen, resistente al canon con que se suele evaluarla –“obra mayor”, “obra menor”, etcétera–. No escribió solamente poemas: creó canciones, performances, editó publicaciones, hizo talleres. Firmó buena parte de ese trabajo bajo heterónimos: Ana Cheveski, la voz que en 1989 se leyó como un contundente ejercicio de “poesía femenina”; Bardo Kan, el cantautor que sigue produciendo discos y presentándose en vivo. Bardanca es, él mismo, una dispersión deliberada de nombres y soportes, por lo que compilar su obra no puede aspirar a la unidad unívoca. Se trata más bien de una unidad análoga, es decir, una reunión de cosas distintas que tienen, sin embargo, una unidad de sentido: un poema escrito, una canción, un poema visual, una performance en un taller, que se dicen con el mismo nombre porque participan, de manera desigual y no reductible, en un mismo principio, sin que a la canción se le exija ser poema ni al poema se le exija renunciar a su origen de plaqueta artesanal.
Esa tensión se vuelve legible desde la tapa del libro. La editorial Yaugurú tituló la compilación con un signo, no con una palabra: SΩ. Puede leerse ahí, en el nombre, la paradoja que atraviesa el acto de reunir una obra múltiple: la S es la inicial abierta, variable, la letra que hace plural a las palabras; la Ω, la última letra del alfabeto griego, es el signo tradicional del fin, del cierre, de lo consumado. El título es la latencia que hace convivir comienzo y fin. No está lejos de aquella distinción escolástica entre acto y potencia que Santo Tomás utilizaba para describir toda criatura, toda obra.
Bajo esa lógica, SΩ es mixtura de acto y potencia, siempre capaz de ser más de lo que ya es. Los libros de Bardanca, publicados en tiradas mínimas, agotadas, casi clandestinas, existieron largamente en un estado de potencia casi pura, disponibles apenas para quien los buscara en un archivo de biblioteca o en la memoria de quienes presenciaron sus recitales del Centro Cultural de España. SΩ actualiza esa potencia sin agotarla: detrás del volumen encuadernado persiste el rumor de plaquetas perdidas, de grabaciones no recogidas, de una obra que se opone a la clausura.
Esa resistencia lleva la impronta de una experiencia generacional muy concreta y que este libro permite vislumbrar. El autor integró durante siete años el núcleo de Ediciones de Uno, el colectivo montevideano fundado en 1982, durante la dictadura, junto con Daniel Bello, Agamenón Castrillón, Luis Bravo, Gustavo Maca Wojciechowski y otros. En ese colectivo Bardanca editó su primer libro, Orificio de salida (1985), y, al año siguiente, un cruce entre un casete y un libro, Si el pampero la acaricia. De esta obra nació “g”, un poema fuertemente tipográfico y visual –“algo caligrama pero no del todo”– que atravesó, jugando, un territorio multimedia poco frecuentado en la poesía uruguaya de esos años. No es casual que Yaugurú, la editorial de Maca que hoy publica SΩ, haya reeditado antes ese poema en facsímil: esta compilación prolonga ese gesto.
Su poética, deudora de una oralidad improvisativa, tematiza esa tensión entre lo individual y lo colectivo: la de un sujeto que no desaparece, sino que se disuelve, un “sujeto no sujeto” que se incluye en aquello que observa; lo que Bardanca, en diálogo con el “paralaje” de Žižek, llamó “la inhospitalidad de lo normal”. Esa misma discontinuidad –una realidad que no coincide consigo misma– reaparece, a otra escala, en la historia del colectivo de Ediciones de Uno. Tampoco ahí hay un centro único, sino posiciones que conviven sin fundirse en un “nosotros” estable.
Según Roberto Appratto, la poesía uruguaya de esos años contiene en rigor dos generaciones: la de comienzos de los 80, cuya idea era incidir en la realidad, y la de comienzos de los 90, en la que ese impulso colectivo cede terreno al énfasis en la expresión individual. Bardanca queda situado exactamente en esa bisagra: participante fundador del proyecto más colectivo y barrial de la escena posdictadura y, al mismo tiempo, autor cuya obra posterior se fragmenta en registros heteróclitos que ya no responden a ningún “nosotros” editorial. Todo esto carga de sentido la aparición de SΩ. El libro abre una vía distinta para comprender el medio cultural uruguayo posdictadura, por fuera de la academia, la industria editorial o los certámenes; una realidad en la que hacer poesía colectivamente era también una forma de reconstruir un tejido social recién liberado de la censura.
SΩ forma parte de un presente que tiende a neutralizar este tipo de libros como mercancía nostálgica o curiosidades de época. Sin embargo, que la compilación se publique mientras Bardanca continúa activo en la escena –para dar entrevistas, corregirse, discutir las interpretaciones sobre su trayectoria– le hace perder el carácter de acervo; lo mantiene abierto justo en el acto de volverlo tinta sobre papel y amplía su visibilidad con vistas al futuro de la poesía. SΩ no es un monumento, es una casa provisoria para textos fantasma que todavía respiran.
SΩ, de Héctor Bardanca. 270 páginas. Yaugurú, 2026.