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El nuevo mapa demográfico y la demanda habitacional

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Uruguay ya no se organiza en torno a hogares numerosos. El país está cambiando silenciosamente la manera en que habita y se relaciona con la vivienda. El Censo 2023 dejó un dato contundente: 29% de los hogares son unipersonales y el tamaño promedio se redujo a 2,5 integrantes. En paralelo, la población total prácticamente no crece: entre 2011 y 2023 el aumento fue de apenas 0,1%, el más bajo de la historia reciente.

Estos números muestran que la presión sobre la vivienda no es consecuencia de un aumento poblacional masivo, sino de la fragmentación de los hogares. Más casas para menos personas. Una realidad que obliga a repensar las políticas públicas y que el Plan Quinquenal de Vivienda y Hábitat 2025-2029 reconoce como uno de sus ejes centrales.

Hogares más chicos, desafíos más grandes

En 1963, los hogares unipersonales representaban apenas el 11%; 60 años después son casi un tercio. La familia numerosa dejó de ser la norma. Hoy abundan los hogares formados por parejas con pocos o ningún hijo, los adultos mayores que viven solos y los jóvenes que postergan la conformación de un núcleo familiar.

El plan incorpora además un concepto novedoso, el de los hogares acoplados, formados por hijos que deben repartir su tiempo entre dos viviendas tras la separación de sus padres. Esta situación genera un efecto multiplicador en la demanda: el número de habitantes del país casi no crece, pero el número de viviendas necesarias sí lo hace. No es sólo un fenómeno demográfico: es también cultural y social. Se forman hogares más tarde, hay más rupturas familiares y el envejecimiento poblacional es cada vez más marcado. En todos los casos, la consecuencia es la misma: más hogares con menos integrantes y, por ende, más necesidad de soluciones habitacionales diversas y flexibles.

El número de habitantes del país casi no crece, pero el número de viviendas necesarias sí lo hace. No es sólo un fenómeno demográfico: es también cultural y social

Vivienda: un gasto cada vez más pesado

Lejos de aliviarse, el costo de la vivienda pesa cada vez más en la economía familiar. Según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, el gasto habitacional representa en promedio el 28,3% de los ingresos.

El problema se agrava en los hogares unipersonales y monoparentales, donde un solo ingreso debe cubrir gastos de vivienda similares a los de una familia tradicional. Esto genera un desbalance estructural: mientras más pequeños son los hogares, más difícil es sostener el costo de la vivienda sin caer en privaciones en alimentación, salud o educación. La vivienda, que debería ser un derecho, se transforma así en una carga que condiciona el resto de la vida cotidiana.

El stock antiguo, una oportunidad

El plan plantea una estrategia distinta de la de expandir la mancha urbana: aprovechar mejor lo que ya existe. En Uruguay, casi el 20% del parque habitacional está vacío. Además, gran parte de las viviendas más antiguas fueron diseñadas para familias numerosas y hoy resultan desproporcionadas para hogares pequeños.

La propuesta es clara: subdividir, reconvertir y readaptar esas viviendas, revitalizando los barrios consolidados y evitando el crecimiento desordenado hacia las periferias. Esta densificación inteligente permitiría dar respuesta a la demanda sin consumir más suelo, aprovechar infraestructuras ya instaladas y reactivar centros urbanos que hoy pierden dinamismo.

Envejecimiento y perspectiva de cuidados

Uno de los grandes motores de este cambio es el envejecimiento poblacional. Uruguay es el país más envejecido de América Latina, y el número de personas mayores de 65 años crece de forma sostenida. La mayoría son mujeres, muchas de las cuales viven solas.

Esto abre un frente de acción ineludible: vincular la política habitacional con las políticas de cuidados. El desafío no es sólo construir viviendas nuevas, sino adaptar las existentes para que sean accesibles, seguras y funcionales para personas mayores. El objetivo es que puedan vivir en entornos inclusivos, sin aislamiento y con acceso a servicios básicos de salud, movilidad y compañía.

Este fenómeno también plantea un debate intergeneracional: mientras los jóvenes enfrentan dificultades para acceder a una vivienda en un mercado cada vez más exigente, los adultos mayores necesitan viviendas adecuadas para no quedar relegados en soledad.

Territorios que crecen y territorios que se vacían

El cambio demográfico no afecta por igual a todo el país. El Censo 2023 confirmó una paradoja: aunque el crecimiento poblacional nacional fue casi nulo (+0,1%), hay departamentos que ganaron y otros que perdieron población. Maldonado creció un 23,7%, impulsado por la migración interna, el dinamismo del turismo y la construcción. Montevideo y Treinta y Tres perdieron más del 5% de su población en el mismo período. En el interior profundo, varias localidades se estancaron o retrocedieron, profundizando la brecha territorial.

Esto obliga a diseñar políticas diferenciadas: más viviendas y servicios en los lugares que reciben población, y estrategias de revitalización urbana en los que la pierden. El mapa habitacional del futuro no será uniforme: habrá territorios que necesiten absorber presión migratoria y otros que deban reinventarse para evitar la decadencia.

Un derecho más flexible

El plan también cuestiona una idea profundamente arraigada en la sociedad uruguaya: la de la vivienda única y definitiva para toda la vida. Hoy esa aspiración choca con la realidad de hogares que cambian de tamaño, de composición y de localización a lo largo del ciclo vital.

La propuesta es flexibilizar. Facilitar la movilidad, el intercambio y la adaptación de viviendas, en lugar de atar a las familias a soluciones rígidas que no responden a sus nuevas necesidades. La política habitacional debe acompañar a las personas en cada etapa de su vida, desde la primera vivienda de un joven hasta la adaptación del hogar de un adulto mayor.

El desafío del quinquenio

El nuevo mapa demográfico y habitacional de Uruguay plantea una encrucijada. Si el país insiste en construir sin pausa nuevas periferias, corre el riesgo de reproducir desigualdades y exclusiones. Si, en cambio, apuesta a usar mejor lo que ya existe, reconvertir viviendas antiguas, densificar con inteligencia y flexibilizar los criterios, podrá avanzar hacia ciudades más densas, inclusivas y sostenibles.

El quinquenio 2025-2029 será una oportunidad decisiva. Uruguay tiene más viviendas que hogares, pero enfrenta al mismo tiempo altos niveles de vacancia y dificultades crecientes de acceso. La clave estará en reconectar oferta y demanda, evitar nuevas periferias excluidas y reconocer que el derecho a la vivienda ya no puede pensarse como algo fijo e inmutable, sino como un proceso dinámico y flexible a lo largo de toda la vida.

Diego Duarte Calleja es especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales.

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