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Ilustración: Ramiro Alonso

El estilo de la teoría: la obra de Sandino Núñez

En su reciente ensayo, El aire y lo sólido, el pensador uruguayo aborda la relación entre el capital, la tecnología, la emancipación, el lenguaje y la historia.

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Como buena parte de la obra de Sandino Núñez, El aire y lo sólido desborda cualquier clasificación y envuelve, a cualquiera que lo lea, en un universo de problemas que rodean el presente, sobre un suelo de lecturas de la tradición filosófica y de otras tradiciones de investigación como la lingüística, el psicoanálisis, la política, los estudios literarios y de la comunicación. Esa es tal vez, en apariencia, la marca personal de Núñez: su tránsito por diversas tradiciones de investigación. Pero me temo que eso dice poco de su obra.

Se podría decir que lo que lo distingue es su interés por explicar el presente, por construir una perspectiva teórica que dé cuenta de los problemas del presente. Sería cierto también, pero no alcanza. Habría que agregar, relacionado con lo anterior, su voluntad de hacer circular sus ideas en colectivo y por distintos medios –la docencia fuera de las instituciones tradicionales, la revista cultural, el suplemento, la televisión, el blog–, pero sigue sin alcanzar.

Lo que creo es que lo que ata todas estas características y resulta notable en el camino de Núñez es su estilo, la forma en la que escribe, los elementos que incorpora. Es difícil encontrar un adjetivo para su texto. Se me ocurren palabras que no le hacen justicia. Todas tienen que ver con cierta resistencia, porque no se ofrece a quien lee como un camino recto hacia una respuesta clara y precisa. Es difícil abandonar El aire y lo sólido, salir y hacer unas tostadas para el desayuno: el texto queda resonando, nos sigue hablando y, sobre todo, no nos permite mirar las cosas de la misma manera o, al menos, no deja no seguir el hilo de los problemas, e incluso agregar los propios y seguir pensando. El estilo de Sandino Núñez impregna, inunda, va ocupando espacios y hace reflexionar, y esto lo vuelve singular en la escena del pensamiento local.

Los viajes de la teoría

El nuevo libro de Núñez revivió algunas preguntas, parte de las cuales son compartidas por un grupo de investigación que trabaja en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar) en torno a las lecturas y apropiaciones teóricas del análisis literario en Uruguay. Las preguntas, entre muchas, son: ¿cómo llegan las ideas teóricas a un país? ¿Cómo circulan y empiezan a formar parte del análisis de distintos actores sociales? Para responderlas es necesario que se dé una combinatoria de muchos factores que inciden en el lugar de origen y en el lugar de llegada de esas ideas: políticas educativas, de producción de conocimiento, de traducción, también las editoriales (multinacionales y de las otras), de revistas y periódicos, de colectivos e individuos que se autoimponen la tarea de difundir determinadas ideas por el bien de la patria o porque les da la gana.

Cuando Edward Said pensó en el problema de las “teorías ambulantes” en su libro El mundo, el texto y el crítico (1983), agregó un asunto fundamental: las “malas interpretaciones” que se producen en la operación de incorporar teorías de un campo a otro, de una tradición a otra, de un entorno institucional a otro, de un país a otro. Para Said esos cruces no solamente eran inevitables, sino que eran y siguen siendo productivos. En un problema similar estaba pensando Ángel Rama cuando analizaba la irrupción del marxismo en Transculturación narrativa en América Latina. Para él, Marx no estaba incluido en el impulso modernizador europeo del siglo XX, y sin embargo “la tendencia independentista que hemos señalado como rectora del proceso cultural latinoamericano siempre ha tendido a seleccionar los elementos recusadores del sistema europeo y norteamericano que se producían en las metrópolis, desgajándolos de su contexto y haciéndolos suyos en un riesgoso modo abstracto”.

La obra de Núñez, su trayectoria toda, es pensable en las coordenadas que plantean Said y Rama, porque es posible encontrar en ella una lectura y apropiación independiente y creativa de perspectivas teóricas heterogéneas, entre las que se encuentra el marxismo, que le sirven de suelo para analizar la cultura en el marco del capitalismo en su etapa actual.

Una de las claves sobre el problema de la circulación de las teorías es el análisis de trayectorias personales y grupales de los intelectuales. Por ejemplo, la llegada de Gérard Genette a Montevideo en marzo de 1985, en el marco del primer gobierno democrático luego de la dictadura civil militar, se explica por la trayectoria personal de Lisa Block de Behar, pero también por los tres números de la revista Maldoror, que dirigió, dedicados a la teoría de la recepción alemana, la obra de Genette y la de Jacques Derrida, y con su impronta (y la del colectivo de la revista) de modernizar los lenguajes de la teoría literaria en el Instituto de Profesores Artigas después de la dictadura. La deconstrucción derridiana, en esta versión, llegó a través de Estados Unidos y su apropiación por investigadores de la Universidad de Yale, entre los que estaba Emir Rodríguez Monegal.

La elección del ejemplo tiene que ver con Sandino Núñez y con la circulación y apropiación de ciertas ideas teóricas después del estructuralismo francés de los años 1950. La lectura y apropiación de autores como Genette y Derrida, entre otros, no se produjo automáticamente con la llegada de estos autores a las costas del Río de la Plata, con la publicación de una selección de textos traducidos al español o con la acción de una sola persona o de un solo colectivo. A la propuesta de la revista Maldoror hay que incorporar, entre otros, a Jorge Medina Vidal, Luis Behares y Pilar Barreiro, a fines de los 70, y al Centro de Estudios, Análisis y Documentación del Uruguay (Ceadu), en el que funcionaba el Círculo de Semiótica de Montevideo, en los 80 y 90. A través de ellos se incorporan autores y análisis que incluyen el posestructuralismo francés. Para quienes quieran hacer una arqueología de la perspectiva teórica de Núñez, allí están Discurso, semiótica, sociedad (1991), escrito en coautoría con Ruben Tani y publicado por el Ceadu, o los artículos de la Revista Uruguaya de Psicoanálisis, entre los que puede encontrarse, entre otras cosas, sus lecturas del teórico Mijaíl Bajtín.

Esto no es divulgación filosófica

Tal vez el suplemento La República de Platón, que Núñez dirigió entre 1993 y 1995, sea el mejor ejemplo para ilustrar su aporte a la circulación y apropiación de la teoría en nuestro país. Desde la propuesta gráfica, que apelaba al cómic para la ilustración de las notas, hasta los objetos de análisis, que incluían la política, la cultura de masas o la cultura popular, entre otras, el suplemento mostró una articulación original de la teoría con el análisis de la coyuntura, además de aportar textos traducidos, por ejemplo, de Jean Baudrillard o Edward Said. No se trataba solamente de difundir ideas, sino de incorporarlas al análisis de nuestra realidad, asumiendo todos los riesgos y desajustes que podían producirse.

Según Susana Draper, en su Ciudad posletrada y tiempos lúmpenes (2009), el aporte del suplemento consistió en tender puentes “entre el mundo intelectual de las ideas y una cantidad de eventos circundantes que eran considerados aún poco nobles para ser tomados en serio por la crítica cultural”, en priorizar “una comprensión de la práctica crítica como actividad esencialmente creadora” que consistió en “postular respuestas frente a determinados problemas”, y también en aportar una reflexión “a veces sarcástica y comúnmente irreverente acerca del rol de los intelectuales” y del lugar del discurso crítico en la sociedad.

Hay un ejemplo que ilustra muy bien lo que señala Draper: es la interpretación que hicieron del sketch “Las Rivarola” del programa humorístico Decalegrón, que en mi casa se miraba con una rigurosidad casi religiosa, para comprender cierto funcionamiento de la “alta” cultura uruguaya. Un grupo de hombres, mediante el viejo recurso de vestirse de mujeres, interpretaban a unas viejas solteronas que entrevistaban a famosos y embadurnaban todo con un aire meloso de refinamiento. En 1996, durante el segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, el concepto se ponía arriba de la mesa para describir el láser que se instaló en el antiguo edificio de presidencia, frente al monumento a Batlle Berres. Un rayo azul se proyectaba hacia el cielo desde el parque de esculturas que se había instalado frente a Presidencia y que La República de Platón bautizó el “rivaroláser”. Cada tanto vuelvo sobre esa metáfora, que conserva bien su aire sarcástico y me parece de una tremenda actualidad.

La forma “revista cultural” de _La República de Platón _inauguró uno de los rasgos distintivos de Sandino Núñez en el espacio público, que se interpreta con frecuencia como “divulgación filosófica”. En una entrevista que publicó en su blog en 2019, Núñez explica: “No considero haber hecho divulgación filosófica. Ni en los libros ni en los artículos ni en el programa de tele. No era mi intención. Si no salió bien, pido disculpas. Mi idea siempre estuvo más cerca de dar a entender al mundo o a la realidad como algo más bien del orden de lo pensable o decible que como algo del orden de lo vivible o lo experienciable, por así decirlo. Para usar una fórmula que no me satisface en absoluto, en la tele la idea era hacer ‘crítica cultural’ y no divulgar un cuerpo institucional más o menos estable de saber. Y sigo fiel a esa idea”.

El programa de televisión al que se refiere es Prohibido pensar, emitido por la televisión pública en 2009 y 2010, con guion y conducción de Núñez, dirección de Diego Martino y Leo Lagos, producción de Florencia Donagaray y asistencia de Soledad Platero. Tuvo 30 episodios, uno por semana, hoy disponibles en Youtube, y enseguida Hum, la editorial que publica a Núñez en los últimos años, publicó un libro con los contenidos adaptados a la palabra impresa.

Luego de esa experiencia, Núñez volvió a replicar la forma “revista cultural” primero con Tiempo de Crítica (2012-2014), suplemento que apareció con la revista Caras y Caretas, y luego con Revista de Ensayos (2014), que se presentaba como un esfuerzo del “Colectivo Prohibido Pensar”. Revisando estas publicaciones se puede observar que algunos nombres se repiten: Ruben Tani, Amir Hamed o Alma Bolón, por citar algunos; y también, sobre todo en las publicaciones más recientes, aparecen nuevas firmas como las de Gabriel Delacoste, Hekaterina Delgado o María José Olivera, entre otros. Hay que anotar que, a pesar de ser siempre una tarea colectiva, y de que se pueden rastrear rasgos comunes entre los autores, de todo eso no puede inferirse que haya un grupo homogéneo o un discurso único.

Una invitación a la teoría

Si empezar por la trayectoria de Núñez tiene sentido para explicar los viajes de las teorías, lo tiene también para explicar El aire y lo sólido. Desde las primeras líneas del prólogo, que es también un manual de uso, el autor deja en claro que intentó organizar un conjunto de obsesiones teóricas que “salpicaron” (la elección del verbo es suya) todos sus trabajos anteriores, y que resume en dos núcleos: el capital y la tecnología, por un lado, y la emancipación, el lenguaje y la historia, por otro.

La invitación de Núñez es, desde el comienzo, desafiante: “Quiere ser menos unas observaciones o apuntes sostenidos en una vaga línea común que generalmente se pierde que una escritura teórica fuerte y argumentativa capaz de crear apuntes y observaciones”. Vale la pena citar la frase porque habla del estilo de Núñez, no siempre lineal, no siempre simulacro de transparencia, pero también de su concepción sobre lo que es la escritura, y el papel que deben jugar la teoría y la crítica. La frase también encierra una oposición o resistencia a ciertos rasgos de la escritura contemporánea: apuntes y observaciones unidos vagamente por la teoría. Su esfuerzo se propone como una negatividad –una palabra clave en este libro–, una inversión en la que la teoría y los argumentos organizan la mirada.

La teoría tiene un papel en el presente: “Nada es necesario, pero todo es urgente y letal: pautado por las amenazas, por la ansiedad, los deadlines, las cuentas regresivas. No hay tiempo para perder y no hay un punto de Arquímedes, no hay un solo lugar donde ejercer cierta negatividad, cierta soberanía subjetiva”. Este me parece un punto central, que ya va definiendo el lugar de la teoría como un punto de apoyo, un “poner un palo en la rueda” del funcionamiento de la máquina, como si la teoría, con una pequeña fuerza de resistencia, pudiera mover ese objeto pesado, complejo, lleno de ensamblajes, metido en nuestra constitución como sujetos, que es el capital.

En la primera parte, “Objetos y máquinas”, Núñez relee algunos problemas “clásicos” de Marx y del marxismo (la relación uso/valor, la mercancía, trabajo y alienación) en relación con aspectos centrales del capitalismo en su fase actual. A partir de ahí se puede leer la “Tesis sobre el órgano”, cuarta parte del libro, en la que el propio capital se propone como un órgano: “Ya no capitalismo como modo histórico de un ser económico natural e irreductible, sino capital como un órgano sólido, aunque también histórico, del cual proviene la idea misma de un ser económico natural e irreductible”. Otro tanto ocurre con la última parte del libro, “Lo meta”, en la que Núñez caracteriza una nueva etapa del capital, la “era del funcionamiento, de las operaciones, de las máquinas tecnológicas y los sistemas”. No vivimos en el “fetichismo de la mercancía”, esos objetos mágicos que bailaban en la mesa, externos a nosotros, una novedad al mismo tiempo sencilla y compleja que traía la teoría de Marx. Vivimos ahora en el “fetichismo del capital”, afirma Núñez, “el empuje ciego de las síntesis técnicas y de la tecnología”; ya no hay objeto, sino “aquello que ya no decimos ni vemos, pero debemos siempre suponer”. Lo “meta”, que irónicamente remite al nombre de una de las empresas multinacionales más importantes de la tecnología de la comunicación y la información, es el signo de los tiempos.

Para llegar a estas dos partes finales del libro, tal vez las más breves, Núñez fue estableciendo sus puntos de apoyo teóricos en las tres partes precedentes, la ya citada “Objetos y máquinas”, “Socialidad” y “El sujeto”. Es injusto solamente mencionarlas sin detenerse en los detalles, pero el propio autor concibe su libro como un dispositivo de múltiples entradas, que además desea o proyecta distintos lectores. Por eso el prólogo es también unas “instrucciones de uso”. Lo primero que imagina Núñez es un grupo de lectores “tocados” por alguna de las virtudes necesarias para nuestra era: “espera, suspensión, paciencia”. Esos lectores podrán comenzar desde el principio y terminar en el epílogo. A un segundo grupo, digamos el de “los impacientes”, para quienes la lectura lineal “es una somnífera pérdida de tiempo”, Núñez recomienda comenzar por “Apuntes sobre psicología de diseño”, luego “Anotaciones de un paranoico” y finalmente hacer “las acrobacias que les resulten más excitantes” para terminar de leer el libro. Los dos textos que menciona son peculiares, porque conservan el espesor teórico y un tono narrativo (¿literario?) que condensa muchos de los sentidos que encierra el libro.

Luego Núñez piensa en grupos de lectores más especializados: los que “disfrutan de la retórica y las metáforas tecnomecánicas”, los que “renguean para el lado del sujeto y el psicoanálisis”, también “los más líricos”, cuyas preocupaciones pasan por el lenguaje y la literatura. Los marxistas y los freudianos. El autor postula la posibilidad de “otros mil mapas” para su ensayo, e incluso acepta “el mito liberal de que cada uno puede hacer lo que le viene en gana y encontrar su oasis de placer en el rincón que sea”. Cada parte del libro expone un conjunto de problemas y de conceptos, pero, a su vez, los capítulos, breves y contundentes, tejen relaciones internas, conceptos que quedan resonando, y cuando vuelven a escena presentan un nuevo desarrollo e invitan a una relectura. En el prólogo, un participante de los talleres que ofrece Sandino Núñez utiliza una comparación entre las lecturas del taller y el armado de un puzle, en el que al comienzo es más difícil unir las piezas, pero hacia el final comienzan a encajar sin problema. La complejidad de los entramados que aparecen en el libro, los diálogos y las tensiones con distintas disciplinas y discursos, es otra de las características del estilo de Núñez.

Las metáforas resultan un elemento central del hacer pensable el mundo. Para Núñez no se trata de construir un lenguaje teórico transparente; más bien que la teoría sabe del desajuste o de la imposibilidad de transparencia: “Podríamos decir que un lenguaje teórico es aquel que sabe de su metaforicidad: sabe que la metáfora es metáfora y no el simple fracaso de un decir pleno, o una forma retórica y perversa de denotar. La teoría sabe que la metáfora no es un fracaso de la literalidad, sino el saber de lo necesario de ese fracaso, que la metáfora está constituida por ese fracaso y que, en suma, el intercambio simbólico (igual que el deseo) no puede realizarse”. La cita está en uno de esos capítulos que me resultan clave en este libro: “frase simbólica/frase mercantil”. Es el camino de una trama que se va entretejiendo en el libro. Esta escritura teórica, que ofrece una resistencia, se diferencia de una escritura que colabora con el funcionamiento del capital (el código, la programación) y que siempre estuvo ahí.

La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos

Hay una anécdota de juventud que el autor trae al libro y que me resulta ilustrativa. Núñez cuenta que tuvo una conversación con un escritor más viejo que él, que le preguntó por qué no había publicado más literatura luego de ganar en su juventud un concurso de narrativa (anoto que se trata de un concurso organizado por el diario El Día y la editorial Acali, del que resultó su libro de cuentos Diverso y universo, de 1980): “Le dije que seguía escribiendo, pero que no estaba muy interesado en publicar lo que hacía. Me volvió a interrogar: ¿por qué? Respondí que me daba un poco de pudor publicar algo que no tuviera nada nuevo para decir. El tipo (que era mayor que yo) me miró con cara divertida. Lo nuevo, me dice, pero qué pretenciosos estamos”.

El episodio deriva en una reflexión sobre las crisis de escritura y la página en blanco, que lo lleva a plantear su relación con la escritura: “Pienso: yo no escribo. Retomo y prolongo el trabajo de ese muerto que ejerce la peor de las tiranías: no tanto la de indicar un camino como la de haber instalado un suelo. Puedo eventualmente elegir tal o cual camino, es verdad, e incluso puedo abrir o trazar tal o cual otro, pero solo a condición de presuponer, y, por tanto, confirmar, el suelo”.

Esta metáfora del suelo, que es mucho más interesante y productiva que la de “tradición”, y en la que resuena el 18 Brumario de Marx, ayuda a comprender mejor la ambición que persigue Núñez, la de una “escritura teórica y argumentativa fuerte”. No hay nada de pretencioso en el planteo; o sí, qué más da. Construir una teoría desde Uruguay, por fuera de la transmisión institucional del saber, es más bien la razón principal por la que hay que leer El aire y lo sólido y la obra entera de Sandino Núñez.

El aire y lo sólido, de Sandino Núñez. 208 páginas. Hum, 2026.

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