En la noche del domingo, a una semana del balotaje del 25 de octubre, el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, líder del Partido de los Trabajadores (PT), y Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), se vieron las caras en el debate televisivo realizado en los estudios de la cadena Bandeirantes, en la ciudad de San Pablo.
En un escenario de extrema paridad de acuerdo con lo que indican todas las encuestas de intención de voto difundidas en los últimos días, el mano a mano entre los postulantes tomó una relevancia particular.
El formato del debate habilitó un intenso intercambio de acusaciones mutuas entre los postulantes, generando un clima de tensión que se mantuvo durante las cerca de dos horas que duró el debate. Si bien ambos tenían un atril, los dos desde el comienzo tomaron la decisión de pasar al frente y hablarle de cerca, directamente a la cámara.
Tanto Lula como Bolsonaro estuvieron permanentemente en movimiento, y la tónica del espectáculo televisivo fue de agresiones recíprocas. El candidato ultraderechista calificó de manera insistente al actual mandatario como “mentiroso” y de hacer promesas que no cumplió ni iba a cumplir.
Bolsonaro, quien fue el candidato más votado en la primera vuelta del 4 de octubre, basó su participación en el debate en la seguridad pública y también habló en varias oportunidades sobre la creación del Ministerio de la Prosperidad, una idea fuertemente apoyada por algunos líderes evangélicos, sector en el que el candidato desafiante tiene una importante base electoral.
Empleando el vocabulario promovido por la actual administración de la Casa Blanca, el candidato del PL dijo que le declarará la “guerra al narcoterrorismo”, designando, de acuerdo con la línea de Washington, a las organizaciones criminales Comando Vermelho y al Primer Comando de la Capital como “terroristas”.
Bolsonaro acusó al actual gobierno de promover una “política de desencarcelamiento” y dijo que durante su gobierno “los que van a andar en la calle con miedo serán los delincuentes”. Cuando Lula le preguntó a Flávio por la cuestión de la soberanía con respecto a Estados Unidos, Bolsonaro dijo que durante el actual gobierno del PT el país está subordinado a las organizaciones criminales.
Pero, concretamente, y como suele suceder en los debates, no solo en Brasil, sino en el mundo, las propuestas no estuvieron ni cerca de dominar el intercambio, que realmente fue poco productivo.
Difícilmente un elector que haya visto el debate dudando sobre a cuál candidato votar pueda haber tomado una decisión basada en lo que se habló en el estudio de la cadena Bandeirantes, en el que los periodistas que actuaron como mediadores tuvieron que actuar en más de una oportunidad, llamando al orden a la platea y también a Flávio Bolsonaro, que permanentemente estaba detrás de Lula mientras este hablaba, negando con la cabeza y haciendo gestos.
Bolsonaro intentó chicanear a Lula con las acusaciones de corrupción que recaen sobre su hijo, Lulinha, vinculado a la lobista Roberta Luchsinger, y el presidente, ante la insistencia de su adversario, le respondió diciendo que ese es un tema de la Policía Federal. También Lula le preguntó a Bolsonaro por su amistad con Daniel Vorcaro, exdirector del Banco Master.
Cuando los candidatos fueron consultados por los moderadores sobre el sistema de salud, Lula recordó la cantidad de muertes evitables que hubo durante la pandemia en el gobierno de Jair Bolsonaro, en la que más de 700.000 personas fallecieron por covid.
Ese fue el único momento en el que Flávio Bolsonaro se hizo cargo de la gestión fallida de su padre, Jair, y recordó que la salud fue un área “en la que no obtuvimos el mejor resultado”. “Hago aquí mi mea culpa. Tuvimos una pandemia, dos años de pandemia; algo nuevo que nadie sabía bien cómo tratar, pero Bolsonaro dio lo mejor de sí. Es más, ¡Lula se vacunó, ¿verdad?! Se vacunó. ¿Quién compró la vacuna? ¡El presidente Bolsonaro! ¡Hay un Bolsonaro dentro de Lula! ¡Hay un Bolsonaro dentro de Lula!”, expresó el candidato del PL.
Uno de los momentos más calientes del debate se dio cuando Lula, después de muchas acusaciones de corrupción lanzadas por Bolsonaro, lo desafió a abrir el secreto de las cuentas bancarias y de los teléfonos de cada uno para ver “quién es corrupto, quién es ladrón”.