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Teoría del andén: poemario de Tatiana Oroño

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En el reciente Andenes, Tatiana Oroño reafirma y revalida inquietudes e intereses, rememoraciones y experiencias de vida recogidos en todo su corpus poético. De hecho, el texto “Indagaciones” muestra, como en Estuario (2014) –donde el andén era dársena– o Libro de horas (2017) –donde el andén era la casa, el aula y el taller de los pintores–, la inquietud por indagar tempranamente en la infancia los mundos escondidos entre las tapas de los libros y luego inquirir, con inquietud epistemológica y amorosa, dos genealogías: la personal y la de las palabras.

Matizan el libro citas de su Diario en hojas sueltas, que aportan tensión intertextual con los poemas y con los textos (prosas con vocación narrativa a la vez que poética) que aquí se reúnen.

El núcleo poético es el andén, como “enclave de la nada”, “no-lugar”. Parecería anunciar en el primer texto –como exordio del corpus– “un viaje a los orígenes”, un recorrido desde una temprana despedida. Luego se verá, en textos subsiguientes, que el viaje propuesto llevará a la poeta no solo por los raíles de su vida, sino también hacia los recovecos reparadores de la poesía y sus ocultos misterios. Los textos van mostrando el ejercicio y el oficio poéticos en íntima correspondencia con el yo que fue formándose durante la singladura de la vida, desde la primera palabra poética develada en la infancia hacia la literatura y los libros: “Yo haría pie en esa tierra” (“Había en ellos promesa”), reflexiona.

Así, pequeña crisálida quiescente del yo “destinada a dar alas /al huésped del capullo” (en el poema “Así como el gusano”) reafirma la guía del lenguaje, el camino presagiado de la lengua: “Asida de su mano / lo transito”. (en “Yo tengo con la lengua”). O, como glosa en la contratapa el poeta Gerardo Ciancio, “la marcha del lenguaje y de la vida”. Tránsito, marcha, porque el andén no es lugar de “afincamiento”, es “lugar de no pertenencia”, “refugio”, “amparo transitorio”, “albergue provisorio”, es aviso de apearse una y otra vez en el futuro. Es como el “breve recinto del poema”, que da “esperanzas de abrigo” y de porvenir. Del andén se apea en varios puntos de su trayecto poético para discurrir sobre sucesos y sentimientos, excediendo el cariz autobiográfico, yendo más allá, ensayando, ejerciendo el pensamiento y la reflexión para una “indagación”, una “investigación”, un rastreo por los rieles de la memoria o aun por los andenes del mundo en guerra, en el que se enfrenta “el algoritmo bélico con la naturaleza”, donde mueren niñas y niños que aún ignoran el gentilicio entre las deflagraciones. Allí “la humanidad fracasa”, y apenas el nombrar y la palabra poética dan la ilusión de poder rescatarlos.

Desde el inicio la poeta va indagando en torno a aquel remoto andén que le diera amparo en ese “ -Oroño” que mapea su vida y su escritura. Lo hace manteniendo su alto y personal estilo, sinuoso, lleno de complejidades, conceptos, intersticios y silencios, entre la contención y el desbordamiento. En “la topografía de las páginas” va en busca del soporte del linaje, el ancestro y la progenie, y también de las afinidades literarias, como con las poetas mujeres contemporáneas y sus “palabras repatriadas”.

El desplazamiento la conduce a la “casa imaginaria”; la “casa” ya aludida tal vez con más intimismo o solipsismo en El alfabeto verde (1979) y en Tajos (1990), y que luego evocara en Libro de horas: la casa material y la fenoménica, en su sentido literal y en su sentido arquetípico, la de antes y la de ahora, la del sueño y la de la vigilia; “la casa que habita por dentro”, interpreté entonces. La casa es “sostén” que se pierde por una mudanza, y apearse de ella es doloroso, requiere “restañar los daños que acarrea el transporte del tiempo sobre nuestros hombros” (“Alero y piso”).

Y así como la casa y el andén, el cuerpo es otro sostén, cuyo desgaste provoca la inquietud de “lo siniestro” (“Desgaste” y “Pianto”). Cuerpo y memoria, perdida la salud del “reino de crecer” (hermosa metáfora de la infancia), ahora hay “vértebras díscolas, “piel desvalida”, “ojo convaleciente”. Se interna en lo minúsculo del ojo (el suyo, avezado en el arte plástico y la visualidad) y en la mirada (cuya morada fuera el andén, colige) que ponen a prueba a la memoria (en “Miradas”, “Descorrer las verdades”, “La mirada cifrada”, entre varios poemas).

Asumiendo una de las cuestiones filosóficas más actuales y debatidas, la poeta enfrenta lo analógico y el “viejo artefacto del ojo” a las TIC, al “poder de la máquina” en el arte, a su artilugio o artificio (“Pestañas de las TIC”, “El chat GPT”, “Lacónico destino”, “Posdata”). Y en especial se plantea cómo la poesía podría nacer de un programa generativo automático, cómo el producto de una IA podría ser una creación poética, lo que resultaría “más que fatuo profano / ignaro lego, por no decir pedestre”. Esto es, ¿cómo imaginar allí la presencia del numen y del sentido de lo trágico y de la muerte propios de la condición humana? ¿Cómo podría la máquina experimentar “una compulsión creadora que, casi con fatalismo, obliga al artista a escribir?”, se pregunta la investigadora Dina Wonsever en “Una inteligencia artificial creadora” (en la revista Intervalo, 2022).

Compulsión como pasión vehemente, y “placer intelectual”, inconcebibles en una maquinaria o artefacto. Si, como ensayara Walter Benjamin, la “reproductibilidad técnica” destruye el aura del arte, ¿qué diría el filósofo alemán frente a la creación artificial? Advertiría, ya no la pérdida del aura, sino su inaccesibilidad.

Con el “viejo artefacto del ojo”, la poeta va articulando el lenguaje como una orfebre, con los tropos y otras figuras del discurso, como figuras del pensamiento y juego de sonoridades, en una praxis que ha modelado un estilo, que la misma poeta explora y dilucida a partir de su pacto con la lengua (en “¿Cómo explicar...?” y “Yo tengo con la lengua...”).

Escribiendo y reescribiendo, la poeta busca en la poiesis de otros poetas y de la suya propia el sentido de las palabras, hasta el de su propio nombre ruso (el de la “antigua patria adventicia”), con ilusión de apropiación. Y escribiendo y reescribiendo, exhibe su oficio: cernidos, tachaduras, “preescrituras” (“Escribiendo”), y el apoyo del Diario en hojas sueltas, como fuente de claves o instrucciones que iluminan. También busca ‘la palabra justa’ con el pensamiento que cumple de alguna forma esa “función didascálida que imparte / a la poesía a su quehacer consejo / de supervivencia” (“Así como el gusano”).

Y, si por sus misterios algún poema se me ha tornado inasible, apelo a ese idiolecto cifrado que creo reconocer, porque, como enseña Alicia Genovese en Leer poesía: lo leve, lo grave, lo opaco, “es posible que ‘el poema’ siga escapándose y ofrezca solo esa semisombra donde seguir leyendo”. Entonces, al hacerlo, recibo desde la inicial opacidad todo el resplandor y los matices de los ricos entrecruzamientos.

Andenes, de Tatiana Oroño. 96 páginas. Estuario, 2026.