Para Javier Milei, ella es “la persona más maravillosa del mundo”. Incluso en ocasiones, cuando se ha referido a ella, ha roto en llanto. No es capaz de ver la carrera que le juega su hermana, principal aliada. Está cegado. Hay una anécdota al respecto. Corría el año 1982, Javier tenía 12 años y era golpeado por Beto, el padre, bajo la anuencia silenciosa de Alicia, la madre. Karina, hija también de esos padres y víctima indirecta de la misma violencia física, se interpuso y frenó la paliza. “Y yo vi que sobre ella bajaba un halo de luz protectora”, contó a un reducido grupo de personas una noche, antes de cenar, quien hoy es el presidente de Argentina.
Los reunidos alrededor de la mesa entendieron el mensaje: Karina es intocable. En diciembre de 2023, cuando Javier Milei asumió formalmente el Poder Ejecutivo, la nombró secretaria general de la Presidencia. Lo hizo modificando una norma impuesta por el expresidente Mauricio Macri (2015-2019) que prohibía a familiares directos de funcionarios asumir cargos públicos de esa relevancia. Fue el primer aviso de los hermanos: todo aquel que viva del Estado es “casta”, menos nosotros.
Nunca como hasta esta gestión de gobierno se habló tanto de la Secretaría General de la Presidencia, un organismo que, en teoría, se limita a asistir al Poder Ejecutivo en cuestiones administrativas, presupuestarias, de coordinación entre ministerios y de logística presidencial, pero que en la práctica maneja la Casa Militar, la seguridad del presidente, el protocolo y la cobertura audiovisual de sus actos. La que parece un área menor en un organigrama de Estado fue convertida por ella en una base de operaciones, una torre de control desde donde El Jefe vigila, guardiana. “Soy los ojos y los oídos de Javi”, dijo en la única entrevista que concedió.
Como todos venimos de algún lado, los hermanos presidenciales también. Una breve revisión de su historia personal –que no es la historia de dos personas, sino el camino que recorrieron ambos, a la par– explica cómo opera Karina en Javier. Nacida bajo el signo de Aries, el 28 de marzo de 1972, Karina Elizabeth Milei se crio en una familia tipo de clase media. Primero vivieron en el partido de Tres de Febrero, en el conurbano bonaerense, y poco después en Villa Devoto, uno de los barrios más coquetos de la ciudad de Buenos Aires. Beto, el padre, era chofer de buses. Alicia, la madre, ama de casa. Por entonces, Javier oficiaba de arquero en una liga de fútbol infantil. Karina siempre iba a verlo atajar.
Hay una foto. Javier está en el centro, rodeado de sus compañeros de equipo. Y Karina detrás de él, haciendo un esfuerzo con el cuello para que su mejilla quede a la par de su hermano. Es la única niña del grupo. La foto fue tomada en el club El Ideal. Allí donde estuviera él, estaría ella. Transitaron la adolescencia en el mismo colegio, el Cardenal Copello, una institución privada católica. Javier entraba a clases con las botamangas de los pantalones metidos en las botas texanas que le gustaba usar. Karina, con las uñas largas pintadas de color fucsia y el cabello atado en una mata de rulos. Él era popular por extraño más que por líder. Karina era menos que “una más” del curso: pésima alumna, pésima deportista, pésima entendedora de humoradas entre alumnos.
Siempre fue la custodia de su hermano. Javier cantaba en Everest, una banda de covers de los Rolling Stones, y, promediando el show, hacía un striptease. Volaba desde el escenario una chaqueta de jean, un pañuelo, una musculosa... Karina se ocupaba de rescatar las prendas, de tironearlas si alguna fan intentaba hacerse del trofeo. Pasó luego el rock, pasó la adolescencia, siempre en el radar de ese padre que había dejado de pegar pero no había abandonado el hábito de afilar las palabras: “Ustedes no sirven para nada”, les decía. La madre permanecía en silencio, salvo para callar a los tres caniches de la familia. En esa casa siempre hubo perros.
Mientras Javier cursaba sus estudios universitarios para recibirse de licenciado en Economía, ella se anotó en la carrera de Relaciones Públicas. Y trabajaba. Karina siempre fue secretaria. Mucho más tarde, entre 2018 y 2020, haría el papel de secretaria en El consultorio de Milei, una obra de teatro en la que su hermano actuaba de “psicoanalista económico” y terminaba destruyendo una maqueta del Banco Central con un bate de béisbol. Karina se ocupó de la publicidad de la obra y de manejar el bordereau. Y también de sumar su foto al póster de la marquesina y los flyers de redes sociales.
Pero volvamos atrás: Beto, el padre, había pasado de conducir un autobús a ser dueño de varias empresas de transporte público. Los chicos crecían, el patrimonio familiar también. En la década de 1990, cuando su hermano logró el título de licenciado en Economía y comenzó a dar clases en la Universidad de Buenos Aires de dos materias, Microeconomía y Macroeconomía, Karina se escabullía del trabajo o de sus clases e iba a verlo. La economía no le interesaba, nunca le interesó y jamás le interesaría. Pero quería estar ahí para su hermano, sentada entre los estudiantes como una más.
Karina tiene más títulos para colgar en una pared que Javier. En 2002 se recibió de licenciada en Relaciones Públicas. Estudió pastelería durante cinco años y alta cocina con un chef; marketing, publicidad y comunicación audiovisual. Interesada por la adivinación, tomó cursos de tarot. Aprendió a tirar los búzios, una práctica adivinatoria de origen africano que consiste en echar –como si fuesen dados– pequeños caracoles sobre un paño y “bajar un mensaje” al consultante luego de “conectar” con los orixás, las deidades. También se entrenó en la apertura de registros akáshicos: otra modalidad de médium, pero no con orixás, sino con el archivo ancestral de quien consulte.
Para 2015, cuando él pisó por primera vez un estudio de televisión, Karina vendía tortas, bijouterie de segunda mano, perfumes de imitación y ropa por Facebook. Al mismo tiempo era algo así como secretaria de su hermano. O quizás algo más que eso: organizaba su agenda, respondía sus mensajes en el teléfono, administraba sus gastos y organizaba las charlas en universidades privadas y empresas que solicitaban al economista, que en 2017 era un panelista instalado en la televisión. Milei, ya famoso, podía hablar de inflación y sexo tántrico en la misma presentación.
Karina cotizaba sus presentaciones, se aseguraba el pago anticipado, pedía un atril en la sala –a su hermano no le gusta hablar con el micrófono en la mano–, luces bajas –a su hermano no le gustan los reflectores directos, dice que “lo ciegan”– y procuraba dejar libre un pasillo para que pudiera ingresar desde los fondos y entre la gente directo al atril antes de arrancar la presentación. “Hablalo con Kari” era el latiguillo con que respondía Milei a cada pedido.
El candidato libertario fue la sorpresa de las elecciones de medio término en 2021. Obtuvo 17% de los votos en la capital argentina y ocupó una banca en el Congreso durante dos años. El día que ganó, Karina reunió al equipo de campaña –reducido, inexperto– y le dijo que inmediatamente después del festejo empezarían a trabajar en la campaña siguiente. Ella estaba convencida de que su hermano llegaría, en tiempo récord, a la Presidencia.
No se equivocó. Después de una campaña aguerrida, que terminó en un balotaje entre Milei y el candidato del oficialismo de entonces, el peronista Sergio Massa, la fórmula Javier Milei-Victoria Villarruel se llevó 56% de los votos. Fue la propia Karina quien presentó al nuevo presidente electo en el escenario del subsuelo del hotel Libertador, el búnker del frente electoral La Libertad Avanza. Karina, parada detrás del atril, recibió a Javier, le hizo una pinza con los brazos y le susurró al oído el desafío que seguía.
Nueve meses después de aquel triunfo en segunda vuelta que lo convirtió en presidente, en setiembre de 2024, Karina consiguió los avales de la justicia electoral y consolidó La Libertad Avanza. Se autonombró presidenta del partido. Se encargó de tamizar el movimiento, borró a los seguidores de “las ideas de la libertad” que habían fundado la organización, puso a prueba lealtades, impugnó a aquellos que no la convencían. Javier miró todo desde afuera.
Ella es uno de los vértices del “triángulo de hierro”, la figura que elige el presidente para referirse a su mesa chica. En una punta, él, en otra, su hermana, y en la tercera, Santiago Caputo, consultor político y asesor presidencial. La cuestión es que existe a veces, y solo a veces, ese triángulo de hierro. El Ejecutivo opera en una línea recta con dos terminales: en una punta está Javier Milei y en la otra, Karina.
Pero Santiago Caputo está tan cerca del presidente como ella, y la verdad es que a la hermana eso la inquieta. El asesor no ocupa cargo formal alguno, pero maneja la Secretaría de Inteligencia del Estado, incide de manera indirecta en el Ministerio de Justicia y la Agencia de Recaudación y Control Aduanero y extendió su sombra hasta la pauta publicitaria de la estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Es, en los hechos, el diseñador de la comunicación oficial y el hombre de los servicios de inteligencia sin que su nombre figure en ningún organigrama.
Karina, en cambio, con casi 800 empleados bajo su ala en la Secretaría General de Presidencia y un presupuesto que crece muy por encima de la inflación, no se queda atrás: gobierna de facto sobre las áreas de Defensa, Seguridad, Interior y, cada vez más, Justicia, además del control excluyente del aparato partidario de La Libertad Avanza.
La puja de poder entre Karina y Caputo existe, pero aprendieron a negociar. Karina avanza con nombramientos propios en comisiones clave y construye su propio armado territorial de cara a 2027; Caputo resiste desde el terreno digital y los pasillos del poder mediático.
A casi tres años de iniciada la gestión, la hermana genera la misma resistencia entre la militancia libertaria. “Yo no la voté a ella”, repiten los votantes no orgánicos. Acumula una imagen negativa tan alta que es imposible que se postule como candidata a algún puesto.
Su manejo de poder es rústico, torpe y, por todo eso, bastante predecible. Desde su rol de secretaria general de la Presidencia, es investigada en Argentina en tres causas: presunta corrupción dentro de la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis), contratación de una amiga para tareas personales cuyo sueldo está a cargo del Estado y posible participación en la criptoestafa de la moneda digital $Libra, promovida por su hermano, que resultó en un fraude.
“Quien no entiende a Karina no entiende a La Libertad Avanza”, respondió el presidente argentino cuando alguna vez le preguntaron por la hermana. De haber sido víctima de la violencia paterna, de haber sido una alumna marginada a recibirse de licenciada en Relaciones Públicas y ganarse la vida vendiendo tortas –como recuerda a menudo, no sin clasismo, el expresidente Mauricio Macri; como observa, no sin desprecio, el kirchnerismo; y susurra, como con culpa, el diminuto progresismo porteño–. De eterna secretaria a secretaria general de la Presidencia, de ciudadana a armadora política, Karina es una mujer común que se volvió una excepción. Y ya está en campaña: quiere coronar a su hermano, el año que viene, con la reelección.
Una versión más extensa de este artículo fue publicada por Nueva Sociedad.