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Lecciones electorales en tiempos de convulsión bélica

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El 12 de abril, peruanos y húngaros tuvieron sendas citas con las urnas. Los primeros para elegir en primera vuelta a su próximo presidente –o presidenta– de la República, y los segundos, a su primer ministro. Mientras, ese mismo fin de semana, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, iniciaba su cuarta visita oficial a China y JD Vance lo hacía a Islamabad (Pakistán) para iniciar un primer diálogo con representantes iraníes que ponga fin a la guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron con su ataque del 28 de febrero. Y todo está relacionado.

Una de las múltiples consecuencias de todos los movimientos tiene que ver con el papel de Europa en este presente en el que Estados Unidos siente que su dominio global cada vez es menos dominante. La guerra de Ucrania, provocada por la invasión de tropas rusas en febrero de 2022, generó la necesidad de que Europa se posicionara frente a Rusia, con las consecuencias en el abastecimiento de combustible barato que conllevó. Estados Unidos apoyaba desde el otro lado del Atlántico y de paso imponía la venta de su gas y daba salida comercial a la producción de su industria armamentística. Europa hacía grandes discursos, pero pequeños movimientos, entre otras cosas por la presencia de Viktor Orbán gobernando Hungría y poniendo palos en las ruedas del viejo continente, como bloquear la concesión de un préstamo a Ucrania o los paquetes de sanciones a Rusia, con el que mantenía una estrecha relación.

Las elecciones del pasado domingo han terminado con eso. Péter Magyar, líder del partido opositor Tisza, ha conseguido derrotar a Orbán, que llevaba 16 años en el poder, y hacerlo, además, con una mayoría de dos tercios que le permite revertir medidas de calado institucional que tomó su predecesor. Pero ¿quién es Péter Magyar? El nuevo gobernante no sale de la oposición, sino de las propias filas del partido Fidesz KDNP de Orbán, y es visto con buenos ojos tanto desde Moscú como desde Washington. El optimismo que transmite su victoria es porque promete cambios y el desbloqueo de 18.500 millones de euros de ayudas económicas bloqueadas por la Unión Europea por las decisiones de su antecesor.

Sin embargo, una lectura más atenta de las noticias relacionadas con su victoria y su trayectoria personal y política invita a hacer que el optimismo sea más contenido; pareciera que Santiago Abascal (líder del ultraderechista partido español Vox, que militó previamente en las juventudes del Partido Popular) hubiera decidido liderar Podemos en vez de Vox. Ojalá el tiempo desmienta esta apreciación.

De momento, la victoria de Magyar ya ha tenido una consecuencia positiva para ayudar a un movimiento que parece ir consolidándose en Europa: la necesidad de volver a creer en sí misma y dejar de ser el ama de llaves elegante y sofisticada de Estados Unidos. Pedro Sánchez lo destacaba en un discurso frente a los estudiantes chinos, tras destacar el papel de Europa como el mayor bloque comercial del mundo y la segunda mayor economía; primer receptor de inversión extranjera directa; segundo ecosistema más innovador; segunda economía más productiva del planeta y la primera en niveles de satisfacción vital, de cohesión social y de bienestar. Afirmaba: “Con esto, lo que quiero decir es que Europa es un actor clave en la estabilidad, en la prosperidad y en la paz del mundo, y que sin una Europa unida y, por tanto, fragmentada no puede haber ni habrá un orden internacional estable ni un futuro próspero para la humanidad, como tampoco podrá haberlo sin la participación de este gran país que es China”.

Las palabras del presidente español fueron una llamada al entendimiento y cooperación global. Muy lejos de entendimiento y cooperación se muestran los resultados de las elecciones en Perú. 35 candidaturas que han atomizado el voto de forma que la segunda vuelta, de la que saldrá quien ocupe el sillón presidencial, se hará entre dos candidaturas que no habrán obtenido entre las dos más del 30% de los votos válidos emitidos. Es decir, de los algo más de 27 millones de electores hábiles, no llegan a ser cinco millones los votos que determinarán quiénes van a pasar a la segunda vuelta; si consideramos los votos emitidos, no llegan al 25%. El resto, hasta los 18.140.435 votos en urna, se ha ido dividiendo entre la nulidad y el resto de los candidatos, de los que siete obtendrán representación en un Congreso cuestionado como poder en la sombra.

Las elecciones húngaras y peruanas vienen de realidades muy similares: países en los que la gobernabilidad ha ido debilitándose, favoreciendo los intereses particulares en detrimento del bienestar de la población.

La ingobernabilidad de este ya dilatado período se ve en el hecho de que entre 2016 y 2026 han sido ocho quienes se han ceñido la banda presidencial, y en los dos últimos años el Congreso de la República ha aprobado leyes que han sido denunciadas como “procrimen”, tales como la Ley 31.990, que limita la colaboración eficaz y favorece la impunidad; la 32.130, que resta funciones al Ministerio Público (Fiscalía) en las investigaciones preliminares, y la 32.108, que redefine la figura de “organización criminal” y dificulta los allanamientos por parte de las autoridades, entre otras.

Las elecciones del 12 de abril incrementan la incertidumbre al no saberse aún quién pasará a la segunda vuelta, entre detenciones del jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, Piero Corvetto; exigencias de nulidad de las elecciones por parte del candidato ultraconservador Rafael López Aliaga, y frenazo del conteo al 93,57% de las actas contabilizadas.

Las elecciones húngaras y peruanas son ejemplos muy diferentes de lo que puede pasar en un proceso electoral, pero ambas vienen de realidades muy similares: países en los que la gobernabilidad ha ido debilitándose, favoreciendo los intereses particulares en detrimento del bienestar de la población. Ambas son buenos llamados de atención para todos aquellos países que desean ser gobernados desde la pluralidad democrática y el respeto a los derechos ciudadanos, y de los que no son ciudadanos por no vivir en las grandes capitales. Tanto el candidato húngaro Péter Magyar como el peruano Roberto Sánchez, autoproclamado heredero de Pedro Castillo, han construido su victoria a base del voto rural y alejado de los grandes centros de decisión.

Corren tiempos en los que el desencanto, el desinterés y la desconfianza hacia lo político están llevando a la polarización política, empujada y ayudada por agentes externos que, ya sea desde el Este o el Oeste, quieren evitar cualquier competencia en el dominio mundial. A estos agentes hay que sumar la asistencia de hipermillonarios cuya reciente fortuna procede del mundo tecnológico, y que no se conforman con ser meros espectadores en la evolución del mundo. Fruto de este interés por seguir manteniendo un mundo bipolar, y dominado por personajes propios de distopías terroríficas, tenemos el ascenso de las ultraderechas políticas, la normalización de la guerra como medida de presión –o expansión territorial– sin importar las víctimas civiles ni las consecuencias sobre la población, o el crecimiento global de las economías de origen criminal como la trata de personas o el narcotráfico.

Los únicos contrapesos a esta tendencia suicida del mundo somos nosotros, los ciudadanos, vivamos en las ciudades o en el campo. El primer paso es volver a interesarnos por la política, vigilar a quienes nos gobiernan y usar nuestros votos, en primer lugar, y todos los mecanismos de control a disposición de la ciudadanía para exigir que se haga un buen gobierno.

El mundo ha cambiado ya, y lo sigue haciendo a diario, y este cambio ha de servir para generar algo mejor y no un lugar para monstruos gobernado desde búnkeres o naves espaciales.

Juanjo Fernández es periodista español.

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