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El imperialismo estúpido

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Durante la Guerra Fría, la CIA desarrolló un proyecto conocido como Acoustic Kitty, cuyo objetivo era utilizar un gato como dispositivo de espionaje. Al animal se le implantaron un micrófono, un transmisor y una antena para captar conversaciones cerca de la embajada soviética en Washington. La iniciativa costó cerca de 20 millones de dólares. El primer intento operativo terminó de forma inmediata: al ser liberado frente al edificio, el gato fue atropellado. El proyecto se canceló.

El episodio suele mencionarse como una curiosidad dentro de la historia del espionaje, pero permite una lectura más amplia. No se trata únicamente de un fracaso técnico, sino de una expresión condensada de una racionalidad política que confunde poder con inteligencia y recursos con eficacia. El imperialismo no sólo produce violencia, también produce decisiones torpes, despilfarro de fondos públicos y una profunda insensibilidad ética.

La lógica que habilitó ese experimento es la misma que, amparada en la doctrina Monroe, legitimó durante décadas la intervención de Estados Unidos en América Latina. Bajo la premisa de la seguridad y la defensa del “mundo libre”, se justificaron golpes de Estado, dictaduras militares y procesos sistemáticos de represión. La tecnología, la planificación y el discurso ideológico no evitaron –más bien acompañaron– resultados devastadores.

La estupidez del imperialismo no lo vuelve menos peligroso; por el contrario, lo hace más persistente y más difícil de desmontar.

En el Cono Sur, esa racionalidad alcanzó su expresión más cruda con el Plan Cóndor: coordinación represiva entre regímenes autoritarios, con apoyo político, logístico y formativo desde Estados Unidos. Uruguay integró ese esquema. La dictadura cívico-militar se sostuvo, entre otros pilares, en una doctrina de seguridad nacional importada, que redefinió el conflicto social como una guerra interna y a amplios sectores de la sociedad como enemigos.

El denominador común es la deshumanización. Animales, personas y pueblos pasan a ser medios para un fin superior definido por el poder. En ese marco, la historia del gato espía deja de ser una extravagancia y se vuelve una metáfora. Cuando el poder actúa sin límites éticos, no sólo genera tragedias: también revela su propia pobreza intelectual.

Recordar estos episodios no responde a una curiosidad histórica ni a un gesto anecdótico. Es una forma de interrogar el presente. La estupidez del imperialismo no lo vuelve menos peligroso; por el contrario, lo hace más persistente y más difícil de desmontar.

Daniel Devitta es docente de UTU.

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