En medio de una intensa gira promocional que lo trajo de vuelta a Montevideo hace un par de meses, el escritor mexicano David Toscana espera entrajado su próxima cita en las oficinas de Penguin Random House. Hace un par de años se le ocurrió que era buena idea rescatar una historia perdida del siglo XI, la del enfrentamiento entre bizantinos y búlgaros que dejó como saldo 15.000 personas que perdieron la visión. El resultado, la novela El ejército ciego, le valió el premio Alfaguara.
Ciegos, tuertos, ojos, cuencas, párpados, huecos, soldados, muerte o algo peor: una sombra de la vida. La crueldad de la guerra, las leyendas contadas de boca en boca y sus deformaciones, el descreimiento, la fábula, la locura son parte de esta historia contada por vencidos que pueden convertirse en vencedores.
Nacido en Monterrey en 1961, formado inicialmente como ingeniero, Toscana –un admirador de la obra de Juan Carlos Onetti– comenzó a publicar narrativa en la década de 1990 y en 2017 recibió el Premio Xavier Villaurrutia, que otorgan los escritores mexicanos a sus colegas, por su Olegaroy, una obra satírica sobre un insomne sin propósito que se ve envuelto en una trama detectivesca. En Uruguay, su novela Duelo por Miguel Pruneda fue publicada por Banda Oriental en 2020.
Su mirada desconfiada pero familiar esgrime un dejo de complicidad. ¿Qué lo impulsó a novelizar la historia de El ejército ciego? “Hay mucha historia de los triunfadores y mucha literatura de derrotados. No es lo mismo la historia que la literatura, por supuesto. La historia siempre la cuentan los vencedores y en este caso es completamente cierto porque los búlgaros no escribieron nada acerca de esto. Tenemos únicamente lo que sabe un bizantino que dice que llegaron los ciegos de vuelta a casa, que los vio el zar y se murió”, contesta.
“Sin embargo, la literatura sí está interesada en los derrotados. Y los tenemos desde los antiguos griegos. La tragedia griega más antigua son las historias de los persas sobre su retorno a casa después de haber intentado conquistar Grecia y haber sido derrotados. Luego tenemos Las troyanas, que habla de las consecuencias que sufren las mujeres en Troya por haber perdido la batalla. Creo que la literatura se interesa más en los derrotados.
El novelista que trabaja con material documentado sabe que elegir la ficción presenta riesgos. En este caso, dice Toscana, “la gran ventaja es que no hay fuentes históricas”. “Una vez que te enteras de que el zar Samuel se murió cuando llegaron los ciegos, no hay nada más. Y no hay más porque los búlgaros sí tenían escritura, pero no historiadores. Mientras los griegos ya tenían 1.500 años escribiendo historia, escribían drama, filosofía y demás, los búlgaros recién habían recibido el alfabeto y todavía no hacían con él más que traducir textos bíblicos y escribir sermones y algunas leyes. No tenemos ni un verso que nos haya sobrevivido de esta época, si es que lo escribieron. Es probable que no, que todo fuera oral, puesto que en los monasterios no estaban escribiendo poesía y entre el pueblo nadie sabía leer ni escribir”, amplía.
Cuando un sentido se ve afectado, los demás se intensifican. HG Wells lo reflejó de manera horrorífica en su cuento “El país de los ciegos” y José Saramago lo utilizó como parte de su crítica social en Ensayo sobre la ceguera. En la novela de Toscana, las descripciones resaltan los cambios en la percepción.
“Estoy tratando con personajes que veían y ya no ven. Entonces, todavía tienen un lenguaje visual, todavía narran a través de la memoria, entienden de colores y de muchas otras cosas. Entienden lo suficiente como para que uno de ellos, cuando sale de Constantinopla, diga: ‘Si yo tuviera ojos, les estaría hablando de las murallas, de las iglesias, de las mujeres, de los vestidos, del mercado del mundo, pero como no tengo, solo les digo que salimos de Constantinopla’. Esto lo fui descubriendo a la hora de contar”, revela el autor.
“No es lo mismo tener un narrador con ojos que uno sin ojos. Vamos entendiendo que el narrador o los narradores no pudieron haber estado presentes en todo lo que se cuenta.
Muchas escenas les fueron contadas para que ellos puedan contarlas más adelante; por eso es interesante que en la novela no tengamos un narrador que todo lo vio, hay una serie de historias que estaremos conscientes de que no las recibimos de primera mano. Y, por lo tanto, no escribo la historia, sino la leyenda de los ciegos”, agrega.
La elección, además, abre la puerta de la desconfianza hacia quien cuenta: “Estas son las leyendas en las que el propio narrador de pronto dice: ‘La gente cuenta esto, pero yo no le creo’. Entonces, al estar jugando con esto, hay que leer esta novela con un espíritu infantil, es decir, ya sé que estas cosas seguramente no fueron así, pero sígueme contando porque vamos a jugar a la literatura”.
El juego se profundiza con omisiones: “Hay escenas que no cuento, pero sé que la gente las tiene que tener presentes. Yo no cuento cómo les sacaron los ojos, me pareció muy gore entrar en este detalle. Pero sabía que el lector estaría pensando en eso todo el tiempo”, dice Toscana.
Sin tornarse escatológico, el novelista aborda la psicología de esos soldados, cómo se transformaron sus personalidades después de dejar de tener ojos. “Me permití libertades; voy desprendiendo mil historias que pueden salir de ahí. Pero ¿por qué tengo que contar 1.000 historias? Te voy a contar las que te quiero contar. Las que al final van a ir sumando una armonía para sentir que la historia tiene sentido, para que lo terrible se vuelva bello, la derrota tenga algo de triunfo. Entonces, la novela selecciona lo que va a contar. Hay tantas cosas que no queremos saber, tú puedes pensar que ocurrieron infinidad de cosas que no te estoy contando. Cuento las que mantienen un tono, las que hacen que los ciegos sean creíbles y no personajes derrotados, patéticos. Para mí esta es la maravilla de una novela que cuando uno todavía no la escribe, las posibilidades son infinitas”.
De algún modo, esta es una historia colectiva, casi multitudinaria. “Si los ciegos hubieran sido 15, entonces los tendría que mantener vivos hasta el final. Y por eso a veces cuento en primera persona, otras en tercera. Hay un 'ellos' donde a esos 34 les cortan la cabeza, esos otros 34 brincan por un acantilado y hay mucho del 'nosotros' que casi siempre aparece cuando marchan en forma de ejército para un lado o para otro”, afirma Toscana.
Un desafío extra para la creación de la historia fue la ambientación en el año 1014: “Tuve que estudiar bien para no cometer ningún pecado de cronologías. Por ejemplo, cuando uno de los personajes se emborracha con hidromiel, originalmente lo hacía con aguardiente, que no existía para ese entonces, no existía la destilación de alcoholes. Era con fermentación directa, como el vino, la cerveza o el hidromiel”, aclara.
¿A qué autores considerás tus maestros?
La imaginación exuberante de García Márquez, al que le he aprendido mucho en la prosa, aunque no se vea tanto en este libro, que es más Rulfo que García Márquez. Pero por supuesto que en el ADN todo se te mezcla y tengo mis maestros.
Juan Carlos Onetti me gusta mucho, sobre todo sus ambientes como las tabernas sórdidas. Me gusta como prosista Isaak Bábel y también leo mucho a los antiguos griegos y, aunque prosísticamente no les aprendo mucho porque es una traducción al español, me doy cuenta como usan las palabras, me doy cuenta de que hay que vivir un poquito como ellos y sentir que el pergamino es bastante caro. No puedes llenarte de palabras y descripciones que no vienen al caso solo para rellenar y sentir que tu página o tu novela tiene más páginas. Entonces, hay que pensar que estás trabajando con un material bastante valioso y decir solo lo que hay que decir.
Eso es ir a contracorriente, porque hoy tenemos espacio casi ilimitado para escribir cualquier cosa, aunque no sea tan relevante.
Me interesa mucho la economía del lenguaje y no tengo mucha cultura visual porque no veo cine. Entonces, nunca imagino una novela con imágenes, sino con palabras. No necesito montar escenografías porque eso le interesa al cine, pero no a la literatura. Si mi personaje entra a un bar, pues entra a un bar. No describo el lugar. Sin necesidad de que fueran ciegos mis personajes, ya cuento con cierta economía visual. Si lo necesito para algo, te voy a decir que el bar tiene una barra, pero sin describir todos los alcoholes que hay detrás de la barra. Encuentro muchas descripciones en literatura que, si uno las tacha, de pronto la novela gana y no pierde.
El ejército ciego, de David Toscana. 240 páginas. Alfaguara, 2026.
