la diaria Libros › Reseñas

Yo es otro: la novela Máxima pureza, de Fernando Butazzoni

El autor aborda adicciones ajenas y propias.

Contenido exclusivo con tu suscripción de pago
Contenido no disponible con tu suscripción actual
Exclusivo para suscripción digital de pago
Actualizá tu suscripción para tener acceso ilimitado a todos los contenidos del sitio
Para acceder a todos los contenidos de manera ilimitada
Exclusivo para suscripción digital de pago
Para acceder a todos los contenidos del sitio
Si ya tenés una cuenta
Te queda 1 artículo gratuito
Este es tu último artículo gratuito
Nuestro periodismo depende de vos
Nuestro periodismo depende de vos
Si ya tenés una cuenta Ingresá
Llegaste al límite de artículos gratuitos
Nuestro periodismo depende de vos
Para seguir leyendo ingresá o suscribite
Si ya tenés una cuenta
o registrate para acceder a 6 artículos gratis por mes

Editar

A pesar de que en la historia de la teoría literaria uno de los conceptos más importantes de la obra del ruso Mijaíl Bajtín es el de intertextualidad, hay quienes plantean que parte de la lectura de sus textos que realizó Julia Kristeva en los años 1960, cuando la teoría estructuralista se encontraba en boga en Francia, y que lo más preciso sería hablar de intersubjetividad, porque, tras la idea de que un texto siempre remite a un conjunto de citas de tantos otros textos, existe una más potente aún, algo evidente pero revelador al mismo tiempo: el lenguaje lo utilizan personas interactuando en sociedad.

Este juego de espejos de las voces, esta reflexión que vuelve más compleja la línea que separa la palabra propia de la ajena, esta idea de que “la vida es uno mismo y uno mismo son los demás”, en palabras de Juan Carlos Onetti –que Fernando Butazzoni reproduce como epígrafe en Máxima pureza–, se transforman en puertas de entrada a la lectura de su reciente novela. Es una propuesta diferente de las anteriores obras del autor, y aunque parezca contradictorio, también va en la misma línea que ellas.

En Las cenizas del Cóndor (2014), Una historia americana (2017), Nosotros los vencidos (2023), Tierra mínima (2024), el proyecto ha sido escribir sobre el período de las dictaduras del Cono Sur y elaborar literatura a partir de la investigación de ciertos hechos de ese pasado cada vez menos reciente. Son narrativas ancladas en el giro documental, con diversos grados de participación de la figura autoral, aunque casi siempre esta mantenga distancia entre la memoria colectiva y la experiencia propia. Existe en ellas un fuerte objetivo de que la reescritura de la historia desde el género novelístico proponga la figuración del archivo en un primer plano dentro de la ficción. Butazzoni ha optado con constancia por un manejo cada vez más preciso y riguroso, casi maniático, de la prueba y el dato.

La nueva novela no es excepción. En Máxima pureza este modo de hacer literatura de investigación se mantiene –no olvidemos que el autor se asume como un periodista por delante de cualquier otra denominación profesional–, aunque algo haya cambiado. Los métodos de la investigación, es decir las entrevistas, las visitas a los lugares en los que se desarrolla la historia, las búsquedas de documentos, se vuelven más explícitos, pero esto no se hace desde la postura activa del periodista al acecho de una historia y una verdad, que aparecía en Las cenizas del Cóndor. La nueva novela propone más preguntas que respuestas y adquiere las características de una confesión que justifica la presencia del escritor en la historia.

Contar la historia de Nacho, el hijo de un amigo que termina en la calle por consumir y vender pasta base, es para Butazzoni asimismo contar la historia de su propia adicción con el alcohol. Es una novela dolorosa. Se entabla el diálogo con el joven –como profesora de Literatura diría que Nacho es el narratario de la novela– para reflexionar sobre sí mismo y reconocer las propias batallas perdidas. En esta nueva voz de Butazzoni, algo más desbocada o salvaje en su uso del lenguaje (materia y forma van de la mano), se aprecia el desgaste que implica la tarea emprendida. Aunque se tenga la solvencia y el oficio de un gran escritor, cada palabra parece provocar esfuerzo. Han ganado terreno el descreimiento y el cansancio de seguir buscando.

Quizá por eso Butazzoni inicia la novela pidiéndole perdón a su protagonista y, de algún modo, adelantando el final: “Perdón te pido, Nacho. Vos sabés que somos humo y que, en ocasiones, el humo se disipa demasiado rápido y no nos deja, siquiera, terminar la frase”. Ese perdón involucra la falta de confianza, tal vez más en sí mismo que en Nacho, ese otro que ha optado por desintoxicarse, luchar a diario por reinsertarse a la vida en sociedad, pelear contra la oscuridad. El otro epígrafe de la novela expresa: “En Israel, un grupo de científicos ha demostrado que, en determinadas condiciones, la oscuridad es más rápida que la luz”. En todo caso, la salida posible para el escritor sigue siendo la literatura, lo cual no es poca cosa.

De las violencias de ayer, las del terrorismo de Estado, a las violencias de hoy, las provocadas por el consumo de drogas, y con las calles de Montevideo como esperpéntico telón de fondo, Butazzoni llega en Máxima pureza a esa revisión de vida que realizan algunos textos autobiográficos de la vejez. En este caso, más que para plantear una afirmación de identidad, para cuestionar el relato armado sobre uno mismo. Para ello no es necesario hablar de uno mismo en primer plano: se puede ser sombra de otro, ese lugar que Butazzoni prefirió ocupar en la foto de portada de la novela.

Máxima pureza, de Fernando Butazzoni. 208 páginas. Alfaguara, 2026.

¿Te interesan los libros?
None
Suscribite
¿Te interesan los libros?
Recibí cada dos martes novedades en lanzamientos de libros, recomendaciones y entrevistas.
Recibir