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Rabbit hole de ficciones: Las fracasantes, de Romina Serrano

Novela debut que se comenta a sí misma y anticipa su recepción.

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Romina Serrano llegó a la narrativa desde la poesía. Ganó el Premio de Poesía Joven de la Casa de los Escritores del Uruguay en 2017 y el concurso de poesía de Ideas+ y la Fundación Nancy Bacelo en 2019. Volvió a ganar en la Casa de los Escritores en 2024 con Niña en guerra y obtuvo el primer premio en el Concurso Nacional de Cuentos Maca Figari en 2025. Las fracasantes, su primera novela, inaugura ahora el catálogo de la editorial homónima, fundada por Serrano junto con Daniela Trimarco.

El sello se presenta con un programa deliberadamente poco edificante: humor, realismo sucio, historias sin redención, desilusionados que se ríen de sus fracasos; una literatura más interesada en gente que habla “como vos y como yo” que en cultivar la solemnidad de una Pizarnik atormentada. Hasta el club de lectura que acompaña al proyecto forma parte de una política de lectura que la editorial extiende en sus redes mediante un “mapeo estético” de afinidades: Ocean Vuong, Irene Solà, Elizabeth von Arnim. Pero esa homonimia es extraña: Las fracasantes inaugura Las Fracasantes. ¿Qué clase de editorial empieza publicando una ficción con su propio nombre? ¿El sello entero refracta el universo de Serrano? ¿Una estrategia de autopromoción, una broma, una autoparodia? La respuesta está, en parte, dentro de la novela.

Una chica se suicida arrojándose desde el tercer piso. Ariadna apenas la conocía, pero era bella, misteriosa: “La chica que yo hubiera querido ser”. Su muerte embruja su imaginación: desamor, asesinato, vidas posibles para una mujer de la que nada sabe. La ficción tropieza y vuelve a armarse mientras Ariadna trabaja en una oficina que detesta con lucidez y disfruta en pequeñas dosis. Las primeras impresiones de las personas son feroces: “Es el tipo de hombre que cree que mostrarse serio le da más capas a su teoría del yo, que confunde sabiduría con oportunismo verbal y que, qué insistencia en retratarse, piensa que su audiencia no podrá cuestionar la gran obra que es su cara”. Las impresiones componen un catálogo taxonómico del ecosistema urbano contemporáneo del que ni siquiera Ariadna escapa: la cínica mordaz, en el fondo tan sentimental que soporta a un novio poliamoroso porque quiere ser amada, elegida.

La comicidad de los estereotipos es también uno de los límites de la novela. Las definiciones aprisionan los sucesos y el cinismo pop, tan eficaz para el chiste, refrena la propia historia. Entre desalientos y fantasías privadas, Ariadna conoce a Vera y Natalia; juntas fundan Las Fracasantes, “una editorial que da voz a las mujeres disidentes y al público en general, porque no hacemos ningún tipo de discriminación, ni siquiera la que deberíamos hacer”. Su primer libro, sin embargo, no será la novela de Ariadna, sino la de Valeria: un pastiche romántico-erótico protagonizado por una sirena plus size y un capitán de fragata, atravesada por el repertorio de los cuerpos no hegemónicos y la celebración del deseo. Una grasada y ellas lo saben, pero Serrano no se aboca al agotadísimo escarnio del mal gusto. Ariadna se deja conmover. Hay un placer en que las cosas vengan ya así: romance y erotismo ready made. Ariadna negocia con las exigencias del mundo literario, pero, acosada hamletianamente por los espectros de Colette y la chica del tercero, se sabotea a sí misma, arrastra a sus desprevenidas amigas y a la empresa editorial, decidida a fracasar a su manera.

Entre ficciones privadas que buscan llegar al libro, estrategias de Instagram y oportunismos editoriales, Las fracasantes incluye una versión de su propia gestación. Ariadna Ferri se parece demasiado a Romina Serrano: funda una editorial llamada Las Fracasantes y escribe una novela que esa misma editorial publicará. Pero la repetición incluye pequeñas variaciones: afuera las editoras son dos, adentro son tres; la novela de Serrano inaugura el sello, la de Ariadna se posterga. La novela cae en un rabbit hole (la madriguera de conejo como metáfora de búsquedas intrincadas) sobre la gestación de las ficciones. Está la impudicia de fantasear vidas ajenas cuando nada se sabe. También la autoficción de la que Ariadna reniega al defenderse de sus críticos: “No escribo autoficción. Es parecido, pero es más que eso”. Finalmente está la novela dentro de la novela: se cuenta la creación de Las fracasantes y anticipa su futuro con la demoledora reseña de una crítica literaria (algunas de las cosas que pensaba escribir ya fueron dichas en aquella reseña).

Nada queda a salvo de la ficción: ni las vidas ajenas, ni la propia; ni siquiera lo que el libro provocará una vez escrito. La ficción devora la vida hasta adelantársele: inventa la editorial que después existirá, la novela que será publicada y la crítica que habrá de recibirla. La realidad entra en una ficción que ya había salido a su encuentro. Las editoras –Daniela Trimarco y la propia Serrano– hablaron de una novela sobre el fracaso activo: perseverar y disfrutar más allá de los beneficios siempre queridos.

Yo agregaría que Las fracasantes es también Las ficcionantes. Ariadna se desvela por no conseguir despegar la escritura de sí misma mientras Natalia y Vera alimentan sin escrúpulos su imaginación: “Si es invento, entonces es ficción, y si es ficción, es literatura, y si es literatura, es material para Las Fracasantes”. Experiencias insípidas o mezquinas, estereotipos capturados al vuelo por lenguas ácidas y hechos compuestos que llegan al teclado: el relato se precipita con todo hacia la creación ficcional.

Las fracasantes cae así en una de las madrigueras más hondas de la narrativa desde el Quijote: una ficción que se despega de la realidad entre la celebración de la fantasía y su condena, entre la cotidianidad prosaica o ridícula y su indigesta metabolización en la novela. Un tráfico entre realidad y ficción que, a partir de Borges y Onetti, gravita con fuerza en el Río de la Plata. Es una novela oportuna, incluso necesaria. Contra el desgaste de las ficciones “insólitas” y la pujanza de “ecoliteraturas” ultraprogramáticas, urge una reinvención del realismo. No limitado al realismo hard ni al sucio, ni agotado en un costumbrismo –urbano o rural– extenuado. Un realismo consciente de sí mismo, omnívoro y extendido. Puede que las fracasantes de hoy y de mañana ayuden a encontrarlo.

Las fracasantes, de Romina Serrano. 170 páginas. Las Fracasantes, 2026.

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